Manipulado sueños y viajando en el tiempo

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Manipulando mis sueños
Por: Darío Valle Risoto

Tan viejo como el hombre sobre la tierra son las incógnitas de nuestros sueños, esa suerte de mundo paralelo que se abre cuando dormimos. Indudablemente fue la fuente de muchos o casi todos los delirios religiosos y desde luego motivo de análisis sobre la psiquis humana apenas hoy explorada y me temo que nos faltará un trecho para encontrar una explicación y lo más importante: Poder manipularlos.

Hay atajos, algunos los encontraron en los viajes astrales, confieso que hace algunos años, unos cuantos atrás lo intenté infructuosamente y desistí de esta forma de viajar a través de una dimensión incorpórea por este y tal vez otros mundos. Me cabe siempre la pregunta de si realmente es posible tener conciencia fuera del cuerpo y lo que es más: poder tener sueños conscientes aunque a muchos de ustedes seguro les ha pasado que soñando en determinados momentos han tenido uno donde se dieron cuenta que soñaban y hasta tomaban alguna decisión. Despertarse si la cosa se complicaba: por ejemplo.

Y tal vez con los años se me ha agudizado ese perpetuo anhelo que desde mi temprana niñez he tenido por los viajes en el tiempo y he llegado a la convicción de que de ser posibles no concuerdo con aquella paradoja de que los cambios que uno produciría en el pasado se trasladen a este presente y lo cambien. El ejemplo clásico es que si voy al pasado y mato a mi abuelo yo no nacería y por lo tanto es lógicamente imposible que haya viajado en el tiempo y mate la cuna de mi ADN y así hasta el infinito.

Por otro lado si yo voy a mi pasado soy otro y no el mismo que por ejemplo es un niño y seré yo en el futuro, más creo que cualquier modificación que manifieste y volviendo al ejemplo anterior, por ejemplo: “me mate”, no tendrá modificación posible ya que el solo hecho de viajar al pasado inmediatamente se traduce en otra de las infinitas líneas y universos posibles que se deriva de cada decisión.

Sueños y viajes en el tiempo están ligados de forma muy fuerte cuando al soñar manifestamos quizás la nostalgia o el recuerdo de nuestros seres queridos y un deseo consciente e inconsciente de volver a encontrarlos. Al menos esa sería la primera lectura del psicoanálisis.

Por lo tanto mi obsesión por los viajes en el tiempo ha hecho que regularmente tenga sueños donde voy al pasado y este artículo lo escribo porque precisamente anoche soñé con que viajaba al Uruguay de 1969 y al llegar un policía me detiene y tratando de explicarle que vengo del futuro para su infinito asombro comienzo a mostrarle mi celular donde le hago ver fotos mientras un grupo de curiosos se reúne a nuestro alrededor también para ver ese extraño adminiculo que tiene fotos de una increíble fidelidad y en colores. Lo curioso de este sueño es que mientras hacía esa absurda gala de tecnología futurista pensaba en que cuando se me termine la batería no iba a poder recargarlo porque había olvidado el cable para hacerlo y que no podía contar con ninguna función porque claro que no existía nada como la Internet.

Otro aspecto interesantísimo de este sueño fue el ver a la ciudad casi sin edificios, con mucho campo y hasta sentir el aire que respiraba de otra forma más extraña a lo habitual y lo que me hizo conmover enormemente fue en ese mismo sueño en pensar en ir hasta mi vieja casa que hoy no existe y por la hora encontrarme con mi madre y mi yo de un año. En realidad en el sesenta y nueve tenía seis pero este error matemático fue en el sueño.

Por otro lado ya en estado alfa y semi despierto comencé a soñar diversas teorías para hacer dinero en aquel Uruguay de 1969 sobretodo para ayudar a mis padres (Y a mí) que eran muy pobres. Una idea era ir a la redacción del diario: “El Día”, mostrarles mi celular y pedirles un escribano público para que testifique los hechos que yo les iba a adelantar y que iban a pasar en mi país y en el mundo de allí en más.

Casi al borde de despertar me vi dándole consejos a mi padre para que explotara sus conocimientos de electrónica arreglando radios y televisiones. Poco después me desperté.

Soñamos lo que nostalgiamos, lo que deseamos, lo que nos da miedo, lo que nos frena o aquello que no queremos ver de nosotros mismos… ¿Quién lo sabe?: ¿Un sicólogo? ¿Un curandero o un pastor evangélico? Nadie sabe los misterios que en el cerebro se manifiestan y aquellas conexiones sinápticas que reflotan cosas olvidadas o mundos que nunca sabremos si realmente están en algún lugar.

Gracias por estar.

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Cuatro en un velorio (Cuento)

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Cuatro en un Velorio
Por: Darío Valle Risoto

No es sensato, ni siquiera inteligente reducir una vida o lo que significó esa vida a la cantidad de personas que asisten a un velatorio, pero sucede.

Éramos cuatro toda esa larga noche, recuerdo que me tomé casi todo el café de la funeraria y aún con eso me tuve que tirar en uno de los sofás, no a dormir sino para descansar porque estaba hecho un trapo, ni hablar de mi madre.

No me acerqué al cajón donde estaba el cadáver de mi padre ni una sola vez, lo tenían en una salita continua, ni falta que hacía, ya había pasado por el durísimo trago de reconocer el cuerpo en la morgue del hospital Pasteur.
Éramos cuatro, mi madre y yo y una prima de mi padre: Sonia con su marido.

Ni uno de sus demás parientes vino a verlo por última vez quizás porque eran demasiado brutos y carentes de principios para al menos hacerle un acto de presencia a alguien que siempre había sido extremadamente generoso y solidario con todo el mundo.

Y después de todo a través de los años mi madre tenía razón al denominarlos con el despectivo mote de: “Gentuza”. A los sumo alguno había pasado por el hospital cuando estuvo internado y casi nunca por casa cuando mi madre y yo tuvimos que hacerle el triste camino a esa muerte que se demoró demasiado haciéndolo sufrir al santo pedo poco más de un año.

Seguro que si mi padre pudiera haber opinado hubiera dicho que no tenía importancia, así era él, un extraño hombre de dos metros de altura que nunca hubiera merecido tanto sufrimiento y desdén por parte de familiares y amigos, como si les hubiera hecho algo.

A la mañana llegó una medio hermana y el resto eran muchos de mis compañeros de Barreiro, que desde luego venían por mi porque muy pocos lo habían conocido, hacía apenas un año que trabajaba allí y por lo tanto era uno de esos actos de solidaridad que tanto bien hacen sobre todo cuando se trata de gente que uno conoce poco.

Creo que también estuvo uno de mis tíos pero no lo recuerdo bien, todo pasó como en una nebulosa y allí se fue el cuerpo de mi viejo que con cincuenta y siete años tal vez había tenido mucho menos de lo que justamente merecía en la vida.

No es sensato, ni siquiera inteligente reducir una vida o lo que significó esa vida a la cantidad de personas que asisten a un velatorio, pero sucede. Sucede que pasaron más de treinta años desde aquel cinco de Julio de 1983 y quedó ese momento clavado en mi conciencia, una de tantas razones como para comprender que los extraños son a menudo nuestra única familia.

FIN

No parecía una P.

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No parecía una P.
Por: Darío Valle Risoto

Pedro estaba eufórico o se arrepentía a medida que pasaban los minutos. Miraba su reloj de pulsera y luego al de la pared en el living, se había bañado por espacio de más de media hora, se había arreglado el bigote como si se tratara de restaurar una obra de arte, se había puesto su mejor camisa blanca y había limpiado el piso, las ventanas, hasta le había pasado un trapo húmedo a los equipos de audio y a la televisión, el pulso le temblaba, era como un adolescente que espera la primera cita con su chica de los sueños.
__ ¡A vos te hace falta una mina Camaño!.
Le había dicho el mecánico de la fábrica cuando se había llegado hasta su impresora offset para arreglarle uno de los contactos de la botonera de control.
__ ¿Cuándo fue que te dejó tu mujer?
__ Dos años, mira, acá tengo el botón, está partido, creo que se puede arreglar.
__ Mucho tiempo sin mojar el bizcocho eso hace mal. No me des el botoncito que está roto, le pongo uno nuevo: paga la empresa.

Mientras sacaba el adminiculo de su caja de herramientas hablaba a los gritos por el ruido de las máquinas prendidas, las operarias sonreían mientras intercalaban folletos en una mesa cercana.
El mecánico se puso en pie, había tenido que tirarse debajo del panel para volver a colocar la tapa de seguridad, comprobó que todo funcionaba bien y Pedro volvió a encender la máquina.

__Te doy esta tarjeta macho, es de un servicio que te manda las minas a tu casa, todas de primer nivel, cuatrocientos pesos el completo pero vale la pena.
Y se fue Federico, el mecánico de la gran Imprenta Barrera con su caminar torvo y su mameluco pura grasa.

La tarjeta se quedó como porfiada en su bolsillo, pasó a su mano en el ómnibus: “Sweet Girls”, __ ¡Vaya nombrecito para un quilombo!. __Pensó, y guardó de nuevo el rectángulo en el bolsillo de la campera.
Mucho tiempo sin sepultar el Gorila, sin sulfatar una Parra, sin mojar el Bizcocho, mucho tiempo sin verle la cara a dios, sin sacudir el esqueleto, sin ponerla, sin…

Pedro Camaño llamó a eso de las siete de la tarde, le atendieron del otro lado con la voz sedosa de una mujer entrada en años pero con la experiencia del trato con hombres solitarios.
__ ¿Alta o baja?, ¿Rubia, morocha o negrita?, Tenemos para todos los gustos.
__ ¿Puede ser joven y alta?, no me molesta si es rubia o morocha.
__ Mire que tiene que pagar apenas llegue a su departamento, somos una casa seria, le voy a mandar a Shirley, ¿A las nueve está bien?

Las ocho y media un poco pasadas y Pedro Camaño que ya no sabe dónde sentarse en su propia casa, se arrepintió y se dio fuerzas para encarar la aventura unas veinte veces en el último minuto cuando el timbre lo sacó de sus elucubraciones llenándolo de terror.

Abrió la puerta y allí estaba: alta, delgada, sonriente y con unas pecas demasiado atractivas para estar allí por casualidad.
__ ¿Pedro?
__ Pase, pase,… ¿Le sirvo algo?

De unos veinticinco años, estaba vestida con un pantalón jean, saco entallado y una remera negra, él había esperado un tapado de piel de leopardo, una peluca dorada y unas calzas rosadas, pero no, Shirley parecía una chica cualquiera.
Ella sonrió y él se dio cuenta de que tenía que pagar antes, le dio los cuatrocientos pesos, ella sin contarlos pidió para entrar el baño. Pedro se sentó y se tomó un vaso de Vermouth frío de un solo saque, tenía la camisa empapada de transpiración pero por suerte olía a perfume.

Salió casi desnuda del baño y por suerte la naturaleza no lo dejó mal a Pedro que ni siquiera llegó al cuarto, allí sobre el sofá recorrió el interminable camino de la piel de Shirley que no parecía una puta sino una novia de la adolescencia pero sin el mal carácter.
Cuando terminaron ella le pidió permiso para bañarse, en ese momento sonó el teléfono y era el mecánico, Federico Pérez parecía haber adivinado cada momento porque llamó en el momento indicado.
Ella comenzó a secarse el largo cabello negro con una toalla, no había encontrado un secador, entonces podía escucharlo a su cliente en el teléfono.
__Si, vino.
__Muy hermosa, muy dulce…
__La mujer más linda que tuve en mi vida, además es muy educada, no parece…
__Claro, ¡Como me voy a ena…!

Ella salió del baño con el rostro radiante y él colgó el teléfono casi sin despedirse, ella torció el rostro y pensó un instante, recorrió con la mirada la casa pulcrísima y a ese hombre cuarentón que estaba con ese brillo en los ojos que suelen tener los niños que han pasado una tarde en el parque de diversiones.

__Bueno, me tengo que ir.
__Muchas gracias, me ha parecido que usted no es…
Ella tomó su cartera y se volvió a poner el saco de sobrio color azul sobre los hombros, afuera no sería difícil conseguir un taxi.
___No la invité con nada… discúlpeme.
Ella a punto de salir se quedó un momento en silencio y luego sonrió, de su cartera sacó una tarjeta igual a la que le habían dado de “Sweet Girls” pero escribió del otro lado el número de un teléfono particular y se la dio.
___Mi nombre es Isabel, llámame cuando quieras pero no como cliente, sos un buen tipo Pedro.

FIN

Lunes, 11 de enero de 2001

En la selva misionera

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En la selva misionera
Por: Darío Valle Risoto

Le dijo a Fulgencio que fuera a ver a su mujer, no era bueno trabajar en la colina mientras ella estaba a punto de parir, pero el tipo era un viejo testarudo y se quiso quedar para seguir labrando la tierra. Cuando Benjamín llegó gritando todos entendieron que el consejo de Mauro era acertado.
Y bajaron corriendo y tropezando contra los troncos caídos, las ramas secas y las zonas desforestadas hasta la boca del río y se tiraron casi de cabeza en la canoa mientras Mauro sudando la gota gorda los vio desparecer remando nerviosos detrás de los árboles.
Comenzaba a llegar la noche y tampoco era bueno quedarse sin refugio Mauro les dijo a los muchachos que fueran a descansar porque al día siguiente debían seguir arando la colina para intentar robarle más tierra fértil a la selva.

Mauro Rosedales prendió un tabaco negro que armó previamente dentro de una hoja de chala, entrecerró los ojos cuando un picor rojo le hizo lagrimear un poco, estaba sucio y su camisa más nueva estaba hecha gironés por culpa de los espinales a la derecha del camino.
Chucho y los otros perros se quedaron con él, nunca lo dejaban solo, eran como ángeles guardianes y les debía la vida de más de una manera, acarició al viejo y flaco perdiguero que entrecerró los ojos siempre tristes.

__ ¿La extrañas vos también?
El perro metió la cola entre las patas y lanzó un débil gemido, el sol iridiscente antes, ahora bostezaba detrás de las montañas enrojecidas y cubiertas de nieves lejanas.
A veces las nubes se parecían al pelo de Rosario o a su vestido y hasta a sus manos. Pero solo era el deseo de verla colgada de ese cielo que protegía el paraíso más salvaje de la Argentina.
Mauro miró desde la colina la medialuna del río por donde Fulgencio se había ido a recibir a su nuevo retoño seguramente con el corazón en la boca y a diosito en sus plegarias, ya había perdido tres hijos que nacieron demasiado débiles para vivir.

__ ¡Ojala que este sí hermano! Y que sea un varoncito fuerte como el padre.
Se descubrió hablando solo mientras bajaba cabizbajo por el lado este de la colina de espaldas al río, allí estaba una destartalada cabaña donde los muchachos sentados bajo el alero tomaban mate luego de asearse.
__ ¿Un amargo?
__ Gracias pero prefiero una caña. __ Dijo para desaparecer en su cuarto, sacó una botella sucia de “Caña Santoro” de una maleta raída y le besó el pico. Lanzó una exhalación y se miró al pedazo de espejo que colgaba del pequeño ropero. Allí se encontró con un viejo hombre cansado de cuarenta y tantos años, viudo y sin hijos.

Chucho era el único perro autorizado a entrar e hizo uso de su potestad yendo a tirarse a los pies del catre. Mauro le acarició el lomo y él se quedó quieto como para no desperdiciar los mimos.
__ ¿Vos también la extrañas?
Terminó el resto de la caña y un calor amargo le subió desde las tripas para anidarse junto a la tristeza resguardada en su cabeza despeinada.
Salió afuera y llenó una palangana con agua de la aljibe, luego se dio grandes manotazos para enjuagarse, la camisa hecha jirones no serviría de mucho al día siguiente.
Entró y encontró una vieja camiseta de cuando jugaba al Rugby en Buenos Aires, de cuando andaba limpio y no tenía la menor idea de lo que era la selva y mucho menos el amor.

¿Cuándo la conoció a Rosario?
Fue en esa casona de San Telmo cuando los Araoz lo invitaron al vernisage donde Armando Araoz iba a ser galardonado con un premio, una de esas cosas pitucas que no son para uno. __Dijo.
__ ¿Y se enamoró de usted? __Le volvió a preguntar Benjamín, de puro atrevido nomás.
El viejo siguió con la caña en una mano y acariciando al perro con la otra.
__ ¿Y qué te parece?, Se vino conmigo a esta selva a…
__ ¿A ser feliz?
__ Se supone que sí, quiero creer que sí. __Dijo y se secó una lágrima enorme con el dorso de la mano con que acariciaba a Chucho.

FIN

Creo que me engaña (cuento)

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Creo que me engaña
Por: Darío Valle Risoto

Le dije que era algo bastante vulgar y por cierto que bajo perseguir al tipo y esconderse detrás de los arboles como una delincuente. Ella intentaba saber si salía con otra u otras, haciendo gala de una ingenuidad que no le cabía a una mujer que al menos yo tomaba por inteligente.
Había otra amiga que consideró rápidamente que este servidor iba a decirle algo así cuando ella furtivamente se escondía tras abandonar las aulas porque aquel tipo que salía con ella se había ido antes de hora del instituto y pensó en seguirlo.

Siempre fui demasiado sincero y eso siempre trae problemas sobre todo porque a la mayoría de los seres humanos no nos agrada que nos marquen los defectos. Bueno, pensándolo bien a mi no me molesta si es que son ciertos.

Le indiqué que Marcelo era un típico galán de cuarta con su machismo a flor de piel, que era de esos especímenes que constantemente tienen que demostrar que llevan un pito como si a alguien le importara o pusiera en tela de juicio su evidente miedo a la homosexualidad, por siempre latente debajo de su “galanura”

Yo sabía que salía con otras pibas, pero no me interesaba aclararle el infortunio a una amiga presa de esa rara ansiedad que tienen las mujeres divorciadas a por encontrar un compañero y tal vez un buen padre para sus hijos.
Entre risas reconoció que hacía el ridículo, no ante nosotros que al fin de cuentas éramos sus amigos tanto como lo pueden ser los circunstanciales compañeros de un curso de dos años. El ridículo lo hacía ante ella misma que se merecía quererse más y reconocerse como una mujer de clase que por cierto que lo era.

Al poco tiempo se separaron afortunadamente en buenos términos, ella quedó triste y a él le importó un carajo porque tenía otras. Era de esperarse que las cosas volvieran a su lugar porque todos sabemos que cuando el camión se mueve los melones se acomodan.

Unos meses después la esposa de un amigo que era peluquera me estaba cortando el pelo y me cuenta que tenía una clienta que estaba loca por mí, vaya que fue un poco sorprendente que fuera ella, precisamente ella.
Entonces recuperé la cordura y recordé las enseñanzas de mi padre en asuntos de mujeres y sobre la necesaria discreción de los verdaderos hombres.
Le dije a mi peluquera y confidente que ella se creía que yo le gustaba pero no era así, que estaba confundida y que seguramente se merecía otro tipo de hombre, con todo lo que ello ustedes pueden suponer que implica.

FIN

Los siete cielos de Matilde

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Los siete cielos de Matilde
Por: Darío Valle Risoto

Primer cielo:
La abuela tenía más de ochenta años, eso era muchísimo, pero entre tantos recuerdos borrosos quedó aquella tarde sintiendo su perfume a lavanda y sus arrugadas pero delicadas manos haciéndole trenzas con sus largos cabellos negros. La abuela Rosa le contaba historias de su niñez en Asturias, siempre iba vestida de negro y sonreía poco, pero con Matilde era diferente.
Con ella se reía a carcajadas para sorpresa y envidia del resto de la frondosa familia Sánchez.
Hoy Matilde recopila recuerdos y a esta tarde perdida entre sus seis, siete u ocho años la pone en primer lugar, aún no había hecho listas de buenos momentos hasta que sucedió la noticia, entonces se vio obligada a repensar su vida y a tratar de saber cuánto valió la pena vivirla.

Segundo cielo:
El catecismo era obligatorio en ese tiempo y lugar, al menos para la familia Sánchez, a ella no le gustaba, hasta que tuvo una tarde de sábado la visión de la virgen. En realidad se trataba de la vecina nueva que había salido de camisón a regar las plantas y que su padre espiaba detrás de las cortinas del living. Su madre ya había muerto igual que la abuela Rosa. Mucha gente se moría, debió haberlo sospechado, pero apenas si había terminado el catecismo.
Constanza Miravalles se llamaba la vecina. Era linda pero no era su madre, era buena pero no era su madre, se casó con su padre unos meses después y nacieron los mellizos.
Ella quería no quererlos a los intrusos pero en el fondo los amaba a todos aunque le diera vergüenza solo de pensarlo.

Tercer cielo:
Era bochornoso ir a estudiar francés y piano pero cuando se quedaban a la tarde a escuchar la radio y pasaban una canción de Maurice Chevalier ella les inventaba traducciones a los mellizos que se lo creían todo. Luis era más alto que Marcelo y menos gordo e inteligente, no se parecían en nada, algo no debía andar bien.
Lamentablemente cuando Constanza entró al culto o lo que sea las cosas cambiaron bastante, todas las tardes había que estudiar la Biblia y a ella no le gustaba nada al punto de que comenzaba a preferir las clases de francés y piano.
Pero entonces una tarde conoció a Marcos que tampoco quería aprender piano pero lo obligaban como a ella. Allí también sus dudas sobre las escrituras se fueron transformando en decepciones e incredulidad.

Cuarto cielo:
Se casó con Marcos Funes a los diecinueve, el tenía veinte, fue un lindo matrimonio según decían todos, pero ella que al principio se sentía una princesa poco a poco comenzó a creer que se había casado porque era lo correcto después de haberse besado en aquel cine mientras daban una de romanos.
Los mellizos traían a sus compañeros del cuadro de futbol a casa y comenzó a tratarse con Leo al principio como si nada pero cuando el muchacho venía ella sentía algo diferente en el pecho. Para colmo su marido nunca estaba porque era militar y eran tiempos difíciles para el país.
Una tarde Leo le dijo que era comunista pero ella prefirió acordarse de su mano rosando la suya cuando le arrimó un plato de galletitas, todos tomaban mate, por suerte ni sus hermanos ni los otros se dieron cuenta de aquella carga eléctrica entre ambos.

Quinto cielo:
La tristeza puede encerrar una suerte de esperanza si una no se rinde. Pensó, cuando vio el avión irse a Suecia con ese muchacho que apenas si la había besado una tarde de lluvia diciéndole que lo perdonara pero si no se iba lo iban a matar. Ella no entendía nada y menos cuando su marido le confesó que su trabajo a veces era de cierto riesgo porque había que defender las instituciones. Para ella las instituciones eran los bancos y las iglesias y  no le gustaban.
La esperanza vino cuando fue a la casa de su amiga Belén y ella le tenía guardada una carta de Leonardo, ese mismo que ella trataba de olvidar pero no podía.
La carta la hizo sentirse mareada con un tropel de cosas que solo creía pasaban en las películas, resultaba que ese “comunista” estaba enamorado de ella y allá en Estocolmo no podía vivir sin recordarla.

Sexto Cielo:
Los tiempos cambiaron y los años se tragaron algunos sueños y esperanzas, Matilde ya con tres hijos todos los meses visitaba a su hermano en el hospital siquiátrico, quién iba a decir que el gemelo más listo iba a sufrir de desordenes mentales.
Las cartas de Leonardo se fueron espaciando hasta desaparecer, un cierto día las quemó a todas como para invocar al olvido. Tonta de ella.
Su marido fue condenado a veinticuatro años de cárcel y se lo llevaron a Ushuaia, cuando se reunió con el fiscal para suplicarle clemencia no pudo creer lo que detallaba el legajo sobre el trabajo de su esposo.
Lo bueno aunque dolió mucho fue abrir los ojos de un largo sueño de ignorancia y de mirar para otro lado cuando la vida se cobraba victimas a su alrededor. Ese mismo día echó de la casa a los del culto que venían como siempre a estudiar la Biblia con su madrastra.

Séptimo Cielo:
El doctor no le dio buenas noticias, ella tuvo que tratar de sonsacarle palabras como metástasis, cáncer y terminal. El tipo sudaba frío y ella sonreía.
La gente se muere, le dijo, mis hijos ya son mayores y se pueden cuidar, mi marido afortunadamente se murió hace unos años y yo estoy tranquila como para esperar lo que se viene, no se preocupe.
El profesional no lo podía creer.
Esa misma semana arregló todo y se tomó el avión para Suecia, la esperaba un maduro Leonardo que ya no era comunista pero aún la amaba.

FIN.

Divorcio (cuento)

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Por: Darío Valle Risoto

Acaso dormías el sueño del primer encuentro, allí donde todo era nuevo y cada amanecer parecía el primer día, acaso no hubo miedo en las noches porque siempre tenías en mí al seguro refugio donde esconder tu cuerpo y así contenida dormirte entregada para siempre.

Pero los frutos amargos preceden al olvido por más que no hay olvido posible si sabemos que algo debió suceder para quedarnos solos en medio de las muchedumbres de hombres y mujeres que no nos toman en cuenta.

Lo bueno dura poco y lo malo también, triste o afortunadamente nos vamos yendo hacia la muerte pero lo importante aunque no trascienda debe valer un poco, tan solo lo suficiente para notar que estuvimos vivos.

Y vos que eras fresca, joven y pura sonrisa te fuiste marchitando tal como yo pero en diferente dirección y aunque traté de amarte ya eras una extraña a la que nunca quise volver a tocar.

Y hasta tenías otro olor y otro perfume y ya tu pelo no me erizaba la piel ni tus piernas me ponían listo a abrazarte porque te volviste una nube de reproches muy familiar al odio.

Sé que quizás me faltó comprensión pero me cansé de ser siempre el director de esta orquesta que llamamos hogar y se transformó en un hotel de segunda clase donde venían tus parientes y me llenaban de una furia contenida que alguna vez tenía que explotar.

Y lejos de pedirte que tomes partido tampoco quise que en medio de tantos espectadores me dijeras que ya no me querías y que yo te daba asco porque de alguna manera dejé de cumplir con tus exigencias en cuanto a lujos y posesiones.

Te dejé entonces la casa, el auto, tus hijos que nunca fueron mis hijos y una buena parte de mi sueldo para que vivas mejor sin mí y me mudé a otra casa donde comencé a verme de otra forma en el espejo porque rápidamente me di cuenta que me habían exprimido vos y tu familia y tus shoppings y tus asquerosos hijos parte de mi juventud y me habían corrompido el corazón hablando continuamente de cosas, plata y más coas.

Y una tarde en la playa conocí a Marta que era como vos antes de perderte en ese infierno y ella solamente quería leer libros y hablar y reírse y contagiarme esa fuerza juvenil que alguna vez supiste tener y era todo lo que yo quería de vos pero vos pedías todo y todo es nada para mí.

Marta supo hacerme joven y fuerte y libre y siempre tenía una enorme capacidad de desaparecer aunque siempre estuviera cerca, Marta sabía ser discreta e inocente pero supe desde el primer momento que era una mujer tan libre como inteligente y que yo no la merecía aunque ella decía exactamente lo mismo de mí.

Y aquella noche volviste llorando porque tu nuevo marido te había pegado y ella te abrazó y consoló sabiendo que eras mi ex y que siempre fuiste una basura aún con ella que sin conocerla la tratabas de puta y de loca y sin embargo allí estaba yo encendiendo un cigarro y viendo como esta joven trataba de secar las lágrimas de una bruja inmunda que no merecía consideración.

Y poco después llegó tu marido borracho pateando mi puerta y empujándose adentro con ese maldito revolver entre sus manos grasosas y se sintió un disparo y el hijo de puta le erra a tu enorme cuerpo de vaca inmunda y le da a ella…

Y Marta muere en la ambulancia y yo vuelvo a quedarme solo y entonces pienso en que la vida es cualquier cosa pero nunca será justa.

FIN.