Un cachorro enamorado

bichos y arte (20)

Un Cachorro enamorado
Por: Darío Valle Risoto

La tía Olga mantenía levantada la cortina de arpillera con una mano mientras con la otra se apoyaba en su característico bastón mientras miraba a su sobrino-nieto pensando en que mierda andará ese gurí del demonio y como no encontraba respuesta a lo que tenía frente a los ojos llamó a su parienta Marlene que era además de hija de su hermana la madre del negrito.
__ ¿Me querés decir en que cuernos anda este guacho de mierda?

Marlene mientras se limpiaba la harina de las manos porque estaba amasando pan se acercó y asomó la cabeza entre la cortina de arpillera y la cabeza encanecida de Olga y miró al patio, hacía calor y en medio, junto a la aljibe el muchachito había derramado agua en un latón y sosteniendo un jabón Bulldog se lavaba bajo el sol de la tarde de verano, se quitaba la mugre de las orejas, se enjabonaba el cabello corto ensortijado, se pasaba el aromático jabón sobre la cara, los sobacos, las bolas, el culo. Estaba desnudo y no le importaba que lo miraran las gallinas que buscaban piedritas y comida entre el pedregullo del amplio patio.

Cuando terminó vio que su madre y la vieja lo miraban y se puso a chiflar mientras derramaba el agua medio sucia a un costado justo donde una gruesa grieta en la tierra seca parecía tener ganas de beber en esa tarde de caluroso septiembre.

Los perros ladraron y vio al otro lado del muro que separaba de la calle que pasaba el carro de la leche y se apresuró a entrar en las casas para ir al cuarto que compartía con sus tres hermanos a buscarse su única camisa blanca, la misma de ir a la iglesia, de los cumpleaños y de los velorios y también su único pantalón largo negro, el que había heredado del abuelo Fulgencio luego de que muriera en Pelotas, no desnudo sino en la ciudad de Pelotas en alguna parte del Brasil que le dijeron que quedaba cerca.

Entró al baño y se miró en el espejo que estaba casi todo oxidado y con el vidrio partido pero era lo mejor para verse la cara chata de nariz plana y los ojos marrones verdosos y los labios anchos como gajos de naranjas pero igual se sentía atractivo con sus trece esplendorosos y mulatos años.

Se arregló el pelo, se miró los dientes blancos y un poco desparejos, se puso también una vieja corbata que apenas si recordaba cómo se ataba pero se las arregló, luego buscó en el ropero los zapatos heredados del abuelo Fulgencio que había muerto en Pelotas… bueno, ya sabemos dónde.

Salió y el sol pegaba lindo, ahora los perros le ladraban a un Ford que pasó levantando una polvareda recelosa de las ruedas y los automóviles, por otra parte sonaba algo de música, probablemente del Bar “Apolo 11”

Su madre y su tía meteretas de mierda seguían tratando de saber que hacía y al verlo “vestido de domingo” en plena media semana intentaron preguntarle pero no les dio bola y abriendo la portera con cuidado de que no se salgan las gallinas salió a la vereda y tomó al norte camino a la calle donde ella tenía que pasar en cualquier momento, para darse valor comenzó a chiflar y no les hizo caso ni a Marlene y ni a Olga que algo le gritaron de lo que solo pudo adivinar un cariñoso: __¡Guacho de mierda!

Se sentía raro así arreglado pero había pasado la mañana en la escuela nervioso luego de tomar esa decisión y no era un muchacho de andarse cagando sobre todo cuando escuchó que Alicia iba a estudiar piano a cuatro cuadras de su casa todas las tardes exactamente a las cinco y media. Había decidido entonces ir a declararle su amor para toda la vida o por lo menos hasta que comiencen las vacaciones de verano que tampoco era para condenarse pero esos ojazos azules bien valían la pena.

Al pasar frente al Bar Apolo no le hizo caso a los comentarios de los parroquianos casi siempre borrachos y eternamente perdedores, manojo de hombres ordinarios y feos que solamente son felices cuando otros son más infelices que ellos. Le gritaron groserías que ya se iba a cobrar de alguna manera pero ahora en su cabeza juvenil solamente estaba la estampa de esa niña rubia del cuarto “B” que desde el primer día lo tenía cuadrado de amor.
__ ¡Nunca te va a dar bola negro!
__ ¿Tas loco? Si es la hija del dueño de la Mercería, es la hija del judío Isaac Shleimer.
__ Mejor arreglate con Lola que siempre te mira en los recreos y en las misas, además es medio quemada como nosotros.

Así lo apoyaban: Toto, Malacara y Panza, así eran sus dislocados amigos compinches y cómplices de la escuela, del futbol y de las salidas a matar pájaros y robar frutas en las huertas de la zona. A veces los domingos de tarde se iban al cine Trafalgar a mirar una de Tom Mix pero no siempre había plata para todos.

Lo había pensado bien, se iba a quedar como si nada caminando de un lado al otro de la calle esperando que ella de vuelta la esquina por Gaspar hasta la casa de la profesora Santisteban que enseñaba piano y guitarra a muchos jóvenes y a algunos no tanto.

Al rato de caminar al sol se dio cuenta que su camisa blanca despedía un fulgor enceguecedor y que le molestaba el cuelo duro almidonado y el olor a naftalina de toda la ropa y que los zapatos le quedaban medio grandes y parecía si miraba para abajo una especie de pingüino.
Miró a su muñeca mecánicamente como si tuviera reloj pero no tenía, tampoco había llevado caramelos y sentía que se le cerraba la garganta mientras que en el estómago algunas mariposas comenzaban a revolotear o bien podía ser el guiso de Olga que había estado por demás cargado de porotos negros y picante en pleno Septiembre con casi treinta grados a la sombra.

Pensó en que cuando fuera a la iglesia el próximo domingo iba a rezar por un reloj aunque no tenía idea de si para dios era importante que el supiera la hora, además se la podía preguntar a ese señor que venía paseando un perro que parecía una ovejita.
__ Las cinco y diez de la tarde jovencito.
__ Muchas gracias señor.__ No era un pibe de educaciones pero la ropa lo obligaba a cambiar su clásico semblante de negrito desaprensivo y además en cualquier momento ella iba a dar la vuelta esa maldita esquina de escasa sombra junto a la calle de adoquines Gaspar Urrutia.

Y en el mismo momento que vio a Alicia acompañada de otra chiquilina las mariposas del estómago comenzaron a quererle trepar al cuello mientras que algo comenzó a moverse tripas abajo y sintió una tremenda urgencia que iba lentamente sobrepasando cualquier sentimiento amoroso y lo obligó a saltar muros adentro de cualquiera de los  jardines de las casas que parecían desiertas bajo el sol de la tarde. Entre unos ligustros se agachó, se aflojó el cinto y se dispuso a liberar las mariposas mientras en ese exacto momento escuchaba a las chiquilinas que pasaban del otro lado del muro conversando sobre el amor y esas circunstancias que también lo habían obligado a intentar “dominguearse” para la conquista.

__ Si Paulita, ya sé que hay varios gurises que gustan de mí pero yo tengo vocación religiosa y quiero ser monja para servirle a nuestro señor Jesucristo.
__ Hay Alicia, una monja tan linda como vos va a poner nervioso a todo el cielo, a propósito…
__ ¿Qué pasa?
__ ¿No sentís como olor a mierda?

Los ojos del niño al otro lado del muro bizquearon y sintió la confluencia de dos sentimientos opuestos: por un lado la tristeza de saber que perdía su oportunidad con Alicia y el enorme, grandioso placer de que ese maldito guiso de la vieja bruja de su tía abuela por fin lo abandonara. Entonces reparó en que lo único que podía usar como papel sanitario era su corbata.

Caía la tarde y sobre los cerros ya se veía que el sol iba a dormirse cuando retornó a su casa sin importarle más nada de la vida, ya no iba tan de domingo por más camisa blanca o pantalones nuevos que llevara, se había quitado esos enormes zapatos e iba descalzo sosteniendo uno en cada mano, cuando entró los perros ladraron y les silbó para que se callen.
__ ¿Y vos no tenías corbata cuando saliste gurí? __Le preguntó la tía Olga.
__ Ándate a la mierda. __Le dijo lagrimeando.

FIN

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La Felicidad y el Celular

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La Felicidad y el Celular
Por: Darío Valle Risoto

El domingo es algo así como la antesala de ese infierno llamado “Lunes” pero de alguna manera también es ese día en que uno debería tratar de pasarlo bien sin preocuparse demasiado por lo que vendrá. A fin de cuentas uno debería comprender que siempre habrá un lunes y que no hay nada que hacerle a menos que cambiemos este tipo de calendario heredado quién sabe de cual sacerdote malicioso cristiano.

Una vez vi a aquel gurú tratando de explicarnos la felicidad, lo que siempre es tan arriesgado como contarles a los ciegos sobre el arcoíris, la felicidad para este señor gurú radicaba en no vivir con un pie en el pasado y otro en el futuro sino en tratar de disfrutar el presente, lo que me parece una visión interesante pero la verdad que se vaya al cuerno, porque la felicidad es una cosa personal de cada uno y punto. Acaso como dijo aquel tipo: __ Para lo que unos es postre para los otros es mierda. Con el perdón de la palabreja.

Hoy día parece que la felicidad está en tener un buen celular y poder estar conectado con el resto del planeta intercambiando emojis y otras yerbas y me parece muy pero muy… al pedo, pero cada loco con su tema. A mí me gusta viajar en el colectivo escuchando heavy Metal al mango mientras me divierto mirando con un gesto de superioridad a la gente que enfrascada en sus celulares teclea frenéticamente citas y pensamientos de seguro muy interesantes y que son más importantes que tomarse bien de los pasamanos o preocuparse de esos carteristas que les hurgan bolsos y bolsillos. Por ejemplo: me ha parecido la mar de entretenido ver a esa chica muy linda que baja del colectivo mirando el celular, cruza por delante de este mirando al celular a media cuadra entre el tráfico incesante de Avenida Rivera y tras cruzar y ya segura en la vereda lo guarda en su bolsillo tal vez porque es una amante del peligro o simplemente una pelotuda.

Y esa cita a ciegas prometía bastante porque la joven era atractiva, se vestía bien y tenía buen sentido del humor, así que pedimos un par de pizzas y yo muy crédulo de la vida me disponía a tener una velada fantástica hasta que sacó su celular. Sonreí y fui hasta la barra para solicitar un par de cervezas de las mejores ya que ella me había dicho que le gustaba la “birra” y así me ganó un poco más el corazón hasta que volví a la mesa y seguía hablando por teléfono con quién sabe quién. Por lo tanto fui al baño a orinar sin ganas y mirar al espejo a ese viejo conocido que no tiene nada de atractivo pero cuenta con esa especie de suerte de conocer a chicas lindas, inteligentes y… cuando volví estaba tecleando en su celular y por suerte se reía.

Ya habían traído las cervezas y estaba buena la mía, más también la pizza aunque ella no había probado ni bocado ni bebida y seguía dándole con los deditos a la pantalla de su Samsung Galaxia ocho mil quinientos. Me gustaron sus uñas pintadas de celeste y no tanto esos peircings raros que le atravesaban las orejitas tan perfectas, también me gustó su cabello negro, lacio, seguramente planchado.

Buena la pizza, ya me lo había dicho un amigo: __ Te arrancan la cabeza con los precios pero su pizza con muzarella es como un bocado de los dioses. Me pregunto que si de haber dioses ellos comerían esta proverbial pizza algo picante con una doble capa de queso derretido mientras miran a su cita a ciegas que ya debe haber recalentado el teléfono de tanto meterle mano.

__ Discúlpame, es que tuve que atender y…
__ No, no es nada. __En ese momento mí celular suena y sin mirarlo lo apago y lo vuelvo a meter en mi bolsillo, entonces le digo: __Perdóname voz, no quiero interrumpir la velada atendiendo llamadas porque la gente me parece más importante que los dispositivos estos… ¿En que estábamos?

La felicidad a veces es quedarse solo comiendo pizza en un bar del centro, tomando cerveza y reírse de esta terrible tendencia a ser sincero al punto de ver como chicas lindas, bien vestidas y atractivas se alejan enojadas porque uno les dio a entender que son unas enfermas de mierda que viven pegadas al teléfono mientras la vida les pasa de largo…al carajo con ellas.

FIN

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La extraordinaria Amanda

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La extraordinaria Amanda
Por: Darío Valle Risoto

La primera vez que recuerdo haber reparado en ella unas chicas intentaban tomarle el pelo en el patio del secundario, digo: “intentaban” porque a sus bromas ella les contestó juntando sus manos sobre su cabeza y dando unas volteretas de ballet en perfecta posición de esas con nombres franceses que desconozco. Por supuesto que frente a una respuesta inesperada las agresoras se quedaron como petrificadas, ella volvió a tierra, les sonrió y se apartó pasando a mi lado, lo más curioso de todo esto es que me hizo una guiñada.

Yo era profesor de filosofía en el instituto, ella no era de mis alumnas pero tenía algo que realmente me producía una extraña sensación cada vez que la veía por lo que tenía que hacer denodados esfuerzos para no pasar por un viejo baboso. Esa fue la primera vez que comencé a notar en esta chica que algo no encajaba con el resto del panorama de lo cotidiano y me atrevería a decir que con lo que yo sostenía por realidad.

En esos tiempos yo tendría unos cuarenta y cuatro años por lo que está demás decir que rápidamente traté de olvidarme de esta joven y meterme en mis asuntos, es decir: dar clases, sobrevivir diariamente a mi insoportable madre y salir de vez en cuando con alguna amiga a tomar algo, bailar algunos tangos, etc.

Y fue aquella noche el año pasado en que Florencia me mandó definitivamente a cagar cansada de mis alargues en una relación de gente madura con sexo desgastado y conversaciones menos interesantes que contar baldosas por la calle, aquella noche en la tanguería ella se levantó de la mesa y se fue según dijo muy convencida: para siempre.

Después de todo era otra vieja de mierda y aunque también yo lo era o lo soy siempre creí que la vida me iba a dar algo más que una tremenda cantidad de aplastantes rutinas y sucedió entonces lo que no debería haber pasado nunca y sin embargo me hizo dudar sobre la existencia propia de la magia.

Allí estaba ella, aquella chiquilina que tenía reacciones inesperadas que desencajaban con el mundo como la vez en que Eduardo Fontes el profesor de matemáticas me contó que resolvió una ecuación de esas de arrancarse los pelos solamente para demostrar que estaba atenta cuando la amonestó por estar mirando por la ventana al patio y presuntamente no atender a la clase.
__ ¿Y cómo se llama la chica?
__ Amanda Robaina… creo. __Me dijo Fontes y traté de cambiar el tema de la conversación.

__ Profesor Rodríguez, ¿Me puedo sentar?
Allí estaba Amanda mirándome con ese rostro blanco de nariz perfecta, labios carnosos y sus ojos verdes penetrantes como dos serpientes de jade. Obviamente tartamudee un sí y ella se trajo una botella de cerveza de otra mesa que compartía con algunos amigos.
__ ¿No se acuerda de mí? Soy Amanda Robaina, iba al instituto donde usted daba filosofía, lamentablemente yo la tomaba con Margarita la otra profesora.
__ Si, te recuerdo, te vi una vez bailando ballet en el patio…creo que estaban tratando de burlarse de ti y…

Ella sonrió y noté que no se reía como todo el mundo sino que toda ella se convertía en risa, era como si la alegría emanara como rayos dorados de su cuerpo o quizás eran las luces de “Joven tango” que me estaban alucinando.
__Si, yo le hice una guiñada y usted tembló como una hoja, creo que se dio cuenta que usted me gusta.
__ ¿Qué?
__ No me venga con bobadas ni filosofías, siempre me gustaron los veteranos y no es porque haya tenido un tío que me sentaba en sus rodillas o tal vez si, quizás sus conocimientos de Kant, Freud y Pink Floyd me ayuden en esto.
__ Debo tener como treinta años más que vos, la verdad que…
__ No me venga con matemáticas, son veintinueve para ser exactos, estuve averiguando, así que cuando yo tenía cinco usted veinticuatro como yo tengo ahora, vaya sabiendo que soy una experta en eso de sacar cuentas pero no vale la pena ponernos a sacarlas. ¿No le parece?
__ ¿Y qué te trae por aquí?
__ A la tanguería porque sé hace tiempo que vos venís. ¿Te puedo tutear viejito?, a tu mesa por la misma razón porque la vida es corta y no nos queda mucho que digamos. ¿No le parece?, ¿Te puedo tutear?

Podría agregarle un par de cosas a esta historia, tal vez lo más relevante fue que cuando la llevé por primera vez a casa y le dije que mi madre era una vieja con un carácter de mierda ella apenas entró y gritó: __ ¡Señora: soy Amanda la pendeja que se acuesta con su hijo!

También puedo decir que con cincuenta y tres años realmente comprendí la cosa de “hacer el amor” y que este se va fabricando sobre un montón de condiciones imprevistas entre ellas indudablemente Amanda y su denodado esfuerzo por sacarle chispas a la vida, al punto de que mi madre se enfermó y ella la cuidó durante días en el sanatorio y que lo último que dijo mi vieja tomándole las manos fue que me cuide y también le pidió disculpas por ser una porquería con ella. Me lo contó una enfermera porque Amanda no me iba a decir nada de esta extraña muestra de humanidad en mi madre antes de bajar sus escaleras al infierno.

Y no hubo forma de desprender mi destino de esta tormenta de sueños que es Amanda que ahora espera nuestro hijo y yo le dije que ella iba a ser la madre pero yo era poco más que el abuelo y volvió a lanzar esas carcajadas que son como fruta madura y de verdad que todavía cada vez que la miro no comprendo como la naturaleza cada mil años nos da este tipo de criaturas increíbles.

FIN

La Entrevista

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La Entrevista
Por: Darío Valle Risoto

__ ¿Su nombre?
__ Barret…Jonathan Barret.
__ ¿Sabe para qué está aquí?
__ Por el aviso en la puerta, el que pide un hombre para…
__ Si, si, bien, usted es el último, son casi las cinco de la tarde y ya entrevisté a más de mil tipos.
__ No creo que haya entrevistado a tantos, realmente.
__ Es una forma de decirlo.
__ Cierto, discúlpeme, soy nuevo en esto.
__ ¿Nuevo? ¿Qué edad tiene?
__ Depende… ¿Ese cuadro es un Ureta?
__ No lo sé, probablemente lo sea, al menos eso dice la firma, es interesante, de verdad que hace días que trabajo aquí y realmente acabo de reparar en esa pintura. ¿Usted tiene experiencia en este tipo de trabajos?
__ Fui… __ Piensa un momento. __ He sido prácticamente de todo: conserje, mandadero publicitario, agente de ventas de inmuebles a la deriva, acechador profesional de damas en peligro, servidor privado y público de reventa de corsés de hierro, ocultista sandwichero y pintor de remates allí donde había que despertar el interés de los compradores suburbanos, también me hice especialista en nombrar adecuadamente los doce mil nombres de dios aunque creo que son algunos más, he sido bibliotecario en Alejandría y monje incestuoso donde me llamara el vaticano, también supe decorar los salones del palacio de Alcántara con los colmillos del último dragón alado, fui médico brujo, doctor en hortalizas y remero del bajel de Alejandro Magno, guardaespaldas de Napoleón Tercero y guardameta del Atlético Bilbao cuando jugaba Hermes Salmodio que era un negro tuerto de Madagascar que se tiraba pedos con olor a Canela, comercié con esclavos en el mar de China e intercambié revistas de Archi con un tal señor Shakespeare en Dinamarca, también supe venderle margaritas a los puercos de la granja de la reina Victoria cuando aquel tormentoso diciembre en que los nazis comprendieron que estaban liquidados solamente porque yo lo quise y…

__ Suficiente, creo que podremos anotarlo en la lista de los más interesantes especímenes para salvar.
__ ¿Salvar?
__ ¿No ha visto el enorme meteorito que se acerca por el norte?, allá, mírelo, se puede apreciar a través de los ventanales de la oficina.
__ Bueno, sí, lo sé, pero todos dicen que no será nada, que lo van a hacer explotar unos astronautas norteamericanos que viajaron con explosivos y además cuentan con Bruce Willis que es toda una garantía.
__ Todo es una farsa, ni Chuck Norris nos salvaría de esta, por lo tanto el gobierno uruguayo ha decidido enviar una tripulación de doscientos escogidos a la luna para escapar de ese horrendo final.
__ ¿Puedo llevar a mi madre?
__ De ninguna manera.
__ ¿Y a mi gato?
__ Posiblemente a menos que sea gordo.
__ No, está flaco porque sufre de diarreas constantes, ya sabe, las galletas esas que publicitan son una mierda.
__ Lo sé, lo sé, creo que todo está perdido, por suerte ese bendito meteorito mandará todo al carajo y borrón y cuenta nueva.
__ Bueno, muchas gracias, hasta la próxima, aquí le dejo mi tarjeta.
__ No se preocupe, el gobierno tiene como contactarlo desde hace tiempo señor Barret.

FIN

 

Un sábado sin Gloria

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Un sábado sin Gloria
Por: Darío Valle Risoto

Había llovido todo el día, en realidad durante la noche ella había escuchado la lluvia pegando sobre el techo de chapas pero había pensado que era un sueño. A la mañana abrió un ojo y se dio cuenta que casi no podía respirar porque el gato estaba sobre su pecho con su cola encima de sus ojos.
Lo quitó despacio pero “Romeo” se tiró al piso, se estiró y corrió seguro a comer sus galletitas.

Estaba nublado y seguía lloviendo, la ventana lloraba unas lágrimas largas que morían en el dintel y caían en el jardín donde vio un par de caracoles “conversando” cara a cara y se preguntó: ¿De qué pueden hablar dos caracoles?

Romeo volvió y se aproximó a sus pies descalzos dejándole la dulce sensación de su peludo cuerpo calentito sobre los mismos, su ronroneo se volvió como un motor ensordecedor que conspiraba para que el ruido de las goteras fuera como la percusión de un sábado que debería ser feliz.

Se sentó a llorar, recordó de pronto que no, que tenía indefectiblemente que ser un sábado triste porque estaba gorda, sin novio y completamente desbastada por la realidad. Para colmo por la tarde iba a pasar su madre “a verla” lo que iba a significar que una enorme y fabulosa nube de mal agüero le dejaría la casa más a oscuras que de costumbre.

__ ¡Vieja de mierda! __ Pensó y se sintió culpable por tamaña nuestra de sinceridad. Era después de todo: su madre, no después, ante todo, sobretodo y completamente un todo de porquería su vieja negativa y puta madre de mierda.

Gloria sintió una bruma acuosa que le quitaba la posibilidad de ver el jardín casi inundado y a los dos caracoles que ya no estaban tan juntos ni conversadores. Buscó un pañuelo y se sonó la nariz y se secó los ojos y buscó al gato par apretarlo fuerte pero Romeo se había trepado al ropero y la miraba con ojos enigmáticos, como suelen mirar todos los gatos.

Pensó en mil excusas para llamarla y convencerla de no venir. Si su padre no se hubiera muerto al menos podría haber contado con su sana capacidad de quitársela de encima. ¡Pobre papá! ¡Que aguante tenía!
Sonó el teléfono y fue como si le hubieran golpeado el alma con un martillo, seguro era ella y seguro que si, era ella que ya comenzaba a hablar sin saludar y a preguntar estupideces como si había comido, si había dormido, si había cagado, si había rezado si había viajado a Marte, si había votado a Pacheco si…
__ Estoy bien mamá, no, no quiero conocer a ese muchacho, estoy bien así, ya sé que es trabajador, no me importa, está bien, otro día, hoy pienso leer toda la tarde, tengo una nove…

No pudo siquiera aproximarse a que su madre dijera que entonces no iba a venir, que leyera tranquila, que por ejemplo tenía dos hijos más para ir a joder, no, ella por sola y por gorda tenía la prioridad para que le vaya a joder el día, nada de ir lo de “Edgardito” ya casado y con tres hijos insoportables o tal vez visitar a Nora que seguía estudiando medicina y era como la súper inteligente y linda de la familia y a la mierda con vos: mamá.

__ Chau mamá, no, no quiero conocer a ese muchacho trabajador, gracias, chau.
Cortó y sin embargo el tururururu que le dejaba esa voz de cotorra insoportable seguía por un rato en sus oídos.
Fue hasta el living, eran las nueve y media de la mañana pero igual abrió el vodka y se empinó un buen tranco…un verdadero asco.
Romeo corrió hasta la puerta y le maulló para que le abra.
__ Está todo mojado, te vas a resfriar, bueno, jodete entonces.
El gato salió pero un desagradable fresco entró a la casa que la hizo estremecerse, fue al baño y se asustó de esa imagen destruida, esbozó una sonrisa que le sonó a muy falsa, hizo otra y otra y fue a por el vodka y se empinó un trago más largo…otro verdadero asco.

Pensó en el muchacho trabajador y se imaginó a un obrero ruso musculoso y con olor a almizcle que con una mano la tomaba de la cintura y con la otra le tocaba los pechos mientras babeando le decía: __ ¡Mi babushka!
Tuvo que reírse y vio que tenía la botella en la mano, así que se dio otro Vodkaso comprendiendo de donde venía la fantasía del comunista excitado.
Al mediodía se hizo una tortilla y se la comió sin pan pero con un par de vasos de alcohol, ya sabemos del cual hasta que mareada se tiró en la cama atravesada mientras Romeo la seguía mirando desde arriba del ropero.
Afuera los caracoles ya habían tomado mucha distancia uno de otro, seguro no se tenían mucho cariño, su madre golpeó un buen rato pero nadie le abrió la puerta, después llamó por teléfono y Gloria en medio de tremenda borrachera solo atinó a desconectar la línea.

FIN

 

Los sueños fabriles (Cuento)

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Los Sueños Fabriles
Por: Darío Valle Risoto

No sabía cómo todo se le venía encima, se sentía cansado a grados planetarios, apesadumbrado y por momentos cada vez más crecientes: realmente furioso, aún así por el triste bien de la humanidad dejaba que el tipo le grite como si fuera un pobre bastardo.

La humillación nunca es bien aceptada, apenas si se mastica y se traga o se escupe pero en este caso escupirla significaría quedarse sin trabajo y tenía la mala costumbre de comer por lo tanto esa inmunda expresión de odio que le propugnaba el hijo de puta de Quintana era parte del perverso juego de tener ese trabajo. Lo más triste era que sus compañeros sonreían a medias disimulando que gozaban porque se humillaba a otro así ellos descansaban hasta que les toque y entonces, en ese caso, Luis no sonreía porque aparte de comer tenía la condición de ser solidario.

Allí se quedó cuando se fue el supervisor frente a la maquina: como un huérfano de vida, cansado y ofendido por este imbécil que viene y le grita porque quieren más producción y lo acusa de “Estar para la joda” o de andar en “cosas raras” que traducidos del lenguaje de la mierda quieren decir: Sindicatos.

Nunca supo como terminó en esa enorme aparatosa y siniestra fábrica de cajas de cartón, alguna vez por el ochenta y dos repartía currículos como caramelos y lo llamaron, entró en una zafra y por esos avatares del maldito destino lo hicieron efectivo.

Casi una centena y media de empleados, sirena para entrar, sirena para salir al descanso, sirena para volver del descanso, sirena para salir del trabajo y hasta para cagar y o respirar y que no se les ocurra hacer las dos cosas a la vez porque si baja la producción…

Una suerte de prisión diaria de lunes a sábado con ocho o doce horas adentro de esa gran masa de ladrillos y hierro y operarios y cartones y basura y ganas de un día pegar un grito y prenderle fuego a todo con la gente encerrada adentro y sentarse a mirar cómo se queman esa manga de alcahuetes muertos de hambre mientras él disfruta del olor a carne asada.

¿Tuvo bravo?, le preguntó Alonso, se encogió de hombros y le dio un poco más de velocidad a la máquina que lanzó un quejido de engranajes podridos y comenzó a escupir cajas impresas con una marca de jabón líquido. Y Alonso que sueña con ser supervisor cuando Quintana se jubile y Luis que ya sabe que es un futuro gran hijo de puta porque le gusta la plata y no tendrá ningún miramiento en romperse las rodillas chipándosela a los patrones si se le da oportunidad.

Casi cuarenta mujeres, algunas putas, otras de mal carácter, todas endiabladamente locas, chismosas, malas leches. Y el que cometió la locura de salir con Selva y ella que casi a diez años de aquel maldito polvo sigue con la tradición de querer darle celos como si le importaran esas tetas caídas y ese cerebro vacío. Por otro lado está Giovanna de la zona de expedición, la única que parece medianamente humana, claro, antes de que el sistema dentro de esa olla fabril la corrompa.

Cruzaban algunas palabras en la cantina hasta que Marcenaro, un canario grandote e inmensamente bruto le aconsejó que no le hable más a la petisa porque ese culito era de él. Así lo dijo y hasta con un dejo de orgullo por ser bruto y malo y al parecer mucho hombre o mucho macho.

Ya sabes, le dijo y se retiró sacándole la pera que había llevado para postre como parte de su muestra al colectivo de que era un guapo de aquellos…o de los otros, ¿Quién miércoles lo sabe?

Los demás miraban y sonreían. Luis comprendió que la gente a menudo se ríe como parte de ir llevando ese veneno que les contamina la mente con el triste placer de ver a otros sufrir, así son la mayoría de los seres humanos, así de poca cosa, baja malaria de ir por el mundo de obreros y siempre tirarse en contra de los que están de nuestro lado.

La ultima sirena indicaba que debían dejar la fábrica, la columna de empleados trata de ganar la puerta pero siempre pasando por la mirada atenta de los guardias de seguridad. Cierta vez uno de ellos le había encontrado una llave inglesa a un pibe y lo hizo echar. O renuncias o te denuncio por chorro, le dijo Quintana y el guacho firmó la renuncia.

Luis mientras todos se cagaban de risa y de placer por haber sido testigos de tamaño abuso se quedó pensando en cuantas llaves inglesas ya había pagado el pobre pibe con las enormes ganancias que le dejaba a la fábrica trabajando como un esclavo y encima se jode la vida por no conocer el simple código de que para los capitalistas el recuperar algo significa robo.

Ningún amigo, pocos compañeros, había un veterano derechista y tanguero con que a veces compartía el almuerzo, era un tipo ignorante pero con valores como el de saber callarse la boca cuando los supervisores buscaban buchones fáciles. Quintana andaba rastreando al delincuente que había dormido en horas de la noche dejando una improvisada cama en uno de los depósitos y le pregunta al veterano que estuvo de noche si vio algo y este le contesta que estuvo distraído trabajando. No es mi problema le dice al supervisor que se va caliente tratando de encontrar un alcahuete y nunca faltan.

Y se vino el conflicto del ochenta y cinco, comienzo de la democracia y sindicatos que comienzan a recorrer los talleres, las fábricas, todos los lugares de trabajo intentando afiliar a los obreros. Mucho miedo, mucha cobardía y el veterano que se afilia porque además de ser anticomunista tiene conciencia de clase, que se puede.

Y Luis terminó de delegado y allí se vio hablándole a la gente de compañerismo, de ser solidarios y de no cagarse entre ellos, de tener conciencia. Y era como hablarle a las paredes pero cada tanto alguno dudaba y con miedo iba al sindicato y entonces comenzaba a comprender que no le hacían un favor por darle trabajo sino que lo explotaban para hacerse cada día más ricos.

Y aquella tarde Giovanna vino y le dijo que no se imaginaba que era comunista, que debería seguir el camino de nuestro señor Jesucristo y entonces Luis se sintió aliviado porque comprendió que aún dentro de su nefasta ignorancia, de su pobre recuento de neuronas ella y Marcenaro eran tal para cual. Un tiempo después se casaron y Luis los felicitó y les deseó lo mejor.

Así son las cosas y como decía la abuela de Luis: mejor ser ricos y sanos que pobres y enfermos.

FIN

 

 

Las Alcantarillas del Odio

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Las Alcantarillas del Odio
Por: Darío Valle Risoto

__ ¿Cómo se echa a perder un barrio? ___Preguntó Marcos
__ Bueno, son varios motivos, uno de ellos es la falta de trabajo, cuando cerró el frigorífico fue como una muerte anunciada, después siguieron los malos gobiernos, la corrupción y eso que algunos viejos solemos llamar: “la pérdida de valores”.
__ Vos no estás viejo, tío; si estás en mejor forma que papá, vos haces deportes, no tomas alcohol, comes sano.
José miró a su sobrino que con solo doce años tenía una madurez acaso buena pero también innecesaria, hubiera querido que como lo hicieron el y su hermano, su padre, se dedicara a jugar y a no preocuparse por la violencia.
__ No les cuentes nada a papá y a mamá pero anoche cuando fui al almacén de la negra Alba nos asaltaron, ella les dio lo poco que tenía y se fueron rompiendo cosas y puteando, me puse muy nervioso, pero te hice caso, no me hice el valiente, todavía sigo enojado. __Dijo cerrando sus puños a los costados de su delgado cuerpo, el tío le acarició la cabeza de pelos ralos.
__ Además van a mi misma escuela, hoy de mañana uno andaba con campera nueva, de seguro la compró con la plata afanada.
__ No creo que esos botijas compren nada, se la deben haber robado a otra persona, ellos viven así y es mejor mantenerse lejos de ellos.
__ ¿Pero tío?, ¡No puede ser! __Le dijo lagrimeando.

Era tarde y abandonaron el potrero donde Marcos practicaba y solía tener ese tipo de conversaciones con su tío que le hacían pensar en tantas cosas, pero en ese día en especial no había aprendido mucho.

José lo dejó en la puerta del corredor, su cuñada lo invitó a tomar unos mates pero se rehusó porque tenía que madrugar. Caminó hasta la esquina y recordando algo cruzó al almacén de la negra Alba.
__ ¡Buenas noches! ¡Pero qué sorpresa!
__ Como anda Alba, me enteré que la robaron.
Ella apoyó su voluminoso pecho sobre el mostrador y miró a una clienta que se hizo la distraída mientras elegía cebollas.
__ Y eso que ni hice la denuncia, pero las noticias vuelan, le debe haber contado el pobre de Marquitos que se tuvo que fumar ese momento, esos bastarditos ya de chicos salen a robar y con armas de fuego. ¿Quién lo hubiera dicho?

__ ¿Y no fue con la policía!
__ ¿Para qué? __Abrió las manos, fue hasta la balanza y le cobró a la señora que se retiró del pequeño almacén.
Y miré que tengo una recortada debajo del mostrador pero no pude, me ganó el miedo y estos dos guachos de mierda me llevaron la plata que era para pagar la luz y el agua, no sé qué hacer, le digo que si no fuera por mi marido enfermo me mudaba a la misma mierda.
__ Mejor así Alba, pudo empeorarlo todo, ya sabe que ese tipo de gente nace jugada. Hasta mañana.

Se fue nervioso, en la esquina prendió un pucho, de una casa salía un tema de reggaetón, la letra hablaba de una loca que en cuatro patas… ¡Por favor! Un perro enorme se abalanzó sobre él desde atrás de una reja, lanzó una maldición, alguien se rio a carcajadas desde adentro de una casa, de otro lado escuchó a un hombre golpeando a su mujer.
Ella salió a la calle, tenía la nariz rota y le sangraba la boca, el tipo la tomó de un brazo y la dio contra una pared.
__ ¡Ya me vas a venir a echar los cuernos puta de mierda!, ¡Justo a mí!

José pensó en detener al hombre que era extremadamente corpulento, panzón, casi el doble que él, la mujer casi desmayada lo miró y no supo si era un pedido de socorro una sensación de abandono total a las circunstancias. En eso vio una baldosa suelta junto a un árbol contra la vereda.
No quiso pensar ni medir más las consecuencias y le dio con la baldosa en la oreja al tipo que trastabilló y calló boca abajo noqueado lanzando un ruido seco como de costal de papas.
La mujer que antes parecía que casi había perdido el sentido comenzó a gritar y a llamar a por ayuda pero no era para ella sino para su hombre malherido, después se acercó a Luis y lo insultó, escupió y volvió a insultarlo.

Luis se dio vuelta, le temblaba todo el cuerpo, una piedra le dio en la espalda y los insultos de otras personas se sumaron a los de la mujer golpeada, al mirar para atrás vio que algunos vecinos levantaban al tipo que parecía muerto y otros se plegaban a gritarle.

Llegó a su casa y con dificultad vio que tenía un hematoma en la espalda allí donde le habían atinado con una piedra, se lavó la cara y miró su rostro duro de ex boxeador en el espejo y por un momento comenzó a elaborar el plan que iba a regir su vida de allí en adelante.

__ Ningún testigo es inocente __Dijo en voz alta mientras se secaba y buscaba en el cajón sus viejas armas: dos colt 45, los cuchillos, un par de granadas y la vieja capucha negra de las fuerzas especiales.
__ El mundo es una alcantarilla y ningún testigo es inocente. __Le había dicho su instructor, un veterano francés de las fuerzas delta de Sud África.
Y allí salió a la noche de los barrios periféricos un hombre llamado Luis cansado de vivir en las alcantarillas.

FIN