Lluvia galáctica

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Lluvia galáctica
Por: Darío Valle Risoto

Brando sostuvo su mochila con fuerza, el viento era enorme y la plataforma se movía demasiado, sabía que ese puerto espacial estaba en los confines de la seguridad de la federación pero por eso precisamente estaba allí.

Iba a extrañar al capitán Picard, a LaForge y especialmente a Data, bueno, los iba a extrañar a todos, su misión de cinco años había concluido y también su contrato que le costó no renovar pero quería volver a pisar tierra firme por un tiempo mayor que las licencias de la flota.

Cuando se logró la costosa paz definitiva con los Thatonitas se abrieron nuevas posibilidades y allí desde luego estaba la Enterprise como cabeza de todo intento posterior de conservar una paz que solía necesitar de muchos cuidados. Los integrantes de la federación lo saben muy bien, desde los terrestres a los Vulcanos pasando por Klingons, Ferengis y una centena de razas.

Comenzó a llover cuando pisó tierra en Yarion Sigma nueve, tuvo que caminar por una angosta calle hasta la pequeña oficina de aduanas donde lo recibió un local con su característica piel azul y sus cabellos verdes. Desde luego que se sorprendió cuando Brando le aseguró que venía a establecerse definitivamente en el planeta.

__ Solo hemos tenido unos veinte humanos en los últimos cinco años señor.
__ Buen dato pero realmente quiero comprar una finca para vivir el resto de mi vida en este bello planeta.
El yarionita observó la lluvia a través de los ventanales del recinto y luego fijó su mirada al alto Brando con sus cabellos negros y su ojos azules de mirada profunda.
__ Esta lluvia podrá extenderse por varios días, tal vez se inunden los accesos a la ciudad.
__ ¿No tienen vehículos voladores?
__ Por supuesto señor. __Le contestó con un dejo de soberbia en el rostro mientras le ponía sendos sellos en su pase de abordaje al planeta.

Cuando salió pensó en volver para tomarse un café en una de las expendedoras automáticas pero temía que no fuera precisamente un café digno de su paladar humano. Mejor sería llegar a la ciudad cuanto antes.

En la parada de autobuses no había casi nadie, solamente una silueta se recortaba dentro de la niebla proporcionada por el frio y la lluvia circundante debajo de los techos plásticos. Alguien estaba recogido sobre una de las bancas como si durmiera.

Al pasar a su lado comprobó que era una muchacha, se le había caído la mochila al piso empapado y la recogió para alcanzársela en el preciso momento en que ella se disponía a levantarla. Al ver su rostro era una joven yarionita con cuernos.

__ Disculpe, se la quería dar, se estaba mojando.
Ella recibió el bolso y lo apretó junto a su pecho observando al terrestre de arriba abajo como intentando saber qué clase de ser estaba frente a ella y hablándole sin ningún tipo de problema.
__ Esta lluvia es terrible, la invito a tomar algo caliente. Si quiere.
__ No debería hablar conmigo, por si no se dio cuenta soy una: “Curnie”.
__ No entiendo.
__ Tengo cuernos, ¿acaso es ciego? __ Dijo tocando las dos pequeñas protuberancias en su frente de color azulado como toda su piel, luego se los cubrió con la misma gorra de lana que llevaba bajándola sobre estos.

Brando sonrió por automatismo pero inmediatamente recordó el entrenamiento sobre Yarion Sigma nueve, un planeta clase M en una etapa bastante atrasada en lo social donde prevalecía una raza sobre otra, digamos que en Yarion el tener cuernos hace que algunos ciudadanos sean tomados como de segunda clase por no decir algo peor.
__ Igual la invito a tomar algo caliente, sus cuernos no me molestan, además creo que le sientan muy bien.
Ella pareció despertarse de un sueño antiguo cuando lo miró aún con más detalle, a pocos metros dos guardias observaban al humano conversando con la chica.

Ella accedió y juntos fueron hasta una máquina donde brillaba un anuncio con una imagen de una silueta con cuernos tachada con una equis.
Brando ordenó dos Cafés de Colape rezando para sus adentros que no le derritieran la garganta pero al sacar los envases olían maravillosamente bien.

__ Usted se está arriesgando por alguien que no conoce. ¿Todos los humanos son así?
__ Me llamo Brando y no, no lo creo, aún en la tierra hay gente que juzga todo aquello que desconoce como negativo pero estamos aprendiendo.
__ Yo soy Jiva y gracias, me moría de frió.

La lluvia seguía inundándolo todo pero el fascinante aroma del café de Colape y la compañía de la chica con cuernos le hicieron olvidar por un momento a Brando que había abandonado la flota estelar para vivir como un civil.

FIN

Hoy llovió todo el día y no fui al taller de escritura cosa que me deja mal porque no me gusta perderme algo que de verdad rinde sus buenos frutos para este escritor de cuarta que soy. De todas maneras me informaron que había la consigna de escribir algo de ciencia ficción que involucrara la lluvia. 

Por lo tanto se me ocurrió tomar un viejo personaje de algo más de veinte años atrás y mezclarlo con mi amor por el universo de Star Trek sumando al planeta Yarion otro de mis inventos y hacer este breve relato que ya andaba dando vueltas por mi cabeza desde hace meses.

 

Nosotros y ellos (Cuento)

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Nosotros y ellos
Por: Darío Valle Risoto

__ ¿Qué es lo que más te conmueve? __Preguntó uno de nosotros.
__ Que fuimos los primeros. Quizás, nunca se sabe, la galaxia es más grande cada día.
__ Big Bang: le llamamos así.
__ Así le llaman ellos.
__ Éramos demasiado ingenuos, curiosos, siempre en órbita invisibles como…
__ ¿Dioses?
__ Cómo un deseo
Un colectivo de seres así de diferentes siempre termina por parecerse. Cuando los conocimos con sus peculiares dos sexos, sus extremidades extrañas, sus cuadros de futbol.
__ Y el chocolate, no te olvides del chocolate.
__Fuimos y bajamos en aquella ciudad, no puedo recordar su nombre.
__ ¿Nueva York?
__ No, déjame hacer memoria.
__ ¿Moscú?
__ La Habana, ahora lo recuerdo bien: el malecón, la plaza de la revolución.

Allí bajamos y ellos nos saludaron y nos presentamos en su propio idioma y extendimos amistosamente nuestros tentáculos.
Debimos haberlo previsto, solemos ponernos un poco tontos en estos primeros encuentros.
__ Bueno, ya sabes que los humanos además de feos son desconfiados.
__ No son como nosotros. __Sonrió el comandante con una de sus tres bocas. La principal, por supuesto.

FIN

Cuento escrito en clase y arreglado antes de subirlo, la premisa era escribir un relato con un narrador colectivo, un “nosotros”. Realmente creo que no me salió bien, la otra premisa fue que se tratara del tema: Extraterrestres.

Una lluvia para tres

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Una lluvia para tres
Por: Darío Valle Risoto

Número uno
Detesto la lluvia, me aburre, me deprime. Sé que no soy la única, a todos les desagrada esta persistencia del agua sobre sus cuerpos, sus cabezas, bueno: sus cuerpos.

Estoy podrida de esta vida llena de obligaciones, ayer tuve otra pelea con Leticia, esa bruja que quiere ocupar el puesto de mi madre se deshace en sonrisas y buena onda y eso me calienta aún más que si fuera una de esas madrastras de la cenicienta.
Es solo la mujer de mi padre y lo tiene hechizado al gil con sus buenas maneras y ese perfume que usa siempre. Chanel N° cinco, se lo deben regalar porque lo usa hasta cuando cuelga la ropa en el fondo.

Casi no recuerdo a mamá y los días de lluvia parece que se va aún más lejos de mi memoria. Seguro también odiaba la lluvia y no usaba ese perfume que hace que todo alrededor de las “Leticias” huela a fiestita.

Y este maldito paraguas que ya me lo torció el viento y para colmo no estudié nada para el escrito de filosofía al que voy mojada y aburrida de todo.

Número dos
Me encantan los días de lluvia, es como si todo reviviera y aunque hace frio la madre de mi amiga me hizo un rico chocolate para compensar que me dejó plantada yéndose antes al liceo.

Vanessa es rara pero la quiero, a veces me cansa que nada le caiga bien pero así son los darks…supongo. Espero llegar al instituto antes de la campana para contarle del chocolate y de que ayer Ramiro me invitó a salir.

Me encanta Leticia y aunque es la madrastra de verdad quisiera tener una madre o lo que sea así, siempre con buena onda, muy hippie ella con sus granolas y esas sonrisas que iluminan todo.

Y eso que le dije que pasaba a por ella y la tonta se va y no puedo creer que me hable tan mal de la esposa de su padre, si ella es una mina bárbara con ese rico perfume que usa que siempre te deja de mejor ánimo cuando inunda todo a su alrededor.

Y le dije a la bobita que iba a pasar para intercambiar apuntes sobre este escrito de filosofía, sobretodo debería estar interesada porque anda baja como en cuatro materias. Así es Vanessa.

Número tres
Hoy tienen escrito y la verdad que ni ganas de ir a dar clases tengo, por más que uno lo intente parece que nunca aprenden nada y aunque sea mi vocación a veces siento que soy un extranjero intentando hacer pensar a treinta y pico de zombies adolescentes.

Para colmo está lloviendo sin parar desde ayer de noche y eso me pone en situación ambigua porque me gusta la lluvia pero no el frió que hace y ambos no suelen ser la pareja ideal.

Me gustan los reflejos de las luces de los autos en las calles mojadas, la gente corriendo con sus paraguas y ver a alguna pareja tomando un café caliente dentro de algún bar como si fueran testigos de uno mientras trata de no pisar charcos.

Debo sincerarme: la lluvia y el frio me hacen recordar aquel invierno del noventa y dos en que nos separamos para siempre. Supongo que como profesor de filosofía debería ser más ducho en el manejo de este sentimiento de vacío que me llena de absolutamente nada.

Ayer el director me llamó la atención otra vez por ser demasiado benévolo con las calificaciones y le debí decir que enseño a pensar y no geometría ni crochet pero ni falta que hace si todos sabemos que llegó a ese puesto por besar traseros.

Espero que hayan al menos leído algo porque me casa corregir escritos pobres o divagados al máximo, bueno, después de todo doy filosofía y ahora que pisé un segundo charco y estoy en la esquina del liceo vuelvo a pensar en la lluvia, el frio y en que será de la vida de Leticia.

Cuento escrito para el taller de Escritura a razón de practicar con narradores múltiples sobre un tema libre. Por lo tanto estos tres relatos breves que conjugan uno un poco más largo sobre la lluvia y la gente, claro.

Monstruos en la calle Maple

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Monstruos en la calle Maple
Por: Darío Valle Risoto

La legendaria serie Twilight Zone emitida desde el año 1959 a 1963 tuvo muchos capítulos de antología y este indudablemente es uno de ellos. Por lo tanto no me fue difícil elegirlo para verlo en el Taller de Escritura a razón de que la coordinadora me pidió alguna película para ver en el grupo y se me ocurrió algo mucho más corto que tuviera tanto o más contenido que muchas de las películas que seguramente serían buenas pero demasiado largas como para después quedarnos a analizarlas.

“Monstruos en la calle Maple” más allá de la gramática visual de la época y del bajo presupuesto con que contó la serie producida por Rod Serling es uno de los viajes a la condición humana con que muchas veces nos encontrábamos en las historias de la “Dimensión desconocida” como se dio a llamar en español.

Un barrio como cualquiera de este mundo, una calle donde todos los vecinos se conocen y conviven en paz hasta que aparece un elemento extraño, desconocido que induce al miedo, la inseguridad y la desconfianza que llevan a todo termine mal no parece demasiado fantasioso si nos lo ponemos a pensar detenidamente.

Elegí precisamente este capítulo porque vivimos un tiempo donde mediante este enorme avance de las comunicaciones nos hemos transformado en estos vecinos de la calle Maple pero en una calle a escala global y cualquier elemento puede encender la mecha del terror, la desconfianza, el miedo y finalmente la violencia… o en primer lugar, de ustedes son las elecciones.

El capítulo termina de forma inesperada, no se los voy a contar, pero pudo acabar solamente en la escena donde todos enloquecen y se atacan y apedrean y así nomás dejarnos con la sensación de que nosotros mismos podemos ser los monstruos de nuestra calle, a fin de cuentas alguien dijo por ahí que el hombre es el lobo del hombre.

Cómo tarea del Taller de escritura se nos pidió elegir una película para ver en el grupo y luego comentar y analizar, en este caso elegí este episodio el 22 de la primera temporada de Twilight Zone.

 

Mi vecino Franco (Cuento)

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Mi Vecino Franco
Por: Darío Valle Risoto

El hombre era un hombre silencioso, callado, hablaba poco y nada, se le escuchaba decir: buenas tardes, buen día, buenas noches y poco más. Yo sé muy bien que la mejor forma de hacerse notar en el lugar donde vivimos es precisamente el tratar de pasar desapercibidos. Es como una ley no escrita que los que somos tipos diferentes o raros, quizás ambas cosas, seamos más tarde o más temprano el centro de la atención.

Lo comprendí al instante, seguro que como yo se había quedado solo y no por elección sino por el simple hecho de que en determinado momento de su vida le había puesto un basta a las nuevas amistades. Lo sé porque alrededor de los cuarenta años me cansé de buscar amigos, me resultó demasiado trabajoso comenzar desde cero una nueva relación de amistad.

Observé también que intentaba seguirle la conversación a alguna vecina que saludándolo efusivamente y preguntaba sobre su vida y circunstancia. Nunca lo vi con malos modos, creo que llegué a admirarle la capacidad para escaparse por la tangente de tanta conversación liviana y plagada de inquietudes sobre si esto o aquello.

Así son los complejos habitacionales, por eso se llaman complejos, porque están habitados por gente complicada que no puede estar quieta, que hace ruido, que grita y prende las radios a horas impropias o sencillamente se tira con botellas por la cabeza. Le quise decir al hombre que mejor era irse a vivir solo a algún pequeño apartamento, al centro es lo mejor porque la mayoría son comercios y no hay esta asfixiante sobrepoblación.

El hombre era extremadamente alto y una cierta vez descubrí que hablaba con acento alemán o de uno de esos países de gente rubia del este de Europa. Su rostro era cuadrado, de mentón poderoso, tenía los ojos hundidos y nunca pude saber si eran negros o azules muy oscuros. Pienso si a estas alturas yo también soy un metiche en asuntos que no me conciernen. Me absuelve de ello que estoy tempranamente jubilado por una lección de columna que sobrellevo a fuerza de calmantes. Tampoco tengo muchos amigos y por afortunadamente carezco de familia.

Fue una tarde de invierno, casi de nochecita, lo recuerdo bien porque me crucé con él en las escaleras de acceso al edificio, al principio me sobresaltó su estatura que con su eterno traje oscuro aún parecía más opresiva, como si toda ella nos apretara el cuello con su presencia inesperada.

No sé porque me di cuenta de que iba llorando. Si, ese tipo aparentemente inexpugnable iba lagrimeando por la vida y justo un servidor se entera y allí además de las buenas tardes le deslicé un: __ ¿Le pasa algo mi amigo?

Nada me contestó, solo se tomó el ala del sombrero gacho y en esa especie de ademán y saludo me decía que no me preocupara. Ahora caigo en que otra de sus peculiaridades era que llevaba ese tipo anacrónico de sombrero. también me di cuenta de algo absolutamente inusitado: tenía cicatrices alrededor de ambas muñecas muy cerca de las manos. Cicatrices gruesas como si le hubieran puesto las extremidades luego de un terrible accidente.

No sé cómo me di cuenta de eso, no soy chusma, pero esta soledad me pone en peligro de transformarme en una de esas viejas chotas del edificio que averiguan todo de todos y todo el tiempo.

Aquella noche me costó dormir, el hombre se había metido en mi vida así como así. Tomé un libro de Onetti y lo abandoné a la tercera página, no podía seguirle el tranco a tanta pirueta literaria, tampoco me sirvió una manoseada revista Patorucito que nunca termino de leer. Lo mejor era tomarme unos mates en la terraza.

Allí volví a verlo, era como si estuviéramos conectados, en ese momento descubrí a ciencia cierta cuál era la ventana de su apartamento aunque si sabía que compartíamos la escalera pero él iba hacia un corredor lateral y le perdía la pista. Allí estaba alto en la oscuridad mirando a la luna o a la nada con su cabeza casi cuadrada, sus ojos hundidos y me imaginé sus cicatrices grandes y feas. Fumaba porque vi que prendía un cigarro de esos gruesos tipo cubanos.

Si hubiera sabido que esa era aquella la última vez que lo vería de verdad que hubiera juntado el valor para ir hasta su casa a preguntarle por que un hombre tan grande y de aspecto fuerte lloraba pero no lo sabía hasta que dejé de verlo.

Me sentí desolado durante varios días, no sé por qué, tal vez porque en nuestras soledades pertenecemos a una raza que se va extinguiendo de hombres como lobos solitarios que caminan entre millones de ovejas estúpidas. Me sentí mal por su enorme tristeza que era como una bandera ondeando frente a mis ojos no menos tristes diciéndome que el mundo solamente nos puede dar su incomprensión y que lo demás es puro carnaval.

Sabía que se llamaba Franco, alguna comadre me lo deslizó, seguro le habían mirado los recibos del la luz o del teléfono pero no sabía su apellido hasta que Nora la del doscientos cinco me lo dijo.

Hubiera preferido que no, que nadie me dijera que ese hombre era ese hombre y no podía ser otro porque entonces todo configuraba una nueva sensación de extremo temor, de un miedo cercano a lo terrorífico. No, no lo podía aceptar así que averigüé con otras damas que como prensa libre andan cuchicheando sobre la vida y obra de todos.

__ Si muchacho, se llamaba Franco Stein, era extranjero, por eso hablaba poco y nosotras que pensábamos que era un seco, pero seguro no hablaba bien el castellano.
__ ¿Está segura Amanda?
__ Pero claro muchacho, como si una anduviera mintiendo pero ya me enteré que le alquilaron el apartamento a otro extranjero. ¡Mirá Voz!, Se llama Larry Talbot y se muda este viernes.

Me quedé mudo, conocía ese nombre, no hacía falta deformarlo como el de aquel otro hombre, conocía ese nombre por lo que desde ese día las noches de luna llena tranco todo y me quedo encerrado.

FIN.

Este cuento es otra tarea para el Taller de Escritura, en este caso sobre el cuento: “Los Adioses” de Onetti y luego de conversar sobre el narrador testigo debemos ecribir un cuento con esas características o sea: contar la historia como un involucrado en ella que nos la cuenta.

 

Una muchacha mirando al mar

Salvador Dalí, Woman at the Window (Muchacha en la ventana), 1925

Una muchacha mirando al mar
Por: Darío Valle Risoto

El mar amenaza con inundar la habitación, el viento trae un aroma salado que casi puede no solo sentir en su olfato sino también en todo su cuerpo. Un velero, las colinas y el pueblo pesquero, otro de tantos en Galicia. Y la tristeza que no es otra de tantas tristezas y sin embargo contiene una suerte de anhelo.

Papá siempre volvía con la piel curtida y ese mismo olor a mar pero concentrado en cada cicatriz de su piel de viejo navegante, papá siempre volvía hasta que lo trajeron muerto aquella noche aciaga en que la tormenta penetró todos y cada uno de los corazones de la casa. Pero ahora espera a otro mucho más joven pero también un pescador, es que en esa parte del mundo no caven muchas alternativas para ganarse la vida.

Al menos las mujeres pueden ser putas o monjas que no es lo mismo aunque muchos lo piensen y la muchacha pensándolo sonríe con una mueca triste mientras su madre la llama para que desayune.

Baja las escaleras pero antes de dejar la ventana en un último vistazo ve a aquel velero que no es la barca que espera pero tal vez esté transitando las mismas olas que el surcó a por los frutos de un mar no siempre generoso. Media luna navegando hasta Ferrol y luego otra media luna más grande hasta Gijón o tal vez ir hacia el oeste y arriesgarse a caer en el fin de la tierra.

La madre sirve el pan y la leche y la mira, sabe que está triste, las madres lo saben todo pero suelen no comprender mucho cuando se trata del amor.
__ Mi niña: ¿No te cansas de esperarlo? ¿Y si viene en el tren?
__ Nunca, esta tarde iré a la estación como todas las tardes.
__ Pero…

Y Penélope irá como desde hace ya dos años a la estación del tren por las tardes y por las mañanas mirará al mar por la ventana de su cuarto, hasta que sea necesario y quede sola en la casa y sus largos cabellos comiencen a volverse plateados pero nunca dudará de que él tenga que volver a su lado.

FIN

Tarea del taller de escritura, escribir un cuento inspirados en la pintura: “Muchacha en la ventana” de Salvador Dalí 1925

Un Pianista

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Un Pianista
Por: Darío Valle Risoto

Estoy agotado y miro a las ventanas del edificio de enfrente.
El hombre enciende un cigarro y escribe algo, tal vez una carta o un poema, no lo sé.
Está sentado frente a su ventana abierta, hace calor y por lo tanto puedo verlo desde mi apartamento que obviamente mantengo con la ventana abierta de par en par porque hay treinta y dos grados.

Se levanta y lleva la hoja en una mano y el cigarro en la otra. Se sienta entonces a un piano.
Compruebo entonces que no era ni una carta ni un poema sino una partitura musical. Pero desde mi lugar no puedo casi escuchar lo que ejecuta frenéticamente hasta que tira su cigarro y golpea con ambas manos el teclado. Creo que no le gustó la melodía.

Miro a otras ventanas pero vuelvo a la del músico frustrado que tacha y escribe nuevamente moviendo su cabeza con desaprobación, luego se pone de pie y va hasta una biblioteca que veo casi de lado y de una caja en el estante superior saca una pistola.
Imposible detenerlo cuando se pega un tiro en la sien derecha.

Y yo que pensaba que tenía un mal día.

FIN

Primera tarea escrita en clase en el taller de escritura. Luego de ver los primeros siete minutos de la película de Alfred Hitchcock: “La ventana indiscreta” la consigna fue escribir un cuento breve tomando como protagonistas a alguno de los vecinos que: “James Stewart” ve desde su ventana.