El Retorno de Yith 3

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El retorno de Yith: capítulo tercero
Por: Darío Valle Risoto

Nunca habían visto hombres blancos. cuando Ogumba llegó de su viaje a la costa cubierto de sudor y se postró de rodillas a contarle al rey de su hallazgo fue difícil creerle. Pero Ogumba era un guerrero de respeto, era el único que había matado a tres leones en toda la historia de la tribu.

__ Son hombres como nosotros pero tienen la piel del color de los frutos del árbol “Goki”, más claras aún y sus cabellos también son extraños, se mueven con el viento. Visten con pieles de animales desconocidos para mí. Todo es cierto señor, bajaron de grandes embarcaciones y se quedaron en la costa observando a la espesura, creo que no fui visto pero tuve que huir cuando se internaron por el este, creo que vienen en esta dirección.

Dos días después el primer cañón despertó a la tribu y los extraños cayeron como moscas sobre el ganado. Eran hombres los hombres blancos armados de truenos y fuego comenzaron a atar a los hombres y mujeres más jóvenes y mataron el rey. Al mediodía la tribu diezmada fue reducida a un par de cientos de prisioneros amarrados unos a otros mientras sus chozas ardían y cadáveres por aquí y allá evidenciaban que no habían tenido oportunidad.

Ni un solo hombre blanco fue muerto o herido, el factor sorpresa tomó a la tribu Aganti desprevenida y los esclavistas se hicieron con un buen botín. Ahmed recibió una bolsa de monedas de oro, veinte monedas para ser exactos de manos del segundo al mando del capitán Fergus Stocard.

Al atardecer Ahmed llamado: “el guía” y sus hombres se quedaron en tierra con el oro y algunos esclavos propios mientras que el bergantín: “Libertad” levó anclas rumbo a las tierras de América.

Alumbrado con los candiles de aceite el capitán repasaba el recuento de esclavos para vender en el nuevo mundo, eran un total de trescientos veintinueve hombres y mujeres de menos de treinta años promedialmente, algunos niños, un tercio de mujeres… ningún anciano.

Jeremahia y dos hombres golpearon a su puerta y le trajeron a una negra joven y desnuda que miraba no con miedo sino con gesto altivo a sus captores. Le notificaron que era la princesa Kanague y que se resistía al punto de que pensaban que era mejor tirarla por la borda.
Fergus la miró de arriba abajo y comprendió inmediatamente que estaba frente a una mujer no solo de singular belleza sino de espíritu indomable que no iba a ser fácil de cambiar. Pero el viaje era largo y era bueno tener en que entretenerse.

Paul caminó por la calle principal de Greenville y se detuvo en la sucia plaza, unos niños corrían detrás de un perro flaco y le arrojaban piedras, el último de ellos era aquel que había visto masticando una serpiente al llegar al pueblo. El muchacho de rostro plano, cabeza abombada y ojos de sapo lo miró y luego sonrió.

Encontró un diminuto bar donde pidió una cerveza que afortunadamente estaba suficientemente fría. Afuera se sentó en una dudosa banca de maderas despintadas que alguna vez fueron verdes. Junto a ella estaba un hombre ciego en una mecedora con un perro bulldog durmiendo a sus pies. El hombre ciego tenía los ojos completamente blancos, vacíos, llevaba un sombrero de paja casi deshecho y pitaba de una pipa de marlo.

__ Es nuevo por aquí, tiene un perfume que desconozco caballero. Yo soy Felipe Desmoines, para servirle si es que puede un viejo ciego servir de algo.
__ Paul Stocard, llegué y estoy esperando regresar a Portland por mi trabajo pero se ha tornado complicado.
__ No es fácil marcharse de este pueblo muerto, yo lo hice en el diecisiete para ir a la guerra que me devolvió sin vista pero no me quejo. Dios nos quita pero también nos da desde las insondables profundidades del cosmos. __Sonrió.
__ Interesante. __Paul bebió de su cerveza, estaba buena, era lo mejor que le había pasado desde que había llegado a esa mierda de lugar, a menos que el sueño de sexo pudiera calificar como bueno o…
__ ¿Me dijo Stocard?, La vida es sorprendente muchacho, hubo algunos Stocards en la casa de la colina hace como cincuenta años, eran adoradores de Yith, buena gente aunque no fueron comprendidos en su tiempo, este pueblo solía estar habitado por gentes muy ignorantes que desconocían al rey de los océanos.
__ ¿Yith?
__ No me haga caso, no hace falta, son cosas que un viejo recuerda pero usted que viene del mundo de afuera no necesita conocer, es una vieja leyenda sobre la creación del universo, de la vida misma, no me haga caso.
__ Tengo tiempo.
El viejo sonrió y bajó una mano para acariciar al perro. Paul le pidió dos cervezas más al muchacho del bar, prontamente se las trajo, por suerte bien heladas.
__ Gracias por la cerveza. ¿Por dónde quiere que empiece?
__ Por donde usted prefiera. __Le dijo sintiéndose realmente bien, tal vez por el alcohol, el sexo o la sensación de que de pronto el pueblo no le era ni tan extraño ni tan aterrador.

__Antes todo era agua, el universo era todo de agua pero hubo algo, una burbuja de aire que nació de la nada, tal vez fue el aliento de un dios primordial, nadie lo sabrá jamás pero esa burbuja hizo necesario que la gran masa de agua se retirara dejando a la vista los mundos, las tierras, los soles, todo este alboroto universal. __ Paul no pudo evitar sonreír y aunque el viejo era ciego sintió vergüenza de que se diera cuenta de ello. __Pero en el agua habitaban los dioses de Yith, Yith y su cortejo de primordiales, seres mega gigantescos que dejarían al universo del tamaño de un grano de maíz. Aún así fue necesario crear a los hombres para evitar milenios de zozobra entre las bestias de la tierra y de las profundidades. Es así mi amigo Paul, los hombres fuimos creados para gobernar a las bestias pero a su vez somos esclavos de Yith aunque no lo sepamos, todos somos hijos de un deseo, la concreción del sueño retorcido de un mega dios gigante.

Hace unos cientos de años un tal Fergus Stocard trajo esclavos a estas tierras americanas y se casó con la reina Kanague, una negra de una tribu del áfrica profunda que civilizó a fuerza de latigazos y largas lecturas de la Biblia. Algunos dicen que ella se sometió para que no tirara al mar a sus hermanos y que le dio siete hijos todos blancos como si su sangre nunca hubiera querido mezclarse con la del usurpador.
__ Algo me contó mi abuela de esa leyenda sobre mi ancestro, nunca la creí del todo.
__ Créala muchacho porque es cierta, usted tiene sangre africana en las venas y por consiguiente es probablemente un descendiente directo de Yith y por lo tanto todo este pueblo, yo y hasta este perro le debemos total respeto.
Paul lanzó una carcajada en el mismo momento en que nubarrones extraños cubrieron las colinas y comenzó a llover tempestuosamente, como si las palabras del anciano ciego hubieran soliviantado a la naturaleza.
__ Yith está disgustado conmigo. ¿Pero qué puede hacerme a estas alturas? Pídame otra cerveza y le sigo contando mi querido amigo.

Continuará.

El Retorno de Yith 2

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El retorno de Yith: Segundo capítulo
Por: Darío Valle Risoto

__Me llamo Paul Stocard y soy descendiente de los Stocard de Boston, ya lo sé, no es un linaje muy bueno si tomamos en cuenta que nuestra fortuna se hizo vendiendo esclavos pero en defensa de mis ancestros diré que eran los esclavistas más humanos que había en aquellos años.
__ ¿Y eso que significa?, Explíquese por favor.
__ Bueno, dicen que en 1761 cuando abolieron la esclavitud en Portugal mi tátara abuelo: Fergus Stocard fue de los primeros en aceptar el cambio de política y dejó libres a todos los esclavos de sus plantaciones en América, claro que…
__ ¿Claro que qué?
__ Bueno.__ Paul sonríe__ Resulta que los pobres negros no sabían hacer otra cosa y a fin de cuentas el tomarlos como empleados fue un negocio mucho más redituable porque ya no había que darles de comer o ayudarlos a criar a sus hijos… negocio redondo diría yo. Perdón por lo de: “pobres negros” pero… usted me entiende.
__ La verdad que no demasiado, pero prosiga, me parece interesante su historia.
__ Bueno, Fergus en uno de sus últimos viajes quedó prendado de una princesa Nubia que fue atrapada en el áfrica profunda y tras cierto tiempo la pudo civilizar y casarse con ella por medio de la iglesia episcopal del nuevo mundo. Así que así como me ve, corre sangre africana por mis venas.
__ Supongo que de allí viene esa predilección por las artes oscuras, la nigromancia.
__ Supone bien, aún así hay historias de Fergus de toda su vida, decían que había pactado con el rey Yith, una entidad del fondo del mar para que sus travesías cruzando el atlántico fueran productivas, pero todo tiene un costo, claro.

Paul se despertó totalmente cubierto de sudor, era tarde, había dormido toda la noche en esa incomoda cama del hotel Davenport. Por consiguiente había perdido toda esperanza de llegar a Portland a tiempo y quizás ya ni trabajo tenía.
Se restregó los ojos, las cortinas cubiertas de mugre y polvo parecían pieles humanas colgadas para tapar un cielo gris y plomizo y un sol moribundo.

Se sentó en la cama, había un olor a humedad insoportable. Pensó en su pesadilla, en el recuerdo de aquella conversación con su analista sobre el linaje de su apellido, pensó en que tendría que ver eso con lo que ahora le tocaba vivir en ese lugar de mierda apartado de todo atisbo de modernidad.

Bajó a desayunar, afortunadamente era el único huésped del hotel. La muchacha le trajo té y un par de croissants más un pote con manteca y algo de crema. Le pidió azúcar y se sintió culpable ya que su renguera le impedía caminar rápido. Un hombre viejo, de seguro su padre o abuelo, bajó las escalera y la agredió verbalmente para que se apure. Lo miró sin expresión y se fue detrás del mostrador a leer un periódico manoseado.

La muchacha le trajo un recipiente de forma extraña con el azúcar.
__Muchas gracias… sobre el auto que podría rentar… __La muchacha miró al hombre viejo, indudablemente era el abuelo y el dueño del auto. Paul se presentó, de pie fue a darle la mano pero el hombre apenas si lo miró sin dejar su periódico.
__ Imposible, está totalmente acabado, es un studebaker del 51, imposible.
__ Muchas gracias igual, de todas formas ya es demasiado tarde, perdí mi junta, así que ya ni modo, ni siquiera pude llamar por teléfono.
__ El hombre sacó un viejo teléfono de debajo del mostrador. Paul se golpeó la frente: __ ¿Por qué no lo había pensado antes?

No todo estaba pedido una secretaria le informó que la junta se había pospuesto una semana porque aún no había terminado la fusión de su compañía de prensa con el consorcio inglés y que le habían avisado a todos menos a él porque no lo habían podido localizar.
__ Sí, estoy en Greenville, no estoy lejos… supongo. __Del otro lado cortaron sin despedirse.

__ Al mediodía mañana el señor Larson llevará unos corderos a la granja Monegal, el hijo tiene una camioneta, podría acercarlo a la carretera y allí tal vez alguien lo acerque a su destino. __Le dijo la muchacha.

El abuelo cerró el periódico y lo puso con firmeza sobre el escritorio y miró a su nieta de arriba abajo y luego al cliente, después escupió en uno de esos recipientes de plata y se retiró.
__ ¿Cómo te llamas niña?
__ Ariadne.
La muchacha sonrió apenas y apenas eso pareció iluminar el cochambroso hotel y toda la comarca.

Paul volvió a subir a su cuarto, abrió las ventanas, un aire enrarecido penetró con olor a tierra mojada, humedad y pastos amarillentos. Era como el aroma de una vieja granja donde todo se había podrido por acción del abandono.
Se sentó en la cama y volvió sentir un sueño que lo obligó a quedarse atravesado en la cama, somnoliento.

Alguien entró a la habitación. Sin sus lentes y casi dormido vio una débil figura, una silueta de mujer que se quitaba el vestido, algo lo rozó en las piernas, algo comenzó a subir por ellas como si fuera una suerte de juego de tentáculos. Un rostro angelical se puso delante del suyo y lo besó en los labios.
Le bajaron el pantalón, sintió algo frio, húmedo y un intenso olor a agua marina, a sal, a yodo. El frio de unas algas cayó sobre su pecho pero también había dos pechos de mujer casi blancos, turgentes.
Palpó una espalda, sintió la protuberancia de su joroba y se dio cuenta de que era la niña del hotel pero no actuaba como una niña sino como una mujer experta y deseosa de ser penetrada.
__ ¿Es un sueño?
__ Es un sueño.
__ ¿Estoy soñando entonces?
__ Entonces.
__ ¿Qué me pasa?
__ No te muevas y terminaremos rápido.

Se despertó en ropa interior, se sentía realmente bien, como si hubiera bebido un litro de café. Era cerca del mediodía, bajó a almorzar. La muchacha le sirvió un bistec casi crudo con puré de papas y jugo de manzanas.
No recordaba si había soñado pero si sentía que de haberlo hecho estaba relacionado con la joven, una suerte de culpa lo cubrió. Ella tenía un vestido verde con margaritas estampadas. Se alejó rengueando, antes de meterse en la cocina dio la vuelta y lo miró con un dejo de tristeza.

Solo le quedaban veinticuatro horas para sobrevivir a ese raro pueblo de Greenville. Salió a la calle para bajar la comida, se sentía satisfecho pese a que el bistec estaba demasiado crudo y el puré no tenía sal, además el jugo de manzana era demasiado amargo. Después de todo su almuerzo estaba acorde al obtuso paisaje que se desplegaba ante sus ojos asombrados.

Se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo. Delante de él había una calle principal, si se podía llamar así, más allá una plaza cubierta de malezas con aquel monumento que horas antes le había sobrecogido.
Poco a poco al sentir una suerte de brisa con aire marino comenzó a recordar a una mujer encima. Los tentáculos, los jadeos y su eyaculación.

Continuará.

El Retorno de Yith 1

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El retorno de Yith
Por: Darío Valle Risoto

Se durmió profundamente en el viaje de Boston a Portland, varias horas de trabajo en la oficina preparando la junta del consejo editor y el traqueteo del tren rumbo al norte lo dejaron fuera de combate.

Cuando se despertó estaba amaneciendo y el paisaje era tan desolador como hermoso. Y más desolador fue cuando el guarda le informó que habían dejado Portland hacía cuarenta minutos y la próxima estación era Greenville en alguna parte de los ignotos paisajes de Maine.

No podía creer que se haya pasado de su destino pero era así. se llamó a la calma tratando de encontrar una forma de volver el camino rumbo a Portland para encabezar la junta como representante de la filial de Boston de la Prensa Libre del este.

Intentaría rentar un automóvil en Greenville si no encontraba un tren que lo devuelva a su destino. El guarda le había dado pocas esperanzas mientras masticaba su tabaco y lo miraba de arriba abajo con cierto rictus de lástima, como quien mira a un cachorrito a punto de morir.

Pagó la diferencia del pasaje, eran solamente quince dólares, no le importaba pero si le importaba perder la junta y por lo tanto seguramente su trabajo, lo que no era nada bueno en los tiempos que corrían.

Afuera las colinas oscuras se iban tiñendo de los lamidos anaranjados y el sol era surrealista. Vio lejanas cabañas de madera y las siluetas grises de algunas personas tanto como de vacas flacas y bandadas de pájaros negros arremolinados sobre el esqueleto de una vieja abadía.

Al llegar a Greenville fue el único en bajar del tren que apenas se quedó unos diez minutos para dejar una exigua bolsa de correos y llevarse otra igual de delgada. El mozo de la estación, un hombre de flacura cadavérica, le señaló las oficinas.

Las maderas cochambrosas del piso de la oficina de la estación de Greenville chirriaron bajo sus zapatos bien lustrados. Un hombre obeso que revisaba una carpeta levantó sus ojos, ojos saltones como los de un sapo y le observó inexpresivo, contestando a sus buenos días con una respuesta ininteligible.

Le dijo para su asombro que el tren pasaba solamente una vez a la semana por esa estación y que tuvo la mala suerte de tomar justo uno de ellos al pasarse de Portland, le informó a su vez que no se rentaban autos y que había un solo hotel en el pueblo que de seguro tendría habitación para un caballero como él. Sonrió al decir esto último y mirando al mozo flaco que entraba cargando el saco del correo ambos comenzaron a reírse estentóreamente.

Paul se retiró de muy mal humor. Afuera ya era de día aunque cualquiera diría que por esos parajes era difícil determinar si el sol era eso que con la débil claridad del entorno podrían ser suficiente para llamarle día a las siete de la mañana con un frío húmedo que comenzó a calarle los huesos.

Se rascó sus cabellos pelirrojos y se afinó el bigote con un gesto mecánico, delante de él un camino de piedras negras con un cartel que indicaba la dirección al pueblo no era muy alentador pero caminó resuelto en tratar de encontrar una forma de regresar a Portland lo antes posible.

Un niño estaba parado junto a una barda que alguna vez fue blanca, jugaba con algo retorcido en un palo, cuando pasó caminando comprobó que ese extraño niño vestido con un overol manchado de tierra tenía una serpiente enroscada allí. Le saludó e indicó que tenga precaución, el niño con ojos estrábicos y rostro aplanado tomó la serpiente y la puso en su boca masticándola viva.

Paul se quedó un minuto tieso pero retomó el camino. Seguro el fulgor extraño de la mañana con esa rara niebla que se levantaba del piso le jugaba malas pasadas a la vista de algo que de seguro era más normal de lo que parecía. Probablemente no fuera una serpiente sino una planta o algo así.

El pueblo era pequeño, una centena de viejos edificios de madera al mejor estilo de los pueblos fundadores de América, una plaza ennegrecida con un monumento de extrañas formas, una especie de personaje vistiendo una capucha y un bastón en su mano derecha con la cabeza de algo difícil de determinar pero con cierta familiaridad con un pez.

El hotel se llamaba: Davenport, era el edificio más grande. Una altura de cuatro pisos, cortinas amarillentas y faroles que aún permanecían prendidos pese a que se suponía que era de día. Entró y el salón estaba desierto, cuando tocó la campanilla del mostrador se sorprendió cuando una joven de unos quince años y de rostro pecoso e infantil salió a recibirlo.

Paul se presentó y le contó brevemente lo de su accidente, de quedarse dormido y por lo tanto terminar allí, ella quiso sonreírle pero le fue imposible, le dijo que podría quizás alquilarle el automóvil de su abuelo que ya no estaba en condiciones de manejar pero que hacía dos años que no se ponía en marcha. Paul casi salta el mostrador y la besa pero prefirió sonreírle. Le dijo que era la primera persona hermosa que veía desde que había bajado del tren pero cuando la muchacha subió a mostrarle su habitación vio que tenía una renguera pronunciada y una leve joroba adornaba su delgada espalda.

Subieron en silencio, le dio una jugosa propina pero cuando vio su habitación comenzó a sentir el ahogo que sobreviene a los que aterrados se quedan sin aire. Nada conjugaba algo interesante para los viajeros, las paredes tenían el empapelado roto y manchado de humedad, la lámpara iluminaba mal y la cama era muy poco cómoda aunque no había pedido el cuarto para dormir sino para asearse.

Costó para que el agua de la vieja ducha saliera con una transparencia aceptable y se bañó con el agua casi fría, no podía esperar a que el viejo calentador demorara más, aún y pese a todo tras darse un baño sintió que la sangre le volvía a las venas.

Cuando abrió la valija para cambiarse no pudo evitar sentir pena por la chica, quien sabe qué vida tenía en ese hotel de mala muerte y en un pueblo que solamente podía despertar escalofríos.

Se sentó en la cama para atarse los zapatos y al mirar al techo sintió un leve mareo y volvió a quedarse dormido mientras una especie de abotargamiento se ceñía sobre sus sentidos y antes de perder la conciencia reparó en un reloj de pared que tenía una especie de ronroneo extraño en su interior.

Continuará.