El Retorno de Yith

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El retorno de Yith
Por: Darío Valle Risoto

Se durmió profundamente en el viaje de Boston a Portland, varias horas de trabajo en la oficina preparando la junta del consejo editor y el traqueteo del tren rumbo al norte lo dejaron fuera de combate.

Cuando se despertó estaba amaneciendo y el paisaje era tan desolador como hermoso. Y más desolador fue cuando el guarda le informó que habían dejado Portland hacía cuarenta minutos y la próxima estación era Greenville en alguna parte de los ignotos paisajes de Maine.

No podía creer que se haya pasado de su destino pero era así. se llamó a la calma tratando de encontrar una forma de volver el camino rumbo a Portland para encabezar la junta como representante de la filial de Boston de la Prensa Libre del este.

Intentaría rentar un automóvil en Greenville si no encontraba un tren que lo devuelva a su destino. El guarda le había dado pocas esperanzas mientras masticaba su tabaco y lo miraba de arriba abajo con cierto rictus de lástima, como quien mira a un cachorrito a punto de morir.

Pagó la diferencia del pasaje, eran solamente quince dólares, no le importaba pero si le importaba perder la junta y por lo tanto seguramente su trabajo, lo que no era nada bueno en los tiempos que corrían.

Afuera las colinas oscuras se iban tiñendo de los lamidos anaranjados y el sol era surrealista. Vio lejanas cabañas de madera y las siluetas grises de algunas personas tanto como de vacas flacas y bandadas de pájaros negros arremolinados sobre el esqueleto de una vieja abadía.

Al llegar a Greenville fue el único en bajar del tren que apenas se quedó unos diez minutos para dejar una exigua bolsa de correos y llevarse otra igual de delgada. El mozo de la estación, un hombre de flacura cadavérica, le señaló las oficinas.

Las maderas cochambrosas del piso de la oficina de la estación de Greenville chirriaron bajo sus zapatos bien lustrados. Un hombre obeso que revisaba una carpeta levantó sus ojos, ojos saltones como los de un sapo y le observó inexpresivo, contestando a sus buenos días con una respuesta ininteligible.

Le dijo para su asombro que el tren pasaba solamente una vez a la semana por esa estación y que tuvo la mala suerte de tomar justo uno de ellos al pasarse de Portland, le informó a su vez que no se rentaban autos y que había un solo hotel en el pueblo que de seguro tendría habitación para un caballero como él. Sonrió al decir esto último y mirando al mozo flaco que entraba cargando el saco del correo ambos comenzaron a reírse estentóreamente.

Paul se retiró de muy mal humor. Afuera ya era de día aunque cualquiera diría que por esos parajes era difícil determinar si el sol era eso que con la débil claridad del entorno podrían ser suficiente para llamarle día a las siete de la mañana con un frío húmedo que comenzó a calarle los huesos.

Se rascó sus cabellos pelirrojos y se afinó el bigote con un gesto mecánico, delante de él un camino de piedras negras con un cartel que indicaba la dirección al pueblo no era muy alentador pero caminó resuelto en tratar de encontrar una forma de regresar a Portland lo antes posible.

Un niño estaba parado junto a una barda que alguna vez fue blanca, jugaba con algo retorcido en un palo, cuando pasó caminando comprobó que ese extraño niño vestido con un overol manchado de tierra tenía una serpiente enroscada allí. Le saludó e indicó que tenga precaución, el niño con ojos estrábicos y rostro aplanado tomó la serpiente y la puso en su boca masticándola viva.

Paul se quedó un minuto tieso pero retomó el camino. Seguro el fulgor extraño de la mañana con esa rara niebla que se levantaba del piso le jugaba malas pasadas a la vista de algo que de seguro era más normal de lo que parecía. Probablemente no fuera una serpiente sino una planta o algo así.

El pueblo era pequeño, una centena de viejos edificios de madera al mejor estilo de los pueblos fundadores de América, una plaza ennegrecida con un monumento de extrañas formas, una especie de personaje vistiendo una capucha y un bastón en su mano derecha con la cabeza de algo difícil de determinar pero con cierta familiaridad con un pez.

El hotel se llamaba: Davenport, era el edificio más grande. Una altura de cuatro pisos, cortinas amarillentas y faroles que aún permanecían prendidos pese a que se suponía que era de día. Entró y el salón estaba desierto, cuando tocó la campanilla del mostrador se sorprendió cuando una joven de unos quince años y de rostro pecoso e infantil salió a recibirlo.

Paul se presentó y le contó brevemente lo de su accidente, de quedarse dormido y por lo tanto terminar allí, ella quiso sonreírle pero le fue imposible, le dijo que podría quizás alquilarle el automóvil de su abuelo que ya no estaba en condiciones de manejar pero que hacía dos años que no se ponía en marcha. Paul casi salta el mostrador y la besa pero prefirió sonreírle. Le dijo que era la primera persona hermosa que veía desde que había bajado del tren pero cuando la muchacha subió a mostrarle su habitación vio que tenía una renguera pronunciada y una leve joroba adornaba su delgada espalda.

Subieron en silencio, le dio una jugosa propina pero cuando vio su habitación comenzó a sentir el ahogo que sobreviene a los que aterrados se quedan sin aire. Nada conjugaba algo interesante para los viajeros, las paredes tenían el empapelado roto y manchado de humedad, la lámpara iluminaba mal y la cama era muy poco cómoda aunque no había pedido el cuarto para dormir sino para asearse.

Costó para que el agua de la vieja ducha saliera con una transparencia aceptable y se bañó con el agua casi fría, no podía esperar a que el viejo calentador demorara más, aún y pese a todo tras darse un baño sintió que la sangre le volvía a las venas.

Cuando abrió la valija para cambiarse no pudo evitar sentir pena por la chica, quien sabe qué vida tenía en ese hotel de mala muerte y en un pueblo que solamente podía despertar escalofríos.

Se sentó en la cama para atarse los zapatos y al mirar al techo sintió un leve mareo y volvió a quedarse dormido mientras una especie de abotargamiento se ceñía sobre sus sentidos y antes de perder la conciencia reparó en un reloj de pared que tenía una especie de ronroneo extraño en su interior.

Continuará.

Un Pueblo Abandonado

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Un pueblo abandonado
Por: Darío Valle Risoto

Un coche tirado por dos yeguas casi blancas recorría el angosto camino de tierra entre los cerros intentando llegar a otro pueblo, al pescante iba un viejo hombre flaco que fumaba un tabaco negro y de poderoso aroma. Era un carro del tipo “Gitano” con una construcción con techo que servía de hogar al hombre y algo más.

Caía la tarde y los eucaliptos gigantescos adelantaban las sombras de la noche, “sus muchachos” como él los llamaba al sobrevenir las horas oscuras se ponían nerviosos dentro del sobre techo del carro.

Se detuvo antes de vadear el cerro porque no quería levantar la perdiz, cuando el último rayo de sol se escondió en el horizonte abrió la puerta del entretecho y salieron los murciélagos volando rumbo al pueblo más cercano que según el rotoso mapa que sostenía el viejo se llamaba: Villa Temesio.

Soltó a las yeguas para que pasten y prendió un fuego para calentar el agua para hacerse un café del que comprobó solamente le quedaba para un par de días pero sabía bien que pronto haría unos pesos. El carro viejo y desvencijado tenía un cartel a cada lado que rezaba: “Romanellis el elixir que lo cura todo”.

Allá en el pueblo no advirtieron al principio la centena de murciélagos que se apostaron en torno al campanario de la vieja iglesia, algunos con sus chirridos hicieron que desde los montes comenzaran a llegar los de su especie hasta formar conglomerados de alas negras en varios edificios.

El cura se despertó tarde de la siesta y se enojó con Santiago que dormía desnudo a su lado, el muchacho tenía una espalda ancha y perfecta, el viejo sacerdote le besó una nalga antes de levantarse para vestir su sotana, luego calentó agua para el mate. El muchacho se despertó y tomó sus calzoncillos que descansaban sobre la Biblia.

Rosaura abrió el quilombo, las otras dos muchachas entraron a las risas porque una de ellas había roto un taco de sus botas tratando de alcanzar a una gallina que espantada corrió calle abajo. Hubieran hecho una buena sopa si la atrapaba. Dentro de la vieja casa que antes fue una pensión había olor a creolina y humedad.

El comisario fue el primero en darse cuenta de que esa noche no era una noche normal porque antes de salir de la comisaría para tomarse una grapita vio una nube densa y negra despegada de la noche de luna que caía sobre toda construcción, persona y animal de la comarca.

Cientos de murciélagos en pocos minutos hicieron suyo el pueblo que entró en pánico con gente que se encerraba en el mejor de los casos pero quienes eran tomados por sorpresa en las angostas veredas o calles de tierra eran presas del pánico al ser arañados o azotados por esos demonios con alas.

Santiago salió luego de despedirse del padre Alfredo con un beso en los labios pero debió entrar cuando uno de estos rapaces casi le quita un ojo arañándole la cara. Rosaura mató a un par que se colaron en el quilombo y Gladis sufrió un ataque de pánico que mereció dos cachetadas de la negrita Alicia.

A la mañana siguiente los destrozos eran evidentes y seguían allí en los lugares más oscuros de villa Temesio estos bichos asquerosos y voladores. La gente lo supo y nadie pudo adelantar una solución hasta que el comisario aconsejó mantenerse adentro mientras el y su único subalterno prendían algunas fogatas con ramas frescas para que el humo les espante.

Tres días después el viejo consideró que la gente ya había sufrido bastante terror como para ir con su carro a ofrecerles algo de ayuda pero cuando llegó al pueblo lo encontró vacío y solamente sus amigos estaban allí negritos, con sus alas de cuero triunfantes y sin un ser humano a la vista.

__¡Que carajos!

Pero no le fue difícil detectar que los trescientos y pico de habitantes del pequeño pueblo se habían ido del lugar cargando lo que pudieran hacia el oeste tal vez hacia el Villa Crispina o hasta la misma capital si el miedo continuaba. Así que alentando a sus yeguas enfiló en ese camino y a dos kilómetros dio con la columna de desorientados hombres, mujeres y niños que marchaban con el cura y el comisario a la cabeza.

Rosaura la puta fue la única que desconfió del viejo con ese elixir maravilloso que prometía sacarles a esos bichos endemoniados solamente con echar unas gotas en cada esquina de las casas y esperar que sus efluvios espanten para siempre a estos vehículos del pecado y la desidia.

Porque Rosaura tenía experiencia en viejos mentirosos que prometen todo y no dan más que palabras bonitas o promesas inalcanzables de casamiento y redención a cada mujer que les alquila su amor.
Pero a la gente le gusta creer y desesperada cree en cualquier cosa, así que el viejo vendió veinticuatro botellas de “Romanellis” a cuatro pesos cada una y se forró y hasta el cura le dio las gracias mientras observaba de reojo a Santiaguito con su bello rostro arañado por esas musarañas del demonio.

Aún así prefirieron que fueran el comisario y su ayudante junto con el viejo a volcar tal como la receta lo informaba algunas gotas en cada esquina de cada casa del pequeño pueblo y: Milagro. Los murciélagos unos minutos después se fueron por donde vinieron.

Dada la noticia la gente regresó al pueblo mientras el anciano visto como un héroe escondía en su gastada casaca el producto de tal evasión de batracios: nada menos que un silbato especial con que tenía adiestrados a los líderes de sus amigos alados, era cosa de instantes que los demás les siguieran de regreso al carro que era su hogar.

Mientras todo volvía a su cauce habitual aunque hubo que limpiar los deshechos de los bichos y prender algunos inciensos para sacar el olor la gente estaba agradecida y contenta porque había llegado este providencial salvador. Solamente Rosaura la dueña del quilombo “Los Yuyos” sospechaba algo raro.

El cura volvió a dormir con su amante y el comisario a tomar mate tranquilo escuchando el futbol en la radio con los relatos de Solé.

Cuando el anciano regresó allí estaban como esperándolo sus amigos, no era necesario contarlos, siempre eran un poco más de cien aunque no era raro que alguno de sus colegas se quedaran con ellos en el jaulón improvisado debajo del techo del carro vivienda del hombre.

Les dio semillas para que coman y se sentó a contar la plata, pero quiso la cosa que el tipo sintiera un doloroso y punzante dolor en el brazo izquierdo para morirse de un ataque cardiaco en medio del bosque.

Las yeguas seguían pastando inocentes de que habían perdido a su anciano amo pero no los ojitos brillantes y negros de ciento treinta y cuatro murciélagos machos y hembras que observaron el hecho con cierta tristeza.

A la madrugada siguiente poco antes de que saliera el sol el cura abrió las ventana para ventilar el cuarto mientras Santiago se ponía sus calzoncillos y fue entonces cuando el padre vio algo que lo dejó mudo por varios días: una nube de murciélagos muy densa avanzaba por la avenida principal sosteniendo un bulto oscuro sobre ellos lo que desde todos los puntos de vista era imposible pero estaba pasando.

Y mientras esa extraña procesión recorría la avenida todas las personas salieron de sus casas para ser los espectadores de la enorme tristeza de cientos de bichitos alados que sosteniendo el cuerpo del anciano lo llevaban trabajosamente a un metro de altura volando hasta el cementerio del pueblo.

El cura se persignó, Santiaguito se desmayó, el comisario fue a tomarse una grapa doble y Rosaura mirando a la negrita Alicia y a Gladis que estaba prontita a sufrir otro ataque de pánico les dijo: __¡Yo sabía que esto era joda!

Y cuando los cientos de murciélagos depositaron el cadáver del viejo sobre la entrada del cementerio se quedaron allí con sus terroríficos chirridos como en oscura procesión infernal esperando que lo entierren y así lo hicieron algunos valientes de la comarca esperando sobretodo que luego volvieran por donde habían venido.

Pero jamás se fueron, en cambio vinieron más y más y la gente se tuvo que ir de allí esta vez para siempre y de nada sirvió que vaciaran las botellas del elixir maravilloso ni que rezaran o lanzaran piedras y puteadas a estos pajarillos negros que eligieron permanecer como en eterno agradecimiento por su amo desaparecido.

Todos se fueron a otros pueblos: Rosaura entró a trabajar de maestra en una escuela rural, el cura desapareció con su amante Santiaguito y al comisario lo encontraron ahogado tras caerse borracho de un puente.

Gladis y la negrita Alicia siguen ejerciendo el sano oficio de alegrarles la vida a los peones de campo y algunos vendedores ambulantes pero siempre evitan atender a los que venden remedios para todo.

FIN

PD: Cuento escrito para el taller de escritura “Entre Líneas” con la consigna: escribir algo sobre pueblos o ciudades abandonadas. Escrito con ideas en colaboración de Paula Labella y Virginia Gutiérrez que aportaron algunas situaciones y personajes.

Aquella tumba sin nombre (Cuento)

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Aquella Tumba sin Nombre
Por: Darío Valle Risoto

Clarita se puso a llorar y nos arruinó la tarde. ¿Para que la trajiste? Le preguntamos a coro a su hermano Adrián y este se encogió de hombros pero todos sabíamos que la única forma de que sus sobre protectores padres los dejaran jugar con nosotros en el fondo de la iglesia era juntos.

Se la llevó lanzando mocos por el camino entre las últimas lozas del viejo cementerio, la tarde era gris y plomiza, al otro lado de la calle estaba el complejo de viviendas “Belle Rouge” y a nuestra derecha la carretera a “Kirk Town”.

Lucas me miró, su hermano me pidió un chicle, le di el último y el gordito me sonrió con sus cachetes pecosos. Yo sabía que siempre terminaba siendo el líder de todos los juegos y que con apenas once años era lo suficientemente maduro como para proponer ese tipo de aventuras que terminarían siendo cuentos para llevar a la escuela los lunes.

__¡Vamos al club!. __Les dije y el rostro de Marcel el hermano de Lucas se puso lívido, el siempre tenía mucho más miedo que el resto de nosotros fuera lo que fuera, quizás porque si algún monstruo pensaba almorzarnos seguro comenzaba por el más rollizo, en conclusión: Él.

__Se hace tarde y mamá se va a enojar. __Le dijo a Lucas mirándome a mí y luego en dirección entre las lápidas a “ese lugar”.
__ Nos vamos Peter, es tarde, perdónanos. __Me dijo Lucas y bajó el rostro como si hubieran cometido un imperdonable pecado.

Peter soy yo, un chico de once años, el más pobre de la escuela y una especie de protector de todos los niños que le temen a Randy Thomson o quieren comprar botellitas rellenas de licor en la tienda de Algorta. Trabajo casi todo el día en el taller de mi tío Farmus Callahan donde vivo, nunca conocí a mis padres ni me hubiera interesado conocer a ese par de perdedores.

Se fueron débiles y cansados de jugar por el mismo camino que Adrián y su hermana Clarita, un grupo de nubes negras sobre las sobrecargadas grises presagiaban la inminente lluvia y un halo de viento frío me hizo abrazarme a mi mismo tratando de calentar mis brazos desnudos.

Por el camino principal, a unos metros de la estatua del santo decapitado encontramos cierta vez una cripta que tenía la puerta oxidada y vieja, armados de valor bajamos en aquella ocasión Sixto y Yo y luego de hacernos de improvisadas antorchas descubrimos que era lo suficiente espaciosa e interesante como para limpiarla y hacer en ese lugar una especie de club de juegos.

__Nuestro club secreto. __Había dicho Sixto negro y casi invisible en la bruma del humo de las antorchas mientras el olor ácido de lo viejo nos cubría de sensaciones extrañas y nos obligaba a toser.

Lamentablemente ya no vivía en Kirk Town, el desempleo lo habían devuelto a él y sus once hermanos a Alabama. Cuando le mencioné al Ku Klux Klan creo que le arruiné el viaje, pero no me gustaba nada la idea que esos locos con sábanas lastimaran a mi más grande amigo. Obvio que Sixto era el sexto de esa docena de negritos.

Me había dejado su resortera, una fuerte honda de madera noble y casi tan oscura como su piel, dos cómics manoseados del capitán América y otro de Historias de la Cripta que les solíamos leer a Lucas, a Adrián y sobre todo a Marcel, el hermano pequeño del primero que indefectiblemente se meaba de terror.

La cripta tenía una estrecha escalera de ocho escalones bastante altos, siempre me preguntaba como diablos bajaban los cajones en tan poco espacio, luego tenía un amplio espacio de unos tres metros por tres con una especie de estanterías al fondo donde descansaban seis ataúdes, cuatro de ellos estaban totalmente destrozados y las maderas podridas con restos de huesos se desparramaban sobre las baldosas grises. La total ausencia de artilugios cristianos como cruces o imágenes era lo que más le había llamado la atención a Sixto.

Prendí la lámpara de aceite que le había robado hacía un par de meses a mi tío y arrimando el cajón que usaba de asiento a otro que tenía por mesa me dispuse a leer por millonésima vez: “El Tesoro Nazi”, una aventura narrada por Stal Lee con dibujos de un tal Jack Kirby con el capitán América destrozando un complot de la SS para invadir Nueva York con gárgolas de tres metros.

En el silencio absoluto de la cripta solía ponerme a pensar en cosas que nunca pensaba “arriba” o “afuera”, en cosas tortuosas y difíciles de comprender para un joven como yo obligado a madurar quizás antes de su tiempo. La resortera “de Sixto” y tres piedras descansaban a mi lado como si fueran el arma de un pistolero del oeste presto a jugar al poker con fantasmas invisibles. Frío, miedo y soledad se llamaban ellos.

De los seis cajones que había en la cripta solo quedaban dos, prácticamente solo Sixto había quitado los otros cuatro que el tiempo había destrozado, no sé cómo tenía el valor para barrer tanta inmundicia pero en un par de días lo había hecho tirándolo todo en el osario junto a la iglesia pero del lado de atrás.

El negro transpiraba mientras me alcanzaba las bolsas que olían como el carajo y que yo vaciaba en el pozo de huesos sin mirar que contenían, con respirar esa mierda ya era más que suficiente. Finalmente solo quedaron dos cajones, dos ataúdes negros, uno en el primer lugar y otro en el quinto. Sixto no quiso sacarlos, se persignaba varias veces al mirarlos, era como su salvoconducto para sentir que tomar la cripta como nuestro club era posible de ser.

Comí un emparedado de atún que había guardado en mi sucio morral, junto a este encontré un pañuelo bordado que me había regalado aquella niña en la escuela, no recordaba su nombre, era pelirroja y bonita y me había regalado justo a mi su…
Un ruido seco.

Un ruido seco como de algo que rasca la madera me puso todos los pelillos de la nuca en alerta y me hizo automáticamente tomar la resortera con la firme convicción de que no estaba solo. Una rata, es una rata, no puede ser otra cosa que una rata o tal vez los escarabajos, solo esos pueden ser, los fantasmas no existen y yo me cago en dios. Me repetía para sentirme más seguro pero ya me temblaban las piernas.

Algo en el primer ataúd rascaba la madera, algo desde dentro y yo paralizado de terror no podía correr a la escalera y el maldito farol a keroseno que comenzaba a mostrar una rara sombra en la pared que no era otro que yo mismo agigantado por una pavorosa angustia.

Entonces el cajón explotó, estalló en pedazos y un hombre pálido y alto, como de dos metros salió de él. Impecablemente vestido con traje negro y capa forrada de sedas rojas me miró con sus ojos punzantes y me dijo: __Yo soy el vampiro.

FIN

Neo Vampiros: La capucha

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Neo Vampiros
La Capucha
Por: Darío Valle Risoto

__Alguien lo tenía que hacer, simplemente era mi trabajo, yo cumplía con mi deber.

El café estaba demasiado amargo y ella sentía que un poco de azúcar no le vendría mal aunque sabía que en definitiva le iba a caer como los demonios.
Estaba esa noche como suspendida en el tiempo y en el espacio y eso era lo de siempre, lo que seguía viviendo casi veinte años después. ¿O eran treinta?
Se restregó los ojos hasta que le dolieron y el tipo seguía allí en frente sollozando bajo la capucha. Un pobre hijo de puta que sabía bien lo que le esperaba. ¿O no lo sabía?
La capucha era una precaución absurda porque lo iba a matar, tal vez se la habían puesto para no verle la cara al pobre infeliz hijo de puta ex torturador.
__ ¿Yo que te hice?, ¿Sos una mujer?…Me di cuenta. Yo tengo dos hijas, no sabes como las quiero, las amo, son un regalo de dios.
__ ¡Dios no existe imbécil!

Subió los diecisiete escalones desde el sótano a la puerta que debajo de la escalera daba a ese sitio. A su derecha estaba la cocina, depositó la taza de café sobre la mesada llena de trastos sucios.
Pelayo estaba fumando uno de sus cigarros armados mientras observaba la vieja televisión Punktal, apenas si la miró y le hizo un gesto con la cabeza.
__Aún no lo maté si eso es lo que quiere saber.
__ Me importa un carajo, solo quiero cobrar e irme a la mierda de este lugar. __Le dijo mientras se encogía de hombros y pitaba fuerte.
Lorena sacó un fajo de billetes de cien dólares y le dio los mil pactados, el tipo sonrió mostrando que le faltaban varios dientes. Era morocho, Pelayo era el hombre que le había traído a la cosa de abajo.
__ ¡Notable!, Cualquier otro asunto a sus ordenes señorita…
__ Si, ya sé. __Le dijo sin mirarlo mientras en el horizonte a través de la sucia ventana de la cocina observó una agorera línea de sol que comenzaba a asomarse.

__ A sus ordenes señorita. __Le había dicho y ella sintió repulsión por la palabra: “Ordenes”.
Lorena cerró las cortinas y bajó al sótano, iba a amanecer y eso a los no muertos les cae bastante mal, si fuera un día nublado quizás podría hasta salir pero no, era una primavera con mucho sol, maldito sol y malditos recuerdos.
El tipo había intentado soltarse y se había caído de costado con silla y todo, se había golpeado la cabeza y la sangre teñía parte de la sucia capucha improvisada con una funda de almohada.

Recordó su encuentro con Pelayo y sus amigos cuando estos le informaron que podían secuestrar a este coronel retirado y por la módica suma de dos mil dólares. La mitad por adelantado.
Lorena se sentó en su silla sin levantarlo. el tipo respiraba con cierta dificultad, era un hombre de unos setenta años y se había dado contra el piso atado al respaldo metálico de una vieja silla de escritorio.

Una pequeña ventana daba del sótano al jardín invadido de altas malezas, esa casa era casi una tapera fuera de la ciudad de Pando, la había comprado como tantas otras para “guardarse” en caso de que algún amanecer la atrapara lejos de su hogar en el Prado. Y también servían para guardar la comida.
Sonrió y sus colmillos asomaron.

Cuando el hombre despertó lo levantó sin ninguna dificultad y le quitó la capucha. El abrió los ojos y pestañeo varias veces hasta que la vista se le normalizó y su expresión primero fue de asombro hasta que comenzó a reírse.
__ ¡Pero si sos una gurisa! ¿Esto es una broma de los muchachos?
__ Te referís a tus camaradas de armas o a tus cómplices de la polibanda?
Silencio.
__ Estas muerto viejo… supongo que cuando te entrenaron en la escuela de Panamá te enseñaron que hay que morirse con honor, me lo imagino, no se por qué, porque honor es algo que realmente les faltó a todos ustedes.
__ ¿Y vos que sabes guachita? __Levantó el mentón altivo mientras un hilo de sangre le bajaba del lado izquierdo de la cabeza para morir en su papada.

Lorena abrió la boca, sus colmillos asomaron y el tipo por un segundo comprendió que no todo era fácilmente comprensible para quien fue parte del ejército en épocas pasadas donde todo o casi todo era posible, más esto no, esto no lo podía ser.
__ Te voy a matar rápido, cosa que deberías agradecerle a ese dios que te bendijo las armas cierta vez cuando saliste del liceo militar.

Su sangre era amarga, ella sabía que iba a serlo.

Juicio y castigo.

Los Fantasmas de Nuevo París

Abandoned Old Victorian House - New York, USALos Fantasmas de Nuevo París
Conclusión
Por: Darío Valle Risoto

Ella comenzó a desaparecer y él se arrojó en el espacio donde antes estaba el fantasma hasta casi chocar con una pared. Luego: la nada.
El celular sin cobertura, ninguna novedad, las novelas sobre la mesa de la cocina y afuera la tormenta, adentro de nuevo el gato que lo mira enigmático y en su estómago un vuelco al vacío.
Cuando la tormenta amainó comenzaba a amanecer, apenas caía una llovizna pero hacía frío, caminó resuelto hasta el pequeño cobertizo y encontró un pico y una pala. Como guiado por manos invisibles comenzó a cavar en el mismo sitio donde ese hombre desquiciado supuestamente había ocultado el cuerpo de su víctima.
Y por supuesto que la encontró.

Cuando llegó la policía su madre y la dueña de casa no tardaron en asistir a la escena en que el joven era interrogado por un agente incrédulo. El pequeño bulto casi era una mezcolanza de raíces y trapos podridos. Entre ellos los huesos de una niña, un medallón y restos de un vestido que alguna vez fueron vida.
Annabel Hermida se desmayó, el shock la hizo recordar algo que su mente de niña había borrado para siempre por simple e inexplicable instinto de conservación.

Dos días después Anselmo acompañó a Nora al sanatorio donde estaban a punto de darle el alta a la señora que los recibió agradecida.
__Gracias mi hijo, me hiciste recuperar los recuerdos, yo había fabricado en mi mente que se había muerto del corazón, pero había un secreto terrible que mi familia ocultaba. __Bajó la cabeza visiblemente avergonzada. Nora le dio un beso.
__De alguna manera siempre tuve la idea de que la otra niña era usted pero viví momentos muy confusos en esa casa… pero, ¿usted no la había alquilado?
__Algo, una fuerza, quizás el fantasma de Samantha que tu citas me hizo volver a vivir donde nos habíamos criado, no lo sé, tampoco fueron en realidad cuarenta años, creo que se te pasó que yo soy mucho más vieja, en realidad todo sucedió algún día de mil novecientos treinta y siete.
Anselmo se cruzó de brazos pensativo, miró a la mujer que sonreía y tenía la mirada de alguien que por primera vez en su vida descansa de recuerdos tristes y reprimidos. Por lo tanto temió hacerle la siguiente pregunta.
__ ¿Y Florián?, ¿Qué fue de él?
__Florián era medio hermano de mi madre, poco tiempo después de que “desapareció” mi hermana y yo me enfermé seriamente desapareció en el Brasil, por la edad ahora no creo que esté vivo, tendría más de cien años.

__ ¿Las violó a las dos?
__ ¡Anselmo! ___Gritó su madre mientras que abrazaba a su amiga, sin embargo los ojos de Annabel se tornaron fríos y miraron hacia la calle por la ventana del consultorio.
__Comenzó con Samantha pero no me pudo tocar, ella se le tiró encima y la mató, después entré en shock, ¿Solo nos viste jugando en el jardín?
__Si, y luego la otra niña siendo. …
__ ¡Por favor! ¡Ya todo terminó! __Suplicó Nora tratando de acabar con una conversación muy molesta.
__Es cierto, ¿Va a seguir viviendo allí?
__Pienso comprar la casa mi querido y le voy a construir algo, un monumento, algo que recuerde a mi salvadora.
En ese momento alguien entró a la sala y Anselmo se dio vuelta para ver quién y para quedarse congelado como en aquella fría mansión de Nuevo París.
__Es mi sobrina Silvana, viene a ayudarme a regresar a casa.
Una chica alta vestida de jeans azules y un largo buzo negro se retiró el largo cabello oscuro de la cara y lo besó en la mejilla.
Era demasiado parecida a la fantasma de Nuevo París.
__Él es Anselmo Fernández, el héroe de mi vida mi querida. __Dijo sonriendo Annabel mientras veía que estos dos jóvenes tenían una especie de halo eléctrico a su alrededor.

FIN

Epílogo
Pasado un mes del extraño suceso en esa vieja casa de Nuevo París Anselmo volvió a su vida cotidiana, es decir, al aburrimiento diario de tratar de ganarse la vida en la agencia de cambios y de contentar su tiempo libre leyendo de nuevo aquellos viejos apuntes sobre ciencias ocultas. Los había dejado un par de años antes porque se estaba volviendo un escéptico, al enfrentarse al caso de Samantha y ese fin de semana tormentoso en la casa de Annabel Hermida, había tenido que volver a ojear sus garabatos, diagramas y dibujos.
La casa de Gnosis en el centro había cerrado y le dijeron que Victoriano Andrade había partido al Perú en el 2008 a una reunión del grupo Rama liderado por el controvertido Sixto Paz. Así que descansando en un sucio bar de la calle San José se puso nuevamente a recordar los detalles de esos casi dos días donde descubrió un doloroso secreto que involucraba fantasmas, asesinatos y especialmente su duelo personal con el miedo.
El capuchino estaba bueno y afuera había salido un sol invernal que le daba al centro un poco de color a pesar del frío, hubiera querido pedirle disculpas a Victoriano por no haber tomado en cuenta tantas enseñanzas, pese a todo sabía que no podía involucrarse como esas viejas que se pasan leyendo a Coelho, yendo a Reiki, leyendo el horóscopo y se pierden…
La vida, dos chicas que pasaron frente a la vidriera y le sonrieron, el cuicacoches que se empinaba la botella de plástico con vino y un auto que frenó casi sobre la cebra pintada en la agrietada calle céntrica.
Pero: ¿Por qué no puede dejar de pensar en ella? Demasiado sólida para ser imaginación, nunca olvidó el contacto de su fría mano ni el insondable y profundo mar oscuro y triste de sus ojos negros, tampoco la esbelta y delgada figura graciosamente sinuosa que era ese joven espíritu tomado de la tierra en forma criminal.

¿Se puede amar a un fantasma?, Acaso Anselmo estaba demasiado solo en una ciudad que no le había dado mucho, de todas maneras fue muy elocuente fue abrazar a Nora y decirle que lo perdone porque aunque madre adoptiva era su madre y que reconocía que había sido muy frío cuando murió su marido… es decir, su padre.
Nora estaba feliz porque desde el suceso la casa de su gran amiga había recobrado la vida, de todas maneras Anselmo tenía algo de reparos en volver a pisar esas habitaciones oscuras y húmedas.
Cuando terminó su capuchino se quedó mirando a una joven rubia que había entrado al bar, ella pidió un café pero se quedó mirando la televisión haciéndolo a su vez salir de su abstracción y enfocarse en las noticias.
Montevideo asistía a hechos extraños desde hacía unos seis años, crímenes sin resolver y situaciones que no eran del todo bien explicadas, no solo por las autoridades sino también por los medios de comunicación. Anselmo se sintió culpable porque había vivido en su propia burbuja tratando de trabajar, ir a casa, dormir, ver películas y nada más. Las pocas y raras relaciones que había tenido con el sexo opuesto siempre terminaban sin una explicación. Tal ves su obsesión por el fantasma de Samantha era producto de su soledad.
La chica rubia terminó su café y recogió su bolso, antes de salir compró cigarrillos y en la puerta encendió uno y se puso a toser inmediatamente para luego estallar en una risa histérica.
__ ¿Te puedo ayudar en algo? __Le preguntó él tratando de socorrerla pero sin saber que realmente hacer.
__En realidad no fumo, ¿Se nota?
__Creo que bastante, será mejor que tomes un refresco yo invito si no supera los cincuenta pesos, digo.
__Gracias.
__Me llamo Anselmo
__Paula, mucho gusto.

FIN

Los Fantasmas de Nuevo París

04_1024Los Fantasmas de Nuevo París
Parte 4
Por: Darío Valle Risoto

Ella tenía un vestido negro con arabescos en el mismo tono, rostro alargado, mentón algo pronunciado con una boca casi cómica, ojos negros con pestañas perfectas, así como un largo cabello del mismo color de las noches sin luna. Pero una piel blanca.
Blanca como la superficie de la luna, como la plata de una fuente, como el reflejo del sol sobre un río al atardecer, como las nubes que vio cuando niño y nunca más volvió a encontrar. Como su madre, la verdadera a la que nunca conoció.
__Eres un solitario Anselmo. ¿Qué esperas quedándote aquí?
__ ¿Estoy soñando?
__Yo soy real, me llamo Samantha, estoy muerta Anselmo, estoy muerta y enterrada en esta casa.

Una delicada mano blanca le tocó el rostro, una caricia de piel fría sobre su miedo, el aleteo de un ave nocturna posada sobre el crispado anhelo de ser un héroe quedándose en esa casa embrujada como si fuera el mismo Victoriano, el instructor de los grupos esotéricos. Una mano fría de dedos largos y uñas brillantes, perfección de manos femeninas, el confín de las caricias más apreciadas, las de una mujer joven que tiene unos largos cabellos negros que caen sobre el pecho de Anselmo que tiembla paralizado en ese camastro.

El gato con sus ojos fijos sobre la sombra de Samantha y algo que no puede estar allí pero está, junto a los cabellos erizados de todo su cuerpo, está, junto al escalofrío y el bramido de los truenos que implacables parecen sacudir todo Nuevo París como si fueran los cómplices de la muerta.
Y sobrevino el mareo, como si lo metieran en una enorme batidora, todo comenzó a girar: el gato, las paredes, las manchas de humedad y los enormes ojos tristes de la chica del vestido negro con arabescos que se estiró de forma incalculable y lo abrazó para caer junto a él en el vórtice mismo de una dimensión que nunca pudo existir pero allí estaba.

De cabeza como si le hubieran pateado calló en un jardín florido, sintió el olor de las madreselvas, de las flores pájaro, de los jazmines. Un jardín que pudo estar en el fondo de la casa destruida en otro tiempo, otro lugar, otra vida.
Dos niñas corrían de la mano, estaban vestidas con largos y frondosos vestidos, rosa la rubia y la de cabellos negros lleva el celeste. Ambas corren junto a un perro que de pronto se queda mirándolo a Anselmo.
__ ¿Qué hay Sultán?
__ ¡Debe ser un bicho Samantha!
¿Samantha?
¿Acaso se calló por una esquina del tiempo?
Y de pronto se oscureció todo y un cuchillo tiembla en el aire mientras un hombre balbucea palabras soeces, hay un galpón y una niña que llora en el suelo de tierra enrojecida por algo que es y solo puede ser…
__ ¡Sangre!, ¡Déjela degenerado!___ Gritó sin voz, saltó sin moverse, lloró sin lagrimas.
Anselmo se sobrepuso al terror de la escena terrible y siniestra que estaba presenciando, no comprendía como el tipo lastimaba a las niñas y sin embargo no le miraba, como si él no estuviera allí, como si fuera un fantasma.
La pequeña se arrastraba sobre el charco de sangre, trozos de su vestido caídos y su cuerpo comenzaba a quedarse quieto, quieto como el mar sin viento, como las hojas de un árbol… seco.
__ ¡Nooooooo!
Su propio grito lo despertó, no corrió a vomitar porque lo invadió un miedo lejano, una tristeza de taperas olvidadas, sintió que un alma muy abatida le imploraba que resuelva algo quedado en un pasado no tan lejano y manchado de la sangre más inocente posible.

En cuanto pudo se puso de pié y trastabillando caminó a la cocina, allí tomó mucha agua y trató de limpiar tanto sus lentes que casi los rompe, el gato se erizó mirando a un rincón donde no había nada.
Una mancha de humedad de las tantas y afuera la lluvia, la tormenta y la casa enorme de Nuevo París que parecía querer privarlo de la cordura, de las ganas de ser un héroe, un buscador de misterios, un hombre de verdad.
Y el sonido del celular que lo sacó de un mundo imposible sumergiéndolo en el real y cotidiano país de lo cierto.
__ ¿Hola?
__ ¿Está todo bien mi hijo?
__ ¿Nora?
Luego, la nada absoluta, sin señal de nuevo y la sensación de estar siendo abusado por algún espíritu maldito al costo de su cordura. Respiró profundamente recordando los siete pasos de meditación aprendidos en la escuela esotérica.
1) Respiración abdominal.
2) Exhalar e inhalar contando hasta siete
3) Centrarse en la luz.
__ ¡Ándate a la mierda Victoriano!__ De nuevo un trueno irrumpió recorriendo toda la casa y ella parada allí, junto a los postigos de una ventana con el rostro casi enteramente tapado con su largo y si fuera posible, hermoso cabello negro.
__Mi tío, en mil novecientos sesenta y cuatro, mi tío Florián, me mató.
__ ¿Qué querés de mí?
Sus brazos blancos, delineados en mármol pétreo se movieron en cruz y de ellos comenzaron a gotear largos hilos de sangre de un rojo oscuro y gelatinoso.

Y Anselmo se despertó en la pequeña cama de la habitación, el gato seguía lavándose a lengüetazos como si nada hubiera pasado.
__Un sueño, fue un sueño.
__ ¡Noooo!
__ ¿Quién grita?, ¡Carajo!
Hay momentos que hasta el terror se olvida, Anselmo se calzó sus botas y salió tan intempestivamente de la habitación que el gato huyó aterrado, en cuatro largas zancadas traspuso el corredor angosto hasta la puerta del fondo.
La lluvia arreciaba pero había un sector bajo el sol, como si recortáramos la realidad, como si por un efecto extraño insertáramos un mundo dentro de otro. Allí un hombre reía enloquecidamente mientras enterraba un bulto mediano en un pozo del jardín florido, a pocos pasos de sus pies secos comenzaba la lluvia y del otro lado el joven miraba la escena sabiendo ahora indefectiblemente que era un hueco hacia el pasado de ese lugar.
__ ¡Florián!__ Gritó con toda la bronca posible en el cuerpo pero no pasó nada, era como gritarle a la televisión o a una película, eso no estaba sucediendo, al menos en ese momento.
Un hombre muy enfermo hasta el punto de violar y matar a una pequeña niña, la cuchilla ensangrentada, la sangre desde el pequeño galpón brillando al sol de un aciago día del año sesenta y cuatro.
Y en medio de la lluvia el agua fría que se cruza con sus lágrimas cayendo por su mentón mientras alguien parado a su lado lo mira con extrema tristeza pero esboza a su vez una pequeña sonrisa.
__ ¿Esa niña eras tú Samantha?
__Si, era…soy yo. __Le dijo ella y lo tomó del brazo dándole la espalda a ese recorte del tiempo que comenzó a achicarse y a ser tragado por la realidad imperante de una tormenta sobre el cielo nocturno de Nuevo París.
Temía mirarla, no quería que se vaya, que desaparezca, el miedo se había esfumado y ahora lo contagiaba la paz de la dulce y delgada mujer de negro.
__Pero…
__Tu maestro no te lo pudo enseñar, pero los espíritus también crecemos, eso es si así lo deseamos, pasaron muchos años para que tu vengas a esta casa y puedas comprender la tristeza de ese terrible día en que mi prima y yo fuimos atacadas por nuestro propio tío.
__No te vayas. __Le dijo al dulce perfume a violetas, al largo cabello negro sobre los perfectos hombros de la mujer más hermosa que había visto en su vida.

Continuará.
Concluye en la próxima edición.

Los Fantasmas de Nuevo París

aparicion satanica-901824Los fantasmas de Nuevo Paris
Parte 3
Por: Darío Valle Risoto

Victoriano Andrade daba charlas sobre los signos del zodiaco, había una vieja que jodía y jodía con que los de Acuario eran más evolucionados y los de Tauro obcecados pero no tanto como los Aries, tal ves con ese sentido científico de la vida, los de Capricornio tenían culo de caballo y tiraban flechas. Anselmo se aburría como un tronco.

Algunos le decían “Victoriano” cariñosamente, no era un mal tipo, probablemente un homosexual no asumido, criado por dos tías solteronas o tal vez mataba a sus amantes y hacía rellenos para colchones ecológicos con sus restos. Era un tipo algo grueso de mediana estatura que hablaba con un algo de erudición forzada, decían que era Argentino como si proviniera del otro lado del mundo, también le adjudicaban no se sabía que poderes porque había prevenido cierta catástrofe en un teatro del Cerro pero todo se perdía en la bruma de…
Los recuerdos no se desvanecieron del todo, allí estafa esa chica evangelista: Ofelia, que había ido a las charlas y se había ofendido grandiosamente cuando Victoriano, es decir: “Victoriano”, deslizó como quién pela un chicle, que Jesús era extraterrestre.
__ ¡Habrase visto tamaña blasfemia!

Solo Anselmo pudo terminar con la discusión sobre proféticos salmos y toda esa bazofia bíblica, Victoriano le pidió disculpas a la chica que no estaba tan mal debajo de ese vestido del siglo pasado. La quitó a lavarse la cara fuera del salón, allí continuaron la discusión sobre los libros del mar muerto y la vida en Egipto, mientras el muchacho trataba de calmar a la ofendidísima cristiana que tendría unos veinte virginales años a esas alturas.
Bueno… no tan virginales.
Esa tarde hicieron el amor con bastante mala experiencia pero gratificante sin lugar a dudas, ella no era tan virgen ni el tan estúpido para dejarla ir, aún así la relación no podía prosperar demasiado y el tiempo así lo determinó.

Una mujer de negro, delgada, parada a su izquierda, el cabello erizado de terror, algo que no lo suelta de la memoria de hechos recientes allí en las reuniones…
La casa, su madre adoptiva y ese absurdo trabajo de ir a investigar que pasaba con los ruidos, los aullidos de la noche que recorren los húmedos corredores de una casona del barrio de Nuevo París.
Anselmo se había quedado dormido sobre la mesa babeando sobre un libro de ciencia-ficción, pero al abrir los ojos estaba esa mujer pálida, inocua y blanca mirándolo con ojos ausentes de un brillo nacarado y profundamente negros.

__Me llamo Samantha.__ Dijo con la dulce voz de la irrealidad.
Todo había sido producto de dormirse como un bobo sobre la mesa, sin embargo ella estaba allí, de carne fría y huesos helados parada arrastrando un vestido negro con arabescos en el mismo tono de la noche siniestra. Vestida como un enorme Cuervo que anuncia que el sol se ha ido lejano de esta tierra y de que la mansión de Nuevo París se encontraba al final de un largo y eterno corredor que apuntaba a una dimensión donde la locura no será ajena ni extraña.
Anselmo Fernández supo que no estaba preparado para eso, pero ya era demasiado tarde.

El miedo sabe mal, la lengua parece agigantarse en una cavidad pastosa que refrena un vómito cuando el estómago se transforma en otro enemigo. Anselmo miró a la sombra y solo había una difusa línea de luz difuminada, un reflejo de la lámpara sucia de la cocina que rebotaba sobre su propia campera colgada junto a la puerta más la sombra proveniente de uno de los postigos de una ventana que…

__ ¡Soy un cagón! __No podía dejar de sentirse un maldito blando de porquería, muy altivamente había aceptado pasar dos noches en esa casa como si fuera el gran macho, el héroe de la película y ahora estaba aterrado y conversando con una sombra a la que le había dado hasta un nombre. ¡Increíble!
Sacó su arma secreta de la mochila.
Una petaca con aguardiente pura que se empinó unos segundos para sentir que algo caliente y picoso le volvía a traer el aliento y la garganta a la misma…
Corrió al baño a vomitar, era un jodido del hígado desde siempre y debió recordar que el miedo siempre le revolvía el estómago.
Linda noche sobre sus rodillas rezándole al dios inodoro y sintiéndose muy mal, sobre todo porque arreció una lluvia que pareció violentar a toda la naturaleza en torno a la casa. Y lo que faltaba.
Un apagón.
El viento exterior, la temperatura que bajaba rápidamente y el susurro de Samantha.
__ ¿Samantha?
Guiándose solo por el reflejo de los relámpagos llegó a la cocina y encendió la linterna que había dejado sobre la mesa, sus libros seguían desparramados, el café más frío que el aliento de un oso polar y de nuevo el agobio de dejarse llevar por sus propios miedos interiores. Soplar, contar hasta diez y decirse a sí mismo lo mismo que le había dicho a la señora Annabel.

Los ruidos de muebles viejos, ratones, los caños que se retuercen, se dilatan y contraen con los cambios de temperatura, los viejos cimientos y esa mujer vestida de negro que ahora lo miraba desde el otro lado de uno de los postigos de la puerta al patio trasero.
Desde luego que al enfocar la linterna la silueta desapareció y si bien le costó un poco llegar a la puerta y abrirla, no había más que las quejumbrosas ramas de un árbol y un gato que entró corriendo a la casa.
__ ¡La puta!
Bueno, después de todo no le había preguntado a la señora sobre sus gatos, pero su madre cierta vez la había hablado de que su amiga tenía algunos, así que no era para tanto. Al menos se encargarían de ahuyentar a alguna rata que se quisiera calentar en medio de la tormenta.
Y era una forma rara de sentirse acompañado. Claro que entrar a la cocina iluminado con el foco de la linterna y que la luz de en dos enormes ojos brillantes no parece ser lo mejor. Un felino negro con algunas manchas de color blanco en el rostro lo miraba con gesto inquisidor.
__Tu, tu dueña me contrató para…
El gato se lamió una pata y se la pasó por los ojos. Anselmo volvió a mira la botella de aguardiente pero recordó que acababa de vaciar el estómago de forma muy poco agradable.
Volvió a intentar llamar a su madre por el celular pero cero cobertura, entonces reparó en que eran casi las once de la noche y la lluvia arreciaba. Annabel le había indicado el cuarto de servicio luego del baño, así que caminó y abrió la angosta puerta que se abrió con un desagradable chirrido. Era de esperarse para completar el escenario.
No estaba mal, decidió solo sacarse las botas y dormir vestido, se tiró sobre la angosta cama y dejando la puerta entre abierta al corredor comenzó a pestañear. El gato entró como Pedro por su casa y se acostó a su lado como si lo conociera de toda la vida. Sin lugar a dudas que los gatos poco les importa quien les de calor. Pensó.
Un leve ronroneo proveniente de alguna parte aumentó de intensidad, luego un goteo cercano que era seguramente del techo haciendo desagüe cerca de la pequeña ventana.

Continuará