La Felicidad y el Celular

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La Felicidad y el Celular
Por: Darío Valle Risoto

El domingo es algo así como la antesala de ese infierno llamado “Lunes” pero de alguna manera también es ese día en que uno debería tratar de pasarlo bien sin preocuparse demasiado por lo que vendrá. A fin de cuentas uno debería comprender que siempre habrá un lunes y que no hay nada que hacerle a menos que cambiemos este tipo de calendario heredado quién sabe de cual sacerdote malicioso cristiano.

Una vez vi a aquel gurú tratando de explicarnos la felicidad, lo que siempre es tan arriesgado como contarles a los ciegos sobre el arcoíris, la felicidad para este señor gurú radicaba en no vivir con un pie en el pasado y otro en el futuro sino en tratar de disfrutar el presente, lo que me parece una visión interesante pero la verdad que se vaya al cuerno, porque la felicidad es una cosa personal de cada uno y punto. Acaso como dijo aquel tipo: __ Para lo que unos es postre para los otros es mierda. Con el perdón de la palabreja.

Hoy día parece que la felicidad está en tener un buen celular y poder estar conectado con el resto del planeta intercambiando emojis y otras yerbas y me parece muy pero muy… al pedo, pero cada loco con su tema. A mí me gusta viajar en el colectivo escuchando heavy Metal al mango mientras me divierto mirando con un gesto de superioridad a la gente que enfrascada en sus celulares teclea frenéticamente citas y pensamientos de seguro muy interesantes y que son más importantes que tomarse bien de los pasamanos o preocuparse de esos carteristas que les hurgan bolsos y bolsillos. Por ejemplo: me ha parecido la mar de entretenido ver a esa chica muy linda que baja del colectivo mirando el celular, cruza por delante de este mirando al celular a media cuadra entre el tráfico incesante de Avenida Rivera y tras cruzar y ya segura en la vereda lo guarda en su bolsillo tal vez porque es una amante del peligro o simplemente una pelotuda.

Y esa cita a ciegas prometía bastante porque la joven era atractiva, se vestía bien y tenía buen sentido del humor, así que pedimos un par de pizzas y yo muy crédulo de la vida me disponía a tener una velada fantástica hasta que sacó su celular. Sonreí y fui hasta la barra para solicitar un par de cervezas de las mejores ya que ella me había dicho que le gustaba la “birra” y así me ganó un poco más el corazón hasta que volví a la mesa y seguía hablando por teléfono con quién sabe quién. Por lo tanto fui al baño a orinar sin ganas y mirar al espejo a ese viejo conocido que no tiene nada de atractivo pero cuenta con esa especie de suerte de conocer a chicas lindas, inteligentes y… cuando volví estaba tecleando en su celular y por suerte se reía.

Ya habían traído las cervezas y estaba buena la mía, más también la pizza aunque ella no había probado ni bocado ni bebida y seguía dándole con los deditos a la pantalla de su Samsung Galaxia ocho mil quinientos. Me gustaron sus uñas pintadas de celeste y no tanto esos peircings raros que le atravesaban las orejitas tan perfectas, también me gustó su cabello negro, lacio, seguramente planchado.

Buena la pizza, ya me lo había dicho un amigo: __ Te arrancan la cabeza con los precios pero su pizza con muzarella es como un bocado de los dioses. Me pregunto que si de haber dioses ellos comerían esta proverbial pizza algo picante con una doble capa de queso derretido mientras miran a su cita a ciegas que ya debe haber recalentado el teléfono de tanto meterle mano.

__ Discúlpame, es que tuve que atender y…
__ No, no es nada. __En ese momento mí celular suena y sin mirarlo lo apago y lo vuelvo a meter en mi bolsillo, entonces le digo: __Perdóname voz, no quiero interrumpir la velada atendiendo llamadas porque la gente me parece más importante que los dispositivos estos… ¿En que estábamos?

La felicidad a veces es quedarse solo comiendo pizza en un bar del centro, tomando cerveza y reírse de esta terrible tendencia a ser sincero al punto de ver como chicas lindas, bien vestidas y atractivas se alejan enojadas porque uno les dio a entender que son unas enfermas de mierda que viven pegadas al teléfono mientras la vida les pasa de largo…al carajo con ellas.

FIN

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Subirse al carro o “El efecto Bandwagon”

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El Efecto Bandwagon
Por: Darío Valle Risoto

En castellano sería como el efecto: “Subirse al carro” pero parece que hoy día todo lo tenemos que mencionar en Inglés quizás como parte mismo de esta actitud de las masas por seguir a las mayorías sin pensar demasiado en lo que hacen. Yo diría que la imagen de esos miles de roedores que se tiran por un acantilado cada cierto tiempo en Europa clarifica aquello de que porque los demás o “todo el mundo lo hace” también yo debo hacerlo.

Ya he mencionado en otros artículos mi particular educación familiar en torno a no seguir la corriente por más que todos la sigan sin pensar realmente en lo que quiero para mi mismo independientemente de lo que elija: “la gilada”.

Mucho no siempre es mejor y en general que algo sea seguido por las mayorías no significa necesariamente que sea lo más adecuado, solamente se continúa: una tendencia, una moda, una corriente para complacer ese sentido de pertenencia o de afiliación a determinada cosa llamémosle ideología o bienes materiales entre otras opciones de vida.

Tomemos por ejemplo los ideales democráticos los que son habitualmente trasladados a nuestra vida cotidiana y caemos muchas veces en repetir la errónea consigna de que porque una mayoría elige algo es lo mejor y sin embargo sobran los ejemplos de que la gente elije pronto y muchas veces mal, lo que no nos inhibe de sostener que parece ser la única forma de que el mundo siga caminado tal como lo hace a menos que pensemos en opciones como por ejemplo: pensar un poco lo que elegimos para nosotros y los demás sin hacerle caso a la fila de personas solo porque: “las mayorías lo hacen”.

El efecto “Bandwagon” nos desnuda tontos y sumisos ante la cola que va en determinada dirección porque parece ser mucho más confortable estar con los más que con los menos aunque algunos seamos un tanto “anómicos” sociales y nos desagraden bastante las modas.

A fin de cuentas tener un pensamiento objetivo y original en esta época donde los programas de búsqueda de Internet saben lo que queremos antes de que lo queramos es bastante estremecedor si nos ponemos a pensar que en un mundo de compartimientos estancos la mayoría de los boxes ya tienen más que resueltas nuestras necesidades, costumbres y proyectos de vida y en particular me produce bastante desazón comprobar que soy más normal de lo que creo y mucho menos interesante de lo que pensaba.

Aún así me mosquea la mayoría de la publicidad pero tal como me dijo un profesor hace bastantes años: __Esa publicidad no es para ti sino para otro sector de público. __ Afortunadamente me doy cuenta de que el efecto de: “Subirse al carro” en las mayoría de los casos para mí no corre y paso de tendencias, modas y promociones en un mundo donde la gente está idiotizada con las redes sociales al punto de que corremos el riesgo de perder nuestra vida cotidiana y silvestre a por mirar pantallas gran parte de nuestras horas.

En definitiva las mayorías no garantizan la calidad de nada y solamente ayudan al mercado capitalista más de nosotros depende seguir algo, lo que sea porque realmente en nuestro interior nos interesa y no porque un montón de giles hagan colas o un nefasto líder de opinión nos diga que es justo, justito lo que necesitamos.

Hace algunos años atrás un amigo me dijo que yo no era feliz porque no creía en dios a lo que le pregunté de forma por demás educada: __ ¿De dónde mierda sacan los creyentes que los ateos somos gente infeliz por no creer en sus dioses de porquería?
Así funciona el mundo: miles de millones de personas siguen las tendencias religiosas, las modas, las costumbres que les han inoculado y hasta se matan porque es necesario subirse al carro de algo que les han inoculado incontables filas de ingenuas y serviles personas que nunca se detuvieron a pensar por sí mismas.

Algo muy parecido sucede con las nuevas tendencias políticas las que muy raramente hacen hincapié en sus programas si es que los tienen y pretenden atraernos a fuerza de imágenes y personajes al parecer interesantes, los que son solo una fórmula para atrapar votantes y nos venden una etiqueta vacía y estéril al precio de un cambio que nunca va a suceder.

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El Espíritu de la Contradicción: No Me Gusta El Foobal

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El Espíritu de la Contradicción
No Me Gusta El Foobal
Por: Darío Valle Risoto

Mi maestra de quinto año escolar me dijo cierta vez que yo era: “el espíritu de la contradicción”, frase que sin dudas me marcó y por algo la recuerdo, alguien me dijo que había que ser muy hija de puta para decirle eso a un niño, pero en realidad creo que esta maravillosa educadora estaba en consonancia con su época porque eran tiempos de dictadura en Uruguay, precisamente 1974.

Y supongo que aunque inapropiada tuvo sus razones para largar tamaña sentencia como quién dice: “buenas tardes” o “Te parta un rayo” porque seguramente a Gloria, (así se llamaba esta petisa soreta) le tenía los ovarios llenos con mis constantes preguntas que siempre iban más allá y por ende la tendría en serios problemas. Tomemos en cuenta que con gran cantidad de maestros en el exilio y hasta desaparecidos probablemente era una pobre petisa de derechas con escasa o nula formación docente.

El tema que me ocupa hoy es si realmente uno es diferente y contradictorio con el medio que lo rodea porque es así o por el simple placer de complicarle la vida a esos hermosos seres mecánicos presos de las tradiciones y costumbres que nos acompañan por la existencia. Confieso que hace unos años llegué a pensar que soy así solamente para plantear una posición que me desatacara y no por que esto sea natural pero la experiencia me demuestra que soy así porque soy así y listo.

¿Cuál es tu problema viejo?
Tengo un gran defecto entre otros y es que constantemente mi ego o una posesión demoníaca (Vaya uno a saber) me llevan a plantear mi posición frente a casi todos los temas y eso es realmente una forma de gastar energías que bien podría utilizar en asuntos más edificantes que discutir con viejas sobre la imposible existencia de dios o tratar de convencer a todo el mundo y un poco más que no me gusta para nada el fútbol, no creo en el himno nacional y detesto a Bob Marley, a Mateo y creo realmente que Curt Cobain es un músico sobrevalorado…ah tampoco me gusta Janis Joplin, es más, me aterra su voz.

Allí por lo tanto si no estoy al borde de la anomia social creo que me faltan un par de exámenes o la prueba final esa que determina que uno se compre unos diez kilos de armas y ande por la calle jugando tiro al blanco con estúpidos ciudadanos, por suerte mis valores anarquistas están del lado de la vida hasta de seres con los que realmente tengo la duda de si están vivos o son hologramas de un programa fallido.

El asunto de que por ejemplo no me guste el futbol me ha desplazado al costado de esas fabulosas conversaciones entre señores serios sobre aquel penal del 66 bajo la lluvia entre atlético Pirulo y el Latoso Foobal Clú fue de de verdad o un ardid de aquel juez nacido en Casupá que la tenía con el gallego Follandomez que tiró al arco. ¿?

Concienzudas tertulias desde los más simples hombres de a pie hasta beneméritos hombres de ciencia y/o filosofía se vuelven pertinaces si uno por ahí desliza una de esas fabulosas reminiscencias futboleras y entonces como si se moviera un interruptor todo el mundo comienza a hablar de fútbol y no paran jamás, pueden estar horas repitiendo situaciones, nombres de jugadores, asuntos varios que incluyen; estadios, campeonatos y detalles precisos y someros que a un servidor le resultan como Chino aunque lamentablemente habla bastante bien el español e intuye que para el todas esas anécdotas le importan un carajo.

Así que en medio de esta vorágine de neuronas malgastadas siempre hay uno que me mira como buscando que coincida o alcance otro dato como que por ejemplo aquel jugador no usaba championes adidas sino Parabiago, pero resulta que me quedo callado un momento para a continuación deslizar la peor frase que un ser humano puede decir en este mundo: __ Es que no me gusta el fútbol.

Un pequeño silencio da lugar indefectiblemente a una de tres preguntas: ¿Y qué te gusta entonces?, ¿Vos estás enfermo? O… ¡Dale!, ¿no jodas? Y allí este ego maldito me sale siempre a contramano y los dejo calientes diciéndoles que realmente me parece un deporte súper aburrido y que creo que discutir sobre una jugada de hace treinta años con lujo de detalles agota todo mi sentido de la realidad y que me gustaría saltar por una ventana abrazado de un atado de granadas antes de seguir escuchándolos babearse con aquel centro delantero de un club de mierda en un campeonato que me importa menos que la marca de los calzoncillos de Napoleón Tercero.

Por lo tanto es explicable que tenga menos amigos que dedos en la manos y que de verdad me interese poco tenerlos si solamente son el producto de seguirles la corriente a esa enorme masa de personas que son como los ecos sonoros y mentales de una sociedad que cada día nos va transformando en seres consumidores sin conciencia y por lo tanto con nula capacidad de elegir por sí mismos. ¿Qué miércoles me importa que se use, que esté de moda o que me haga formar parte de esta sociedad si no me interesa?

Soy una especie de anomico social que de puro contra cruza la calle donde se debe, tira la basura donde se indica y trata de no hablar diciendo en cada frase: boludo, dale o nada, solamente porque me encanta ser diferente. Quiero no plantear a los demás sino a mi mismo que este tipo que soy se gusta y se divierte mirando dibujitos animados y películas de superhéroes y está más interesado en seguir leyendo a Asimov que ver esos programas de mierda de la tele tipo: Master Chef o Deporte Total. Tampoco creo en dios, ningún dios ni en por lo tanto presidentes, Mujicas, revoluciones venezolanas y mucho menos en programas de radio dirigidos por fascistas idiotas que algunos creen brillantes o inteligentes pero en realidad son unos energúmenos con mucha suerte por la vida al punto que viven de tirar bosta al éter.

Un pensamiento particular es imposible, ya están todos gastados al menos desde la Grecia antigua pero debo confesar que aunque me sienta apartado de muchas cosas me encanta mirarlos de afuera cuando pierden las horas, las neuronas y la vida en sus futboleras tradiciones, sus bailes de reggaetón o sus homenajes a Mateo porque de verdad: Yo estoy a miles de kilómetros de allí.

 

Educación, relaciones y cambios en la sociedad del atropello

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Educación, relaciones y cambios en la sociedad del atropello
Por: Darío Valle Risoto

En el Uruguay hay una discusión que lleva algunos años y versa sobre el deterioro de los niveles educativos de nuestra población, obviamente esto desde que una coalición de Izquierdas tiene la presidencia y la mayoría parlamentaria suena al menos como para pensar en la incapacidad que tienen de encontrarle una solución al problema o si nos ponemos desde un lugar más negativo en que no haya interés por solucionarlo.

Es incuestionable que los tiempos han cambiado tanto para el Uruguay como para el resto del mundo y este no es un problema solo nuestro lo que de ninguna manera lo justifica y es solo una posible explicación, pero lo que más escuchamos entre el ciudadano común versa sobre la pérdida de valores y habitualmente se le piden a los actores educativos que formen a nuestros niños y adolescentes en algo que debe provenir del ceno de la familia porque ellos si bien pueden ser un elemento de apoyo en esto en realidad están para enseñar a leer, escribir, etc.

Así que tenemos una evidente falta de educación en valores, provenga de donde provenga y no es fácil desandar un camino hacia una época que con sus grandes carencias se le daba enorme valor al trato entre sus ciudadanos y por sobre todas las cosas se respetaban los estratos de poder. Con esto me refiero a que se respetaba a un maestro, a un doctor, a un policía, etc. Por el hecho de la autoridad que la sociedad les había otorgado, por su rol en esta y por sobre todas las cosas porque tenían conocimientos que nos ayudaban a vivir mejor.

Pensemos en el tango “Cambalache”, o en la letra de: “Al mundo le falta un tornillo”, escuchémoslos y veremos que si bien provienen de principios del siglo veinte hacen mención a la pérdida de valores a los que intento referirme en este artículo. Así que el tema parece que no es nuevo aunque quizás hoy haya una mayor difusión de lo que yo llamo: “la generación del atropello”, por aquello de que hay demasiada gente que cree que puede hacer lo que se le antoje aún si perjudica a sus semejantes, léase: tirar desperdicios, hablar en forma soez y hasta andar vestidos con evidente amor por la suciedad.

Pequeñas Cosas, Grandes hombres

Un aspecto esencial y fundamental es el valor que la sociedad le da al conocimiento y que espera cada individuo de si mismo frente a sus semejantes, vivir en una sociedad solidaria o en una de personajes estancos muy bien intercomunicados con sus dispositivos celulares pero con el trato de un orangután parecen ser las alternativas.
Las personas cada vez hablan menos entre si y van perdiendo en el trato inmediato un montón de pequeñas actitudes que ayudaban a que todos vivamos mejor.

Recuerdo que cuando niño me molestaba la insistencia de mis padres para que fuera ante todo bien educado: “Buenos días, permiso, disculpe, perdón y muchas gracias” eran palabras obligatorias cuando estaba con los demás y por diferentes razones me quería dirigir hacia ellos y ser apreciado como una persona respetuosa. Eso con los años me ha traído un sinnúmero de satisfacciones pero también me separaron del resto de mis semejantes o al menos de aquellos que ya no practican tan sencillas costumbres sociales.

Trabajé durante años en ámbitos donde la mala educación parecía ser el centro de las relaciones y nunca proferí una mala palabra y siempre actué frente a situaciones de violencia verbal con la mayor integridad posible en el sentido de que sabía muy bien que tenía frente a mí a una persona que quizás no había tenido el privilegio de ser bien educada. Con los años afortunadamente como si fuera una pequeña gotita de agua logré cambiar algunas costumbres en mis supervisores y compañeros pero fue un trabajo lento, lentísimo donde apelé al sentido común que para muchos parece dormir el sueño de los idiotas.

Hoy me duele ver que la gente es mal educada, desaprensiva y en una actitud suicida no cuida de sí misma ni de su ciudad y mucho menos de los otros. Parece que la filosofía capitalista de: “Hacé la tuya” hizo mella y nadie se da cuenta que aunque no nos guste vivimos en una interrelación constante que necesita imperiosamente de aquellas pequeñas palabras que me enseñaron mis padres para sobrevivir y avanzar de la mejor manera posible.

Si digo: “Buen día” muchas veces nadie me contesta, si pido permiso en el colectivo lleno raramente se mueven y si solicito algo en un comercio parece que hablo en Chino, así están las cosas. Y aclaro que este demérito no solo es cuestión de gente joven porque me ha tocado encontrarme con más de un anciano con el roce social de un paquidermo, con perdón de los elefantes. Así que vuelvo a recalcar que hemos perdido la sencilla formación que nos daba aquellas herramientas para conectarnos con los otros desde una actitud educada, respetuosa y yo diría que más necesaria de lo que todos pensamos si queremos vivir mejor.

Revolución no es Destrucción

Entre los propios anarquistas fui criticado por ser demasiado formal, por personas que tenían una cabal idea de los ideales libertarios pero que nunca habían trabajado en su vida y eran mantenidos por sus padres. Había un sentido enfermizo en considerar que ser un perfecto imbécil que se opone a todo y a todos es ser anarquistas y allí no me dejaban mejor aprendizaje que poner distancia porque nada me podían enseñar y solo me dejaron el desasosiego de pensar que estas personas que parecen tener los conocimientos para formar una sociedad anarquista carecen de los valores morales fundamentales para llegar a ella.

Volvemos entonces a repensar en las aulas donde los maestros o profesores intentan que un grupo de unos treinta alumnos reciba las herramientas mínimas necesarias para hacer algo mejor de sus vidas y por ende de todos nosotros. Entre el griterío, el desdén y la violencia no solo verbal nuestros educadores intentan llevar a cabo programas viejos, caducos y escritos para otras generaciones, aún así hay innumerables rasgos de que sigue habiendo gente que quiere ser mejor y aún dentro de la pobreza económica más terrible intenta salir adelante, leer un libro, solazarse conversando con alguien que sabe algo de cualquier cosa, estar frente a otros y esperar lo mejor de sí mismos… Lo sé porque yo fui uno de esos alumnos.

 

 

Media Naranja… será usted

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Media naranja… será usted
Por: Darío Valle Risoto

Afortunadamente la mayoría de la humanidad se rige por otros esquemas porque si se tratara de gente como nosotros habría una importante y exponencial reducción de la población, lo que pensándolo bien no estaría tan mal.

De todas maneras uno se ha criado soportando las presiones sociales que indican tiempos y momentos para todo, desde el debut sexual, formar una familia y hasta cumplir con esa sana costumbre de morirse alrededor de los setenta años.

Pero quiso la cosa, vaya uno a saber porque, que algunos hombres y mujeres no seamos fácilmente domesticables y nos cueste y mucho no solo conseguir parejas sino y lo que es peor. si se consiguen, conservarlas por un tiempo más o menos largo.

Todo ese asunto de abordar una chica siempre me ha resultado motivo de un tremendo estrés porque no es que sea tímido ni mucho menos sino que me molestaba y sigue molestando que sea tan complicado establecer una relación, debería bastar con exponer uno sus intenciones y la otra parte responder a estas positiva o negativamente sin dramas. Pero no, hay todo un estúpido entramado social que hace que esa cosa de la seducción se transforme en una mala canción de Arjona (¿Hay buenas?) y en mi caso a más o menos una semana de posar mis deseos en un chica me he retirado por simple y terapéutico cansancio.

Lo peor ha sido que en otras épocas, luego de ser rechazado, lo que sucedía más o menos once veces de cada diez, tenía que soportar una especie de perversa actuación de la chica en cuestión que iba desde pasar con sus novios por delante de mis narices a practicar alguna suerte de actitud sádica intentando quizás que yo me arrastre hasta que su ego explote rompiendo con mi amor propio.

Confieso que fui estúpido alguna vez, ¿Quién no lo fue? Y caí en ese absurdo de creer que si al principio no estaba interesada poco a poco podría cambiar de idea como quien se acostumbra a comer repollitos de Bruselas porque no tiene otra cosa.

Pero uno va madurando y se vuelve práctico y tenazmente arbitrario en cuanto a esto sí y esto no y como decía mi madre: “No hay tu tía”, uno ya no cae en discusiones de si me quieres, me amas o prefieres mi billetera porque simplemente ya ha pasado de ello.

Por lo tanto frente al habitual chantaje afectivo he puesto distancia con alguna que otra damisela dejándolas sin entender nada al apartarme rápidamente de su extraña forma de atraerme y no se para que carajos, la verdad.

Allí entonces me doy cuenta de que no solos los hombres somos machistas y que algunas damas esperan alguna suerte de supremacía donde les demuestre que soy un buen macho recolector, cazador y conquistador de las huestes de sus nalgas y sus senos turgentes… o no. Y están equivocadas pero confieso que me ha asombrado que la sociedad aún en aquellas señoritas muy revolucionarias, feministas y veganas tenga fuertes lazos donde los señoritos de celeste tenemos que conquistar a las niñas de rosado…de no creer pero es así.

Para peor a eso de los treinta y tres años tras la muerte de mi madre me quedé viviendo solo y aunque fue producto de una desgracia, la situación era algo que quería desde niño, porque ya con nueve o diez años envidiaba la vida de un vecino que vivía solo en su apartamento, se llevaba alguna amiga de vez en cuando pero el tipo vivía solo. Digo: “para peor” porque uno se acostumbra a vivir en soledad, a tener tiempo, todo el tiempo para uno y no tener que depender del otro, aquella querida pareja que no nos permitiría por ejemplo levantarnos a las tres de la mañana para calentar un guisado o que pasemos de viernes a lunes sin bañarnos porque pintó fin de semana hippie.

Así nos vamos poniendo viejos y maniáticos con nuestro espacio vital y ya dejan de jodernos nuestros amigos y especialmente sus esposas con que debemos encontrar nuestra: “Media naranja” y dejan de presentarnos mujeres maduras divorciadas con hijos y solamente de vez en cuando nos comparten algún almuerzo con esa amiga paciente siquiátrica que por ahí comparte nuestro gusto por los gatos, el Black metal y las películas de superhéroes.

Alguna vez tuve alguna amiga que venía a casa a pasar un par de días, teníamos un poco de aquello, otro poco de lo otro y se volvían a sus vidas, en esa época me sentí el rey del mundo pero lamentablemente siempre se terminaban encariñando y uno se asustaba y les aclaraba que estaba muy bien tal como estaba y entonces se espantan y se van. Y siempre recuerdo por esto la frase de aquel tema: “Puedo enseñarte a volar pero no seguirte el vuelo”

Así que uno un buen día se percata de que es la naranja entera y si bien podría tener una buena compañera, sabe que es muy difícil encontrar alguien que le aguante los achaques libertarios o la completa y desorganizada forma de organizar su vida, sus petates, sus cosas, su música, su ropa negra, su absoluta ausencia de sentimientos religiosos o cualquier forma de superstición.

Y por allí asistimos a una casamiento como intrusos alienígenas de una vida que nunca vimos como para nosotros y vemos que nuestros amigos cambian pañales, van al fútbol con sus hijos y sueñan con cosas que no pertenecen a nuestra pequeña y oscura galaxia de gente sola. ¿Para qué creen que se inventaron las mascotas?

 

 

Redes, destino y poder

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El Destino y el Poder
Por: Darío Valle Risoto

Una abuela y su nieto esperaban el ómnibus en una esquina cualquiera de Montevideo, el niño tendría unos ocho años. En determinado momento un camión cargado de tablones para la construcción dio vuelta la esquina, uno de los tablones se deslizó, le pegó en la cabeza al niño y lo mató.

Un hombre caminaba distraído por una vereda sin reparar en que unos obreros de una empresa de mudanzas subían un ropero a un sexto piso, sobre él el mueble se movía peligrosamente y de pronto se soltó de sus cuerdas yendo a caer justo en el lugar que hubiera estado si no se hubiera distraído porque una mariposa se le había posado en la mano izquierda. Ese detenerse a mirar el insecto le salvó la vida.

Ambas situaciones son ejemplos que luego pueden ser utilizados para analizar temas como el destino, la predestinación, la fatalidad o sencillamente la suerte o falta de ella. Más solamente son dos de las miles de millones de situaciones a las que diariamente la humanidad se somete por el simple hecho de existir y compartir un trayecto común en el tiempo.

Por lo tanto podemos decir que vivimos de pura suerte o “de pedo” como diría un amigo, más desde luego que nosotros forjamos parte importante de nuestro destino con nuestras decisiones, más no todo nuestro porvenir depende de nosotros y solamente los charlatanes que escriben libros estúpidos de auto ayuda pueden afirmar que en nuestras manos está nuestro futuro. Porque vivimos dentro de diferentes relaciones sociales que nos convierten en víctimas de decisiones aún de personas que jamás conoceremos léase: líderes, políticos, tecnócratas, banqueros, testigos de Jehová, etc.

Si bien es sencillo trazar el futuro de cualquier persona más o menos con certera idea de lo que le estará por tocar solamente con analizar su estado de nacimiento, es decir: su situación económica, país, ciudad y hasta el color de su piel, también sabemos que hay miles de excepciones a una regla sobre la vida de los hombres que es tan realista como infame.

Pero las excepciones confirman la regla de la supervivencia donde los que nacieron privilegiados seguirán siéndolo y los que están en el fondo del tarro de la vida no tienen ninguna oportunidad. Para eso el hombre antiguo inventó las religiones que prometían la salvación de esta vida de penurias y necesidades, para eso el hombre fabuló que era posible un paraíso donde tendrán oportunidades los millones de desposeídos de la tierra. Los sueños impulsaron gran parte de las civilizaciones del mundo, los sueños de trascendencia les sirvieron a amos y esclavos para mantener un status quo inspirado en la ley de la propiedad que dice que los objetos, tierras y personas les pertenecen a ciertos seres humanos en demérito de la mayoría.

Siempre los poderosos se sirvieron de un poder simbólico e inexistente en la propiedad de las cosas, la ignorancia y el miedo hicieron que llegáramos a este mundo donde un 7% de la humanidad ostenta más riquezas que el 93% restante. Banqueros, capitalistas, estrellas del deporte, Marajás, Príncipes, Reyes y un desfile de seres inconcebibles para un mundo racional viven usufructuando los alimentos, lujos y riquezas que la mayoría de la humanidad ni siquiera imagina.

Hoy tenemos a unos cuantos relativamente jóvenes millonarios dueños de empresas que ostentan la propiedad digital de las redes sociales, esto significa que poseen el password para dominar todo aquello que encontramos en las redes y como dioses celestiales se arrogan el derecho de bloquearnos, hacernos desparecer o hasta de enviarnos a la cárcel. Se embolsan miles de millones de dólares por publicidad que casi nadie mira y a la mayoría nos importa un reverendo rábano pero así, con cosas intangibles se han hecho inmensamente ricos y poderosos al punto de que ya no son las transnacionales las que mandan sino los imperialistas de las redes de información que bien pueden ser más de lo mismo.

Quiso entonces la suerte que estos genios de la informática tuvieran excelentes ideas y cobraran merecidamente por ello pero también se guardaron el derecho a decidir que si y que no en un mundo donde las redes subterráneas entrelazan planes terroristas mientras ellos nos bloquean por colgar una foto donde una señorita muestra un pezón. Los derechos de autor nunca fueron más torcidos cuando todos tenemos la capacidad de conseguir gratis todo tipo de obras literarias, películas, series, volúmenes, compendios, enciclopedias, catálogos, índice de chicas playboy y medidores de audiencias truchos.

Bien por ese destino que ha universalizado el saber al bajo precio de la necesidad que hace que si cuelgo chicas provocativas en mi blog tenga muchas más entradas que si subo cosas como este artículo. Ya sabemos que es mejor mirar una “Hustler” que leer a Shakespeare pero por favor que lo primero no sea lo único.

Así que seguimos enredados en las redes presos de aquel destino mariposa que salvó a un tipo mientras el niño murió con un golpe de mala suerte en alguna esquina de mi país y eso ni la mejor era digital lo puede curar. A fin de cuentas parece que todo es cuestión de suerte.

 

 

Confesiones de un escritor de máquina

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Confesiones de un escritor de máquina
Por: Darío Valle Risoto

Sentía un verdadero placer en escribir a máquina, todo el proceso de poner la hoja: centrarla, asegurarla y preparar los dedos sobre el teclado “Qwerty” para comenzar a imaginar historias. El sonido de las teclas golpeando el carrete entintado no tiene igual, nada se le parece, la computadora no es lo mismo, el ordenador ofrece mil ventajas en comparación pero ha perdido aquella magia de sentirse un Hemingway, ahora solo parezco una empleada de una casa de créditos a sola firma.

Recuerdo aquella película, no el nombre ni cual era pero la situación era inefable: la hija tenía el ordenador roto y el padre le trae una máquina de escribir y ella al rato le dice que ya hizo su trabajo pero no sabe donde quedó guardado, cuando el papá va a la máquina resulta que había escrito sin colocar una hoja.

Guardo más o menos medio metro de alto de biblioratos con cuentos, artículos, novelas inconclusas y otros disparates y me cuesta ponerme a intentar releerlos y desde luego pasarlos a este formato digital, imagino que cuando muera que no será en mucho tiempo alguien los tirará o en el mejor de los casos alguien los lea, no sé, nunca se sabe, tampoco soy Kafka.

La pregunta sería el porqué uno escribe, algunos escribimos y muchos no, hay una suerte de don que tenemos aquellos que intentamos a través de la escritura comunicarnos con los demás y algo de timidez ante un mundo que difícilmente nos comprenda a los soñadores que tenemos un enorme placer de mentirnos relatos para que la existencia tenga algo más interesante que ser la citada empleada de la casa de créditos que teclea todo el día la grisura de una vida de finanzas y frustraciones.

Y con los años el sueño de editar algo se me ha ido disipando aunque cada vez que veo un patético libro sobre la vida de un jugador de futbol me siento realmente mal pero de eso se trata el mundo, de contactos y ocasiones a los que nunca pude acceder. Por lo tanto aquella vez hace como treinta años en que me tocó trabajar en la edición de un libro de poemas que una señora gorda y adinerada se había autofinanciado comprendí que todo es cuestión de dinero. Aquellos poemas simples, estúpidamente edulcorados y patéticamente claros eran el producto de alguien que solamente tenía dinero y suerte… que vienen a ser más o menos lo mismo.

Ni lo uno ni lo otro tengo y para peor carezco de esa cosa de relaciones públicas de hacerse de los amigos ideales porque la gente en realidad me gusta muy poco y menos los que se creen importantes. Cómo aquella pareja de venerables ancianos que fue a aquel taller literario al que asistía hace un par de siglos y entonces los vejetes nos dan una clase de lo que es la literatura mientras yo me imagino a un alienígena que entra abruptamente por la puerta y los reduce con un rayo “Mierdificador”, hasta que me despiertan destruyéndome un poema en que puse una palabra para ellos incorrecta.

Habían editado algunas cosas terribles pero las tenían como formato orgulloso de que si es posible en este mundo imprimir cualquier cosa si uno tiene los ya mencionados dineros y contactos, a veces con ambos se pueden hacer maravillas, hasta editar la vida de un absurdo jugador de futbol.

También hay un famoso nerd uruguayo que ya tiene editados como cuatro o cinco libros infames de un humor que solíamos tener allá en el liceo por el setenta y seis pero el tipo vende porque sabe hacerse de amigos y seguro se ha pagado alguna hamburguesa que otra. No le tengo envidia, nada de eso pero la verdad a veces creo que la mejor universidad de este país es una murga. La escuela de la calle a la que todos citan cuando se creen que ser un ordinario popular es mejor que un creativo anónimo… probablemente ellos estén en lo cierto.

La máquina de escribir tenía el encanto de lo mecánico antiguo, aquello que hemos perdido ganando tiempo y perdiendo el romance de lo mecánico a por lo digital, no digo que escribir en esto no sea mejor, ahora puedo cortar, pegar, cambiar, retocar y componer y descomponer a mi gusto y antes solo tenía un corrector que pintaba la hoja de blanco o con un lapicero hacía un círculo alrededor de un párrafo, lo numeraba y ponía tal número donde creía que debía quedar mejor. Por lo tanto esa montaña de hojas escritas a máquina debe tener también cierto valor pictórico si se me permite por aquello del arte moderno.

Alguna cosa edité por aquí y por allá, algo de materiales digitales pero no hay caso, no sirvo, me suelen echar de revistas de las que nunca me han llamado y generalmente estos tipos que convidan hamburguesas están en mi lugar porque manejan mejor las relaciones públicas que un servidor, tampoco me desalienta tanto como saber que si tuviera el valor y el estómago de escribir la vida y obra de aquel zaguero izquierdo que llegó a ganar la copa Concacaf con solo una pierna tal vez entonces recibiría los galardones que creo merecer… ¿O no?