El imposible Jack (Cuento)

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El imposible Jack
Por: Darío Valle Risoto

Un corredor entre edificios de tres pisos, las ventanas todas con sus postigos cerrados, una luz gris azulada alimentando la niebla o la misma niebla diluyendo la calidez de los escasos faroles de la calle. Los adoquines desiguales que llevan entre sus bordes el agua sucia de una Londres funesta, más abajo el Támesis y una luna inquieta que suele ponerse pálida o adornar con una blanca luz cadavérica a la noche triste.

Pierre levanta su capa y trata de abrigarse pero es inútil, ya el frío le ha calado los huesos y piensa en el infortunio de pertenecer a esa pobre estirpe de hombres que sin saberlo terminan trabajando como policías, pudo ser albañil, herrero, algo menos riesgoso pero quizás no tan aventurero sobretodo porque las putas vienen muriendo en ese solitario barrio portuario y lo mandaron a investigar.

Pierre hijo de Franceses creció en Birmingham y vino a Londres para pasar más hambre que de costumbre hasta que se enlistó como guardián de la ley para preservar la justicia en una tierra donde una vida vale dos peniques o menos si eres una pobre ramera.

Constance antes de morir solo dijo dos palabras: __El doctor. y luego expiró con sus manos intentando inútilmente devolver sus tripas a su abdomen que como una boca alguien con la precisión de un cirujano había abierto.

El Inspector Mc Person la miró sin expresión y mandó a llevarle al cadáver a la morgue, seguro el doctor Víctor Frankenstein iba a descubrir algo más pero a la fecha era la quinta puta muerta en la noche londinense y la gente comenzaba a preocuparse.

El Pastor Donwich había predicado el domingo en el templo anglicano sobre el pecado y sobre el castigo de dios a los pecadores a través de sus misteriosos designios, no había dicho abiertamente que estaba feliz y con alborozo porque se limpiaran las calles pero Pierre Gray lo habría asegurado mientras yacía sentado observándolo todo al final del auditorio.

El problema era que Pierre era literalmente un hijo de puta, su madre había ejercido el meretricio para darle una educación allá en Paris y luego con seis años habían viajado a Inglaterra quizás para iniciar una nueva vida, ella se lo contó cuando ya era un hombre de veinte años, sin arrepentirse le contó que hizo esos sacrificios para darle una vida mejor a él, su único y amado hijo.

__ ¿Pastor Donwich? Quisiera hacerle unas preguntas.
El hombre es endiabladamente alto y apuesto, sus canas adornan una cabeza proporcionada y tiene una mirada de ojos azules que penetran el alma de los creyentes, más Pierre hace años que solo cree en su pistola.
__ ¿Usted conocía a las victimas?
__ ¿Cómo me pregunta eso?
__ Respóndame, por favor.
__ Quiero hablar con su superior inmediato, soy amigo del jefe Henderson y esto no va a quedar así mequetrefe.
__ Que pase un buen día. __Le mintió poniéndose su bombín para salir a la calle. Caminó hasta la plaza Trafalgar y llenó su pipa de tabaco de Madagascar.

Ella había dicho: “El doctor” y sus compañeros de Scotland Yard le dijeron que era para que le trajeran a un médico pero Pierre no pensó en lo mismo.
__ El pastor Donwich fue médico antes de asumir su misión de fe, puede ser una coincidencia pero no tengo nada mejor.
__ ¿Que dice señor? __Le preguntó Jhonny su joven ayudante.
__ Nada muchacho, creo que deberías ir a la morgue para preguntarle a Víctor si encontró algo aunque me temo que será igual que siempre.
__ Ese hombre me da escalofríos señor.
__ Todo Londres da escalofríos, luego me avisas pero como es tarde luego vete a casa, yo me quedaré a pensar.
__ La niebla será terrible esta noche señor.
__ Siempre es terrible la niebla en esta ciudad del infierno.

Seis horas después estaba sentado en un bar esperando que caiga la noche, tomó varios cafés irlandeses con mucho scotch y alguna que otra salchicha con nueces especialidad de la casa.
Pierre era delgado con rostro fino terminado triangularmente en una pequeña barba con bigote descuidado, tenía cierta renguera en la pierna izquierda fruto de la persecución de un licántropo en el invierno pasado pero ya se había acostumbrado a que jamás fuera a caminar tan esbelto como antes.

Dormitó sentado en su rincón del bar hasta que un mozo lo sacudió para avisarle que ya era de noche.
__Gracias mi amigo, quédate con el cambio.

Y luego de caminar hacia el Soho se quedó allí en el corredor de luces azules esperando tal vez que una de las putas grite cerca para llegar por una vez a tiempo de salvar una vida.

Volvió a cargar su pipa y rápidamente la prendió tratando de ocultar la llama de su fósforo con la capa, una silueta se acercó, era una de ellas.
__ ¿Estás solo?
__ No se asuste, soy policía, ¿sabe que corre peligro?
__ No le tengo miedo a nada.

Era muy joven, tal vez unos catorce años, esbelta, con grandes pechos que mostraba dentro de un escote profundo en un vestido que había tenido mejores tiempos. Su pelo endiabladamente rojo estaba recogido por una moña negra que a Pierre se le ocurrió funeraria.
Ella se quedó parada a su lado, le pidió la pipa y le dio una larga aspirada.
__ ¡Que rico!
__ Es una mezcla de Madagascar con chocolate y canela.

Pierre advirtió otra silueta al fondo de la azulada aureola del corredor de piso de piedras desiguales, el farol iluminaba la niebla que el viento hacía fluir entre las piernas de una figura distante casi cien metros.
__ Puede ser un cliente.
__ O el destripador.
__ No diga esa palabra, por favor.
__ ¿No era que no le temía a nada?
Ella sonrió y luego resuelta se alejó rumbo a la silueta que caminaba en su dirección. Pierre empuñó su arma y caminó detrás de ella tratando de que las paredes lo taparan con sus sombras.

__ Me llamo Valentine. __Le dijo un poco antes de desaparecer dentro de la niebla hasta que en un momento pudo advertir que hablaba con el extraño.
Pierre se quedó esperando alguna señal pero por momentos la oscuridad se tragaba todo: el corredor, el farol, a la pareja y al universo mismo dentro de una pastosa densidad azul y sobrenatural.
Hasta que algo brilló en esa ausencia de todo, algo metálico a la altura del vientre de la jovencita.

__ ¡Alto allí doctor o disparo!
Corrió los metros suficientes para estar casi a cuatro pasos de la pareja, ella en ese momento caía tomándose el vientre mientras que el tipo daba la vuelta para huir.
Pierre hizo tres disparos a la vez que con su mano izquierda tomaba su silbato para pedir refuerzos y lo hacia sonar frenéticamente en la noche abismal Londinense.

El atacante dio unos pasos y cayó de costado dando convulsiones, el policía se agachó primero para mirar a la chica, afortunadamente la herida parecía superficial aunque sangraba a la altura del abdomen.
__ Estoy bien, mate a ese hijo del diablo… ¡hágalo por cristo!

Era un hombre de aspecto simiesco, casi desconocido, su mandíbula inferior asomaba por sobre la superior mostrando dos colmillos que miraban al cielo, su lengua negra asomaba escupiendo sangre, sus ojos no eran de este mundo.
__ ¿Su nombre?
__ Usted me conoce maldito policía, me conoce muy bien. __Dijo antes de morir y poco a poco las facciones contrahechas comenzaron a formar el rostro apuesto del pastor Donwich.
__ ¿Quién lo hubiera imaginado? __ Se asombró Pierre antes de tapar al asesino muerto con su propia capa.

Valentine se había arrastrado contra una pared, poco a poco llegaban policías y vecinos y la calle comenzaba a tomar vida y hasta la niebla parecía disiparse.
Pierre le puso un pañuelo blanco sobre la herida que era muy leve pero necesitaría algunos puntos, afortunadamente la gruesa tela del vestido y su grito la habían salvado.
__ Era el pastor Donwich, yo lo sospeché desde hace un tiempo pero nunca imaginé que podría cambiar de aspecto.
__ Era un cliente asiduo de mis colegas, en las calles lo conocíamos como Mr: Hyde. ___Dijo ella antes de desmayarse.

FIN.

 

 

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El Veneno (Cuento)

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El Veneno
Por: Darío Valle Risoto

Ningún matrimonio se mantiene feliz y amoroso por mucho tiempo, la convivencia y los años que se acumulan pueden alejar mucho a dos personas, aún a las aparentemente almas gemelas que se juraron amor eterno delante del altar, cualquier altar, incluido el de la promesa con miradas profundas a los ojos.

A pesar de esto Sergio y Nora la llevaban bien, con ocho años de vivir juntos y casi siete de casados estaban suficientemente acostumbrados el uno al otro con sus mañas y locuras que iban siendo comprendidas como en una especie de pacto que ni la falta de hijos pudo romper.

Hacían el amor dos o tres veces por mes como casi todos los matrimonios, un poco más en vacaciones, un poco menos en el invierno que en el verano y se dejaban llevar por la pasión alguna primavera que otra, todo iba bien hasta que de alguna manera al pisar los cuarenta quizás por la crisis de la media edad o por la alta taza de contaminación atmosférica Sergio comenzó a sospechar que su esposa tenía: “Algo”.

No es que fuera celoso pero aquella tarde cuando llamó al sanatorio donde ella era jefa de enfermeras del pabellón “C” le habían informado que se había retirado a las catorce horas pero llegó a las nueve de la noche cansada porque el trabajo: “la estaba matando”
No le preguntó más y al otro día ella al enterarse que su marido había llamado le dijo que justo habían ido a llevar un enfermo a un CTI del interior y por eso la demora sin explicaciones.
Pero la notó nerviosa y como estaba en un período de poco trabajo como abogado se dispuso a tratar de observarla un poco más pero siempre con la suficiente discreción como para no meterse de lleno a hacer peguntas tontas como: ¿Estas son horas de llegar? O: ¿Me parece que me estás echando los cuernos mi amor?

También comenzó a notar en Nora largos momentos donde pensativa se ponía a mirar por la ventana de la cocina al patio o le perdía el hilo a algún programa de televisión e incluso a una conversación tanto con él como con un matrimonio amigo que venía seguido a la casa.

Una tarde a ella se le calló la cartera y vio un juego de llaves que no pertenecía a la casa, tampoco eran del sanatorio porque solían tener etiquetas identificatorias, tampoco le quiso preguntar pero vio que las recogió nerviosa dentro de su fiel cartera de cuero.

Por lo tanto un buen día con la excusa de irla a buscar al sanatorio, la esperó en el auto y cuando la vio abandonar el estacionamiento en su Subaru azul y tomar al norte se dio cuenta de que no iba a casa.
Bajó en un chalecito con jardín y entró utilizando llaves propias, Sergio estaba casi a media cuadra pero hubiera apostado que con las llaves misteriosas que se le habían caído. Luego de esperar por más de dos horas volvió a su hogar ahora casi convencido de que Nora tenía un amante.

Y ella llegó tarde contándole que el trabajo la tenía muerta, él sonrió y siguió mirando el partido sin ver que estaba pasando en la cancha porque su mente se iba nublando con infinidad de sospechas. Esa noche ella se acostó después de bañarse y el pensó que había demorado más de la cuenta debajo de la ducha quizás para quitarse el aroma a otro hombre.

Cuando ella quiso tocarlo pero él se hizo el dormido, Nora se dio vuelta y en el silencio de la noche Sergio creyó notar que estaba llorando pero afuera comenzó a llover y bien pudo ser engañado por el ruido exterior.

Desde esa noche en adelante pidió licencia sin sueldo en el despacho, no podía concentrarse en su trabajo como abogado y procurador porque solamente un pensamiento le rondaba la cabeza: el de la traición y luego uno nuevo comenzó a obsesionarlo: debía hacer algo.

Varias veces a la hora de comer o cuando ella llegaba tarde a la casa quiso encararla, sacudirla y preguntarle que carajo estaba pasando pero era un cobarde, lo sabía y quizás temiendo que ella lo deje optó por vengarse del tipo.
En primer lugar averiguó que el personaje era un tal Fernando Mesa y que vivía solo y que no salía mucho de casa, que tenía cuarenta y cinco años y era ingeniero o arquitecto, algo de eso.

Un sábado cuando ella se fue a dormir la siesta porque estaba de turno en el sanatorio quitó esas llaves de la cartera y fue corriendo al cerrajero de la avenida para hacer copias de las tres. Luego devolvió las originales a su lugar pensando en que la semana entrante debía ir lo más lejos posible de su casa para conseguir lo necesario para deshacerse del hijo de puta. Como no era un tipo de acción ni amante de la violencia había optado por hacer algo que si bien era riesgoso, seguro pondría fin al asunto para siempre.

Y así fue que a mitad de la semana cuando se percató de que Nora estaba de verdad trabajando, fue hasta la casa del tipo y utilizando las llaves entró, como era muy temprano en la mañana supuso que estaba durmiendo y así lo constató al asomarse a un cuarto con la puerta entreabierta. Por suerte no tenía perros.
Abrió la heladera bien provista, tomó un envase de leche y le agregó suficiente arsénico como para matar un caballo. El tipo vivía solo, Nora solamente venía a la casa y ella era alérgica a la lactosa así que no corría el riesgo de matarla, por lo pronto quizás se lo mereciera.

Dejó la casa cuando comenzaba a amanecer, a las pocas cuadras tiró la campera que llevaba y el gorro de lana a un contenedor tras percatarse de que nadie lo veía y volvió a la casa, muy nervioso por un lado pero por otro con la convicción del justiciero que ha hecho lo que se debe hacer.

Con el transcurso del día pensó en que tenía que volver y deshacer esa locura, pero también había tirado las replicas de las llaves. ¿Y si otra persona se envenenaba?
Nora llegó un poco tarde pero como siempre cenaron y hablaron de varias cosas intrascendentes hasta que un llamado telefónico sonó sobresaltando la aparente quietud del alma de Sergio.

__ ¡Se mató!, ¡Dios mío, pobre Ernesto!
__ ¿Qué pasó?
__ Mi primo que voy a visitar desde hace días y que tenía esclerosis múltiple se envenenó esta mañana. __Le dijo con los ojos llenos de lágrimas.
__ Pero… ¿Nunca me dijiste nada?
__ No te quería molestar con cosas de enfermos, vos sabes que trabajo de enfermera y no quería traerte tristezas… Pobre Ernesto, pobre hombre.
__ Si…pobre hombre. ___Dijo Sergio con la mirada perdida en la blanca pared.

FIN

 

 

Pedro y el hombre celoso (Cuento)

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Pedro y el hombre celoso
Por: Darío Valle Risoto

Pedro salió de la fabrica demasiado cansado como para reparar en que lo estaban esperando, de todas maneras no conocía al hombre que recostado a una columna fumaba nerviosamente y al verlo tiró el cigarro para interponerse en su camino.
__ ¿Vos sos Pedro Leites?
__ ¿En que le puedo servir? __ Le dijo sin imaginar para que lo estaba esperando ese hombre de tez morena con aspecto de trabajador tal como el aunque quizás de un oficio un poco más duro como la construcción o algo por el estilo.
__ ¿Vos estás saliendo con la Laura?

En ese momento pasó la bicicleta que llevaba entre ambos a su costado derecho para el izquierdo y se entreparó tratando de aclararse las ideas porque comenzaba a pensar seriamente en que el tipo quería tener un problema y de los duros con su persona. Pero se sentía demasiado cansado y viejo como para repetir aquellas historias de: “te agarro a la salida” de la escuela.
__ No entiendo que está buscando pero me imagino que usted es algo de Laura la que apenas la conozco, supongo que no es el hermano porque no se parecen en nada a menos que sea adoptado uno de ustedes lo que sería interesante, pero mejor me cuenta…

No era la primera vez que Pedro se paraba frente a alguien que quedaba obnubilado por su forma de hablar, no era un tipo común y corriente por más que fuera un obrero con un pobre salario en la fábrica.
__ Yo soy, era, el novio de Laura y tenemos que aclarar algunas cosas.

__ ¿Está seguro de esto?, Porque la verdad no tengo idea de quien es usted y me hace preguntas que me ponen nervioso, no tanto como veo en usted pero creo que puede complicarse, además estaba a punto de irme a casa a darme un baño y descansar, hoy ha sido una jornada difícil así que realmente le agradecería que no me complique el día, además justo es lunes.
__ Tiene que dejar de verse con Laura, yo estoy interesado en ella.

Allí Pedro tuvo que detenerse, habían caminado casi media cuadra en ese diálogo absurdo de tipo despechado y celoso y él, futura víctima de un golpe en la nariz o cosas peores.
__ Mire mi amigo, usted sabe mi nombre, también pienso en que hemos salido con Laura solo dos veces y para serle sincero han sido las últimas ya que su presencia me ha quitado todas las ganas de tener un romance con su ex, así que todo bien y vaya tranquilo por la vida que no corre peligro su obsesión.

Y otra vez esa sensación en el rostro de los otros de que ha vuelto a conseguirlo, es decir: aplicar un baño de realidad no esperada por el interlocutor de turno.
__ Pero es que yo…
__ Se lo voy a explicar claramente, Laura me gustaba bastante hasta que una persona viene a esperarme a la fábrica como si le hubiera robado la princesa de su castillo y se me ocurre que si usted señor, del que no se el nombre ni me interesa, tiene la penosa capacidad de perseguirla es porque salieron alguna vez, lo que significa que Laura no es ni muy inteligente y mucho menos sabia para elegir a sus parejas y eso me hace sentir mal conmigo mismo por lo que le voy a resumirlo todo en esto: Se la devuelvo.

Y allí quedó el hombre corpulento y morocho parado en la esquina viendo a Pedro subir a su bicicleta y tomar por la avenida Capurro hasta que se perdió rumbo a Agraciada.
Cuando Pedro llegó a su casa y antes de darse un baño reparador la llamó para contarle ese suceso y despedirse para siempre.

FIN

 

Algunas viñetas trágicas

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Viñetas trágicas 666
Por: Darío Valle Risoto

Volaría con las ganas inmensas de esas que uno siente de vivir cuando tiene diez años o menos. Tristeza será crecer atormentado por una cuna de realidades a cual más abrasiva para el corazón que no admite el juego de la cebolla que esconde los sentimientos bajo capas y capas de lágrimas.

Levantar ansiosos la mirada para tratar de encontrarlos con aquel otro o aquella otra que nos contenga esta carga de viejos anhelos a por un amor que siempre llegará tarde y fuera de hora.

Llamas de luz iridiscente que se quiebran en el brillo de un vaso de cerveza sobre el mostrador del bar de la soledad, donde los vagabundos, los desheredados y huérfanos de la vida le piden al barman algo de sus propios sueños. Y el pobre tipo que no dice nada y sirve otra y otra hasta que nada importe y veamos desde el suelo que esa piltrafa reflejada en el charco de vomito somos nosotros mismos.

Rafael lloró toda la tarde porque Horacio volvió con su esposa queriendo ser hombre de nuevo como si alguna vez por acostarse con él hubiera dejado de serlo. Aún siente el aroma de su transpiración en unas sábanas que huyen volando por la ventana para no ser testigos de un amor que nunca podrá concretarse.

Patricia encontró en el costurero una foto desgastada de sus abuelos en la vieja Galicia, nunca sabrá porque su madre la dejó allí entre las agujas, dedales y tubitos de hilos de colores. Patricia se sintió mal por nunca coser nada y feliz porque a Esteban se le haya perdido un botón de esa camisa blanca que siempre elije para ir a estudiar medicina.

Se le secaron las plantas de ruda macho y ahora habrá que robarse algún gajito de esa vecina de mala cara que siempre anda merodeándole las hortensias. Cosas de viejas que ahora se preocupan por sus perros, sus gatos y sus plantas, la familia se la fue llevando el tiempo pero siempre habrá cosas por las que sentirse mejor. Como robarle un pedacito de ruda a esa vieja que parece la bruja de Disney.

Se vuelve como el vuelo del moscardón la diatriba de rezongos y consejos del judío que de nuevo con lo mismo de las llegadas tardes, la poca venta en la zapatería y la carabina de Ambrosio. Daniel piensa en como será la carabina del tal tipo: Ambrosio, mientras el judío se queda colorado, se le inflama el rostro y se cae al piso con un ataque al corazón machazo.
Al salir le pide a la secretaria que no moleste al jefe porque pidió que lo dejen solo un rato. Ella le sonríe.

Hoy perdieron cuatro a uno pero que uno, tremendo gol que el negro “pastilla” festejó como si fuera Obdulio en Maracaná. Las banderas amarillas y negras ondean y la tarde se viste de gloria mientras los jugadores y los simpatizantes de Nacional quedan congelados.
Le hicimos cuatro y estos muertos de hambre festejan ese gol de cabeza, creo que están todos locos. Comenta uno que no entiende nada.

Todos son iguales pero algunos son más iguales que otros, dice aquel político parado sobre un cajón en medio de la plaza cuando nadie le da bola y el viento del invierno se lleva los volantes que acabó de tirar, en ellos hace la declaración de principios de su partido, esta es demasiado escueta, demasiado sincera, demasiado increíble: Me comprometo a no robar nada.

Tengo guardadas todas tus cartas y siempre me gusta leerlas cuando me dan ganas de llamarte para verte de nuevo, entonces las leo y me doy cuenta de que no nos podemos encontrar jamás porque están llenas de mentiras o vos estabas demasiado loca de amor por este que hoy se da cuenta de que no tenía paño suficiente para hacerte la mujer feliz que mereces seguramente ser.

THE END

Rómulo y la desgracia con suerte

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Rómulo y la desgracia con suerte
Por: Darío Valle Risoto

Estaba linda la tardecita. Rómulo empujó a duras penas su silla de ruedas, es que todavía no se acostumbraba a tal trajín porque eran solo unos meses hasta que la operación de sus piernas cicatrice como para entrarle a la recuperación en el banco de seguros. Así fue que la llevó hasta el jardín de la casona donde alquilaba un cuarto a observar el sol sobre los paraísos del frente, el movimiento de las ramas con la brisa de septiembre y a pensar quizás en sus pagos de Tacuarembó.

No había sido muy afortunado ser atropellado cuando descargaban tablones de un camión en plena calle avenida Italia, por suerte los compañeros del sindicato del Sunca le habían dado tremendo apoyo, aún así la pesadilla de aquel BMW levantándolo en el aire y tirándolo casi debajo de un colectivo lo atormentaba. Y eso a solo cuatro meses de haber llegado desde sus pagos a Montevideo, la capital.

Rómulo se armó un tabaco mientras tenía casi toda la visión de la cuadra hasta la esquina donde salía esa muchacha de la panadería siempre por las cuatro de la tarde con su enorme cuerpo, siempre vestida de negro, todos los días con dos flautas y una botella de leche asomando de la bolsa chismosa.

La señora Fernández lo saludó y volvió a preguntarle como andaba. Rómulo ya era como una parte al frente de la pensión en su silla de ruedas, fumando y escuchando en su pequeña radio Spica a Carlos Gardel, siempre en las horas pares.
__ Gracias, señora, estoy mejorando, gracias a dios.
Ella movió la cabeza y continuó llevando a su pequeño perro a hacer sus necesidades.

Y la muchacha que caminaba siempre pesada, gorda, enorme pero con un rostro muy lindo que para Rómulo era una suerte de extraña sensación de remanso en esos ojos que adivinaba verdes o azules porque nunca la veía muy de cerca ya que ella vivía en frente casi en la esquina de la calle Munar.

__ ¡Gorda!, ¡Se te desató un cordón!, ¡Gordaaaaaa!
El grito sonó violento e inesperado desde un camión que pasó por la calle en medio de ellos, eran unos desorejados a bordo de un camión sin toldo, le habían gritado creyéndose vivos o graciosos.
Ella dejó la bolsa en el piso y con dificultad trató de anudarse el zapato, Rómulo advirtió que le costaba muchísimo porque era muy obesa pero igual le seguía pareciendo linda.

__ ¿Estás bien? ¿Te ayudo en algo?
Le gritó desde el frente y sin pensarlo siquiera, al punto de que su propia voz le pareció como aquella de los furibundos del camión: inesperada y violenta.

La muchacha terminó de atarse su zapato y lo miró, estaban a unos metros pero Rómulo quiso desaparecer inmediatamente porque temía que ella se enoje o algo peor, que le tire con las flautas o la leche por la cabeza.
Entonces cruzó hacia él y el canarito tembló como una rama al constatar que esa enorme figura de muchacha gorda toda ataviada de negro se le acercaba quien sabe con que intenciones.

__ No gracias, me llamo: Estela.
__ Y yo… Rómulo, lamento lo de esos locos, hay gente muy mala.
Ella sonrió, era de verdad linda y tenía los ojos verdes.
__ ¿Qué te pasó?
__ Un auto me llevó puesto, pero dicen que para las fiestas voy a poder caminar de nuevo, por eso la paso acá mirando a la gente que pasa por la vereda y… a vos.

Ella se ruborizó.

FIN

Una historia insignificante

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Una historia insignificante
Por: Darío Valle Risoto

Ellos bajaron sucios y desalineados de la sierra, con hambre, cubiertos de barro y sudor. Saludaron como caballeros y pidieron pan con vergüenza porque sabían que en estas comarcas los campesinos pasaban hambre.
La madre de Lautaro los invitó a comer afuera como se solía comer en esos tórridos veranos en que la lluvia es más difícil de encontrar que a Cristo a la sombra de los algarrobos.

El que lideraba al grupo de seis hombres era un hombre de estatura un tanto más baja que el resto pero de una presencia gigantesca que solamente con el timbre de su voz hacía erizar los cabellos de la nuca.
Lautaro comió con ellos y miró entristecido a su madre, ella comprendió inmediatamente que se iba a ir con esos guerrilleros y que probablemente nunca jamás se volverían a ver.

Doña Hortensia fue al gallinero y trajo cuatro huebos, cuando los fue a envolver en un pedazo de papel, el comandante le acarició los blancos cabellos y le dijo que ya había compartido suficiente, que se llevaba más de lo que había venido a buscar y todos partieron de regreso a la sierra, incluso su hijo mayor que en esos tiempos contaba con diecisiete años.

Un tiempo después la doña viajó al pueblo a ver al doctor, tenía unas jaquecas insoportables que había aguantado hasta lo indecible porque no tenía dinero para pagar la consulta. afortunadamente el padre Miguel la acompañó y le dijo que no tenía que pagar nada, que con su fe en dios era suficiente. El medico no le dio buenas noticias y ella volvió a su humilde casa al pie de la sierra pensando en sus tres hijos que ya sin padre podrían quedarse también sin una madre que les cocine y proteja.

Pero la casa no estaba sola.
Los soldados habían llegado y uno de ellos zamarreaba a Juan cuando Hortensia llegó gritando que lo dejen quieto, que solo era un niño.
__ ¡Mamá! ¡Dicen que Lautaro está peleando con los comunistas!
Ella le suplicó al capitán que deje a su niño, el hombre le hizo un gesto al soldado que tenía por el cuello a su hijo que se quedó sollozando por lo bajo. Los dos más chicos se apretaron a él como para que no se lo lleven.

__ Mi hijo se fue con los guerrilleros hace dos meses, es cierto.
__ ¿Y por que no lo informaste al destacamento Hortensia?
__ ¿Por qué debería hacerlo?

Habían llegado en un camión, eran doce soldados y su capitán, se habían desplegado en torno a la casa, algunos pisotearon las plantas de maíz, dos de ellos se llevaron todas las gallinas del gallinero y al chancho y una bolsa de arroz que Hortensia tenía guardada debajo de la mesa de la cocina.

Antes de retirarse el capitán le advirtió que si no tenía noticias de su hijo el comunista iba a tener mayores problemas que quedarse sin comida. Subieron a su camión y se retiraron no sin antes decirle que agradezca que no le hayan quemado la casa.
__ ¿Y ahora que hacemos mamá? __Preguntó Miguel, el más chico que apenas tenía diez años.
__ Nos vamos para la sierra mi hijo, acá no tenemos nada.
__ ¿Pero allí no se esconden los comunistas, los subversivos? __Preguntó Joaquín que tenía doce.

La madre les ordenó que junten sus petates, rato después le prendió fuego a la casa y con sus hijos tomó camino entre los árboles subiendo el terraplén que daba camino a la sierra cubierta de selvas y hondonadas.

Juan el más grande llevaba entre sus cosas una foto de los cuatro hermanos con su madre sacada hacía tres años, pensaba en muchas cosas y al mirar atrás poco a poco se fue perdiendo el humo de su casa y comprendió que ya no volverían y que probablemente se iba a encontrar con su hermano para abrazarlo y preguntarle de una vez por todas algo que siempre le había intrigado.
__ ¿Es cierto que los comunistas tienen la cola puntiaguda como el mismo diablo?

FIN

Premio desconsuelo (Cuento)

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Premio desconsuelo.
Por: Darío Valle Risoto

Esta gente me pone nervioso, pero se supone que debo estar aquí calmado y en perfecta consonancia con la realidad sin salirme ni un ápice de este entramado social que realmente odio. Sobretodo los discursos, odio los discursos pero no tanto, claro, no tanto como a la gente que se cree importante por tener dinero o poseer determinado status.

Status y dinero últimamente son la misma cosa, un narcotraficante con collares de oro falso se codea con el premio novel de la paz sin filtro. Me parece gracioso, debería anotarlo para un futuro cuento.

Realmente espero que no me llamen aunque se que lo harán, a fin de cuentas envié esos catorce cuentos de mierda para este concurso y se supone que algún otario tiene que merecer este premio. Treinta mil pesos, como mil dólares usamericanos y casi unos cuantos euros y quizás sean como un millón de australes aunque creo que ya no existen… me parece que ahora el dinero argentino se llama: “Tinellis”…o Cristinos…bah, da lo mismo, papeles son papeles. Extraño los Patacones aunque no a Patoruzú… indio capitalista de mierda.

Esa flaca me mira desde hace rato y yo que creía que era lesbiana porque está al lado de esa cantante de tango que tijeretea de lo lindo, así me lo dijo Tatiana y ella como buena torta nunca se equivoca. Por lo menos los gays varones son más entretenidos, lástima que Mateo tuvo que irse a Francia con su nuevo novio, realmente lo extraño, es buen tipo Mateo aunque tenga un curioso sentido del humor que suele hacerme sonrojar, nada menos que a mi. El trashero metalero escritor anarquista del abasto al pasto.

La flaca me llama con el dedo, se debe pensar que soy un pelotudo, creo que no tengo la bragueta abierta así que me le podría acercar pero de verdad estoy cansado, en la puerta me hicieron una entrevista para un programa de televisión de esos que todos miran mientras se les consume el cerebro devorado por las citas luminosas de la conductora que tiene más tetas que neuronas, si tuviera una tendría aún mas. Ja ja.

Lo que me faltaba, luego de las menciones especiales demoran el premio del concurso y ahora subió una orquesta de cumbias al escenario, creo que si el infierno existe es un spa comparado con esta mierda de espectáculo, por lo menos puedo hacer apuestas conmigo mismo a ver cual va a ser el primer gordo cornudo que se va a poner a bailar: “Mayonesa”.
Faltaba más: Odín Rodríguez dejó a su esposa que es un verdadero muestrario viviente del botox y se puso a mover ese culo inmundo al son de la mayonesa. Nada puede empeorar, nunca quise tanto que el coreano tire todos sus misiles juntos pero para este lado. ¿A que padres enfermos se les ocurre ponerle “Odín” a este engendro de la naturaleza?

Presidente del club de industrias, de dos agencias publicitarias, dueño de una cadena de tiendas y de varios hoteles alojamiento…bah, muebles. Solamente le falta ser presidente de la república aunque no me extrañaría con los antecedentes que todos conocemos.

Y la gente que pide otra mientras la flaca mira que yo ni bailo ni miro y se para y sale a la pista a bailar ese bochorno con otro tipo que estaba detrás de mi mesa. Nunca me he sentido tan feliz de que no haya sido a mi que me mirara una mina por más buena que esté con ese vestido azul, buenos zapatos también. ¿Me estaré volviendo gay?

Por suerte volvió Luisa después de recibir las instrucciones. Luego del bis de estos maravillosos músicos me van a presentar, me entregarán el cheque el diploma, el puto trofeo y tendré cinco minutos para decirles unas palabras a esta falange súper idiota de gente vestida como para el carnaval de Venecia del subdesarrollo. Debo subir por la derecha y bajar por la izquierda mientras le doy la mano a esos cuatro viejos que representan no se que clase de club literario pero tengo la leve impresión de que uno de ellos es el mismo Hemingway.

Supongo que lo de la banda cumbiera fue una cabalgata de éxitos porque todos se ven: excitados, alteraditos, mamados y felices, creo que me voy a ir al carajo, lamento lo del cheque pero esto es demasiado.
Le di un beso a Luisa antes de decirle que voy al baño, espero que ella sepa resolver mi desaparición.

FIN