El Retorno de Yith 4

chtulhu

El retorno de Yith: capítulo cuarto
Por: Darío Valle Risoto

Estaba sentado casi frente al hotel. La muchacha salió a tirar agua en la calle, seguro estaba baldeando los pisos de baldosas blancas y negras en damero del hall de entrada. Paul levantó una mano saludándola, ella pareció no verlo.

__ Ariadne es hermosa, realmente. ¿No le parece? __Dijo el hombre ciego.
__ ¿Cómo se dio cuenta?
El viejo se empinó el resto de su botella de cerveza sonriendo.
La muchacha volvió a entrar al hotel, evidentemente cojeaba pero a esa distancia casi no se le notaba la joroba.
__ ¿Es hija del dueño?
__ No, es su nieta, cuando murieron sus padres, la trajeron desde Seattle, recorrieron medio país para deshacerse de la renguita… unos hijos de puta. Pero Yith les dio lo que merecían. Cuando regresaban a su ciudad se cayeron con camioneta y todo por el barranco en las afueras de Marble Hall, ambos decapitados por el parabrisas. El cinturón solo sirvió para sujetar los cuerpos pero las cabezas rodaron por ahí. __Lanzó una carcajada tan contagiosa que Paul se rio también con cierta culpa.

__ Creo que soñé con ella, pero no me atrevo a contarle lo que soñé, no quiero parecer un hombre indecente.
El anciano cerró los ojos, manoteó el bolsillo de su camisa y comenzó a armarse un cigarrillo, evidentemente a pesar de ser ciego era ducho en el armado además de darse cuenta de muchas cosas.
__ Bueno, creo que es hora de irme a dormir. __Agregó el anciano tras encender su cigarrillo y llenar el aire de un perfume ocre.
__ Fue un gusto conversar con usted.

Paul cruzó la calle, ya no tenía dudas de que su misión de viajar a Portland había quedado abandonada por algo que le era imposible de definir, sentía la sensación de que una voz antigua, ancestral, casi olvidada le obligaba a quedarse allí para siempre. Él “para siempre” en su cabeza le hizo sentirse mareado y no bien entrar al hotel se sentó en uno de los viejos sofás delante de la estufa a leña que permanecía apagada.

Los pisos aún estaban húmedos, evidentemente la muchacha había limpiado, la vio detrás de una gran mesa secándolo con un trapo sucio que de vez en cuando retorcía sobre un balde metálico. Su abuelo leía sin siquiera inmutarse de que ella llevaba la escoba, el balde y el trapo con la clara dificultad de ser renga.
__ ¿Te ayudo?
__ No, gracias, estoy acostumbrada. No estoy enferma.
__ Por supuesto que no, solamente que estoy aburrido y podrías mostrarme el pueblo si terminamos antes. __ Ella levantó el rostro, era realmente bella, algo difícil de describir, como si las deformidades de su cuerpo fueran el pago maldito de tener una mirada de ángel y una sonrisa de otro mundo.
__ Espéreme afuera dentro de una hora porque mi abuelo no me dejaría salir con usted, así que me tengo que escapar. __Un sonrisita maliciosa iluminó su rostro ya radiante.

Paul subió a su habitación, se sentía eufórico, extraño, era como si fuera a tener una cita con una enamorada, con una mujer hecha y derecha pero esa muchacha renga y jorobada era casi una niña. Debería sentirse culpable y sin embargo se cambió de ropa, nervioso y con unas ansias insoportables de estar con ella.

El abuelo cerró su eterno diario y caminó hasta la cocina, un hombre negro y extremadamente alto trozaba un cerdo sobre una mesa manchada de sangre. Era Nick, solo “Nick” el cocinero multiuso del hotel y único confidente del dueño.
__ Se va a encontrar con el extranjero, todo vuelve a repetirse.
__ De eso se trata ¿No?, para eso le servimos al señor de los océanos.
__ Lo sé hermano Nick, pero creo que en esta ocasión Ariadne mira con otros ojos al extraño, creo que está enamorada.
__ Ya tiene quince años, está en hora de tocar a un hombre y usted sabe que nunca me quiso por más que le he regalado muchas cosas.
El hombre se rió a carcajadas, abrió una vieja heladera General Electric y sacó una sucia botella con vino blanco, sirvió en dos vasos bastante opacos y le alcanzó uno al negro enorme que dejó su cuchilla a un lado, se limpió las manos en su delantal y tomó un largo sorbo.
__Ariadne tiene mejor gusto que un negro feo como tu hermano.
Nick abrió su gran boca coronada de enormes labios gruesos y mostrando la ausencia de varias piezas dentarias lanzó una carcajada.

El hombre ciego dio vuelta la calle seguido por su fiel perro bulldog hasta que tanteando con su palo a forma de bastón encontró el árbol que le indicaba que exactamente a cuatro pasos estaba la entrada de su rancho.
Lo recibió una mujer mucho más joven que él con rasgos indígenas, era su esposa, su enfermera y su amiga.
__ ¿Se emborrachó de nuevo?
__ Para nada Samantha y ya te he dicho que soy mayorcito y me puedo mamar cuantas veces se me antoje, no seas tan castradora.
__ No sé qué significa: “Catadora”
__ “Castradora”: quiere decir que me cortas las bolas cada vez que me hechas en cara que tomo licor o cerveza o que fumo peyote. Quiere decir que un hombre con los huevos bien puestos es dueño y señor de envenenarse cuanto se le antoje. ¿He sido claro?
La mujer siguió lavando la ropa en un latón enorme de aluminio, su marido entró a la única habitación, la de ambos. Allí manoteó un viejo libro que siempre descansaba sobre un parador. Encendió dos velas, cada una a su lado, pasó las manos para comprobar el calor y luego deslizó sus manos sobre las páginas abiertas.
En su mente se comenzaron a dibujar extraños grabados muy familiares para él.
__ ¿Has tocado el libro? __ Le gritó a su mujer.
__ ¡Dios me libre!, Usted sabe que soy evangélica.
__ ¡Evangélica mis cojones! ¿Acaso eres hija de la biblia cuando te la estoy metiendo por atrás?
__ Usted es un grosero.
__ Ja ja ja ja

Paul bajó al amplio hall del hotel, se había arreglado lo mejor posible, incluso se había puesto el perfume que solo usaba en juntas de negocios y que llevaba para su reunión en Portland. Pero ahora solamente quería volver a ver a la muchacha, era como si algo lo obligara a estar cerca de ella o morirse.
Nadie estaba al costado del hotel, solamente dos perros que se tironeaban un trapo sucio, más allá, bien atrás había un sauce llorón del que colgaba una vetusta hamaca casera, pensó en que Ariadne debería jugar allí justo cuando escuchó unos débiles pasos a su espalda.

__Espero no haber demorado mucho, el abuelo está con Nick en la cocina, de seguro se van a emborrachar y terminarán dormidos.
__ ¿Nick?
__ Es el único empleado del hotel, lleva años con nosotros, lo conozco desde que me trajeron mis padres… Bueno aquí estoy.
Parada y vista de frente nadie pensaría que levaba una triste joroba y que era coja, sin embargo: ¿quién puede asegurar que hay belleza completa o que está necesariamente debe ser como todos piensan?
__ Me gustaría caminar contigo, este pueblo me ha despertado una extraña sensación de que lo he visitado antes.
Ella caminó a su lado, pasaron el sauce y dejaron la parte trasera del hotel tomando un camino de tierra. De pronto Paul comprobó que ella ya no cojeaba y al mirar sus piernas vio que llevaba una bota especial en la más corta.

Continuará.

El Retorno de Yith 3

70035677e193bc1977a9d0227170f12f

El retorno de Yith: capítulo tercero
Por: Darío Valle Risoto

Nunca habían visto hombres blancos. cuando Ogumba llegó de su viaje a la costa cubierto de sudor y se postró de rodillas a contarle al rey de su hallazgo fue difícil creerle. Pero Ogumba era un guerrero de respeto, era el único que había matado a tres leones en toda la historia de la tribu.

__ Son hombres como nosotros pero tienen la piel del color de los frutos del árbol “Goki”, más claras aún y sus cabellos también son extraños, se mueven con el viento. Visten con pieles de animales desconocidos para mí. Todo es cierto señor, bajaron de grandes embarcaciones y se quedaron en la costa observando a la espesura, creo que no fui visto pero tuve que huir cuando se internaron por el este, creo que vienen en esta dirección.

Dos días después el primer cañón despertó a la tribu y los extraños cayeron como moscas sobre el ganado. Eran hombres los hombres blancos armados de truenos y fuego comenzaron a atar a los hombres y mujeres más jóvenes y mataron el rey. Al mediodía la tribu diezmada fue reducida a un par de cientos de prisioneros amarrados unos a otros mientras sus chozas ardían y cadáveres por aquí y allá evidenciaban que no habían tenido oportunidad.

Ni un solo hombre blanco fue muerto o herido, el factor sorpresa tomó a la tribu Aganti desprevenida y los esclavistas se hicieron con un buen botín. Ahmed recibió una bolsa de monedas de oro, veinte monedas para ser exactos de manos del segundo al mando del capitán Fergus Stocard.

Al atardecer Ahmed llamado: “el guía” y sus hombres se quedaron en tierra con el oro y algunos esclavos propios mientras que el bergantín: “Libertad” levó anclas rumbo a las tierras de América.

Alumbrado con los candiles de aceite el capitán repasaba el recuento de esclavos para vender en el nuevo mundo, eran un total de trescientos veintinueve hombres y mujeres de menos de treinta años promedialmente, algunos niños, un tercio de mujeres… ningún anciano.

Jeremahia y dos hombres golpearon a su puerta y le trajeron a una negra joven y desnuda que miraba no con miedo sino con gesto altivo a sus captores. Le notificaron que era la princesa Kanague y que se resistía al punto de que pensaban que era mejor tirarla por la borda.
Fergus la miró de arriba abajo y comprendió inmediatamente que estaba frente a una mujer no solo de singular belleza sino de espíritu indomable que no iba a ser fácil de cambiar. Pero el viaje era largo y era bueno tener en que entretenerse.

Paul caminó por la calle principal de Greenville y se detuvo en la sucia plaza, unos niños corrían detrás de un perro flaco y le arrojaban piedras, el último de ellos era aquel que había visto masticando una serpiente al llegar al pueblo. El muchacho de rostro plano, cabeza abombada y ojos de sapo lo miró y luego sonrió.

Encontró un diminuto bar donde pidió una cerveza que afortunadamente estaba suficientemente fría. Afuera se sentó en una dudosa banca de maderas despintadas que alguna vez fueron verdes. Junto a ella estaba un hombre ciego en una mecedora con un perro bulldog durmiendo a sus pies. El hombre ciego tenía los ojos completamente blancos, vacíos, llevaba un sombrero de paja casi deshecho y pitaba de una pipa de marlo.

__ Es nuevo por aquí, tiene un perfume que desconozco caballero. Yo soy Felipe Desmoines, para servirle si es que puede un viejo ciego servir de algo.
__ Paul Stocard, llegué y estoy esperando regresar a Portland por mi trabajo pero se ha tornado complicado.
__ No es fácil marcharse de este pueblo muerto, yo lo hice en el diecisiete para ir a la guerra que me devolvió sin vista pero no me quejo. Dios nos quita pero también nos da desde las insondables profundidades del cosmos. __Sonrió.
__ Interesante. __Paul bebió de su cerveza, estaba buena, era lo mejor que le había pasado desde que había llegado a esa mierda de lugar, a menos que el sueño de sexo pudiera calificar como bueno o…
__ ¿Me dijo Stocard?, La vida es sorprendente muchacho, hubo algunos Stocards en la casa de la colina hace como cincuenta años, eran adoradores de Yith, buena gente aunque no fueron comprendidos en su tiempo, este pueblo solía estar habitado por gentes muy ignorantes que desconocían al rey de los océanos.
__ ¿Yith?
__ No me haga caso, no hace falta, son cosas que un viejo recuerda pero usted que viene del mundo de afuera no necesita conocer, es una vieja leyenda sobre la creación del universo, de la vida misma, no me haga caso.
__ Tengo tiempo.
El viejo sonrió y bajó una mano para acariciar al perro. Paul le pidió dos cervezas más al muchacho del bar, prontamente se las trajo, por suerte bien heladas.
__ Gracias por la cerveza. ¿Por dónde quiere que empiece?
__ Por donde usted prefiera. __Le dijo sintiéndose realmente bien, tal vez por el alcohol, el sexo o la sensación de que de pronto el pueblo no le era ni tan extraño ni tan aterrador.

__Antes todo era agua, el universo era todo de agua pero hubo algo, una burbuja de aire que nació de la nada, tal vez fue el aliento de un dios primordial, nadie lo sabrá jamás pero esa burbuja hizo necesario que la gran masa de agua se retirara dejando a la vista los mundos, las tierras, los soles, todo este alboroto universal. __ Paul no pudo evitar sonreír y aunque el viejo era ciego sintió vergüenza de que se diera cuenta de ello. __Pero en el agua habitaban los dioses de Yith, Yith y su cortejo de primordiales, seres mega gigantescos que dejarían al universo del tamaño de un grano de maíz. Aún así fue necesario crear a los hombres para evitar milenios de zozobra entre las bestias de la tierra y de las profundidades. Es así mi amigo Paul, los hombres fuimos creados para gobernar a las bestias pero a su vez somos esclavos de Yith aunque no lo sepamos, todos somos hijos de un deseo, la concreción del sueño retorcido de un mega dios gigante.

Hace unos cientos de años un tal Fergus Stocard trajo esclavos a estas tierras americanas y se casó con la reina Kanague, una negra de una tribu del áfrica profunda que civilizó a fuerza de latigazos y largas lecturas de la Biblia. Algunos dicen que ella se sometió para que no tirara al mar a sus hermanos y que le dio siete hijos todos blancos como si su sangre nunca hubiera querido mezclarse con la del usurpador.
__ Algo me contó mi abuela de esa leyenda sobre mi ancestro, nunca la creí del todo.
__ Créala muchacho porque es cierta, usted tiene sangre africana en las venas y por consiguiente es probablemente un descendiente directo de Yith y por lo tanto todo este pueblo, yo y hasta este perro le debemos total respeto.
Paul lanzó una carcajada en el mismo momento en que nubarrones extraños cubrieron las colinas y comenzó a llover tempestuosamente, como si las palabras del anciano ciego hubieran soliviantado a la naturaleza.
__ Yith está disgustado conmigo. ¿Pero qué puede hacerme a estas alturas? Pídame otra cerveza y le sigo contando mi querido amigo.

Continuará.

El Retorno de Yith 2

18547e1f28ec8b3ef3aa59e31201541b

El retorno de Yith: Segundo capítulo
Por: Darío Valle Risoto

__Me llamo Paul Stocard y soy descendiente de los Stocard de Boston, ya lo sé, no es un linaje muy bueno si tomamos en cuenta que nuestra fortuna se hizo vendiendo esclavos pero en defensa de mis ancestros diré que eran los esclavistas más humanos que había en aquellos años.
__ ¿Y eso que significa?, Explíquese por favor.
__ Bueno, dicen que en 1761 cuando abolieron la esclavitud en Portugal mi tátara abuelo: Fergus Stocard fue de los primeros en aceptar el cambio de política y dejó libres a todos los esclavos de sus plantaciones en América, claro que…
__ ¿Claro que qué?
__ Bueno.__ Paul sonríe__ Resulta que los pobres negros no sabían hacer otra cosa y a fin de cuentas el tomarlos como empleados fue un negocio mucho más redituable porque ya no había que darles de comer o ayudarlos a criar a sus hijos… negocio redondo diría yo. Perdón por lo de: “pobres negros” pero… usted me entiende.
__ La verdad que no demasiado, pero prosiga, me parece interesante su historia.
__ Bueno, Fergus en uno de sus últimos viajes quedó prendado de una princesa Nubia que fue atrapada en el áfrica profunda y tras cierto tiempo la pudo civilizar y casarse con ella por medio de la iglesia episcopal del nuevo mundo. Así que así como me ve, corre sangre africana por mis venas.
__ Supongo que de allí viene esa predilección por las artes oscuras, la nigromancia.
__ Supone bien, aún así hay historias de Fergus de toda su vida, decían que había pactado con el rey Yith, una entidad del fondo del mar para que sus travesías cruzando el atlántico fueran productivas, pero todo tiene un costo, claro.

Paul se despertó totalmente cubierto de sudor, era tarde, había dormido toda la noche en esa incomoda cama del hotel Davenport. Por consiguiente había perdido toda esperanza de llegar a Portland a tiempo y quizás ya ni trabajo tenía.
Se restregó los ojos, las cortinas cubiertas de mugre y polvo parecían pieles humanas colgadas para tapar un cielo gris y plomizo y un sol moribundo.

Se sentó en la cama, había un olor a humedad insoportable. Pensó en su pesadilla, en el recuerdo de aquella conversación con su analista sobre el linaje de su apellido, pensó en que tendría que ver eso con lo que ahora le tocaba vivir en ese lugar de mierda apartado de todo atisbo de modernidad.

Bajó a desayunar, afortunadamente era el único huésped del hotel. La muchacha le trajo té y un par de croissants más un pote con manteca y algo de crema. Le pidió azúcar y se sintió culpable ya que su renguera le impedía caminar rápido. Un hombre viejo, de seguro su padre o abuelo, bajó las escalera y la agredió verbalmente para que se apure. Lo miró sin expresión y se fue detrás del mostrador a leer un periódico manoseado.

La muchacha le trajo un recipiente de forma extraña con el azúcar.
__Muchas gracias… sobre el auto que podría rentar… __La muchacha miró al hombre viejo, indudablemente era el abuelo y el dueño del auto. Paul se presentó, de pie fue a darle la mano pero el hombre apenas si lo miró sin dejar su periódico.
__ Imposible, está totalmente acabado, es un studebaker del 51, imposible.
__ Muchas gracias igual, de todas formas ya es demasiado tarde, perdí mi junta, así que ya ni modo, ni siquiera pude llamar por teléfono.
__ El hombre sacó un viejo teléfono de debajo del mostrador. Paul se golpeó la frente: __ ¿Por qué no lo había pensado antes?

No todo estaba pedido una secretaria le informó que la junta se había pospuesto una semana porque aún no había terminado la fusión de su compañía de prensa con el consorcio inglés y que le habían avisado a todos menos a él porque no lo habían podido localizar.
__ Sí, estoy en Greenville, no estoy lejos… supongo. __Del otro lado cortaron sin despedirse.

__ Al mediodía mañana el señor Larson llevará unos corderos a la granja Monegal, el hijo tiene una camioneta, podría acercarlo a la carretera y allí tal vez alguien lo acerque a su destino. __Le dijo la muchacha.

El abuelo cerró el periódico y lo puso con firmeza sobre el escritorio y miró a su nieta de arriba abajo y luego al cliente, después escupió en uno de esos recipientes de plata y se retiró.
__ ¿Cómo te llamas niña?
__ Ariadne.
La muchacha sonrió apenas y apenas eso pareció iluminar el cochambroso hotel y toda la comarca.

Paul volvió a subir a su cuarto, abrió las ventanas, un aire enrarecido penetró con olor a tierra mojada, humedad y pastos amarillentos. Era como el aroma de una vieja granja donde todo se había podrido por acción del abandono.
Se sentó en la cama y volvió sentir un sueño que lo obligó a quedarse atravesado en la cama, somnoliento.

Alguien entró a la habitación. Sin sus lentes y casi dormido vio una débil figura, una silueta de mujer que se quitaba el vestido, algo lo rozó en las piernas, algo comenzó a subir por ellas como si fuera una suerte de juego de tentáculos. Un rostro angelical se puso delante del suyo y lo besó en los labios.
Le bajaron el pantalón, sintió algo frio, húmedo y un intenso olor a agua marina, a sal, a yodo. El frio de unas algas cayó sobre su pecho pero también había dos pechos de mujer casi blancos, turgentes.
Palpó una espalda, sintió la protuberancia de su joroba y se dio cuenta de que era la niña del hotel pero no actuaba como una niña sino como una mujer experta y deseosa de ser penetrada.
__ ¿Es un sueño?
__ Es un sueño.
__ ¿Estoy soñando entonces?
__ Entonces.
__ ¿Qué me pasa?
__ No te muevas y terminaremos rápido.

Se despertó en ropa interior, se sentía realmente bien, como si hubiera bebido un litro de café. Era cerca del mediodía, bajó a almorzar. La muchacha le sirvió un bistec casi crudo con puré de papas y jugo de manzanas.
No recordaba si había soñado pero si sentía que de haberlo hecho estaba relacionado con la joven, una suerte de culpa lo cubrió. Ella tenía un vestido verde con margaritas estampadas. Se alejó rengueando, antes de meterse en la cocina dio la vuelta y lo miró con un dejo de tristeza.

Solo le quedaban veinticuatro horas para sobrevivir a ese raro pueblo de Greenville. Salió a la calle para bajar la comida, se sentía satisfecho pese a que el bistec estaba demasiado crudo y el puré no tenía sal, además el jugo de manzana era demasiado amargo. Después de todo su almuerzo estaba acorde al obtuso paisaje que se desplegaba ante sus ojos asombrados.

Se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo. Delante de él había una calle principal, si se podía llamar así, más allá una plaza cubierta de malezas con aquel monumento que horas antes le había sobrecogido.
Poco a poco al sentir una suerte de brisa con aire marino comenzó a recordar a una mujer encima. Los tentáculos, los jadeos y su eyaculación.

Continuará.

El Retorno de Yith 1

72aad35b0388af7acb0217b8a0ae966c

El retorno de Yith
Por: Darío Valle Risoto

Se durmió profundamente en el viaje de Boston a Portland, varias horas de trabajo en la oficina preparando la junta del consejo editor y el traqueteo del tren rumbo al norte lo dejaron fuera de combate.

Cuando se despertó estaba amaneciendo y el paisaje era tan desolador como hermoso. Y más desolador fue cuando el guarda le informó que habían dejado Portland hacía cuarenta minutos y la próxima estación era Greenville en alguna parte de los ignotos paisajes de Maine.

No podía creer que se haya pasado de su destino pero era así. se llamó a la calma tratando de encontrar una forma de volver el camino rumbo a Portland para encabezar la junta como representante de la filial de Boston de la Prensa Libre del este.

Intentaría rentar un automóvil en Greenville si no encontraba un tren que lo devuelva a su destino. El guarda le había dado pocas esperanzas mientras masticaba su tabaco y lo miraba de arriba abajo con cierto rictus de lástima, como quien mira a un cachorrito a punto de morir.

Pagó la diferencia del pasaje, eran solamente quince dólares, no le importaba pero si le importaba perder la junta y por lo tanto seguramente su trabajo, lo que no era nada bueno en los tiempos que corrían.

Afuera las colinas oscuras se iban tiñendo de los lamidos anaranjados y el sol era surrealista. Vio lejanas cabañas de madera y las siluetas grises de algunas personas tanto como de vacas flacas y bandadas de pájaros negros arremolinados sobre el esqueleto de una vieja abadía.

Al llegar a Greenville fue el único en bajar del tren que apenas se quedó unos diez minutos para dejar una exigua bolsa de correos y llevarse otra igual de delgada. El mozo de la estación, un hombre de flacura cadavérica, le señaló las oficinas.

Las maderas cochambrosas del piso de la oficina de la estación de Greenville chirriaron bajo sus zapatos bien lustrados. Un hombre obeso que revisaba una carpeta levantó sus ojos, ojos saltones como los de un sapo y le observó inexpresivo, contestando a sus buenos días con una respuesta ininteligible.

Le dijo para su asombro que el tren pasaba solamente una vez a la semana por esa estación y que tuvo la mala suerte de tomar justo uno de ellos al pasarse de Portland, le informó a su vez que no se rentaban autos y que había un solo hotel en el pueblo que de seguro tendría habitación para un caballero como él. Sonrió al decir esto último y mirando al mozo flaco que entraba cargando el saco del correo ambos comenzaron a reírse estentóreamente.

Paul se retiró de muy mal humor. Afuera ya era de día aunque cualquiera diría que por esos parajes era difícil determinar si el sol era eso que con la débil claridad del entorno podrían ser suficiente para llamarle día a las siete de la mañana con un frío húmedo que comenzó a calarle los huesos.

Se rascó sus cabellos pelirrojos y se afinó el bigote con un gesto mecánico, delante de él un camino de piedras negras con un cartel que indicaba la dirección al pueblo no era muy alentador pero caminó resuelto en tratar de encontrar una forma de regresar a Portland lo antes posible.

Un niño estaba parado junto a una barda que alguna vez fue blanca, jugaba con algo retorcido en un palo, cuando pasó caminando comprobó que ese extraño niño vestido con un overol manchado de tierra tenía una serpiente enroscada allí. Le saludó e indicó que tenga precaución, el niño con ojos estrábicos y rostro aplanado tomó la serpiente y la puso en su boca masticándola viva.

Paul se quedó un minuto tieso pero retomó el camino. Seguro el fulgor extraño de la mañana con esa rara niebla que se levantaba del piso le jugaba malas pasadas a la vista de algo que de seguro era más normal de lo que parecía. Probablemente no fuera una serpiente sino una planta o algo así.

El pueblo era pequeño, una centena de viejos edificios de madera al mejor estilo de los pueblos fundadores de América, una plaza ennegrecida con un monumento de extrañas formas, una especie de personaje vistiendo una capucha y un bastón en su mano derecha con la cabeza de algo difícil de determinar pero con cierta familiaridad con un pez.

El hotel se llamaba: Davenport, era el edificio más grande. Una altura de cuatro pisos, cortinas amarillentas y faroles que aún permanecían prendidos pese a que se suponía que era de día. Entró y el salón estaba desierto, cuando tocó la campanilla del mostrador se sorprendió cuando una joven de unos quince años y de rostro pecoso e infantil salió a recibirlo.

Paul se presentó y le contó brevemente lo de su accidente, de quedarse dormido y por lo tanto terminar allí, ella quiso sonreírle pero le fue imposible, le dijo que podría quizás alquilarle el automóvil de su abuelo que ya no estaba en condiciones de manejar pero que hacía dos años que no se ponía en marcha. Paul casi salta el mostrador y la besa pero prefirió sonreírle. Le dijo que era la primera persona hermosa que veía desde que había bajado del tren pero cuando la muchacha subió a mostrarle su habitación vio que tenía una renguera pronunciada y una leve joroba adornaba su delgada espalda.

Subieron en silencio, le dio una jugosa propina pero cuando vio su habitación comenzó a sentir el ahogo que sobreviene a los que aterrados se quedan sin aire. Nada conjugaba algo interesante para los viajeros, las paredes tenían el empapelado roto y manchado de humedad, la lámpara iluminaba mal y la cama era muy poco cómoda aunque no había pedido el cuarto para dormir sino para asearse.

Costó para que el agua de la vieja ducha saliera con una transparencia aceptable y se bañó con el agua casi fría, no podía esperar a que el viejo calentador demorara más, aún y pese a todo tras darse un baño sintió que la sangre le volvía a las venas.

Cuando abrió la valija para cambiarse no pudo evitar sentir pena por la chica, quien sabe qué vida tenía en ese hotel de mala muerte y en un pueblo que solamente podía despertar escalofríos.

Se sentó en la cama para atarse los zapatos y al mirar al techo sintió un leve mareo y volvió a quedarse dormido mientras una especie de abotargamiento se ceñía sobre sus sentidos y antes de perder la conciencia reparó en un reloj de pared que tenía una especie de ronroneo extraño en su interior.

Continuará.

Un Pueblo Abandonado

Graveyard

Un pueblo abandonado
Por: Darío Valle Risoto

Un coche tirado por dos yeguas casi blancas recorría el angosto camino de tierra entre los cerros intentando llegar a otro pueblo, al pescante iba un viejo hombre flaco que fumaba un tabaco negro y de poderoso aroma. Era un carro del tipo “Gitano” con una construcción con techo que servía de hogar al hombre y algo más.

Caía la tarde y los eucaliptos gigantescos adelantaban las sombras de la noche, “sus muchachos” como él los llamaba al sobrevenir las horas oscuras se ponían nerviosos dentro del sobre techo del carro.

Se detuvo antes de vadear el cerro porque no quería levantar la perdiz, cuando el último rayo de sol se escondió en el horizonte abrió la puerta del entretecho y salieron los murciélagos volando rumbo al pueblo más cercano que según el rotoso mapa que sostenía el viejo se llamaba: Villa Temesio.

Soltó a las yeguas para que pasten y prendió un fuego para calentar el agua para hacerse un café del que comprobó solamente le quedaba para un par de días pero sabía bien que pronto haría unos pesos. El carro viejo y desvencijado tenía un cartel a cada lado que rezaba: “Romanellis el elixir que lo cura todo”.

Allá en el pueblo no advirtieron al principio la centena de murciélagos que se apostaron en torno al campanario de la vieja iglesia, algunos con sus chirridos hicieron que desde los montes comenzaran a llegar los de su especie hasta formar conglomerados de alas negras en varios edificios.

El cura se despertó tarde de la siesta y se enojó con Santiago que dormía desnudo a su lado, el muchacho tenía una espalda ancha y perfecta, el viejo sacerdote le besó una nalga antes de levantarse para vestir su sotana, luego calentó agua para el mate. El muchacho se despertó y tomó sus calzoncillos que descansaban sobre la Biblia.

Rosaura abrió el quilombo, las otras dos muchachas entraron a las risas porque una de ellas había roto un taco de sus botas tratando de alcanzar a una gallina que espantada corrió calle abajo. Hubieran hecho una buena sopa si la atrapaba. Dentro de la vieja casa que antes fue una pensión había olor a creolina y humedad.

El comisario fue el primero en darse cuenta de que esa noche no era una noche normal porque antes de salir de la comisaría para tomarse una grapita vio una nube densa y negra despegada de la noche de luna que caía sobre toda construcción, persona y animal de la comarca.

Cientos de murciélagos en pocos minutos hicieron suyo el pueblo que entró en pánico con gente que se encerraba en el mejor de los casos pero quienes eran tomados por sorpresa en las angostas veredas o calles de tierra eran presas del pánico al ser arañados o azotados por esos demonios con alas.

Santiago salió luego de despedirse del padre Alfredo con un beso en los labios pero debió entrar cuando uno de estos rapaces casi le quita un ojo arañándole la cara. Rosaura mató a un par que se colaron en el quilombo y Gladis sufrió un ataque de pánico que mereció dos cachetadas de la negrita Alicia.

A la mañana siguiente los destrozos eran evidentes y seguían allí en los lugares más oscuros de villa Temesio estos bichos asquerosos y voladores. La gente lo supo y nadie pudo adelantar una solución hasta que el comisario aconsejó mantenerse adentro mientras el y su único subalterno prendían algunas fogatas con ramas frescas para que el humo les espante.

Tres días después el viejo consideró que la gente ya había sufrido bastante terror como para ir con su carro a ofrecerles algo de ayuda pero cuando llegó al pueblo lo encontró vacío y solamente sus amigos estaban allí negritos, con sus alas de cuero triunfantes y sin un ser humano a la vista.

__¡Que carajos!

Pero no le fue difícil detectar que los trescientos y pico de habitantes del pequeño pueblo se habían ido del lugar cargando lo que pudieran hacia el oeste tal vez hacia el Villa Crispina o hasta la misma capital si el miedo continuaba. Así que alentando a sus yeguas enfiló en ese camino y a dos kilómetros dio con la columna de desorientados hombres, mujeres y niños que marchaban con el cura y el comisario a la cabeza.

Rosaura la puta fue la única que desconfió del viejo con ese elixir maravilloso que prometía sacarles a esos bichos endemoniados solamente con echar unas gotas en cada esquina de las casas y esperar que sus efluvios espanten para siempre a estos vehículos del pecado y la desidia.

Porque Rosaura tenía experiencia en viejos mentirosos que prometen todo y no dan más que palabras bonitas o promesas inalcanzables de casamiento y redención a cada mujer que les alquila su amor.
Pero a la gente le gusta creer y desesperada cree en cualquier cosa, así que el viejo vendió veinticuatro botellas de “Romanellis” a cuatro pesos cada una y se forró y hasta el cura le dio las gracias mientras observaba de reojo a Santiaguito con su bello rostro arañado por esas musarañas del demonio.

Aún así prefirieron que fueran el comisario y su ayudante junto con el viejo a volcar tal como la receta lo informaba algunas gotas en cada esquina de cada casa del pequeño pueblo y: Milagro. Los murciélagos unos minutos después se fueron por donde vinieron.

Dada la noticia la gente regresó al pueblo mientras el anciano visto como un héroe escondía en su gastada casaca el producto de tal evasión de batracios: nada menos que un silbato especial con que tenía adiestrados a los líderes de sus amigos alados, era cosa de instantes que los demás les siguieran de regreso al carro que era su hogar.

Mientras todo volvía a su cauce habitual aunque hubo que limpiar los deshechos de los bichos y prender algunos inciensos para sacar el olor la gente estaba agradecida y contenta porque había llegado este providencial salvador. Solamente Rosaura la dueña del quilombo “Los Yuyos” sospechaba algo raro.

El cura volvió a dormir con su amante y el comisario a tomar mate tranquilo escuchando el futbol en la radio con los relatos de Solé.

Cuando el anciano regresó allí estaban como esperándolo sus amigos, no era necesario contarlos, siempre eran un poco más de cien aunque no era raro que alguno de sus colegas se quedaran con ellos en el jaulón improvisado debajo del techo del carro vivienda del hombre.

Les dio semillas para que coman y se sentó a contar la plata, pero quiso la cosa que el tipo sintiera un doloroso y punzante dolor en el brazo izquierdo para morirse de un ataque cardiaco en medio del bosque.

Las yeguas seguían pastando inocentes de que habían perdido a su anciano amo pero no los ojitos brillantes y negros de ciento treinta y cuatro murciélagos machos y hembras que observaron el hecho con cierta tristeza.

A la madrugada siguiente poco antes de que saliera el sol el cura abrió las ventana para ventilar el cuarto mientras Santiago se ponía sus calzoncillos y fue entonces cuando el padre vio algo que lo dejó mudo por varios días: una nube de murciélagos muy densa avanzaba por la avenida principal sosteniendo un bulto oscuro sobre ellos lo que desde todos los puntos de vista era imposible pero estaba pasando.

Y mientras esa extraña procesión recorría la avenida todas las personas salieron de sus casas para ser los espectadores de la enorme tristeza de cientos de bichitos alados que sosteniendo el cuerpo del anciano lo llevaban trabajosamente a un metro de altura volando hasta el cementerio del pueblo.

El cura se persignó, Santiaguito se desmayó, el comisario fue a tomarse una grapa doble y Rosaura mirando a la negrita Alicia y a Gladis que estaba prontita a sufrir otro ataque de pánico les dijo: __¡Yo sabía que esto era joda!

Y cuando los cientos de murciélagos depositaron el cadáver del viejo sobre la entrada del cementerio se quedaron allí con sus terroríficos chirridos como en oscura procesión infernal esperando que lo entierren y así lo hicieron algunos valientes de la comarca esperando sobretodo que luego volvieran por donde habían venido.

Pero jamás se fueron, en cambio vinieron más y más y la gente se tuvo que ir de allí esta vez para siempre y de nada sirvió que vaciaran las botellas del elixir maravilloso ni que rezaran o lanzaran piedras y puteadas a estos pajarillos negros que eligieron permanecer como en eterno agradecimiento por su amo desaparecido.

Todos se fueron a otros pueblos: Rosaura entró a trabajar de maestra en una escuela rural, el cura desapareció con su amante Santiaguito y al comisario lo encontraron ahogado tras caerse borracho de un puente.

Gladis y la negrita Alicia siguen ejerciendo el sano oficio de alegrarles la vida a los peones de campo y algunos vendedores ambulantes pero siempre evitan atender a los que venden remedios para todo.

FIN

PD: Cuento escrito para el taller de escritura “Entre Líneas” con la consigna: escribir algo sobre pueblos o ciudades abandonadas. Escrito con ideas en colaboración de Paula Labella y Virginia Gutiérrez que aportaron algunas situaciones y personajes.

Aquella tumba sin nombre (Cuento)

cementerio-general

Aquella Tumba sin Nombre
Por: Darío Valle Risoto

Clarita se puso a llorar y nos arruinó la tarde. ¿Para que la trajiste? Le preguntamos a coro a su hermano Adrián y este se encogió de hombros pero todos sabíamos que la única forma de que sus sobre protectores padres los dejaran jugar con nosotros en el fondo de la iglesia era juntos.

Se la llevó lanzando mocos por el camino entre las últimas lozas del viejo cementerio, la tarde era gris y plomiza, al otro lado de la calle estaba el complejo de viviendas “Belle Rouge” y a nuestra derecha la carretera a “Kirk Town”.

Lucas me miró, su hermano me pidió un chicle, le di el último y el gordito me sonrió con sus cachetes pecosos. Yo sabía que siempre terminaba siendo el líder de todos los juegos y que con apenas once años era lo suficientemente maduro como para proponer ese tipo de aventuras que terminarían siendo cuentos para llevar a la escuela los lunes.

__¡Vamos al club!. __Les dije y el rostro de Marcel el hermano de Lucas se puso lívido, el siempre tenía mucho más miedo que el resto de nosotros fuera lo que fuera, quizás porque si algún monstruo pensaba almorzarnos seguro comenzaba por el más rollizo, en conclusión: Él.

__Se hace tarde y mamá se va a enojar. __Le dijo a Lucas mirándome a mí y luego en dirección entre las lápidas a “ese lugar”.
__ Nos vamos Peter, es tarde, perdónanos. __Me dijo Lucas y bajó el rostro como si hubieran cometido un imperdonable pecado.

Peter soy yo, un chico de once años, el más pobre de la escuela y una especie de protector de todos los niños que le temen a Randy Thomson o quieren comprar botellitas rellenas de licor en la tienda de Algorta. Trabajo casi todo el día en el taller de mi tío Farmus Callahan donde vivo, nunca conocí a mis padres ni me hubiera interesado conocer a ese par de perdedores.

Se fueron débiles y cansados de jugar por el mismo camino que Adrián y su hermana Clarita, un grupo de nubes negras sobre las sobrecargadas grises presagiaban la inminente lluvia y un halo de viento frío me hizo abrazarme a mi mismo tratando de calentar mis brazos desnudos.

Por el camino principal, a unos metros de la estatua del santo decapitado encontramos cierta vez una cripta que tenía la puerta oxidada y vieja, armados de valor bajamos en aquella ocasión Sixto y Yo y luego de hacernos de improvisadas antorchas descubrimos que era lo suficiente espaciosa e interesante como para limpiarla y hacer en ese lugar una especie de club de juegos.

__Nuestro club secreto. __Había dicho Sixto negro y casi invisible en la bruma del humo de las antorchas mientras el olor ácido de lo viejo nos cubría de sensaciones extrañas y nos obligaba a toser.

Lamentablemente ya no vivía en Kirk Town, el desempleo lo habían devuelto a él y sus once hermanos a Alabama. Cuando le mencioné al Ku Klux Klan creo que le arruiné el viaje, pero no me gustaba nada la idea que esos locos con sábanas lastimaran a mi más grande amigo. Obvio que Sixto era el sexto de esa docena de negritos.

Me había dejado su resortera, una fuerte honda de madera noble y casi tan oscura como su piel, dos cómics manoseados del capitán América y otro de Historias de la Cripta que les solíamos leer a Lucas, a Adrián y sobre todo a Marcel, el hermano pequeño del primero que indefectiblemente se meaba de terror.

La cripta tenía una estrecha escalera de ocho escalones bastante altos, siempre me preguntaba como diablos bajaban los cajones en tan poco espacio, luego tenía un amplio espacio de unos tres metros por tres con una especie de estanterías al fondo donde descansaban seis ataúdes, cuatro de ellos estaban totalmente destrozados y las maderas podridas con restos de huesos se desparramaban sobre las baldosas grises. La total ausencia de artilugios cristianos como cruces o imágenes era lo que más le había llamado la atención a Sixto.

Prendí la lámpara de aceite que le había robado hacía un par de meses a mi tío y arrimando el cajón que usaba de asiento a otro que tenía por mesa me dispuse a leer por millonésima vez: “El Tesoro Nazi”, una aventura narrada por Stal Lee con dibujos de un tal Jack Kirby con el capitán América destrozando un complot de la SS para invadir Nueva York con gárgolas de tres metros.

En el silencio absoluto de la cripta solía ponerme a pensar en cosas que nunca pensaba “arriba” o “afuera”, en cosas tortuosas y difíciles de comprender para un joven como yo obligado a madurar quizás antes de su tiempo. La resortera “de Sixto” y tres piedras descansaban a mi lado como si fueran el arma de un pistolero del oeste presto a jugar al poker con fantasmas invisibles. Frío, miedo y soledad se llamaban ellos.

De los seis cajones que había en la cripta solo quedaban dos, prácticamente solo Sixto había quitado los otros cuatro que el tiempo había destrozado, no sé cómo tenía el valor para barrer tanta inmundicia pero en un par de días lo había hecho tirándolo todo en el osario junto a la iglesia pero del lado de atrás.

El negro transpiraba mientras me alcanzaba las bolsas que olían como el carajo y que yo vaciaba en el pozo de huesos sin mirar que contenían, con respirar esa mierda ya era más que suficiente. Finalmente solo quedaron dos cajones, dos ataúdes negros, uno en el primer lugar y otro en el quinto. Sixto no quiso sacarlos, se persignaba varias veces al mirarlos, era como su salvoconducto para sentir que tomar la cripta como nuestro club era posible de ser.

Comí un emparedado de atún que había guardado en mi sucio morral, junto a este encontré un pañuelo bordado que me había regalado aquella niña en la escuela, no recordaba su nombre, era pelirroja y bonita y me había regalado justo a mi su…
Un ruido seco.

Un ruido seco como de algo que rasca la madera me puso todos los pelillos de la nuca en alerta y me hizo automáticamente tomar la resortera con la firme convicción de que no estaba solo. Una rata, es una rata, no puede ser otra cosa que una rata o tal vez los escarabajos, solo esos pueden ser, los fantasmas no existen y yo me cago en dios. Me repetía para sentirme más seguro pero ya me temblaban las piernas.

Algo en el primer ataúd rascaba la madera, algo desde dentro y yo paralizado de terror no podía correr a la escalera y el maldito farol a keroseno que comenzaba a mostrar una rara sombra en la pared que no era otro que yo mismo agigantado por una pavorosa angustia.

Entonces el cajón explotó, estalló en pedazos y un hombre pálido y alto, como de dos metros salió de él. Impecablemente vestido con traje negro y capa forrada de sedas rojas me miró con sus ojos punzantes y me dijo: __Yo soy el vampiro.

FIN

Neo Vampiros: La capucha

vampiro_08

Neo Vampiros
La Capucha
Por: Darío Valle Risoto

__Alguien lo tenía que hacer, simplemente era mi trabajo, yo cumplía con mi deber.

El café estaba demasiado amargo y ella sentía que un poco de azúcar no le vendría mal aunque sabía que en definitiva le iba a caer como los demonios.
Estaba esa noche como suspendida en el tiempo y en el espacio y eso era lo de siempre, lo que seguía viviendo casi veinte años después. ¿O eran treinta?
Se restregó los ojos hasta que le dolieron y el tipo seguía allí en frente sollozando bajo la capucha. Un pobre hijo de puta que sabía bien lo que le esperaba. ¿O no lo sabía?
La capucha era una precaución absurda porque lo iba a matar, tal vez se la habían puesto para no verle la cara al pobre infeliz hijo de puta ex torturador.
__ ¿Yo que te hice?, ¿Sos una mujer?…Me di cuenta. Yo tengo dos hijas, no sabes como las quiero, las amo, son un regalo de dios.
__ ¡Dios no existe imbécil!

Subió los diecisiete escalones desde el sótano a la puerta que debajo de la escalera daba a ese sitio. A su derecha estaba la cocina, depositó la taza de café sobre la mesada llena de trastos sucios.
Pelayo estaba fumando uno de sus cigarros armados mientras observaba la vieja televisión Punktal, apenas si la miró y le hizo un gesto con la cabeza.
__Aún no lo maté si eso es lo que quiere saber.
__ Me importa un carajo, solo quiero cobrar e irme a la mierda de este lugar. __Le dijo mientras se encogía de hombros y pitaba fuerte.
Lorena sacó un fajo de billetes de cien dólares y le dio los mil pactados, el tipo sonrió mostrando que le faltaban varios dientes. Era morocho, Pelayo era el hombre que le había traído a la cosa de abajo.
__ ¡Notable!, Cualquier otro asunto a sus ordenes señorita…
__ Si, ya sé. __Le dijo sin mirarlo mientras en el horizonte a través de la sucia ventana de la cocina observó una agorera línea de sol que comenzaba a asomarse.

__ A sus ordenes señorita. __Le había dicho y ella sintió repulsión por la palabra: “Ordenes”.
Lorena cerró las cortinas y bajó al sótano, iba a amanecer y eso a los no muertos les cae bastante mal, si fuera un día nublado quizás podría hasta salir pero no, era una primavera con mucho sol, maldito sol y malditos recuerdos.
El tipo había intentado soltarse y se había caído de costado con silla y todo, se había golpeado la cabeza y la sangre teñía parte de la sucia capucha improvisada con una funda de almohada.

Recordó su encuentro con Pelayo y sus amigos cuando estos le informaron que podían secuestrar a este coronel retirado y por la módica suma de dos mil dólares. La mitad por adelantado.
Lorena se sentó en su silla sin levantarlo. el tipo respiraba con cierta dificultad, era un hombre de unos setenta años y se había dado contra el piso atado al respaldo metálico de una vieja silla de escritorio.

Una pequeña ventana daba del sótano al jardín invadido de altas malezas, esa casa era casi una tapera fuera de la ciudad de Pando, la había comprado como tantas otras para “guardarse” en caso de que algún amanecer la atrapara lejos de su hogar en el Prado. Y también servían para guardar la comida.
Sonrió y sus colmillos asomaron.

Cuando el hombre despertó lo levantó sin ninguna dificultad y le quitó la capucha. El abrió los ojos y pestañeo varias veces hasta que la vista se le normalizó y su expresión primero fue de asombro hasta que comenzó a reírse.
__ ¡Pero si sos una gurisa! ¿Esto es una broma de los muchachos?
__ Te referís a tus camaradas de armas o a tus cómplices de la polibanda?
Silencio.
__ Estas muerto viejo… supongo que cuando te entrenaron en la escuela de Panamá te enseñaron que hay que morirse con honor, me lo imagino, no se por qué, porque honor es algo que realmente les faltó a todos ustedes.
__ ¿Y vos que sabes guachita? __Levantó el mentón altivo mientras un hilo de sangre le bajaba del lado izquierdo de la cabeza para morir en su papada.

Lorena abrió la boca, sus colmillos asomaron y el tipo por un segundo comprendió que no todo era fácilmente comprensible para quien fue parte del ejército en épocas pasadas donde todo o casi todo era posible, más esto no, esto no lo podía ser.
__ Te voy a matar rápido, cosa que deberías agradecerle a ese dios que te bendijo las armas cierta vez cuando saliste del liceo militar.

Su sangre era amarga, ella sabía que iba a serlo.

Juicio y castigo.