El Retorno de Yith 4

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El retorno de Yith: capítulo cuarto
Por: Darío Valle Risoto

Estaba sentado casi frente al hotel. La muchacha salió a tirar agua en la calle, seguro estaba baldeando los pisos de baldosas blancas y negras en damero del hall de entrada. Paul levantó una mano saludándola, ella pareció no verlo.

__ Ariadne es hermosa, realmente. ¿No le parece? __Dijo el hombre ciego.
__ ¿Cómo se dio cuenta?
El viejo se empinó el resto de su botella de cerveza sonriendo.
La muchacha volvió a entrar al hotel, evidentemente cojeaba pero a esa distancia casi no se le notaba la joroba.
__ ¿Es hija del dueño?
__ No, es su nieta, cuando murieron sus padres, la trajeron desde Seattle, recorrieron medio país para deshacerse de la renguita… unos hijos de puta. Pero Yith les dio lo que merecían. Cuando regresaban a su ciudad se cayeron con camioneta y todo por el barranco en las afueras de Marble Hall, ambos decapitados por el parabrisas. El cinturón solo sirvió para sujetar los cuerpos pero las cabezas rodaron por ahí. __Lanzó una carcajada tan contagiosa que Paul se rio también con cierta culpa.

__ Creo que soñé con ella, pero no me atrevo a contarle lo que soñé, no quiero parecer un hombre indecente.
El anciano cerró los ojos, manoteó el bolsillo de su camisa y comenzó a armarse un cigarrillo, evidentemente a pesar de ser ciego era ducho en el armado además de darse cuenta de muchas cosas.
__ Bueno, creo que es hora de irme a dormir. __Agregó el anciano tras encender su cigarrillo y llenar el aire de un perfume ocre.
__ Fue un gusto conversar con usted.

Paul cruzó la calle, ya no tenía dudas de que su misión de viajar a Portland había quedado abandonada por algo que le era imposible de definir, sentía la sensación de que una voz antigua, ancestral, casi olvidada le obligaba a quedarse allí para siempre. Él “para siempre” en su cabeza le hizo sentirse mareado y no bien entrar al hotel se sentó en uno de los viejos sofás delante de la estufa a leña que permanecía apagada.

Los pisos aún estaban húmedos, evidentemente la muchacha había limpiado, la vio detrás de una gran mesa secándolo con un trapo sucio que de vez en cuando retorcía sobre un balde metálico. Su abuelo leía sin siquiera inmutarse de que ella llevaba la escoba, el balde y el trapo con la clara dificultad de ser renga.
__ ¿Te ayudo?
__ No, gracias, estoy acostumbrada. No estoy enferma.
__ Por supuesto que no, solamente que estoy aburrido y podrías mostrarme el pueblo si terminamos antes. __ Ella levantó el rostro, era realmente bella, algo difícil de describir, como si las deformidades de su cuerpo fueran el pago maldito de tener una mirada de ángel y una sonrisa de otro mundo.
__ Espéreme afuera dentro de una hora porque mi abuelo no me dejaría salir con usted, así que me tengo que escapar. __Un sonrisita maliciosa iluminó su rostro ya radiante.

Paul subió a su habitación, se sentía eufórico, extraño, era como si fuera a tener una cita con una enamorada, con una mujer hecha y derecha pero esa muchacha renga y jorobada era casi una niña. Debería sentirse culpable y sin embargo se cambió de ropa, nervioso y con unas ansias insoportables de estar con ella.

El abuelo cerró su eterno diario y caminó hasta la cocina, un hombre negro y extremadamente alto trozaba un cerdo sobre una mesa manchada de sangre. Era Nick, solo “Nick” el cocinero multiuso del hotel y único confidente del dueño.
__ Se va a encontrar con el extranjero, todo vuelve a repetirse.
__ De eso se trata ¿No?, para eso le servimos al señor de los océanos.
__ Lo sé hermano Nick, pero creo que en esta ocasión Ariadne mira con otros ojos al extraño, creo que está enamorada.
__ Ya tiene quince años, está en hora de tocar a un hombre y usted sabe que nunca me quiso por más que le he regalado muchas cosas.
El hombre se rió a carcajadas, abrió una vieja heladera General Electric y sacó una sucia botella con vino blanco, sirvió en dos vasos bastante opacos y le alcanzó uno al negro enorme que dejó su cuchilla a un lado, se limpió las manos en su delantal y tomó un largo sorbo.
__Ariadne tiene mejor gusto que un negro feo como tu hermano.
Nick abrió su gran boca coronada de enormes labios gruesos y mostrando la ausencia de varias piezas dentarias lanzó una carcajada.

El hombre ciego dio vuelta la calle seguido por su fiel perro bulldog hasta que tanteando con su palo a forma de bastón encontró el árbol que le indicaba que exactamente a cuatro pasos estaba la entrada de su rancho.
Lo recibió una mujer mucho más joven que él con rasgos indígenas, era su esposa, su enfermera y su amiga.
__ ¿Se emborrachó de nuevo?
__ Para nada Samantha y ya te he dicho que soy mayorcito y me puedo mamar cuantas veces se me antoje, no seas tan castradora.
__ No sé qué significa: “Catadora”
__ “Castradora”: quiere decir que me cortas las bolas cada vez que me hechas en cara que tomo licor o cerveza o que fumo peyote. Quiere decir que un hombre con los huevos bien puestos es dueño y señor de envenenarse cuanto se le antoje. ¿He sido claro?
La mujer siguió lavando la ropa en un latón enorme de aluminio, su marido entró a la única habitación, la de ambos. Allí manoteó un viejo libro que siempre descansaba sobre un parador. Encendió dos velas, cada una a su lado, pasó las manos para comprobar el calor y luego deslizó sus manos sobre las páginas abiertas.
En su mente se comenzaron a dibujar extraños grabados muy familiares para él.
__ ¿Has tocado el libro? __ Le gritó a su mujer.
__ ¡Dios me libre!, Usted sabe que soy evangélica.
__ ¡Evangélica mis cojones! ¿Acaso eres hija de la biblia cuando te la estoy metiendo por atrás?
__ Usted es un grosero.
__ Ja ja ja ja

Paul bajó al amplio hall del hotel, se había arreglado lo mejor posible, incluso se había puesto el perfume que solo usaba en juntas de negocios y que llevaba para su reunión en Portland. Pero ahora solamente quería volver a ver a la muchacha, era como si algo lo obligara a estar cerca de ella o morirse.
Nadie estaba al costado del hotel, solamente dos perros que se tironeaban un trapo sucio, más allá, bien atrás había un sauce llorón del que colgaba una vetusta hamaca casera, pensó en que Ariadne debería jugar allí justo cuando escuchó unos débiles pasos a su espalda.

__Espero no haber demorado mucho, el abuelo está con Nick en la cocina, de seguro se van a emborrachar y terminarán dormidos.
__ ¿Nick?
__ Es el único empleado del hotel, lleva años con nosotros, lo conozco desde que me trajeron mis padres… Bueno aquí estoy.
Parada y vista de frente nadie pensaría que levaba una triste joroba y que era coja, sin embargo: ¿quién puede asegurar que hay belleza completa o que está necesariamente debe ser como todos piensan?
__ Me gustaría caminar contigo, este pueblo me ha despertado una extraña sensación de que lo he visitado antes.
Ella caminó a su lado, pasaron el sauce y dejaron la parte trasera del hotel tomando un camino de tierra. De pronto Paul comprobó que ella ya no cojeaba y al mirar sus piernas vio que llevaba una bota especial en la más corta.

Continuará.

El Retorno de Yith 3

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El retorno de Yith: capítulo tercero
Por: Darío Valle Risoto

Nunca habían visto hombres blancos. cuando Ogumba llegó de su viaje a la costa cubierto de sudor y se postró de rodillas a contarle al rey de su hallazgo fue difícil creerle. Pero Ogumba era un guerrero de respeto, era el único que había matado a tres leones en toda la historia de la tribu.

__ Son hombres como nosotros pero tienen la piel del color de los frutos del árbol “Goki”, más claras aún y sus cabellos también son extraños, se mueven con el viento. Visten con pieles de animales desconocidos para mí. Todo es cierto señor, bajaron de grandes embarcaciones y se quedaron en la costa observando a la espesura, creo que no fui visto pero tuve que huir cuando se internaron por el este, creo que vienen en esta dirección.

Dos días después el primer cañón despertó a la tribu y los extraños cayeron como moscas sobre el ganado. Eran hombres los hombres blancos armados de truenos y fuego comenzaron a atar a los hombres y mujeres más jóvenes y mataron el rey. Al mediodía la tribu diezmada fue reducida a un par de cientos de prisioneros amarrados unos a otros mientras sus chozas ardían y cadáveres por aquí y allá evidenciaban que no habían tenido oportunidad.

Ni un solo hombre blanco fue muerto o herido, el factor sorpresa tomó a la tribu Aganti desprevenida y los esclavistas se hicieron con un buen botín. Ahmed recibió una bolsa de monedas de oro, veinte monedas para ser exactos de manos del segundo al mando del capitán Fergus Stocard.

Al atardecer Ahmed llamado: “el guía” y sus hombres se quedaron en tierra con el oro y algunos esclavos propios mientras que el bergantín: “Libertad” levó anclas rumbo a las tierras de América.

Alumbrado con los candiles de aceite el capitán repasaba el recuento de esclavos para vender en el nuevo mundo, eran un total de trescientos veintinueve hombres y mujeres de menos de treinta años promedialmente, algunos niños, un tercio de mujeres… ningún anciano.

Jeremahia y dos hombres golpearon a su puerta y le trajeron a una negra joven y desnuda que miraba no con miedo sino con gesto altivo a sus captores. Le notificaron que era la princesa Kanague y que se resistía al punto de que pensaban que era mejor tirarla por la borda.
Fergus la miró de arriba abajo y comprendió inmediatamente que estaba frente a una mujer no solo de singular belleza sino de espíritu indomable que no iba a ser fácil de cambiar. Pero el viaje era largo y era bueno tener en que entretenerse.

Paul caminó por la calle principal de Greenville y se detuvo en la sucia plaza, unos niños corrían detrás de un perro flaco y le arrojaban piedras, el último de ellos era aquel que había visto masticando una serpiente al llegar al pueblo. El muchacho de rostro plano, cabeza abombada y ojos de sapo lo miró y luego sonrió.

Encontró un diminuto bar donde pidió una cerveza que afortunadamente estaba suficientemente fría. Afuera se sentó en una dudosa banca de maderas despintadas que alguna vez fueron verdes. Junto a ella estaba un hombre ciego en una mecedora con un perro bulldog durmiendo a sus pies. El hombre ciego tenía los ojos completamente blancos, vacíos, llevaba un sombrero de paja casi deshecho y pitaba de una pipa de marlo.

__ Es nuevo por aquí, tiene un perfume que desconozco caballero. Yo soy Felipe Desmoines, para servirle si es que puede un viejo ciego servir de algo.
__ Paul Stocard, llegué y estoy esperando regresar a Portland por mi trabajo pero se ha tornado complicado.
__ No es fácil marcharse de este pueblo muerto, yo lo hice en el diecisiete para ir a la guerra que me devolvió sin vista pero no me quejo. Dios nos quita pero también nos da desde las insondables profundidades del cosmos. __Sonrió.
__ Interesante. __Paul bebió de su cerveza, estaba buena, era lo mejor que le había pasado desde que había llegado a esa mierda de lugar, a menos que el sueño de sexo pudiera calificar como bueno o…
__ ¿Me dijo Stocard?, La vida es sorprendente muchacho, hubo algunos Stocards en la casa de la colina hace como cincuenta años, eran adoradores de Yith, buena gente aunque no fueron comprendidos en su tiempo, este pueblo solía estar habitado por gentes muy ignorantes que desconocían al rey de los océanos.
__ ¿Yith?
__ No me haga caso, no hace falta, son cosas que un viejo recuerda pero usted que viene del mundo de afuera no necesita conocer, es una vieja leyenda sobre la creación del universo, de la vida misma, no me haga caso.
__ Tengo tiempo.
El viejo sonrió y bajó una mano para acariciar al perro. Paul le pidió dos cervezas más al muchacho del bar, prontamente se las trajo, por suerte bien heladas.
__ Gracias por la cerveza. ¿Por dónde quiere que empiece?
__ Por donde usted prefiera. __Le dijo sintiéndose realmente bien, tal vez por el alcohol, el sexo o la sensación de que de pronto el pueblo no le era ni tan extraño ni tan aterrador.

__Antes todo era agua, el universo era todo de agua pero hubo algo, una burbuja de aire que nació de la nada, tal vez fue el aliento de un dios primordial, nadie lo sabrá jamás pero esa burbuja hizo necesario que la gran masa de agua se retirara dejando a la vista los mundos, las tierras, los soles, todo este alboroto universal. __ Paul no pudo evitar sonreír y aunque el viejo era ciego sintió vergüenza de que se diera cuenta de ello. __Pero en el agua habitaban los dioses de Yith, Yith y su cortejo de primordiales, seres mega gigantescos que dejarían al universo del tamaño de un grano de maíz. Aún así fue necesario crear a los hombres para evitar milenios de zozobra entre las bestias de la tierra y de las profundidades. Es así mi amigo Paul, los hombres fuimos creados para gobernar a las bestias pero a su vez somos esclavos de Yith aunque no lo sepamos, todos somos hijos de un deseo, la concreción del sueño retorcido de un mega dios gigante.

Hace unos cientos de años un tal Fergus Stocard trajo esclavos a estas tierras americanas y se casó con la reina Kanague, una negra de una tribu del áfrica profunda que civilizó a fuerza de latigazos y largas lecturas de la Biblia. Algunos dicen que ella se sometió para que no tirara al mar a sus hermanos y que le dio siete hijos todos blancos como si su sangre nunca hubiera querido mezclarse con la del usurpador.
__ Algo me contó mi abuela de esa leyenda sobre mi ancestro, nunca la creí del todo.
__ Créala muchacho porque es cierta, usted tiene sangre africana en las venas y por consiguiente es probablemente un descendiente directo de Yith y por lo tanto todo este pueblo, yo y hasta este perro le debemos total respeto.
Paul lanzó una carcajada en el mismo momento en que nubarrones extraños cubrieron las colinas y comenzó a llover tempestuosamente, como si las palabras del anciano ciego hubieran soliviantado a la naturaleza.
__ Yith está disgustado conmigo. ¿Pero qué puede hacerme a estas alturas? Pídame otra cerveza y le sigo contando mi querido amigo.

Continuará.

El Retorno de Yith 2

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El retorno de Yith: Segundo capítulo
Por: Darío Valle Risoto

__Me llamo Paul Stocard y soy descendiente de los Stocard de Boston, ya lo sé, no es un linaje muy bueno si tomamos en cuenta que nuestra fortuna se hizo vendiendo esclavos pero en defensa de mis ancestros diré que eran los esclavistas más humanos que había en aquellos años.
__ ¿Y eso que significa?, Explíquese por favor.
__ Bueno, dicen que en 1761 cuando abolieron la esclavitud en Portugal mi tátara abuelo: Fergus Stocard fue de los primeros en aceptar el cambio de política y dejó libres a todos los esclavos de sus plantaciones en América, claro que…
__ ¿Claro que qué?
__ Bueno.__ Paul sonríe__ Resulta que los pobres negros no sabían hacer otra cosa y a fin de cuentas el tomarlos como empleados fue un negocio mucho más redituable porque ya no había que darles de comer o ayudarlos a criar a sus hijos… negocio redondo diría yo. Perdón por lo de: “pobres negros” pero… usted me entiende.
__ La verdad que no demasiado, pero prosiga, me parece interesante su historia.
__ Bueno, Fergus en uno de sus últimos viajes quedó prendado de una princesa Nubia que fue atrapada en el áfrica profunda y tras cierto tiempo la pudo civilizar y casarse con ella por medio de la iglesia episcopal del nuevo mundo. Así que así como me ve, corre sangre africana por mis venas.
__ Supongo que de allí viene esa predilección por las artes oscuras, la nigromancia.
__ Supone bien, aún así hay historias de Fergus de toda su vida, decían que había pactado con el rey Yith, una entidad del fondo del mar para que sus travesías cruzando el atlántico fueran productivas, pero todo tiene un costo, claro.

Paul se despertó totalmente cubierto de sudor, era tarde, había dormido toda la noche en esa incomoda cama del hotel Davenport. Por consiguiente había perdido toda esperanza de llegar a Portland a tiempo y quizás ya ni trabajo tenía.
Se restregó los ojos, las cortinas cubiertas de mugre y polvo parecían pieles humanas colgadas para tapar un cielo gris y plomizo y un sol moribundo.

Se sentó en la cama, había un olor a humedad insoportable. Pensó en su pesadilla, en el recuerdo de aquella conversación con su analista sobre el linaje de su apellido, pensó en que tendría que ver eso con lo que ahora le tocaba vivir en ese lugar de mierda apartado de todo atisbo de modernidad.

Bajó a desayunar, afortunadamente era el único huésped del hotel. La muchacha le trajo té y un par de croissants más un pote con manteca y algo de crema. Le pidió azúcar y se sintió culpable ya que su renguera le impedía caminar rápido. Un hombre viejo, de seguro su padre o abuelo, bajó las escalera y la agredió verbalmente para que se apure. Lo miró sin expresión y se fue detrás del mostrador a leer un periódico manoseado.

La muchacha le trajo un recipiente de forma extraña con el azúcar.
__Muchas gracias… sobre el auto que podría rentar… __La muchacha miró al hombre viejo, indudablemente era el abuelo y el dueño del auto. Paul se presentó, de pie fue a darle la mano pero el hombre apenas si lo miró sin dejar su periódico.
__ Imposible, está totalmente acabado, es un studebaker del 51, imposible.
__ Muchas gracias igual, de todas formas ya es demasiado tarde, perdí mi junta, así que ya ni modo, ni siquiera pude llamar por teléfono.
__ El hombre sacó un viejo teléfono de debajo del mostrador. Paul se golpeó la frente: __ ¿Por qué no lo había pensado antes?

No todo estaba pedido una secretaria le informó que la junta se había pospuesto una semana porque aún no había terminado la fusión de su compañía de prensa con el consorcio inglés y que le habían avisado a todos menos a él porque no lo habían podido localizar.
__ Sí, estoy en Greenville, no estoy lejos… supongo. __Del otro lado cortaron sin despedirse.

__ Al mediodía mañana el señor Larson llevará unos corderos a la granja Monegal, el hijo tiene una camioneta, podría acercarlo a la carretera y allí tal vez alguien lo acerque a su destino. __Le dijo la muchacha.

El abuelo cerró el periódico y lo puso con firmeza sobre el escritorio y miró a su nieta de arriba abajo y luego al cliente, después escupió en uno de esos recipientes de plata y se retiró.
__ ¿Cómo te llamas niña?
__ Ariadne.
La muchacha sonrió apenas y apenas eso pareció iluminar el cochambroso hotel y toda la comarca.

Paul volvió a subir a su cuarto, abrió las ventanas, un aire enrarecido penetró con olor a tierra mojada, humedad y pastos amarillentos. Era como el aroma de una vieja granja donde todo se había podrido por acción del abandono.
Se sentó en la cama y volvió sentir un sueño que lo obligó a quedarse atravesado en la cama, somnoliento.

Alguien entró a la habitación. Sin sus lentes y casi dormido vio una débil figura, una silueta de mujer que se quitaba el vestido, algo lo rozó en las piernas, algo comenzó a subir por ellas como si fuera una suerte de juego de tentáculos. Un rostro angelical se puso delante del suyo y lo besó en los labios.
Le bajaron el pantalón, sintió algo frio, húmedo y un intenso olor a agua marina, a sal, a yodo. El frio de unas algas cayó sobre su pecho pero también había dos pechos de mujer casi blancos, turgentes.
Palpó una espalda, sintió la protuberancia de su joroba y se dio cuenta de que era la niña del hotel pero no actuaba como una niña sino como una mujer experta y deseosa de ser penetrada.
__ ¿Es un sueño?
__ Es un sueño.
__ ¿Estoy soñando entonces?
__ Entonces.
__ ¿Qué me pasa?
__ No te muevas y terminaremos rápido.

Se despertó en ropa interior, se sentía realmente bien, como si hubiera bebido un litro de café. Era cerca del mediodía, bajó a almorzar. La muchacha le sirvió un bistec casi crudo con puré de papas y jugo de manzanas.
No recordaba si había soñado pero si sentía que de haberlo hecho estaba relacionado con la joven, una suerte de culpa lo cubrió. Ella tenía un vestido verde con margaritas estampadas. Se alejó rengueando, antes de meterse en la cocina dio la vuelta y lo miró con un dejo de tristeza.

Solo le quedaban veinticuatro horas para sobrevivir a ese raro pueblo de Greenville. Salió a la calle para bajar la comida, se sentía satisfecho pese a que el bistec estaba demasiado crudo y el puré no tenía sal, además el jugo de manzana era demasiado amargo. Después de todo su almuerzo estaba acorde al obtuso paisaje que se desplegaba ante sus ojos asombrados.

Se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo. Delante de él había una calle principal, si se podía llamar así, más allá una plaza cubierta de malezas con aquel monumento que horas antes le había sobrecogido.
Poco a poco al sentir una suerte de brisa con aire marino comenzó a recordar a una mujer encima. Los tentáculos, los jadeos y su eyaculación.

Continuará.

El Drama de Fonseca

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El Drama de Fonseca
Por: Darío Valle Risoto

Mauricio cierto día descubrió que escuchar conversar a Fonseca con Cabral a la hora del descanso era mucho más interesante que ponerse a ver bobadas en su celular. Había elegido un buen lugar en el frente del taller gráfico donde trabajaban medio de lado al muro donde se solían sentar el muchacho y el veterano para almorzar.

Así que tratando de parecer distraído, incluso haciendo como si mirara su móvil escuchaba entre divertido y asombrado los consejos que el veterano Cabral le daba al muchacho, generalmente como los de aquel día sobre el amor y sus circunstancias.

Luis Fonseca tenía una novia que se llamaba Mónica, una chica simpática que a veces lo venía a buscar al trabajo, pero ahora Mauricio se enteraba que la chica era un tanto particular tanto que el muchacho estaba pensando seriamente en dejar la relación.

__Estoy pensando en largarla antes de volverme uno de esos tipos raros amanerados con olor a flores que joden con los guerreros del arcoíris y la era de acuario y tener que vivir comiendo hamburguesas de porotos con cara de que ando respetando la fauna y amo la flora. __Había dicho mientras comían biscochos y tomaban mate con su compañero.

Mauricio escucho a Cabral siempre pensativo y dispuesto a dar una mano. más viejo que el resto de los operarios era como una especie de consejero sobre prácticamente todos los temas.

__ Te hubieras quedado con la Shirley, al menos la gorda casi no hablaba y según vos todo bien en la cama. __ Le largó tras cebar de nuevo un amargo y pasándoselo.

Luego recordaron que tenían diferencias sobre los cuadros de futbol de sus amores: ella era de nacional y el de Peñarol.

__ Irreconciliables. __Había dicho el muchacho y Mauricio casi hace que se le caiga el tupper que su esposa le había puesto con fideos con queso. Extraña palabra para un pibe de no más de veinte. Se dijo.

No quería reírse pero era cómico pensar en que los hombres encuentran escusas insólitas tanto para amar a las mujeres como para salir corriendo lejos de ellas. Bebió un trago de refresco y en ese momento el timbre les indicó como siempre a las doce y media que había que volver al yugo.

Antes de entrar a su sección escuchó el último punto de vista del viejo Cabral hacia el entuerto de su compañero.
__ Mira chiquilín, después de todo si tu novia es Vegana no es para tanto, mi primera esposa era Boliviana y la segunda Brasileña, la última creo que de Cerro Largo, después de todo cualquier cosa que se vaya a quejar a su embajada.

FIN

Continuado con el tema de los diálogos ahora vemos diálogos indirectos que se producen a través de un narrador que intenta recrear aquello que recuerda de una conversación. Por lo tanto esta es una derivación del relato anterior: “Mejor quedarse solos” donde el diálogo era directo, en este caso tenemos a un narrador testigo que nos cuenta sobre el mismo tema pero desde otro ángulo. Desde luego que también podríamos hacer lo propio con alguno de los protagonistas: tanto Cabral como Fonseca contando o pensando en la misma situación.

Mejor quedarse solos

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Mejor quedarse solos
Por: Darío Valle Risoto

__ Flaco: vos que sabes un toco de mujeres. ¿Te puedo hacer una pregunta?
__ A tus órdenes Fonseca.
__ Me gustaría saber: ¿Hasta dónde puede llegar un pibe como yo para conquistar una mina?, Porque todo venía bien con Mónica hasta que anoche salimos y me llevó a ver a un tipo de esos raros… un gurú, curandero o chanta para describírtelo mejor.
__ ¡A la pucha!, Cuando se ponen transcendentales es peor que cuando quedan embarazadas.
__ Mira que la quiero a la piba, coincidimos en pila de cosas: a los dos nos gusta Jaime Ross, los dos nos deprimimos con Fernando Cabrera, los dos leemos a Benedetti y odiamos a Onetti, a los dos nos gusta el vino en caja, pila de cosas flaco, pero anoche me dejó de cara con el tal maestro de la astrología la cábala y no sé cuantos chiruflines más.
__ Por ahí es solo una etapa y después vuelve a la normalidad, como quien se fuma un porro.

__ Puede ser, pero ahora me explico el olor a incienso de su cuarto y esos cuadros que ella llama Mandalas y son una mierda y esa cosa de no comer carne y mirarme con asco cuando me zampo un choripán con picantina y después no me quiere ni tocar.
__ Bueno, tampoco podes esperar que sea toda como vos porque sería horrible, después de tres matrimonios o ajuntadas te puedo asegurar que no existe una mujer toda para uno y que hay que andar tolerando y mintiendo para llevarlas por buen camino.
__ No se flaco, estoy pensando en largarla antes de volverme uno de esos tipos raros amanerados con olor a flores que joden con los guerreros del arcoíris y la era de acuario y tener que vivir comiendo hamburguesas de porotos con cara de que ando respetando la fauna y amo la flora y la cantimplora.

__ Te hubieras quedado con la Shirley, al menos la gorda casi no hablaba y según vos todo bien en la cama… si no la rompía antes.
__ No me cargues flaco, con la Shirley teníamos un tema irreconciliable que más tarde o más temprano nos iba a llevar a la violencia explícita, ¿Ya te olvidaste?
__ Ah, sí, ahora me acuerdo, la gorda es de Nacional.
__ Y yo más manya que Sanguinetti. Irreconciliables flaco, peor que volverme vegano sería vivir con una gallina que me quería llevar al Parque central todos los domingos.
__ Mejor quedate solo Pedro.

FIN

En el taller este sábado dimos el tema de los diálogos: como se presentan, si son directos o indirectos, si es necesario separarlos por guiones, rayas o lo que sea, si se pueden evitar o no, si podemos detectar quien dice que cuando no hay separaciones como por ejemplo en un guion de teatro o cine que vienen precedidos de los nombres de los personajes, etc.
Por lo tanto la tarea fue escribir un diálogo breve entre dos personas, el que con gusto comparto con ustedes mis amigos.

Nota del autor: “Gallinas” es el seudónimo de los hinchas del Club nacional de Fútbol y  “Manyas”el de los hinchas del Club Atlético Peñarol, ambos son los dos cuadros más importantes del fútbol Uruguayo.

La casa y Amanda

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La casa y Amanda
Por: Darío Valle Risoto

Mi novia Amanda tenía un vínculo muy estrecho con la casa de sus abuelos. La casa era enorme y alguna vez supo ser el corazón de un gran espacio habitado por árboles y plantas pero terminó asfixiada entre edificios modernos que la fueron cercando como gigantes hambrientos de modernidad y brillo.

Era de tres pisos de alto, cuatro si tomamos en cuenta las dos torres y el ático que ocupaba todo lo largo y ancho del techo y que Amanda temía tanto como el sórdido sótano donde se guardaban muebles viejos y recuerdos más antiguos aún.

Tres arcadas daban paso a la puerta principal que se veía en medio a dos aguas y con una aldaba con forma de mano para golpear para ser atendido, las otras dos arcadas adornaban amplias ventanas de rejas con dibujos de hierro que mostraban ángeles y enredaderas.

Había un salón o hall de entrada con más de cien cuadros que llegaban a los techos altos, todos retratos familiares de un árbol genealógico iniciado en Europa que supo pasar por México y terminar en Uruguay. Los Mendizábal – Pereda eran una familia que hizo su dinero con la venta de esclavos en el siglo dieciocho pero se ufanaban de una solides cristiana y un abolengo de rancia estirpe taurina.

El salón tenía una doble escalera que anunciaba pisos altos con habitaciones interminables de techos abovedados, empapeladas desde sus pisos de madera a sus cielos rasos y con muebles que deberían valer una fortuna amén de lámparas de oriente y ropa de cama de finas telas de Turquía.

Amanda pasaba sus vacaciones allí y dormía con la luz prendida lo que no evitaba que sintiera todos y cada uno de los ruidos de esa enorme casa que como un siniestro castillo parecía devorar a quienes se tomaran el atrevimiento de vivir allí. Pese a todo le encantaban aquellos vitrales cristianos cuando solía ir a jugar a la pequeña capilla que se encontraba entrando a la izquierda antes del acceso al sótano que también le despertaba un terror dérmico.

El salón era a su vez comedor, sala de lectura y en el sector derecho una biblioteca de miles de libros, en su mayoría de crónicas de viajes o tratados de biología y medicina. La casa por fuera y por dentro supo ser blanca pero se fue tornando gris a más de cien años de existencia. Cómo grises se fueron pintando los pensamientos de sus cada vez más escasos ocupantes hasta que la abuela murió, la escasa servidumbre se fue y por fin quedó librada al abandono contemporáneo tan habitual en una sociedad que se reciente de su historia.

Cuando Amanda cumplió los once años se animó a subir a una de las torres y con espanto comprobó su aterrador museo de mascotas disecadas incluyendo a “Sultán” el Bóxer que tanto había amado y ahora entre aves, gatos y monos parecía el rey de un mundo inmóvil y silencioso.

La otra torre no era menos porque atesoraba miles de vestidos de diferentes épocas y dos maniquíes que parecían mirarla de arriba abajo con quien sabe que tortuosas intenciones. Demás está decir que jamás volvió a visitar las mismas.

La casa tenía sus ventanas enrejadas, bajorrelieves extraños coronaban la azotea con formas de gárgolas, ángeles desnudos y monstruos marinos, según ella las habían traído de Italia y las había esculpido un artesano loco que después se mató prendiéndose fuego en una buhardilla de París.

Nunca llegué a conocer la casa pero cada detalle hizo carne en mi ya que Amanda nunca pudo desligarse de su recuerdo, algo le había pasado allí además de lo que les cuento que la había marcado para siempre. En el año mil novecientos noventa y dos fue finalmente demolida y hoy en esa esquina donde respiraron sus muros yace un gran edificio de ladrillos con una moderna entrada y una cochera fabulosa.

Suelo pasar por allí y no puedo olvidar a Amanda que murió tiempo después que la casa y me suele pasar a menudo que al mirar donde estuvo esta construcción me parece verla entre las brumas de la memoria o habitando una dimensión donde nada se destruye sino que pervive para siempre.

FIN

En este caso en el taller de escritura abordamos el tema de las descripciones y se nos pidió un relato indirecto que describa algo, elegí una mansión porque siempre me han atraído estas construcciones que suelen detener mi mirada cuando sueño con vivir en una de ellas a pesar de que en el relato no podría ser muy lindo que digamos. Me cuesta bastante más describir que narrar situaciones, no puedo describir largas carillas como otros escritores porque me interesa más que el relato “se mueva”, pero solo son estilos.

 

Mi Abuela Nina (Cuento)

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Mi Abuela Nina
Por: Darío Valle Risoto

Aunque la familia se opuso cumplí con lo pactado y no le hicimos velorio a la abuela. Ella lo había aclarado especialmente, quería que la cremaran y nada de velorios, a otra cosa. La Abuela Nina era una mujer práctica e inmensamente racional entre otros muchos méritos. Murió a los noventa y cuatro cuando yo apenas cumplía cuarenta jóvenes años… supongo que suficientemente jóvenes.

De todas maneras hubo una especie de trampa porque el sábado siguiente a su deceso nos reunimos en la casa de Laura con algunos de sus amigos y compañeros de clase para recordarla, conversar y tomarnos algo con suficiente alcohol como para sentirnos mejor y peor como suele pasar en estos asuntos.

Tengo una familia numerosa pero la abuela siempre estará a la cabecera de la mesa familiar donde el resto lo componen un montón de gentes extrañas, personas raras, normales, aburridas, criticonas, desmesuradamente cotidianas y aburridas…si, si, ya sé que lo anoté antes pero es que se merecen los dos: aburridos.

Mi madre no parece su hija, mi padre no parece mi padre y mis hermanos creo que fueron abandonados por un planeta donde temían que la estupidez fuera contagiosa y a menudo cuando nos juntábamos los domingos a almorzar nos mirábamos con la abuela y comprendíamos que éramos de otra galaxia.

A sus setenta años probablemente repodrida de ver telenovelas junto con mamá o de escuchar los insufribles comentarios de futbol de mi padre, decidió volver a estudiar en el liceo nocturno y retomar así aquel primer año que por cuestiones económicas debió abandonar hace como chorrocientos años.

Una noche llegué a casa y mi madre lloraba y mi padre movía la cabeza de lado mientras miraba los comentarios deportivos en canal diez, si hasta parecía que alguien se había muerto y todo porque la abuela se había anotado en el liceo y les daba la noticia con una sonrisa de oreja a oreja.

Claro que me había parecido magnifico, me parecía la gloria que casi estuviéramos en el mismo curso con Nina y pudiéramos intercambiar apuntes y cuentos de las clases, lástima que le tocaba otro liceo, porque hubiera estado bomba entrar al instituto junto a esta mujer maravillosa. Yo también había retomado el liceo ya mayor por cuestiones económicas, pero claro que no tan grande como ella.

Contra la mala onda de mis viejos la abuela se habituó rápidamente a las clases, claro que al principio una señora de setenta era raro hasta en el turno de gente grande, quizás por aquello de que no le iban a quedar años para recibirse de lo que fuera pero de verdad ella le puso ganas y se ganó la amistad de alumnado y profesores.

Habíamos quedado en que los viernes la pasaba a buscar en mi bicicleta y entonces volvíamos caminando juntos por la rambla hasta casa, era medio trasmano pero estaba bueno lo que me contaba sobre su inserción en el mundo del presente, al punto que noté como una ola de fresca juventud rápidamente la iba cubriendo a través de los días.

Había cambiado su peinado y se vestía más moderna, caminaba más resuelta y se había vuelto casi adicta a las pizzas y a la coca cola merced a compañeros con bastantes menos años y sin ninguna capacidad para la alimentación sana. Ella en cambio los había introducido en la degustación del: “medio y medio” y hasta los había llevado algunas veces a bailar tangos.

Cierta vez se transformó en la heroína cuando en una conferencia que estaba dando el director sobre una inminente fecha patria le dijo en frente de todo el alumnado que estaría mucho mejor si dejara de ser tan soberbio y bajara al mundo real, que seguramente Artigas desde alguna parte dentro de las cenizas allá el mausoleo se lo iba a agradecer. Es que Salvatierra era un imbécil que había llegado a director solo porque le había besado el culo a los milicos indicados.

Eran tiempos de dictadura pero ella hacía frente a todo casi con una especie de sentido autodestructivo que a mí a veces me aterraba, odiaba a los milicos y lo disimulaba muy poco y para colmo a su edad tenía esa especie de halo de invulnerabilidad que la hacía un elemento peligroso. Y así: “Elemento peligroso” nos dijo el director cuando ella fue señalada como la agitadora cuando pararon las clases porque no habían dejado entrar a una joven dado que llevaba una pollera de diferente color al uniforme.

La abuela encabezó el grupo que encaró a Salvatierra para explicarle que la piba iba a estudiar siendo empleada doméstica y que había lavado la pollera del uniforme y no se había secado y por lo tanto había llevado lo único que tenía y era otra de color diferente. Salvatierra sudaba y no podía disimular que le tenía miedo a esa vieja flaca de pelos plateados atados en una trenza que miraba fijo con unos ojos que parecían atravesar a cualquiera con su brillo verde esmeralda.

Dejaron entrar a la muchacha y todo volvió a la normalidad pero sabíamos que eso se iba a poner feo si ella continuaba con esa actitud contestataria contra un sistema dictatorial que nos ahorcaba a todos los uruguayos.

Y mi padre trajo al doctor Bermúdez a cenar una noche a casa, el doctor era un viejo dirigente colorado que había recibido el premio de alguna embajada y ahora estaba de vacaciones en el paisito. Para que decirles que no fue una buena cena.

La abuela le preguntó si sabía que teníamos gente torturada y desaparecida y al tipo se le atragantó el pollo, cambió su rostro achanchado de rojo a violeta y casi se muere, mi madre sufrió un desmayo y papá pensó seriamente en ahorcar a su suegra. Mis hermanos seguían en la luna como siempre.

No fue una buena cena y pocos días después nos citaron de jefatura, la abuela fue invitada a dejar el país por aquello de que a los milicos les encanta que la gente que piensa viaje, que viaje lo más lejos posible de ellos sino la alternativa puede ser un tanto peor que el exilio.

Cuatro años después del fin de la dictadura la abuela volvió de Suecia, había conseguido un doctorado en sociología pero apenas si tuvimos tiempo de ponernos al día porque ya vino enferma y murió menos de un año después.

Pero la reunión en lo de Laura fue fabulosa ya que ella de alguna manera estaba allí entre sus viejos compañeros de clase, sus ex profesores y hasta vino la hija de Salvatierra que por suerte no se parece a su padre y hasta nos sentimos muy atraídos el uno al otro.

En alguna parte de la concurrida cena creo que vi a la abuela Nina haciéndome una guiñada cómplice.

FIN