El Retorno de Yith

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El retorno de Yith
Por: Darío Valle Risoto

Se durmió profundamente en el viaje de Boston a Portland, varias horas de trabajo en la oficina preparando la junta del consejo editor y el traqueteo del tren rumbo al norte lo dejaron fuera de combate.

Cuando se despertó estaba amaneciendo y el paisaje era tan desolador como hermoso. Y más desolador fue cuando el guarda le informó que habían dejado Portland hacía cuarenta minutos y la próxima estación era Greenville en alguna parte de los ignotos paisajes de Maine.

No podía creer que se haya pasado de su destino pero era así. se llamó a la calma tratando de encontrar una forma de volver el camino rumbo a Portland para encabezar la junta como representante de la filial de Boston de la Prensa Libre del este.

Intentaría rentar un automóvil en Greenville si no encontraba un tren que lo devuelva a su destino. El guarda le había dado pocas esperanzas mientras masticaba su tabaco y lo miraba de arriba abajo con cierto rictus de lástima, como quien mira a un cachorrito a punto de morir.

Pagó la diferencia del pasaje, eran solamente quince dólares, no le importaba pero si le importaba perder la junta y por lo tanto seguramente su trabajo, lo que no era nada bueno en los tiempos que corrían.

Afuera las colinas oscuras se iban tiñendo de los lamidos anaranjados y el sol era surrealista. Vio lejanas cabañas de madera y las siluetas grises de algunas personas tanto como de vacas flacas y bandadas de pájaros negros arremolinados sobre el esqueleto de una vieja abadía.

Al llegar a Greenville fue el único en bajar del tren que apenas se quedó unos diez minutos para dejar una exigua bolsa de correos y llevarse otra igual de delgada. El mozo de la estación, un hombre de flacura cadavérica, le señaló las oficinas.

Las maderas cochambrosas del piso de la oficina de la estación de Greenville chirriaron bajo sus zapatos bien lustrados. Un hombre obeso que revisaba una carpeta levantó sus ojos, ojos saltones como los de un sapo y le observó inexpresivo, contestando a sus buenos días con una respuesta ininteligible.

Le dijo para su asombro que el tren pasaba solamente una vez a la semana por esa estación y que tuvo la mala suerte de tomar justo uno de ellos al pasarse de Portland, le informó a su vez que no se rentaban autos y que había un solo hotel en el pueblo que de seguro tendría habitación para un caballero como él. Sonrió al decir esto último y mirando al mozo flaco que entraba cargando el saco del correo ambos comenzaron a reírse estentóreamente.

Paul se retiró de muy mal humor. Afuera ya era de día aunque cualquiera diría que por esos parajes era difícil determinar si el sol era eso que con la débil claridad del entorno podrían ser suficiente para llamarle día a las siete de la mañana con un frío húmedo que comenzó a calarle los huesos.

Se rascó sus cabellos pelirrojos y se afinó el bigote con un gesto mecánico, delante de él un camino de piedras negras con un cartel que indicaba la dirección al pueblo no era muy alentador pero caminó resuelto en tratar de encontrar una forma de regresar a Portland lo antes posible.

Un niño estaba parado junto a una barda que alguna vez fue blanca, jugaba con algo retorcido en un palo, cuando pasó caminando comprobó que ese extraño niño vestido con un overol manchado de tierra tenía una serpiente enroscada allí. Le saludó e indicó que tenga precaución, el niño con ojos estrábicos y rostro aplanado tomó la serpiente y la puso en su boca masticándola viva.

Paul se quedó un minuto tieso pero retomó el camino. Seguro el fulgor extraño de la mañana con esa rara niebla que se levantaba del piso le jugaba malas pasadas a la vista de algo que de seguro era más normal de lo que parecía. Probablemente no fuera una serpiente sino una planta o algo así.

El pueblo era pequeño, una centena de viejos edificios de madera al mejor estilo de los pueblos fundadores de América, una plaza ennegrecida con un monumento de extrañas formas, una especie de personaje vistiendo una capucha y un bastón en su mano derecha con la cabeza de algo difícil de determinar pero con cierta familiaridad con un pez.

El hotel se llamaba: Davenport, era el edificio más grande. Una altura de cuatro pisos, cortinas amarillentas y faroles que aún permanecían prendidos pese a que se suponía que era de día. Entró y el salón estaba desierto, cuando tocó la campanilla del mostrador se sorprendió cuando una joven de unos quince años y de rostro pecoso e infantil salió a recibirlo.

Paul se presentó y le contó brevemente lo de su accidente, de quedarse dormido y por lo tanto terminar allí, ella quiso sonreírle pero le fue imposible, le dijo que podría quizás alquilarle el automóvil de su abuelo que ya no estaba en condiciones de manejar pero que hacía dos años que no se ponía en marcha. Paul casi salta el mostrador y la besa pero prefirió sonreírle. Le dijo que era la primera persona hermosa que veía desde que había bajado del tren pero cuando la muchacha subió a mostrarle su habitación vio que tenía una renguera pronunciada y una leve joroba adornaba su delgada espalda.

Subieron en silencio, le dio una jugosa propina pero cuando vio su habitación comenzó a sentir el ahogo que sobreviene a los que aterrados se quedan sin aire. Nada conjugaba algo interesante para los viajeros, las paredes tenían el empapelado roto y manchado de humedad, la lámpara iluminaba mal y la cama era muy poco cómoda aunque no había pedido el cuarto para dormir sino para asearse.

Costó para que el agua de la vieja ducha saliera con una transparencia aceptable y se bañó con el agua casi fría, no podía esperar a que el viejo calentador demorara más, aún y pese a todo tras darse un baño sintió que la sangre le volvía a las venas.

Cuando abrió la valija para cambiarse no pudo evitar sentir pena por la chica, quien sabe qué vida tenía en ese hotel de mala muerte y en un pueblo que solamente podía despertar escalofríos.

Se sentó en la cama para atarse los zapatos y al mirar al techo sintió un leve mareo y volvió a quedarse dormido mientras una especie de abotargamiento se ceñía sobre sus sentidos y antes de perder la conciencia reparó en un reloj de pared que tenía una especie de ronroneo extraño en su interior.

Continuará.