Como me cuesta leer a Onetti

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Como me cuesta leer a Onetti
Por: Darío Valle Risoto

Hace algunos años atrás la esposa de un amigo luego de leer algunas cosas mías me aconsejó leer: “El Pozo” del escritor Juan Carlos Onetti, quizás pienso ahora, porque encontró cierta aproximación que no puedo hoy día imaginar cual, o mejor creo que fue para que aprendiera a escribir mejor que las porquerías que sigo escribiendo. Me apego más a esto último por más que no me guste.

Demoré un tiempo hasta que compré el pozo y lo leí y no me gustó pero creo que allí nació esta idea que hoy reafirmo de que el tipo era un escritor de puta madre como dicen los españoles, o sea: Muy bueno, excelente, pero no me llegó, era como si yo fuera la roca que las aguas de un mar oscuro quieren abrazar pero está muy cerca de la orilla.

Mi amigo el artista plástico Cesar Ureta me regaló los primeros cuatro tomos de una colección de obras completas de este escritor e intenté leer: Juntacadáveres y volví a pensar como vuelvo ahora que en el taller de escritura estamos dando: “Los adioses” que Onetti era un verdadero monstruo de la literatura pero no hay caso, mi gusto literario va por otro lado. Y eso es lamentable en varios sentidos.

En ese ínterin desde Juntacadáveres a la fecha leí dos novelas de Mario Vargas Llosa que si me puede y ando con otra de Haruki Murakami los que admiro porque por ahí andan mejor mis apetencias literarias, quizás porque su escritura es menos barroca, mucho menos gris y aderezada que la de mi compatriota por más que ahora en este Montevideo otoñal acuciado de lluvias desde la tarde de ayer y tras ver el documental: “Jamás leí a Onetti” vuelvo a acercarme a ese viejo hosco como un puercoespín al decir de Galeano.

Hay una interesante anécdota donde Eduardo Galeano remite a un consejo sobre escribir a mano que Onetti le da cuando se entera que este lo hacía a máquina y no puedo más que añorar mi vieja máquina de escribir que hoy añoro porque este ordenador me resulta por demás frio y ajeno. Por otro lado escribo mucho a mano ya que tengo una computadora de mesa, carezco de una laptop y por lo tanto suelo garabatear ideas en cuadernos que andan por toda la casa y luego vengo aquí y los transcribo a la pantalla.

Para mi escribir a máquina tenía una calidez que hoy se potencia con este frio teclado carente por completo de aquella percusión de tipos sobre el papel y el ruido de la cinta corriendo de derecha a izquierda mientras tomaba demasiado continuamente el corrector y tachaba para escribir y reescribir alguna palabra que me parecía mejor que la otra, la palabra eliminada, muerta.

Aquí a la distancia pienso que Onetti tenía esa idea sobre la vida que ahora comparto, este amor por la soledad y sentía seguramente el enorme placer creativo de plasmar sobre el papel vidas y suertes de personajes no del todo ficticios porque a fin de cuentas uno escribe siempre sobre si mismo aunque hable de calabazas.

De seguro mi dificultad para alcanzar a leer a Onetti tenga mucho de una soterrada envidia sobre un creador impactante al que no podré llegar jamás porque voy por otro lado y esa literatura en definitiva tan Uruguaya no me place como no me placen tantas cosas de un país que me vio nacer pero a diario siento tan extranjero.

Ayer precisamente vi un documental sobre Howard Phillip Lovecraft desde luego que para mi mucho más compatriota que Onetti este hombre de Providence forma parte de toda esa literatura yanqui que amo tanto y que tiene a Isaac Asimov en el pináculo de lo que quisiera ser si alguna vez llego a ser grande. De todas formas uno no puede desprenderse de su origen y aunque me moleste bastante soy uruguayo y por ejemplo si me gusta mucho Mario Benedetti y también he leído quizás todo o la mayoría de lo de Eduardo Galeano, escritor que considero más un periodista pero uno y otro oficio son casi lo mismo si se me permite.

Uno escribe porque puede y porque quiere pero nadie escribe porque no le gusta, la labor creativa es misteriosa y de verdad a veces no sé cómo llega un cuento o una idea para una de esas tres o cuatro novelas que nunca termino. Debo agradecer a esa musa escondida que como tigre invisible salta al final de mis cuentos atacando con un final muchas veces inesperado aún para mí mismo.

Jamás leí a Onetti y ese documental sobre Lovecraft fueron demasiado con menos de veinticuatro horas de diferencia para mí que suelo encontrar difícil soportar versiones diferentes sobre la vida de autores que marcaron un rumbo en la literatura y en mi vida, porque de verdad solamente deberíamos quedarnos con la obra y dejarnos de joder con las personalidades de los escritores porque a fin de cuentas cada cuento, cada novela se despegó de su autor como aquel hijo que deja la casa paterna para seguir su rumbo.

Creo que he corrido el riesgo de encontrar paralelismos con ambos escritores sobretodo en aspectos que les hacen dos personajes distantes en tiempo y lugar pero con algo en común: Su eterna y amada soledad. Es así por más que no me guste asumirlo.ca9ce8ae6a81b27ac3a2090eb0022b0a

Mi vecino Franco (Cuento)

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Mi Vecino Franco
Por: Darío Valle Risoto

El hombre era un hombre silencioso, callado, hablaba poco y nada, se le escuchaba decir: buenas tardes, buen día, buenas noches y poco más. Yo sé muy bien que la mejor forma de hacerse notar en el lugar donde vivimos es precisamente el tratar de pasar desapercibidos. Es como una ley no escrita que los que somos tipos diferentes o raros, quizás ambas cosas, seamos más tarde o más temprano el centro de la atención.

Lo comprendí al instante, seguro que como yo se había quedado solo y no por elección sino por el simple hecho de que en determinado momento de su vida le había puesto un basta a las nuevas amistades. Lo sé porque alrededor de los cuarenta años me cansé de buscar amigos, me resultó demasiado trabajoso comenzar desde cero una nueva relación de amistad.

Observé también que intentaba seguirle la conversación a alguna vecina que saludándolo efusivamente y preguntaba sobre su vida y circunstancia. Nunca lo vi con malos modos, creo que llegué a admirarle la capacidad para escaparse por la tangente de tanta conversación liviana y plagada de inquietudes sobre si esto o aquello.

Así son los complejos habitacionales, por eso se llaman complejos, porque están habitados por gente complicada que no puede estar quieta, que hace ruido, que grita y prende las radios a horas impropias o sencillamente se tira con botellas por la cabeza. Le quise decir al hombre que mejor era irse a vivir solo a algún pequeño apartamento, al centro es lo mejor porque la mayoría son comercios y no hay esta asfixiante sobrepoblación.

El hombre era extremadamente alto y una cierta vez descubrí que hablaba con acento alemán o de uno de esos países de gente rubia del este de Europa. Su rostro era cuadrado, de mentón poderoso, tenía los ojos hundidos y nunca pude saber si eran negros o azules muy oscuros. Pienso si a estas alturas yo también soy un metiche en asuntos que no me conciernen. Me absuelve de ello que estoy tempranamente jubilado por una lección de columna que sobrellevo a fuerza de calmantes. Tampoco tengo muchos amigos y por afortunadamente carezco de familia.

Fue una tarde de invierno, casi de nochecita, lo recuerdo bien porque me crucé con él en las escaleras de acceso al edificio, al principio me sobresaltó su estatura que con su eterno traje oscuro aún parecía más opresiva, como si toda ella nos apretara el cuello con su presencia inesperada.

No sé porque me di cuenta de que iba llorando. Si, ese tipo aparentemente inexpugnable iba lagrimeando por la vida y justo un servidor se entera y allí además de las buenas tardes le deslicé un: __ ¿Le pasa algo mi amigo?

Nada me contestó, solo se tomó el ala del sombrero gacho y en esa especie de ademán y saludo me decía que no me preocupara. Ahora caigo en que otra de sus peculiaridades era que llevaba ese tipo anacrónico de sombrero. también me di cuenta de algo absolutamente inusitado: tenía cicatrices alrededor de ambas muñecas muy cerca de las manos. Cicatrices gruesas como si le hubieran puesto las extremidades luego de un terrible accidente.

No sé cómo me di cuenta de eso, no soy chusma, pero esta soledad me pone en peligro de transformarme en una de esas viejas chotas del edificio que averiguan todo de todos y todo el tiempo.

Aquella noche me costó dormir, el hombre se había metido en mi vida así como así. Tomé un libro de Onetti y lo abandoné a la tercera página, no podía seguirle el tranco a tanta pirueta literaria, tampoco me sirvió una manoseada revista Patorucito que nunca termino de leer. Lo mejor era tomarme unos mates en la terraza.

Allí volví a verlo, era como si estuviéramos conectados, en ese momento descubrí a ciencia cierta cuál era la ventana de su apartamento aunque si sabía que compartíamos la escalera pero él iba hacia un corredor lateral y le perdía la pista. Allí estaba alto en la oscuridad mirando a la luna o a la nada con su cabeza casi cuadrada, sus ojos hundidos y me imaginé sus cicatrices grandes y feas. Fumaba porque vi que prendía un cigarro de esos gruesos tipo cubanos.

Si hubiera sabido que esa era aquella la última vez que lo vería de verdad que hubiera juntado el valor para ir hasta su casa a preguntarle por que un hombre tan grande y de aspecto fuerte lloraba pero no lo sabía hasta que dejé de verlo.

Me sentí desolado durante varios días, no sé por qué, tal vez porque en nuestras soledades pertenecemos a una raza que se va extinguiendo de hombres como lobos solitarios que caminan entre millones de ovejas estúpidas. Me sentí mal por su enorme tristeza que era como una bandera ondeando frente a mis ojos no menos tristes diciéndome que el mundo solamente nos puede dar su incomprensión y que lo demás es puro carnaval.

Sabía que se llamaba Franco, alguna comadre me lo deslizó, seguro le habían mirado los recibos del la luz o del teléfono pero no sabía su apellido hasta que Nora la del doscientos cinco me lo dijo.

Hubiera preferido que no, que nadie me dijera que ese hombre era ese hombre y no podía ser otro porque entonces todo configuraba una nueva sensación de extremo temor, de un miedo cercano a lo terrorífico. No, no lo podía aceptar así que averigüé con otras damas que como prensa libre andan cuchicheando sobre la vida y obra de todos.

__ Si muchacho, se llamaba Franco Stein, era extranjero, por eso hablaba poco y nosotras que pensábamos que era un seco, pero seguro no hablaba bien el castellano.
__ ¿Está segura Amanda?
__ Pero claro muchacho, como si una anduviera mintiendo pero ya me enteré que le alquilaron el apartamento a otro extranjero. ¡Mirá Voz!, Se llama Larry Talbot y se muda este viernes.

Me quedé mudo, conocía ese nombre, no hacía falta deformarlo como el de aquel otro hombre, conocía ese nombre por lo que desde ese día las noches de luna llena tranco todo y me quedo encerrado.

FIN.

Este cuento es otra tarea para el Taller de Escritura, en este caso sobre el cuento: “Los Adioses” de Onetti y luego de conversar sobre el narrador testigo debemos ecribir un cuento con esas características o sea: contar la historia como un involucrado en ella que nos la cuenta.

 

Una muchacha mirando al mar

Salvador Dalí, Woman at the Window (Muchacha en la ventana), 1925

Una muchacha mirando al mar
Por: Darío Valle Risoto

El mar amenaza con inundar la habitación, el viento trae un aroma salado que casi puede no solo sentir en su olfato sino también en todo su cuerpo. Un velero, las colinas y el pueblo pesquero, otro de tantos en Galicia. Y la tristeza que no es otra de tantas tristezas y sin embargo contiene una suerte de anhelo.

Papá siempre volvía con la piel curtida y ese mismo olor a mar pero concentrado en cada cicatriz de su piel de viejo navegante, papá siempre volvía hasta que lo trajeron muerto aquella noche aciaga en que la tormenta penetró todos y cada uno de los corazones de la casa. Pero ahora espera a otro mucho más joven pero también un pescador, es que en esa parte del mundo no caven muchas alternativas para ganarse la vida.

Al menos las mujeres pueden ser putas o monjas que no es lo mismo aunque muchos lo piensen y la muchacha pensándolo sonríe con una mueca triste mientras su madre la llama para que desayune.

Baja las escaleras pero antes de dejar la ventana en un último vistazo ve a aquel velero que no es la barca que espera pero tal vez esté transitando las mismas olas que el surcó a por los frutos de un mar no siempre generoso. Media luna navegando hasta Ferrol y luego otra media luna más grande hasta Gijón o tal vez ir hacia el oeste y arriesgarse a caer en el fin de la tierra.

La madre sirve el pan y la leche y la mira, sabe que está triste, las madres lo saben todo pero suelen no comprender mucho cuando se trata del amor.
__ Mi niña: ¿No te cansas de esperarlo? ¿Y si viene en el tren?
__ Nunca, esta tarde iré a la estación como todas las tardes.
__ Pero…

Y Penélope irá como desde hace ya dos años a la estación del tren por las tardes y por las mañanas mirará al mar por la ventana de su cuarto, hasta que sea necesario y quede sola en la casa y sus largos cabellos comiencen a volverse plateados pero nunca dudará de que él tenga que volver a su lado.

FIN

Tarea del taller de escritura, escribir un cuento inspirados en la pintura: “Muchacha en la ventana” de Salvador Dalí 1925

Un Pianista

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Un Pianista
Por: Darío Valle Risoto

Estoy agotado y miro a las ventanas del edificio de enfrente.
El hombre enciende un cigarro y escribe algo, tal vez una carta o un poema, no lo sé.
Está sentado frente a su ventana abierta, hace calor y por lo tanto puedo verlo desde mi apartamento que obviamente mantengo con la ventana abierta de par en par porque hay treinta y dos grados.

Se levanta y lleva la hoja en una mano y el cigarro en la otra. Se sienta entonces a un piano.
Compruebo entonces que no era ni una carta ni un poema sino una partitura musical. Pero desde mi lugar no puedo casi escuchar lo que ejecuta frenéticamente hasta que tira su cigarro y golpea con ambas manos el teclado. Creo que no le gustó la melodía.

Miro a otras ventanas pero vuelvo a la del músico frustrado que tacha y escribe nuevamente moviendo su cabeza con desaprobación, luego se pone de pie y va hasta una biblioteca que veo casi de lado y de una caja en el estante superior saca una pistola.
Imposible detenerlo cuando se pega un tiro en la sien derecha.

Y yo que pensaba que tenía un mal día.

FIN

Primera tarea escrita en clase en el taller de escritura. Luego de ver los primeros siete minutos de la película de Alfred Hitchcock: “La ventana indiscreta” la consigna fue escribir un cuento breve tomando como protagonistas a alguno de los vecinos que: “James Stewart” ve desde su ventana.

Un Largo y Preciso momento

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Un Largo y preciso momento
Por: Darío Valle Risoto

Tenías todo el tiempo del mundo como suelen tenerlo casi todos los niños y no te dabas cuenta de muchas cosas por lo que probablemente a pesar de los ataques de asma y las palizas de tu madre eras feliz.

De todas formas tenías demasiados temores para ser tan chico, allí estaba el preciso instante en que caían lloviznas de horrores varios que indefectiblemente terminaban en la muerte de tu padre.

El era todo: el salvador, el refugio, el sueño de que al ser adulto quizás fueras tan alto como él y tan buen tipo. Comprendías a veces mucho más que los otros niños pero igual eras como ellos aunque no quisieras reconocerlo ya que parecerse a los otros solía ser un síntoma de debilidad y eso para un niño asmático era demasiado.

Tenías ocho años aquella vez que los cumplías pero estabas en la avenida Propios descargando un camión de cajones vacíos que te habían encomendado como para que hagas algo mientras tu padre clasificaba fruta en el galpón de esa familia, los Bañasco. Y cuando llegaste a casa tu madre te había hecho una torta y te enojaste mucho porque ya habían comido algunas porciones entre ella y tu prima Patricia.

Y no había regalos, eran tan pobres que apenas si en invierno tenían abrigo en ese enorme cuarto de cuatro por cuatro con techos altísimos que se llovía como afuera. Y tampoco te dabas cuenta de que un no tan largo tiempo después comprenderías tanto eso de la pobreza que dolería tener una vida mejor y será tu eterno complejo de culpa, yo te lo aseguro.

Todo será mejor o peor, nadie te contó el secreto de eso de vivir y sin embargo fuiste un pequeño niño flaco sobreviviente a pesar de los bravucones del barrio, las pedradas de tus primos, las palizas de tu madre y esa enorme necesidad de que tu padre no se muriera nunca. Pero lo hizo.

Tenías veinte años y nadie de los que él ayudó, nadie a los que tu viejo les tendió una mano fueron al velorio o al entierro porque la gente es gente y no se les puede pedir mucho aunque tu madre no perdonara tamaña muestra de vergonzante humanidad. Ni parientes ni amigos suyos, solo tus compañeros del trabajo, los que ni siquiera le habían conocido. Ellos se lo perdieron.

Luego fuiste esperando hasta que unos años después lloraste como aquel niño de ocho años al escribir un poema sobre ese hombre absolutamente anónimo que sin embargo no pasó en vano.

Allá cuando tenías todo el tiempo del mundo lo sabías, cuando te llevaba al hospital con severas crisis de asma notabas que sufría al mirarte porque de alguna manera el eras vos y vos eras él. De eso se trata todo.

FIN

Tarea para el  Taller de escritura, en este caso se trata de escribir un cuento en segunda persona dadas como ejemplo las novelas: Diario de Invierno de Paul Auster y Aura de Carlos Fuentes. Para el caso se nos pidió escribir dos palabras que se sortearon, a mi me tocaron: Largo y preciso.

Cuatro gatos sin tiempo

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Cuatro gatos sin tiempo
Por: Darío Valle Risoto

Los techos se comunican o los hacen comunicarse con sus saltos expertos o sus fugas improvisadas ellos saben donde posar sus pies peludos no sin antes medir expertamente cuanto hay entre el sitio de acá y el de allá, claro que a veces le erran y se hacen pomada contra el piso… si, es otra mentira humana, no siempre caen de pie.

El viejo llegó tarde y se quedó sobre la chimenea de los Rodríguez mirándolas con ese gesto entre sabio y atolondrado mientras se lamía una pata y se acicalaba las orejas, las mejillas, la nariz, todo su pelo atigrado con manchas naranja.

La blanca levantó la cola y se arrimó a Manchita que se dejó acariciar, el ronroneo se levantó como si pequeños trencitos viajaran por su lomo buscando una pequeña estación donde dejar a sus pasajeras: cuatro pulgas mal alimentadas.

Los humanos son ruidosos pensó la negrita que se llamaba en algunas partes: Morita y en otras: “Negrita” o gata de porquería si llegaba a bajar en el taller de Lorenzo. Conocían a cada ser humano hombre, mujer o niño en casi diez cuadras a la redonda, cada techo, cada jardín, el ladrido de cada perro, sus olores y sus marcas en árboles, esquinas, ligustros, jardines, ruedas de coches, faroles, portones y porteras. Ellos son los auténticos dueños del barrio…hasta el viejo lo es.

Cumbias de mierdita, pensó la negrita mientras se asomaba y abajo los hombres gordos y panzones les hacían chistes zafados a sus mujeres pardas teñidas de rubio mientras escuchaban a sonido Cotopaxi y movían sus tristes traseros sin colas. La Blanca fue a acariciar a la negrita pero no tuvo suerte porque esta saltó hasta la claraboya de los “Martínez Andrade”.

Entonces el viejo les contó como si nada que la gata del edificio “Artigas” había parido el fin de semana: siete crías, tres machos y cuatro hembras y que todos están bien. No le creyeron nada porque no los habían olido pero el viejo como indiferente se dio vuelta y se fue. Una tiene que ir a investigar dijo Blanquita y la negrita se ofreció pero Manchita quería ir también aunque era muy jodida para salir de la cuadra desde que un taxi le había pisado la cola el mes pasado.

Vos sos muy belinuna y no vas, a vos que te importa y quien te hizo líder de este velorio y que los velorios no tienen lideres y que sos una gata boluda y que se yo. Manchita miro al edificio y la verdad que quedaba lejos y allá abajo pasó amenazador un taxi que frenó bruscamente como para advertirle o como para tomarle el pelo que tenía y mucho. Mejor vayan ustedes y me cuentan, traigan fotos.

Blanca y Negrita saltaron por aquí y allá, un poco al otro lado y llegaron a una terraza sintiendo de pronto la presencia de nuevos calorcitos de gatitos pequeños y se enternecieron hasta que una vieja les tiró agua y las hizo salir pitando.

Vieja de mierda con ese perro que parece una oveja, yo se lo araño dijo la negrita mientras blanquita entrecerró un ojo y pensó. Mejor nos vamos a dormir la siesta no te parece, le dijo con gesto meditativo.

Prrr… contestó Negrita.

FIN

Cuento escrito como tarea para el taller de escritura bajo la consigna: humanizar a los animales, dado como ejemplo el cuento: Una Gallina de Clarise Lispector.

Un Pueblo Abandonado

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Un pueblo abandonado
Por: Darío Valle Risoto

Un coche tirado por dos yeguas casi blancas recorría el angosto camino de tierra entre los cerros intentando llegar a otro pueblo, al pescante iba un viejo hombre flaco que fumaba un tabaco negro y de poderoso aroma. Era un carro del tipo “Gitano” con una construcción con techo que servía de hogar al hombre y algo más.

Caía la tarde y los eucaliptos gigantescos adelantaban las sombras de la noche, “sus muchachos” como él los llamaba al sobrevenir las horas oscuras se ponían nerviosos dentro del sobre techo del carro.

Se detuvo antes de vadear el cerro porque no quería levantar la perdiz, cuando el último rayo de sol se escondió en el horizonte abrió la puerta del entretecho y salieron los murciélagos volando rumbo al pueblo más cercano que según el rotoso mapa que sostenía el viejo se llamaba: Villa Temesio.

Soltó a las yeguas para que pasten y prendió un fuego para calentar el agua para hacerse un café del que comprobó solamente le quedaba para un par de días pero sabía bien que pronto haría unos pesos. El carro viejo y desvencijado tenía un cartel a cada lado que rezaba: “Romanellis el elixir que lo cura todo”.

Allá en el pueblo no advirtieron al principio la centena de murciélagos que se apostaron en torno al campanario de la vieja iglesia, algunos con sus chirridos hicieron que desde los montes comenzaran a llegar los de su especie hasta formar conglomerados de alas negras en varios edificios.

El cura se despertó tarde de la siesta y se enojó con Santiago que dormía desnudo a su lado, el muchacho tenía una espalda ancha y perfecta, el viejo sacerdote le besó una nalga antes de levantarse para vestir su sotana, luego calentó agua para el mate. El muchacho se despertó y tomó sus calzoncillos que descansaban sobre la Biblia.

Rosaura abrió el quilombo, las otras dos muchachas entraron a las risas porque una de ellas había roto un taco de sus botas tratando de alcanzar a una gallina que espantada corrió calle abajo. Hubieran hecho una buena sopa si la atrapaba. Dentro de la vieja casa que antes fue una pensión había olor a creolina y humedad.

El comisario fue el primero en darse cuenta de que esa noche no era una noche normal porque antes de salir de la comisaría para tomarse una grapita vio una nube densa y negra despegada de la noche de luna que caía sobre toda construcción, persona y animal de la comarca.

Cientos de murciélagos en pocos minutos hicieron suyo el pueblo que entró en pánico con gente que se encerraba en el mejor de los casos pero quienes eran tomados por sorpresa en las angostas veredas o calles de tierra eran presas del pánico al ser arañados o azotados por esos demonios con alas.

Santiago salió luego de despedirse del padre Alfredo con un beso en los labios pero debió entrar cuando uno de estos rapaces casi le quita un ojo arañándole la cara. Rosaura mató a un par que se colaron en el quilombo y Gladis sufrió un ataque de pánico que mereció dos cachetadas de la negrita Alicia.

A la mañana siguiente los destrozos eran evidentes y seguían allí en los lugares más oscuros de villa Temesio estos bichos asquerosos y voladores. La gente lo supo y nadie pudo adelantar una solución hasta que el comisario aconsejó mantenerse adentro mientras el y su único subalterno prendían algunas fogatas con ramas frescas para que el humo les espante.

Tres días después el viejo consideró que la gente ya había sufrido bastante terror como para ir con su carro a ofrecerles algo de ayuda pero cuando llegó al pueblo lo encontró vacío y solamente sus amigos estaban allí negritos, con sus alas de cuero triunfantes y sin un ser humano a la vista.

__¡Que carajos!

Pero no le fue difícil detectar que los trescientos y pico de habitantes del pequeño pueblo se habían ido del lugar cargando lo que pudieran hacia el oeste tal vez hacia el Villa Crispina o hasta la misma capital si el miedo continuaba. Así que alentando a sus yeguas enfiló en ese camino y a dos kilómetros dio con la columna de desorientados hombres, mujeres y niños que marchaban con el cura y el comisario a la cabeza.

Rosaura la puta fue la única que desconfió del viejo con ese elixir maravilloso que prometía sacarles a esos bichos endemoniados solamente con echar unas gotas en cada esquina de las casas y esperar que sus efluvios espanten para siempre a estos vehículos del pecado y la desidia.

Porque Rosaura tenía experiencia en viejos mentirosos que prometen todo y no dan más que palabras bonitas o promesas inalcanzables de casamiento y redención a cada mujer que les alquila su amor.
Pero a la gente le gusta creer y desesperada cree en cualquier cosa, así que el viejo vendió veinticuatro botellas de “Romanellis” a cuatro pesos cada una y se forró y hasta el cura le dio las gracias mientras observaba de reojo a Santiaguito con su bello rostro arañado por esas musarañas del demonio.

Aún así prefirieron que fueran el comisario y su ayudante junto con el viejo a volcar tal como la receta lo informaba algunas gotas en cada esquina de cada casa del pequeño pueblo y: Milagro. Los murciélagos unos minutos después se fueron por donde vinieron.

Dada la noticia la gente regresó al pueblo mientras el anciano visto como un héroe escondía en su gastada casaca el producto de tal evasión de batracios: nada menos que un silbato especial con que tenía adiestrados a los líderes de sus amigos alados, era cosa de instantes que los demás les siguieran de regreso al carro que era su hogar.

Mientras todo volvía a su cauce habitual aunque hubo que limpiar los deshechos de los bichos y prender algunos inciensos para sacar el olor la gente estaba agradecida y contenta porque había llegado este providencial salvador. Solamente Rosaura la dueña del quilombo “Los Yuyos” sospechaba algo raro.

El cura volvió a dormir con su amante y el comisario a tomar mate tranquilo escuchando el futbol en la radio con los relatos de Solé.

Cuando el anciano regresó allí estaban como esperándolo sus amigos, no era necesario contarlos, siempre eran un poco más de cien aunque no era raro que alguno de sus colegas se quedaran con ellos en el jaulón improvisado debajo del techo del carro vivienda del hombre.

Les dio semillas para que coman y se sentó a contar la plata, pero quiso la cosa que el tipo sintiera un doloroso y punzante dolor en el brazo izquierdo para morirse de un ataque cardiaco en medio del bosque.

Las yeguas seguían pastando inocentes de que habían perdido a su anciano amo pero no los ojitos brillantes y negros de ciento treinta y cuatro murciélagos machos y hembras que observaron el hecho con cierta tristeza.

A la madrugada siguiente poco antes de que saliera el sol el cura abrió las ventana para ventilar el cuarto mientras Santiago se ponía sus calzoncillos y fue entonces cuando el padre vio algo que lo dejó mudo por varios días: una nube de murciélagos muy densa avanzaba por la avenida principal sosteniendo un bulto oscuro sobre ellos lo que desde todos los puntos de vista era imposible pero estaba pasando.

Y mientras esa extraña procesión recorría la avenida todas las personas salieron de sus casas para ser los espectadores de la enorme tristeza de cientos de bichitos alados que sosteniendo el cuerpo del anciano lo llevaban trabajosamente a un metro de altura volando hasta el cementerio del pueblo.

El cura se persignó, Santiaguito se desmayó, el comisario fue a tomarse una grapa doble y Rosaura mirando a la negrita Alicia y a Gladis que estaba prontita a sufrir otro ataque de pánico les dijo: __¡Yo sabía que esto era joda!

Y cuando los cientos de murciélagos depositaron el cadáver del viejo sobre la entrada del cementerio se quedaron allí con sus terroríficos chirridos como en oscura procesión infernal esperando que lo entierren y así lo hicieron algunos valientes de la comarca esperando sobretodo que luego volvieran por donde habían venido.

Pero jamás se fueron, en cambio vinieron más y más y la gente se tuvo que ir de allí esta vez para siempre y de nada sirvió que vaciaran las botellas del elixir maravilloso ni que rezaran o lanzaran piedras y puteadas a estos pajarillos negros que eligieron permanecer como en eterno agradecimiento por su amo desaparecido.

Todos se fueron a otros pueblos: Rosaura entró a trabajar de maestra en una escuela rural, el cura desapareció con su amante Santiaguito y al comisario lo encontraron ahogado tras caerse borracho de un puente.

Gladis y la negrita Alicia siguen ejerciendo el sano oficio de alegrarles la vida a los peones de campo y algunos vendedores ambulantes pero siempre evitan atender a los que venden remedios para todo.

FIN

PD: Cuento escrito para el taller de escritura “Entre Líneas” con la consigna: escribir algo sobre pueblos o ciudades abandonadas. Escrito con ideas en colaboración de Paula Labella y Virginia Gutiérrez que aportaron algunas situaciones y personajes.