Todo tiempo pasado: ¿Fue mejor?

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Todo tiempo pasado… ¿Fue Mejor?
Por: Darío Valle Risoto

Esta época donde la consigna parece ser que todo sea “divertido” y que la felicidad radica en llenarse especialmente de todo tipo de objetos, artefactos y tecnología, es notorio como personas de cierta edad añoran un tiempo pasado que parece fue mejor.

Hace unos días en razón de evocar aquellos viejos almacenes Montevideanos donde la relación con el almacenero era casi familiar, algunos recordaban aquella cosa de servirnos casi todos los productos que venían a granel y por lo tanto cosas como: harina, yerba, azúcar, etc. se compraban por peso, el almacenero las sacaba con unas particulares palitas de unos enormes cajones y el mismo las colocaba con gran habilidad dentro de papeles de estraza que cerraba con esas particulares “orejitas” a los costados.

Por lo tanto no era raro ver que las mismas palitas servían para despachar diferentes productos y que la forma de limpieza era golpearlas contra algo lo que no evitaba que por ejemplo compremos harina y tenga pequeños restos de yerba. Esto no sería nada pero recuerdo que se solían guardar los productos dentro de cajones de madera con sus tapas y esto no era muy higiénico ya que abundaban las ratas y ratones en aquellos viejos almacenes generalmente atendidos por un “gallego” no muy habituado a la higiene personal.

Cerca de mi casa teníamos el “almacén de Luís”, el “del Patilludo” y “El de Víctor”, cada uno con sus características propias: el primero era el más sucio, el segundo al que yo iba más seguido no solo era más limpio sino que el hombre de las patillas atendía rápido y hablaba poco con la gente el citado estaba en la esquina de Felipe Sanguinetti y Avellaneda si mal no recuerdo, el último era al que iba menos, porque Víctor era un chusma malicioso que hablaba pronto y mal de todas las mujeres del barrio y si caía algún tipo “rarito” también. Cierta vez mi madre fue a reclamarle porque me vendió un litro de vino en mal estado y el tipo le dijo que yo no lo había comprado allí porque compraba en frente y mi madre le aconsejó de forma bastante violenta que se dedicara a hacer bien su trabajo y no moralizar sobre las putas del barrio.

Volviendo al tema del pasado, creo que todos tendemos a idealizar otras épocas porque éramos más jóvenes o niños y es mucho mejor recordar más lo bueno que lo otro y si bien eso es terapéutico no es cierto de que la vida era mejor sino bastante peor, porque no podemos negar que en este tiempo tan complicado si hay algo bueno, es que tenemos mucho más confort en nuestras vidas, claro, si podemos pagarlo.

Aun así no era lo mismo ser pobres antes que ser pobres ahora porque la tecnología hoy es mucho más barata y por ende más accesible que antes. Nunca olvidaré los enormes sacrificios que pasó mi padre para comprar aquella primera televisión Columbia de 24 pulgadas a plazos a un vendedor judío de esos puerta por puerta ni tampoco que nuestra primera heladera fue una General Electric enorme comprada usada a unos conocidos de mi padre que duró casi veinticinco años con solo una rotura cuando nos mudamos. Hoy me parece mentira que voy por mi quinto televisor y tercera heladera que si es cierto, durarán menos pero son mucho más eficientes que aquellos armatostes.

Añoramos cuando jugábamos en la calle, cuando era posible conversar con otra persona sin distracciones Y cuando había valores como: la lealtad la honestidad y la discreción. Todo ello sigue existiendo hoy aunque no lo creamos pero quizás de nosotros depende encontrarlo en los demás tras cultivarlos en nosotros mismos.

Otra enorme añoranza que ya cité en un artículo anterior era que podíamos dormir con la puerta abierta sin ser robados y me consta que no era tan así, más aquella cosa casi provinciana de que todos nos conocemos y por lo tanto nos respetamos se ha ido perdiendo por la simple razón de que la dinámica de la ciudad nos va volviendo extraños que pueden vivir cerca pero raramente se conocen.

Que el tiempo pasado fue peor o mejor es un concepto subjetivo y depende de lo que deseemos recordar, en mi caso creo que estoy viviendo el mejor tiempo de mi vida aún con montones de cosas que me desagradan pero también recuerdo las grandes carencias de mi niñez que hoy día son impensables, que en este país tras largos años de dictadura y diversos gobiernos de diferentes perfiles y aún con injusticias es posible tratar de mejorar entre todos para no seguir añorando sino planeando mejorar cada día más, para que nuestros hijos y descendientes puedan pensar que viven bien sus propios tiempos.

Enredados en las redes sociales: Distraídos y suicidas

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Enredados en las Redes sociales
De distraídos y suicidas
Por: Darío Valle Risoto

Ayer al regresar del trabajo crucé como lo hago habitualmente un cruce de semáforo donde debo ser el único que lo hace como se debe de frente a la acera y no en diagonal de espaldas al tránsito como la mayoría de la gente ya que este cruce tiene la característica de no estar bien en la esquina porque es parte de cinco calles que se encuentran y es mejor que esté donde está, para bien de los que cruzamos bien, claro.

Aparte de ello solamente dura el tiempo de cruzar unos treinta segundos y me percaté al pasar que un chico lo hizo mirando su celular todo el tiempo, continuó así y cruzó la otra calle en rojo sin darse siquiera cuenta de si venían vehículos o no. Estuve a punto de decirle que podría tener un accidente si no miraba por donde caminaba pero desistí bajo la idea de que probablemente recibiera un insulto o el consejo de meterme en aquello que me compete aunque no me agrade mucho que atropellen a un pelotudo cerca de mí por aquello de que las salpicaduras de sangre y sesos son difíciles de lavar después.

El caso es que como veterano que nací sin esta maravillosa cosa de los dispositivos móviles me estoy dando cuenta de que la gente está verdaderamente alienada y suelo preguntarme a menudo si tienen contactos o temas que tratar o estudiar tan importantes como para no esperar a llegar a casa o tratarlos en sitios donde no corran peligro.

En el colectivo cuando me toca sentarme del lado del corredor me mosquea bastante que las personas que van paradas estén mirando y tecleando sus celulares prácticamente cerca de mis ojos y como uso lentes, más de una vez los miro para ver si se dan puta cuenta de que me están invadiendo mi espacio personal, muchas veces he pensado en decirles que si me rompen los lentes se olviden de sus malditos celulares porque van a volar por la ventana a la calle.

A esto sumémosle el pequeño detalle de que van en un colectivo lleno, mal parados porque generalmente además de llevar su importante relación con el celular llevan cuantiosas mochilas y a veces hasta termo y mate, con todo esto tratan de conservar el equilibrio en un servicio de transporte Montevideano que no se caracteriza precisamente por su suavidad. Debe ser una maravillosa época para los carteristas me imagino con decenas de zombies distraídos wassapeando en un transporte lleno donde moverse por el corredor es un acto propio del Circo du soleil.

El otro día en el cine le tuve que decir en la oscuridad a una señora que se dejara de joder con el celular porque lo prendía en la oscuridad de la sala para mirar la hora, de verdad creo que la gente está perdiendo la chaveta con este tema y trataré de explicar lo que al menos a mi me parece obvio.

Para comenzar, a menos que no estemos esperando noticias de vida o muerte o importantes de trabajo lo que llega a nuestro celular queda allí y puede esperar, los intercambios de saludos y conversaciones vía voz o texto en su gran mayoría se trata de intercambios absolutamente intrascendentes como una señora que viajó más o menos media hora en el colectivo explicándole al marido que comida le había dejado en la heladera y de que forma.

Miren que sigo pensando que estos dispositivos son maravillosos y que lo importante de ellos radica precisamente en hacernos la vida más confortable y no más peligrosa o pasible de que un tipo como yo un día pierda la chaveta y te rompa el celular al medio porque se lo metiste entre los ojos mientras le escribías: “Te quiero” a tu novio.

Que el paisaje de las ciudad ha cambiado es notorio, caminar por cualquier vereda significa tener que esquivar o chocarse con gente que está atendiendo sus celulares mientras camina y a menudo con auriculares puestos, todo un ejemplo de “estar regalados” al accidente y a los asaltantes. Quizás mi problema es que la gente no me gusta demasiado, no solo no tengo whassap sino que tampoco suelo mantener muchos contactos en Facebook ni enviar muchos mensajes de texto porque si, al punto de que todos los meses me sobran enormes cantidades que se pierden por no usarlos dado mi contrato.

A todo esto cuando tengo que enviarle un mensaje o llamar a alguien en la calle, me paro en un lugar donde no moleste y lo hago tranquilo, luego sigo mi camino. Generalmente voy escuchando música, discos completos que cambian automáticamente de uno a otro o una emisora de Linkein sin necesidad de andar buscando canciones. En el colectivo aunque vaya sentado prefiero no sacar salvo muy raras ocasiones mi celular y si por casualidad alguien me llama le digo que cuando baje lo llamaré yo porque detesto que la gente escuche lo que digo tanto como escuchar a los demás sus conversaciones personales. Si, usted dirá: “este tipo es un obsesivo o algo peor” y puede que tengan razón pero fui educado en algo que se llama ser discreto y de bajo perfil y por sobretodas las cosas en cuidarme cuando ando a la intemperie sobretodo en épocas tan violentas como nos tocan vivir.

Enredados en las redes sociales 7: El cholulismo

FB_IMG_1490486765004Enredados en las redes sociales
De fanáticos y cholulos varios
Por: Darío Valle Risoto

Allá por el año 1992 asistí con los ojos alucinados y el alma en vilo al concierto en vivo de Iron Maiden en la estación central de Montevideo, fue uno de los mejores conciertos de rock que vi en mi vida y por supuesto que no se volvió a repetir. Recuerdo que unos días después me encontré con un amigo que también había estado allí y me dijo que fue hasta la puerta del hotel donde se hospedaba la banda, supongo que era el Victoria Plaza en frente a la plaza Independencia. Mi amigo me dijo que el mismo Bruce Dickinson le pegó en la palma de la mano saludándolo y desde luego que para él fue maravilloso.
De verdad que en aquel momento como en todos los momentos de mi vida ni me pasó por la mente seguirle el tranco a un famoso por más que lo admire.

Ni que decir que estábamos aún a un tiempo de esta explosión mediática que significa Internet donde parece que ya nadie es anónimo y muchísimo menos los famosos sean de donde sean. Desde cantantes, actores, deportistas hasta simples periodistas y ni que hablar de los políticos. Parece que todo se ve y todo se sabe.

Recuerdo que hace unos años vi algunos programas de ese reality show llamado: “The Osbournes” y que me di cuenta de que poco y nada me interesa la vida privada de Ozzy Osbourne, quien para mi es uno de los fundadores del estilo musical más grande del rock: “el Heavy Metal”. Comprobé que lo cotidiano de las estrellas colinda con lo patético sobretodo porque entre equipos de cámaras y sonido hay muy poco de real y mucho de teatro forzado, donde con un poco de capacidad de análisis nos iremos dando cuenta de que era mucho mejor solamente conocer los productos artísticos y no que comen, que cagan y que estupideces hacen y dicen las estrellas.

De todas maneras gran parte de esta invasión de redes sociales se basa en el voyeurismo, que dicho en criollo es el chusmerío de barrio llevado a sus últimas consecuencias. De las viejas que barrían las veredas y destruían a la vecina casquivana pasamos a compartir, colgar y retuitear aquella noticia generalmente carente de contenido que fenecerá cinco segundos después de que cientos de miles la vieron, replicaron y a otra cosa.

Por lo tanto nuestra mente puede llegar a guardar una cantidad demasiado generosa de información basura que nada agrega ni nada enriquece a la hora de disfrutar aquellos productos artísticos que alguna vez nos dejaron en paz con el mundo escuchando una obra musical, viendo una película o leyendo un libro. Conocer los detalles íntimos de las estrellas o personajes que admiramos mucho se puede acercar a derribarnos una idea primaria y digna que teníamos de ellos y si bien es terapéutico bajarlos del sitial de casi dioses, peor es desnudar sus miserias para correr el riesgo de manchar sus propias obras y dejarnos con la sensación de que estamos al borde del vacío.

A veces leo información absolutamente superficial en los post de mis amigos y escasos seguidores y suelo ponerles cosas tales como: “Justo eso es lo que quería saber” e ironías por el estilo, pero bien que cada uno es libre en ocupar su tiempo desde leyendo “La guerra y la paz” (Que nunca leí) hasta la biografía de las Kardacians (Que ni tengo idea de quienes son, salvo que vi sus culos en algunas fotos)

Lo que me preocupa es algo que por supuesto no descubrí yo y ya los teóricos de los medios masivos de comunicación por la década del cincuenta iban adelantando: estamos llegando a tal estado de sobre información que nos saturamos de datos infames y nos vamos olvidando de lo que realmente importa y que mucho tiene que ver con cambiar este mundo para mejor por lo tanto poco importa si tal cantante se casó con un pequinés o aquel actor era gay, lo que realmente debe importar es lo que quizás muy pocas redes sociales estén en capacidad o interés de mostrarnos.

Cuanto nos cuesta hacer bien nuestro trabajo?

jh-03¿Cuanto nos cuesta hacer bien nuestro trabajo?
Por: Darío Valle Risoto
Técnico en comunicación social

Si bien es algo que lentamente está mejorando en el Uruguay aún es muy difícil encontrar que los servicios funcionen mínimamente bien y uno se pregunta generalmente cuando es mal atendido si es que los funcionarios de algún comercio o institución realmente quieren hacer bien su trabajo. En este caso voy a contarles dos experiencias muy recientes que ejemplifican esto que trato de compartir.

Hace unos días compré una botella de Salus naranja sin gas de dos litros y un cuarto, bebida que tomo habitualmente desde que comenzó a salir a la venta. Al abrirla compruebo que tiene un fuerte olor como a orín de gato por lo que llamo a su servicio de atención al cliente para manifestarles que es la segunda vez que me pasa y que quizás se trate de algo que deban solucionar. La chica me atiende muy bien pero cuando se comunican conmigo para ir a retirar la botella y fijan el día jueves después de las seis para retirarla comienza la cosa.

Para comenzar me llama un hombre el miércoles diciéndome que está en la escalera del edificio y no encuentra el apartamento, le digo que habían dicho que pasaban el jueves, me contesta que por favor baje para encontrarlo y le digo que no estoy vestido para salir y le indico que suba hasta el último piso (El cuarto) y que la segunda puerta es la mía. Llega, no saluda, me cambia la botella, me hace firmar un papel que ni pude leer y se va diciéndome que si yo subo todos los días tantas escaleras a lo que le contesto que desde hace cuarenta años.

Y me quedé pensando en la incapacidad de comunicarse mínimamente de algunos empleados y por supuesto la inexistente y mínima capacidad de relaciones públicas de una compañía que debería tener un personal idóneo para defender la imagen de una marca que fue estropeada por un producto defectuoso. nada de ello y realmente malos en todos los aspectos, solo le hubiera faltado cobrarme la otra botella.

Una empresa inteligente hubiera sabido comunicarse con el usuario, le pediría disculpas por el producto defectuoso déjanosle a cambio algo de mayor valor para contrarrestar positivamente este desliz y así reforzar la imagen favorable de la empresa. Nada de ello.

Lo siguiente me pasó ayer: fui al supermercado Devoto de San Quintín a comprar un ropero, pedí en atención al cliente por alguien idóneo para la compra porque tenía que hacer unos preguntas y llaman por interno a la encargada de electrónicos que demoró lo suficiente para que me quede pensando que tienen que ver los muebles con los electrónicos.
Aparece la chica que va conmigo hasta el ropero en cuestión, le pregunto si me lo pueden enviar desarmado, averigua por interno que si y en medio llega otro cliente con un reproductor de dvd portátil preguntando si tiene radio. La chica lo atiende y me dejan parado como un gil sin mas explicaciones, un rato después voy a hacer mis compras de comestibles e insumos bastante caliente y sin saber si de verdad querían atenderme o no.

Luego de comprar algunas cosas voy hasta la caja uno que es la más cercana a “atención del cliente” con la intención remota de que quizás se acuerden de mi pero ya casi seguro de que estoy nuevamente rodeado de incompetentes.

La encargada de electrónicos me notifica que le dejó en la caja la factura del ropero, le agradezco y espero mi turno, cuando llego la chica pone una factura en el lector y le sale que es una cocina, le digo que no y me dice que es lo que tiene por lo que le contesto que solo me cobre los comestibles porque vendiendo son un desastre y que por favor se lo diga a sus compañeras.

Así que nada de ropero y por lo menos me ahorré unos dosmil quinientos pesos. Sumémosle a estas situaciones el maltrato en el sistema de transporte, la ausencia de un mínimo de atención en la mayoría de las oficinas estatales y hasta la incapacidad del propio gobierno para responder a la ciudadanía sobre asuntos de importancia como son los de notorio conocimiento en aspectos que hacen a la gestión de las empresas públicas y la mala praxis de muchos de sus funcionarios: directores, personal de confianza, etc.

Pero lo más triste es una vez más volver a tener la sensación de que vivo en un país tercermundista de mierda donde todos nos tratamos mal y los que venden no quieren vender ni los que sirven servir. Muy triste realmente.

PD; Nobleza obliga, me llamaron de la compañía Salus para comunicarme que el contenido del refresco estaba alterado por exposición al calor y me pidieron que si se repetía llamara nuevamente.

Por otro lado el otro día fui a una zapatería de mi barrio, una vieja zapatería que creo que se llama Badano y debí esperar a que atiendan a una señora, el vendedor me pidió que por favor espere como corresponde y luego cuando me atendió y me probé un par de botas, le dije que me disculpara pero no me gustaban y el tipo un genio porque me dijo que no había problema y que quizás en otro momento encuentre lo que busco…. así se atiende a la gente.

El realismo mágico y yo

Wallpaper Magic 240 (31)El Realismo Mágico y Yo
Por: Darío Valle Risoto

En algún momento del secundario, por supuesto que en clase de Literatura, abordamos el estilo denominado: “Realismo Mágico” y como muchas cosas en la vida, tardé un tiempo en procesar debidamente el asunto, solamente para darme cuenta de algo que de tan evidente se me había pasado de la vista como quién ve el bosque sin determinar los árboles.

Si bien este estilo artístico nace en Europa a mediados del siglo pasado como una manifestación donde lo irreal se mezcla con el mundo cotidiano es evidentemente en latino América que hace eclosión como todos lo conocemos de la mano de escritores como: Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa entre otros. Jorge Luis Borges también ha sido relacionado con este estilo y por supuesto también Alejo Carpentier y algunos otros.

Básicamente esta forma se basa en una mezcla entre lo irreal y fantástico con lo real especialmente en la narración en torno a asuntos cotidianos, personas comunes y quizás hasta lugares fuera del tiempo y espacio como los razonamos habitualmente. Especialmente la racionalización del tiempo como elemento fácilmente adulterable forma parte de muchos relatos donde no se concibe como una línea sino más bien como un espiral o un remolino.

Bien, todo esto viene a que en un determinado momento de estos últimos años comencé a reparar en que toda mi vida y muy especialmente mi niñez estuvieron signadas por una percepción de la realidad dentro de este “realismo” que no admitía una lectura racional o mucho menos científica.

Lo primero indudablemente parte de mi relación con mi madre. Una mujer nacida en condiciones muy humildes en el campo profundo de las sierras de Minas y absolutamente supersticiosa, que aceptaba dentro de su mundo la magia y “la brujería” según la denominaba mi padre, como parte indisoluble de su sino cotidiano y por ende de nuestro pequeño entorno familiar.

No había división posible entre lo cotidiano y las fuerzas ocultas de un pensamiento mágico que a mi madre ocupaba en todo su ser, al punto de que mi niñez estuvo regularmente asociada a las visitas a las curanderas o “Brujas” según mi padre, a las que mi madre acudía para intentar curarme del asma y también para encontrar una forma de someter a su marido a su idea de lo que debería ser nuestro hogar. No es necesario aclarar que en ninguno de los dos casos tuvo suerte; ni me curé del asma que padezco hasta ahora ni tampoco pudo con la parsimoniosa pasividad de mi padre para con sus ilusiones de mujer manipuladora.

Más allá de eso todo parecía ser una especie un juego mágico donde no faltó una tía macumbera medio hermana suya que una vez le hizo “un trabajo” que casi la mata o los extraños poderes de mi padre que con solo poner sus manos sobre la frente de mi madre parecía curarle sus recurrentes dolores de cabeza. Tampoco puedo olvidar sus historias de las sierras de Minas donde se crió en un rancho de terrón junto a sus abuelos maternos, de los remedios caseros como orinar en unos papeles de estraza y colocarlos sobre el estómago en caso de dolor de panza cuando mi madre era chica, o la abuela que cortaba la tormenta con una cuchilla mirando al cielo y recitando unos versos cristianos a la virgen o a quien sabe quien.

Así que lento fui en darme cuenta que este asunto del realismo mágico es parte de mi vida por más racional que sea como adulto y no crea ni en monstruos ni en fantasmas y mucho menos en dios o las hadas; aún así este asunto debe competerme ya que fui criado en medio de este mundo donde lo científico no era la única forma de decodificar la realidad porque todo admitía una lectura donde fuerzas indescifrables obraban para nuestro bien o para nuestro mal.

Me llevó muchísimos años cambiar a mi madre de esta percepción donde lo imaginario era tan potente como lo evidente, lamentablemente le abatí varios dioses y con ello quizás le eliminé parte de su esperanza a por cambiar su vida, una vida que buscó para escapar de sus penurias entrar en un mundo donde era mucho más fácil imaginarse mejor que conseguirlo. Por otro lado mi padre era inmensamente racional y aunque con las mismas carencias educativas que ella quizás por ser eminentemente Montevideano y por ende un hombre de ciudad, era mucho más racional y absolutamente escéptico a todo lo que mi vieja apostaba de cuerpo y alma.

__ No hay nada. __Fue su respuesta cuando muy niño le pregunté acerca de que pasaba cuando uno se moría, mi padre siempre me decía que no existía nada, que era como dormirse para siempre, el olvido y el vacío más absoluto nos esperaba a todos luego del último suspiro. Por otro lado mi madre deambulaba entre una suerte de cristianismo muy sui generis y el mencionado mundo mágico de curanderas, videntes y tarotistas varias.

Muertos mis padres todavía me siguen enseñando desde mi memoria, para bien o para mal debo agradecerles una niñez que si bien tuvo muchas carencias materiales no fue para nada aburrida.

Y quizás aquel “realismo mágico” me haya nutrido para ser este escritor de pacotilla que elabora mundos de vampiros, ciudades de nueva Inglaterra, robots y alguno que otro cuento sobre lo extraño de lo cotidiano.

Cuando dormíamos con la puerta abierta

Primus y alcusa

Cuando dormíamos con la puerta abierta
Por: Darío Valle Risoto

En una página que se dedica a publicar fotos de Montevideo antiguo leí una serie de consideraciones de gente que presumo de avanzada edad, añorando un Uruguay que supuestamente existió y presuntamente ha dejado de ser tal cual era en este convulsionado tiempo presente. Por lo pronto no es la primera vez que escucho a gente añorar los tiempos en que: “Dejábamos la puerta de casa abierta” o “La bicicleta afuera” y no pasaba nada.

De alguna manera eso puede ser cierto porque algunas cosas han cambiado para peor y otras para mejor, tampoco me parece digno de añoranzas que antes por ejemplo: todos nuestros vecinos sabían de nosotros y nosotros de ellos y también sabíamos que aquel vecino llegaba alcohólico y cagaba a su mujer a golpes y no hacíamos nada o que pegarles a nuestros hijos era parte de su educación hasta con un cinturón si era necesario.

La nostalgia es una tremenda fabuladora de un mundo irreal que tratamos de armar recogiendo una serie de recuerdos idealizados porque en esa época quizás éramos jóvenes y bastante más ciegos de una realidad que hoy “redes sociales” mediante, nos muestra lo miserables que podemos ser los seres humanos pero también lo increíblemente generosos. La cuestión es saber elegir al tomar nuestra posición en la vida.

Siempre hubo injusticias pero quizás no las veíamos o intentábamos no verlas recogidos al abrigo confortable de nuestro barrio y de nuestras familias. pero aquellos que nacimos, fuimos y seremos pobres económicamente sabemos que nunca fue fácil vivir en este país para los que tenemos esta condición social y que hubo muchas necesidades insatisfechas e injusticias que masticarse sobretodo durante las duras épocas de la dictadura cívico militar desde 1973 a 1985 pero que comenzó antes y se alargó con gobiernos de derecha hasta este hoy también con muchas injusticias pero que a algunos nos hace plantarle cara a la realidad sin las anteojeras de idealizar una gran mentira.

Inútil sería hacerles un racconto de la violencia cotidiana que viví en mi barrio, en mi escuela y luego en el liceo públicos, de la ignorancia que hacía de la mujer una propiedad para el hombre y un desdén hasta para las otras mujeres si se daba el caso de que ella dejara al tipo para irse con otro. La manipulación de los niños por parte de los padres separados que hoy es denunciado era cosa cotidiana, la violencia contra los animales, el desdén por cuidar la ciudad que aún persiste siempre existió y la terrible situación de mujeres que llegaban a la comisaría para denunciar una violación y el oficial les preguntaba cosas como: __¿Usted estaba vestida así?

La acusación entre vecinos de ser comunistas y al discriminación a los negros, los homosexuales y los niños con síndrome de dawn llamados: Mongólicos, la violencia antes era tal como ahora, pero quizás no la veíamos o hacíamos que no nos dábamos cuenta.
Así que dormir con la puerta abierta y que no nos roben no era nada, comparado con la pasividad generalizada de nuestros buenos parientes y vecinos en un país donde la injusticia parió y sigue pariendo pobreza económica y de la otra, tal vez la peor.

FIN

Enredados en las redes sociales 6

BALLENA-AZULEnredados en las redes sociales
Por: Darío Valle Risoto

No hay duda de que nosotros poseemos a los objetos, siempre y cuando estos no nos posean a nosotros y todo esto en el sentido de comprender que los dispositivos electrónicos que nos permiten acceder a Internet son meras herramientas que nos facilitan la vida pero también pueden absorbernos el tiempo y la mente cual esponjas malignas.

El viejo ejemplo del cuchillo siempre es pertinente en estos casos, tenerlo nos posibilita desde cortar nuestros alimentos hasta cometer un crimen, la decisión es nuestra. En el caso de las redes sociales estos crímenes pueden ser de diversa índole. La ballena azul, ese extraño juego puede ser un ejemplo, más se me ocurre que también es un producto de difusión que bien le hace a la prensa amarilla que nunca lo será tanto como en las redes.

Todos tenemos nuestros delirios pero casi todos también somos absorbidos por nuestros dispositivos celulares que contienen el mundo al precio y al tamaño de la palma de nuestras manos, aún así es un elemento perverso que nos quita el sueño y llena nuestras madrugadas de twitters, mails y vacíos mensajes de Facebook.

¿Quién es el dueño de mi celular?
Yo y solo yo, lo demás solo será quejarnos de nuestra propia fragilidad ante la noticia asombrosa de aquel que se casó con una lagartija o del video de gatos o de la última moda del presidente Trump. Una vorágine que nos quita los sentidos de lo verdaderamente importante. Y yo no soy quien para indicarles que lo es o no, cosa de cada uno.

Una chica se suicida después del terrible acoso en las redes tras colgar algunas fotos donde se veía tal como era: gorda y poco atractiva, o más bien fuera de los cánones que hoy día tenemos como belleza y ahora la chica ya no está y pronto será superada por otra muerte, otro suicidio allí donde solo pudo tener la buena idea o el consejo amigo de alejarse de las redes por su propio bien solo prospero la decisión de apagarse ella misma para siempre.

La ley del cuchillo, la herramienta que se vuelve contra el amo lamentablemente se repite día a día pero también sirve para denunciar a ladrones y otros victimarios, siempre y cuando la denuncia venga bien, porque sobran “fakes” acusando levemente a inocentes por cualquier cosa amén de los videos de niños matando perros o de accidentes automovilísticos. El morboso nunca tuvo mejor mundo que este y el enfermito y el onanista solitario, todos tenemos un muerto en el ropero así mismo no es posible que tratemos de colectivizar hasta lo que comemos todos los días.

Yo no soy perfecto tampoco, todos los días cuelgo una foto de mi almuerzo de trabajo con algún chiste sobre la comida chatarra más al otro día la borro porque mi vergüenza aflora en menos de veinticuatro horas. Por otro lado me asombra la capacidad de algunos de mostrarnos su vida en pareja y sus sentimientos como si nos importaran, más creo que muchos se complacen en ver que la cosa humana acepta este tipo de pequeñeces en nombre de cuatro minutos de notoriedad.

Maravillosa herramienta el celular, un fabuloso cable que nos alcanza el mundo y toda su circunstancia con miles de ventanas a él desde las más honorables a las más retorcidas y de nosotros es la libertad de decidir a cual nos asomamos, cuales abrimos y cuales cerramos porque en definitiva: Somos lo que comemos.