Celulares: ¿funcionales o adictivos?

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Celulares inteligentes: Función o adición
Por: Darío Valle Risoto

Ya hay diversos nombres para bautizar a aquellos que comienzan a tener conductas enfermizas por el uso compulsivo de los celulares, por otro lado también encontramos, sobretodo dentro de las generaciones “analógicas” cierta resistencia a esta maravillosa nueva tecnología aunque también hay mucha gente “grande” que ha caído bajo el influjo de estos soportes digitales.

Voy a tratar de ser claro: Tengo 54 años y por lo tanto debería pertenecer a la generación bautizada como: Generación X o sea, aquellos nacidos luego de 1960 y que entre sus características tenemos según Wikipedia:

“A esta generación le toco vivir la llegada del CD, la PC de escritorio, el flipper/pinball, el walkman y el fin de las cintas en cassette y videos, el nacimiento de Internet y la burbuja del .com en la década de los 90´s, por eso actualmente parte de esta generación se resiste a utilizar estas tecnologías. Todavía prefieren ir a elegir y comprar discos en las disquerías, en vez de pagar y descargarlos. Nacieron en una época de cambios y no necesitan de Internet para vivir sus vidas o divertirse.”

Reconozco que como un ser humano nacido antes de toda esta nueva tecnología en franco e imparable avance aún tengo con asombro que acomodarme al uso de estos soportes de información que como Comunicador Social tanto me sirven para llegar a la información de todo aquello que me interesa, más también debo reconocer que como un hombre nacido en otro tiempo puedo contener el afán de vivir “conectado” casi todo el tiempo como suelo ver en la mayoría de quienes me rodean.

Asumo que tengo ciertas actitudes sociales que me impiden por ejemplo: caminar mirando el celular, usarlo en el colectivo para mayor tiempo que ver la hora o cambiar de disco en la parte de música o tenerlo en la mano todo el tiempo y hasta sacarlo cuando converso con alguien. Actitudes que observo cada día en más gente y que debo reconocer me resultan cuando menos impropias porque estamos viviendo en comunidad y creo que nos debemos atención inmediata por sobre cualquier forma de comunicación intermedia por buena que esta sea.

Con esto no quiero que piensen que estoy en contra de la tecnología de la información pero como toda herramienta es bueno saber que el uso debe ser el adecuado y tratar de alejarnos de conductas enfermizas o recurrentes, ya conozco a varias personas que cuelgan a todas horas material en el Facebook y me pregunto que clase de vida tienen si esto parece ser su único pasatiempo.

Por otro lado estamos al alcance de toda la información y de prácticamente el conocimiento universal pero debemos ser cuidadosos no solo de las fuentes de información sino del carácter de esta ya que es innegable que la Web está inundada de material denominado lisa y llanamente: Basura.

Tengo 54 años pero si siguen este blog comprobarán que mis gustos siempre están actualizados y que probablemente tenga mucho más que intercambiar con la generación de menos de treinta años que con la mía y que además realmente disfruto de la nueva tecnología sin olvidarme que nací en un tiempo donde tener esta computadora de bolsillo llamada absurdamente: celular, solamente era posible en las películas de ciencia ficción como mi serie favorita: Star Trek que tanto se adelantó a los dispositivos modernos a principios de los años sesenta.

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“La tecnofilia (del griego τέχνη – technē , “arte, habilidad, oficio”1 y φιλία – philia, “amistad” ) es la afición hacia la tecnología o dispositivos relacionados generalmente con computadoras/informáticos/móviles. En este caso, las personas dependen en forma excesiva del uso de la tecnología, a tal punto de que no pueden separarse de ella. Es por esto que podemos denotar que la tecnofilia se basa en una obsesión a la tecnología incluso podemos decir que esta es una adicción en donde, al igual que las drogas, si no se está con un objeto tecnológico, ya sea con conexión a Internet o simplemente con el teléfono, genera trastornos muy parecidos a cuando las personas están consumiendo alguna “sustancia ilícita”, que es la dependencia.” (Wikipedia)

¿Cómo actúa un individuo tecnófilo frente a cada tecnología?
Por: Wikipedia

Teléfono móvil
La adicción al celular recibe el nombre de nomofobia , o miedo de quedarse sin acceso al celular. Este es un término considerado “hijo” de la tecnofilia que puede ser muy perjudicial para el vivir diario de una persona si la padece, ya que usualmente se está usando todo el día el celular, ya sea para jugar, para mandar mensajes de textos, hacer llamadas progresivas que son totalmente innecesarias, lo que además les trae como consecuencias facturas elevadas del teléfono, no realización de actividades gratificantes, problemas de pareja y/o familiares, entre otros. Cuando su dependencia es muy fuerte, las personas llegan a sentir ansiedad al dejar el teléfono en casa.

Redes sociales

Los adictos a las redes sociales son las personas que sienten la necesidad de vivir conectados continuamente con estos medios digitales. Los más comunes son Facebook, Twitter, Tumblr, Instagram, Snapchat, entre otros. Estos medios son utilizados cuando las personas tienen acceso a internet sin importar el lugar en el que estén (metro, casa, escuela, universidad, trabajo). Según un estudio de la Universidad Estatal de California, se halló que las personas que reportan ansiedad por usar Facebook y otras redes sociales tienen patrones cerebrales similares a los que también son encontrados en los adictos a las drogas. Lo más común de estas personas es que no pueden sacar la vista de sus smartphones’ ni siquiera un minuto.

Demasiado políticos y casi correctos

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Demasiado Políticos y casi Correctos
Por: Darío Valle Risoto

Mi amigo Juan me dijo un día que iba a llegar la época donde se encarcele a la gente por fumar cigarrillos en la calle o en las plazas, en relación a que comenzaba a regir la ley contra el consumo del tabaco en lugares cerrados. Eso fue hace muchos años y Juan ya no está vivo, pero creo que coincidiría conmigo en sentir una suerte de malestar por esta época de lo políticamente correcto sobretodo en las redes sociales.

Últimamente escucho por aquí y allá: “Todas y todos” y “Madres y padres” en un intento absurdo de contemplar a los dos sexos porque se supone que el idioma es sexista ¿? cuando en realidad: “Todos” y “Los padres” se refiere a un conjunto (Grupo indiferenciado de hombres, mujeres o lo que sea) de personas la primera frase y la segunda de los progenitores, por ejemplo de los alumnos de una escuela sin distinción de si son los padres, madres, inclusive entrarían los tutores.

Y cuando hablamos de “Los niños” genéricamente no nos referimos a los varones sino a todos los niños y por lo tanto: “Las niñas y niños” es tratar de explicar de forma innecesaria lo que ya estaba implícito en el conjunto de personas que están dentro de la etapa de la niñez, en todo caso nos referiríamos a “Los niños varones” de tratarse de algo que solo sería para convocar a los machitos.

Un hombre es “una persona” y una mujer es “un ser humano” sin necesidad de decir barbaridades por ejemplo como que un hombre es un “persono” y una mujer una “¿Sera humana?”. Presidente e intendente no tienen femenino y se aplica la diferencia en el pronombre: La presidente de la Argentina o La Intendente de Colonia, por citar dos ejemplos, el diccionario también admite presidenta e intendenta para ciertos países de Sudamérica dado que el idioma es cambiante aunque me temo que estamos frente a una época donde esto es apenas el principio.

Hay una clara tendencia que es muy positiva de terminar de una vez por todas con el abuso hacia el sexo femenino en todos los ámbitos sociales, pero que cambiemos nuestra forma de comunicarnos manipulando la economía del lenguaje en este aspecto no modifica sustancialmente el tema y solo aporta más confusión, los derechos de las mujeres no dependen de esto sino de algo mucho más importante que implica acabar con una larga historia donde los hombres nos creímos superiores a ellas.

Otro caso paradigmático es el tema de los nativos americanos que tradicionalmente fueron denominados: “Indios” porque Colón se confundió al llegar a América y creyó que estaba en Asia, históricamente fue así hasta que algunos pretenden no ofender con el término “indios” a los sobrevivientes (No se porque sería una ofensa) de las razas autóctonas de América por más que se siga denominando: “América” al continente e “Indígenas” a los nativos de estas tierras en otros ámbitos. Nativo americano parece el término correcto pero es curioso lo de ambas palabras juntas porque si vamos a la raíz del tema: este continente debería llamarse como lo denominaron sus nativos… ¿Y como fue? ¿Incas, mayas, Charrúas y Fueguinos entre muchos otros lo llamaban igual?

Hay  un deseo de no ofender a través del idioma y se toma como despectivo por ejemplo el término: “Negro” por pertenecer a la raza negroide y esto erróneamente se ha cambiado por “Afrodescendiente”, lo que en realidad no significa más que es un descendiente de un continente con un 70% de su población de raza negra y un 30% aproximadamente de raza blanca o caucásica si se me permite. Así que presumimos que es una persona de piel oscura e intentamos llamarlo con esta larga palabra: Afrodescendiente para no decirle negro.

El idioma se supone que debe ser ante todo claro y práctico pero estos no son el caso.
Volviendo a la realidad: todos somos Afro descendientes ya que la vida se originó en ese continente.

El uso del humor sobretodo aquel que se mofa de las minorías comenzó a transitar terrenos delicados cuando aparecieron los vigilantes de las redes morales prestos y rápidos en acusar de: homo fóbicos, racistas, xenófobos y hasta de carnívoros a aquellos que arriesgan un chiste que antes hacía reír y hoy ofende. Los tiempos cambian y parece ser que la gente se ha vuelto muy susceptible.

De allí a ser: Fachos, nazis y hasta malas personas solo un paso y avatares de la salvaguarda de los derechos de todos en sociedades paradójicamente polarizadas donde nos recluimos en nuestros espacios personales estancos con nuestros celulares y ordenadores tratando de ser ecológicos, democráticos y solidarios regalando un dedito para arriba a enfermos terminales, mascotas heridas y amores imposibles.

El lenguaje y la palabra evolucionan, hay formas nuevas de comunicarse pero todo depende sustancialmente de los intercambios sociales por medio de la relación de sus integrantes, de sus relaciones de producción, su arte y su creatividad tanto en el trabajo como en el tiempo de esparcimiento, pero si nos limitamos a lo que es político y correcto para tratar de no ofender a nadie, cosa absolutamente imposible sobretodo porque hay gente extremadamente sensible en las redes: algo nos estamos perdiendo.

Bienvenido sea este mundo donde cuidamos cada vez más el medio ambiente y tratamos de acomodar décadas de errores con el tema de la polución, la contaminación y el cambio climático, bien por proteger a las especies animales pero sin llegar al paroxismo de volvernos todos vegetarianos o defender hasta el derecho de los mosquitos. Todo tiene una medida, un tiempo y un proceso: No nos volvamos estúpidos.

Madres y Tiranas

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Madres y tiranas
Por: Darío Valle Risoto

Aquel hombre me despertó una inmensa tristeza, era un sentimiento egoísta porque en su realidad triste y desvastada podía ver también la mía.

Estábamos en un taller literario el que en realidad era una especie de club de lectura donde nos reuníamos una vez a la semana para compartir nuestras obras algunos con afán de escritores y poetas.

Este hombre ya veterano nos leyó un par de pequeñas obras teatrales que había escrito, muy ingenuas y casi infantiles sobre la vida y las costumbres de los Montevideanos. Inmediatamente cobré cuenta de que era un hombre frustrado y rezagado de las cosas hasta que lo confirmé cuando se despidió del grupo, aunque todavía era temprano, aduciendo que cuidaba de su madre muy anciana y enferma.

Lo volví a ver un par de veces más, con el tiempo agotado mi interés dejé de ir a ese grupo de poetas porque ya no me aportaba más de lo que me había aportado y sin embargo nunca olvidé a ese hombre de desgastado traje marrón, gruesos lentes de aumento y una tristeza en el semblante como la del condenado a muerte que camina los doce escalones a la horca.

Entreví quizás mi triste final atado a mi madre tras la muerte de mi padre a mis veinte años y sin posibilidad económica de emanciparme para hacer de mi vida lo que junto a ella era literalmente imposible. Comprendí que formaba parte de una larga lista de hombres y mujeres que deben dejar su vida a un costado para mantener a sus padres ancianos y por sobre todas las cosas postergarse indefinidamente cuando estos son de una estirpe vieja e intolerante de castradores.

Y todo giraba y gira en rededor de lo económico y lo afectivo porque quienes nos dan la vida también pueden complicarnos la necesidad de buscar nuestro rumbo si encima de ello no podemos encontrar alternativas económicas que nos den la oportunidad de vivir libremente.

A la salida de aquel baile uno de mis amigos llamaba a su madre para decirle que todo estaba bien, eran las cinco y media de la mañana, el tipo tenía como treinta años y se reportaba a su madre. Recordé mi conversación cuando nos pusieron por primera vez el teléfono y en la que le dije a la mía que ni pensara que me iba a reportar como un pelotudo.

Aún así desde que murió mi padre hasta que ella falleció fue un prisionero de esa realidad que me obligaba a buscar mi libertad pero siempre con la espada de Damocles sobre mi alma de esta especie de madre judía castradora e inflexible.

Pienso en aquellas mujeres que alrededor de los cuarenta años recién pueden casarse tras la muerte de sus padres, solamente para recuperar un poco de la juventud perdida donada al amor de unos progenitores que ven a sus hijos como su propiedad y así los usufructúan.

__ Madre hay una sola y me tocó a mi. __Me dijo en broma Eduardo cuando le conté esta realidad que me quitó los años hasta que a los treinta y tres quedé solo tras la muerte de mi madre, si así no hubiera sido quizás aún hoy cargaría con el peso de este amor que acogota y deprime.

Pero como el tema de los hijos insoportables, estas situaciones poco se difunden aunque sin lugar a dudas fueron el motivo de mucho de la bibliografía de Sigmund Freud y tantos otros que rastrearon en las neurosis modernas el hito de una cultura donde los hijos son hijos y propiedad hasta por el resto de sus vidas sobretodo en nuestras culturas latinas, pero también se puede rastrear el tema tanto en oriente como en parte de la zona anglo sajona aunque ellos tienen otra forma de resolver este tema.

Y si el respeto y el amor por nuestros mayores se vuelve en nuestra contra de tripas corazón y seguir tratando de sobrevivir aun con la naturaleza de una madre como la que supe tener y que debí enfrentar más de una vez cuando trataba de administrarme los afectos al punto de evitarme muchas relaciones o por otro lado elegirme otras.

Y si ser anarquista implica un amor por la libertad que va más allá aún de la propia necesidad, también es someterse al arbitrio de una realidad donde uno asume que pasaron los años y de ser criado pasó a ser quien ahora debe suministrarle la manutención a un anciano no siempre comprensivo y por sobre todas las cosas conservador.

Por lo tanto a pasos lentos uno debe hacerles reaprender que el mundo no es como ellos lo piensan y que quizás estuvieron equivocados toda su vida en muchos temas y en especial en lo afectivo, el sexo, la libertad y el derecho de hacer de la vida de uno lo que uno quiera.

Que la rebeldía es lo único que ha cambiado el mundo y que no todo lo que pasó siempre fue bueno o necesario y que la gente tiene padres, los padres hijos y aún así todos somos personas con el derecho y hasta la obligación de proyectarnos libres e independientes hacia nuestro propio futuro.

En 1995 falleció mi madre y ese día aunque inmensamente triste comencé a ser de verdad libre por primera vez, paradojas de la vida porque bien pudo y debió ser de otra manera, afortunadamente hay padres ancianos que piensan mejor las cosas y tratan de ser felices a través de la felicidad de sus hijos aunque estos tomen caminos muy diferentes a los propios.

Y 1996 fue mi año, como si la naturaleza me devolviera lo que había perdido recuperé el tema postergado en el amor, tuve tres intensas relaciones que duraron algunos años más y aprendí cosas de mi mismo que me sorprendieron porque fue todo bueno y realmente disfrutable aunque bien pudo pasar mucho antes.

Si los oídos tuvieran párpados

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Por: Darío Valle Risoto

Lamentablemente los oídos no tienen parpados, esto sin duda se debe a la necesidad de preservación de la especie ya que la capacidad de escuchar nos mantiene alertas desde tiempos prehistóricos ante los sonidos que presagiaban algún peligro, pero en estos tiempos modernos significa vivir a merced del gusto musical de quienes nos rodean.

Si pudiéramos “cerrar” nuestros oídos podríamos evitar el mal gusto de los musicalizadores desde el comercio habitual al que vamos hasta el colectivo, nuestro barrio, las mismas calles con esos pelotillas con los automóviles equipados cual discotecas ambulantes y hasta nuestros ámbitos de trabajo.

Tratar de solucionarlo significa ir enganchados con auriculares escuchando la música de nuestro gusto, esto siempre y cuando vayamos solos, porque si estamos acompañados quedamos a merced del disk jockey de turno. Recuerdo más de una vez estar donde me era difícil seguir una conversación con alguien con ese: “Chiquichi chiquichi” regettonero de fondo. Porque desde luego que no habrá música culta a nuestro alrededor sino que invariablemente saldrán del fondo del tarro de la incultura los ritmos que parece que son. “Divertidos” para la gente y que todos consumen cual mantra de la des-cerebración masiva.

Vamos por partes: Cada persona es libre de escuchar aquello que prefiera y estoy bien con eso, pero a lo del principio: “Los oídos no tienen párpados” y por lo tanto espero que tengan consideración tanto comerciantes como conocidos para este humilde melómano que ama escuchar de todo pero dentro de los límites de lo musicalmente admisible y no: M.P.M. (Sigla de mi factura que significa: Música para monos)

Tenía un amigo amante del rock como yo, iba bastante seguido a la casa hasta que de un día para el otro el tipo comenzó a escuchar música tropical y trataba de compartirla conmigo, por supuesto que jamás volví a su casa. Hasta allí llega mi amor por la música y lo que esta representa en mi vida. Desde luego que cuando tengo visitas trato de no torturarlos con por ejemplo: “Cannival Corpse” o cosillas por el estilo, todo por una regla simple y llana de ser considerados con nuestros semejantes y no someterlos a nuestro gusto.

La música que escuchamos tanto como aquello que leemos o la forma de vestirnos nos identifica, dan una muestra real de nuestro nivel intelectual y de cómo vamos por la vida. Es indudable que nuestro nivel educativo y nuestra formación nos hacen determinar que consumimos en los aspectos antes mencionados, pero también lo que consumimos señala y condiciona nuestra forma de ser. Las manifestaciones artísticas todas son la muestra de lo que nos interesa y define y por sobre todas las cosas nos conmueve y si encontramos: “Diversión” en letras tipo: “La Pocha es una perra”, creo que estamos en verdaderos problemas.

El viernes fui a sacar cientos de fotocopias a un local y tras esperar un buen rato le preguntó a uno de los chicos si siempre trabajaban escuchando “ese tipo de música” y medio se disculpó alegando que la ponían los demás pero que era divertida, a lo que le contesté que a mi me resultaba muy triste… en fin. Era una mescolanza de esos grupos de soft reggaeton juvenil con canciones la mar de tontas. Viendo mi tatuaje de Motorhead me dijo que ya veía lo que yo escuchaba y le contesté que si pero que no obligaría a nadie a hacerlo si tuviera un comercio.

Que los medios masivos de comunicación están dirigidos a una mentalidad promedio de unos diez años no es cosa nueva, esto se advirtió alrededor ya de los años cincuenta cuando proliferaron bandas de rock que solamente repetían determinadas frases sin ton ni son pero musicalmente enganchaban a las audiencias, de allí en adelante la bajada ha sido constante, al punto de que en el Uruguay de las orquestas tropicales de antaño ya de por si bastante cuestionables se ha llegado a los grupos autodenominados de “Cumbia pop”, “Cumbia cheta” o “Regaetton” donde la propuesta parece ya no estar dirigida a audiencias masivas de diez años sino de diez meses. Pero si venden y bien, la cosa les funciona.

Generalmente tengo algunas discusiones sobre música con gente de todos los gustos, aunque discrepe con algunos conocedores de esta, siempre prima mi respeto por aquellos productos que tienen determinado nivel artístico, digamos: “Complejidad”, aunque no me gusten, me sobran los ejemplos y  tengo también un gusto ciertamente bizarro por algunas propuestas que en otras épocas deploré pero que hoy día me despiertan una sonrisa. De todas maneras las guardo para mi ámbito privado y nunca lo difundiría.

Por lo tanto me asombra la tendencia de gente vulgar que logra cierta satisfacción onanista en difundir su paupérrimo gusto musical entre los que les rodean tanto en su barrio, el colectivo, desde su coche, el trabajo, etc. Eso me pone siempre al borde del asesinato masivo porque realmente me pone mal la falta de respeto y la imposición. Cómo le dije a un compañero de trabajo que ponía la radio a todo trapo con un programa donde un estúpido a los gritos hablaba con la gente sobre sus cosas amorosas. ¿Para qué colectivizar tu mal gusto?

Ha venido gente a casa y si voy a poner música les pregunto que quieren escuchar, tengo casi de todo menos de aquello de lo que acabo de mencionar porque aunque bastante infantil en otros gustos artísticos, en lo musical quiero disfrutar con productos con cierta complejidad desde el tango, el rock, heavy metal, New Age, electrónica, música celta, clásica, étnica, folclórica, blues y muchos otros estilos donde puedo sentir que me respeto a mi mismo y a los demás.wallpaper-magic-279-35

El último cine

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El último cine
Por: Darío Valle Risoto

El olor a cuero de las butacas competía con el aroma poco generoso de la sala que nunca estaba del todo limpia del cine de nuestro barrio. Éramos niños y ávidos de enormes aventuras que la gigantesca pantalla nos donaba generosamente para beneplácito de nuestras almas de niños y ambiciones de pequeños dioses.

Teníamos frente a nosotros la clave para viajar en el tiempo y el espacio, aprender historia, mitología, artes y letras y también del amor y del odio que los hombres se comparten y reparten.

Cada protagonista era nuestro padre o hermano, cada villano el enemigo a abatir, la oscuridad de la sala era como volver al ceno de nuestra madre al abrigo de todos los males de este mundo que solamente podíamos evitar tapándonos los ojos con las manos o bajando la cabeza para no ver la escena donde el héroe muere o se queda sin su amada, felizmente en aquellos tiempos casi todos los finales eran felices.

Salíamos excitados repitiendo diálogos y escenas de arrojo y valentía, la segunda guerra mundial era un juego, los westerns una invitación para tener duelos en el patio de la escuela y las películas de terror la fuente de nuestras pesadillas. Aún así queríamos ver de nuevo al hombre lobo y al caballero negro o soñábamos con vivir en el bosque de Sherwood o combatir en el fabuloso circo romano.

Entrar al cine era como ingresar en un vórtice espacio temporal donde las horas eran segundos y todo era posible tanto soñarnos junto a John Wayne al caer el sol o besando a Mirna Loy en pleno Manhattan. Entre tantos rostros así en technicolor como en blanco y negro nos volvimos parte de un mundo de celuloide que pasó a ser el centro de nuestras vidas aún más que la familia o la escuela.

Volvíamos a ver una y otra vez a los doce del patíbulo, a los siete magníficos, los cañones de Navarone y por supuesto: Frankenstein, la novia de Frankenstein y Drácula tanto con Bela Lugosi como con el más moderno y a colores: Christopher Lee.

Aguantábamos las ganas de orinar hasta que casi nos explotaba la vejiga y corríamos al baño bajando las escaleras de dos en dos para no perdernos mucho de las películas y volvíamos corriendo en la oscuridad bajo el constante chisteo del público a retomar la historia, esos pocos minutos en que salíamos al mundo real eran una tortura terrible. Si íbamos acompañados le preguntábamos al que había quedado que había pasado si había muerto alguien, si la había besado, etc.

Los fines de semana la matinée comenzaba a las diez de la mañana, llevábamos biscochos y salíamos a eso las dos de la tarde si no era que enganchábamos con otras tres películas diferentes y más para adultos a partir de esa hora, cierta vez salimos para el cine a las diez de la mañana y regresamos catorce horas y nueve películas después a casa con la consiguiente paliza de nuestras madres por la osadía. Igual estábamos satisfechos.

En el patio del conventillo jugábamos a los Rangers de Texas, al planeta de los simios o al laboratorio de algún científico loco, no nos gustaban los musicales ni las películas de amor pero a veces con estas últimas comenzábamos a notar que nos despertaban cierta sensaciones nuevas que a eso de los doce años nacían poderosas. Isabel Sarli fue una de las culpables de largas noches de insomnio ya no por el hombre lobo sino por algo más.

Pasado el tiempo la televisión hizo que el cine fuera perdiendo terreno, en casa teníamos la posibilidad de ver algunas de aquellas viejas películas nuevamente pero no era lo mismo, el cine tenía aquella magia insustituible de atraparnos en cuerpo y alma dentro de la oscuridad y despedirnos hacia dimensiones que aún en el más confortable de los hogares no era posible igualar. Detrás de las gruesas cortinas estaba el corredor de piso de madera flanqueado por las butacas y allá adelante el puerto de lanzamiento de todos nuestros sueños con la inmortalidad de un James Dean y la eternitud de Marilyn Monroe, la fabulosa prestancia de Katherine Hepburn y la presencia de Gary Cooper, la televisión no estaba ni cerca de aquello.

Finalmente los cines de barrio fueron cerrando y fueron invadidos por alienígenas descerebrados que quitan demonios allí donde todo era más increíble que sus sueños bíblicos y más realista que sus mitologías de dioses y profetas. Jesucristo Superstar le dio terreno al pastor de hoy día y el laboratorio de Frankenstein fue sustituido por un estacionamiento, donde antes soñábamos a raudales hoy un triste supermercado vende porquerías pero todos carecen de aquella cosa increíble que tuvimos el privilegio de vivir pasando largas horas en la oscuridad para tratar de sobrellevar la luz de un mundo corrompido por la rutina.

No me importa si fue Penal

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Por: Darío Valle Risoto

Hace unos años un amigo me acercó la fotocopia de un artículo de Umberto Eco que ya lamentablemente perdido no lo he podido encontrar por más que lo he buscado aún en Internet. Dicho artículo era una irónica historia sobre él mismo subido a un tren y siendo presa de una conversación con un individuo sobre un tema que según parece es universal y casi insoslayable: el fútbol.

En esta anécdota Eco se preguntaba si la conversación pudo haber sido por ejemplo sobre arte y por ejemplo una cierta ejecución de una orquesta tratando de determinar tales o cuales instrumentos y la participación de los músicos, ejecutantes y director. Pero no, esta conversación fue sobre fútbol y el diletante de antemano lanza un tema quizás previendo que todos gustan de él y por lo tanto será apasionante para ambos.

Muchas veces me ha pasado y todas estas me he encontrado en la disyuntiva de ser sincero y decirle a quién me intercepta con este tema que no me interesa o tratar de parecer interesado por ejemplo en la última victoria de nacional, la capacidad de la celeste de clasificar para el próximo mundial o la trayectoria en el Barcelona de un jugador del que no conozco ni siquiera la cara que tiene.

Nada, absolutamente nada me interesa este deporte que ya hace tiempo ha dejado de serlo para transformarse en un enorme negocio que fagocita personas y devuelve estúpidos fanatizados por determinados colores y/o nacionalismos. Nunca me arrastró la marea de sentirme perteneciente a determinado cuadro, club o de estar identificado como oriental, uruguayo o lo que sea porque se logró algún puesto en cualquiera sea la copa de barrio, continente o de la galaxia.

El fútbol es una suerte de religión que convoca a pensadores y presidentes y exacerba aquellos instintos primarios tribales que a nada bueno nos conducen como personas y nos acercan a los criterios primordiales donde la tribu más poderosa vencerá a la más débil o en cambio se logrará la triste hazaña de que el cuadro menos calificado por una razón absolutamente azarosa venza a los favoritos del caso.

He caído en las garras de tremebundas conversaciones sobre fútbol tanto en ámbitos de trabajo como en institutos de estudio y debí permanecer absorto escuchando como el fanatismo comienza a traspasar las ideas para competir sobre quien tiene mayor cantidad de copas o los mejores colores, la hinchada más numerosa y hasta el estadio más grande, cuando no de que club es el decano y toda una suerte de tonterías que parecen la conversión de niños de cinco años sobre sus mejores juguetes.

Me ha tragado una insoportable atroz nube de aburrimiento escuchando a tipos pelearse sobre la posibilidad o no de que aquello fuera penal, de que hubiera posición adelantada o de que tal o cual juez estuviera comprado o fuera un vendido o una sarta de cosas por el estilo sobre un juego, si sobre un juego donde se tata de tener más goles de un lado por sobre el otro para ganar la enorme gloria de eso mismo: ganar un juego.

Y no solo hay una enorme cantidad de programas de televisión, de radio, revistas y sitios de Internet sobre fútbol que encima de ello hasta en programas que no se tratan de este tema se habla de fútbol tal como si de una invasión se tratara. Para colmo cuando se habla de este tema no se detiene nadie y se sigue y sigue repitiendo lugares comunes escuchados por quién suscribe desde siempre y lamentablemente para siempre según parece. Por increíble que parezca hay gente que conoce detalles de partidos, campeonatos y series desde años inmemoriales, nombres de jugadores, de técnicos, los marcadores y hasta anécdotas triviales como que jugaron a cierta altura o fue el gol número tal de aquel centro delantero que ahora juega en equis club.

La publicidad me ofrece juntar cierta cantidad de cupones para ir a conocer personalmente a ese jugador millonario que apenas sabe hablar pero tuvo la suerte de ser transferido a Europa y ahora es un nuevo rico aunque solamente sea bueno pateando la pelota. No me interesa, como tampoco me interesa ponerme una camiseta con su nombre o comprar esa afeitadora que usa el otro que también tuvo la suerte de ser una especie de primate goleador y que le ganó a miles de botijas que se quedaron en el potrero esperando el milagro de ser ídolos para una turba indiferenciada de personas iletradas y no tanto.

El futbol no es solamente el solaz y la locura de los tontos, he escuchado a personas muy inteligentes caer en el embudo del gusto por este deporte mundial que ocupa para muchos el centro de sus vidas y la define de principio a fin al grado de que podrá estallar una revolución cualquier día pero nunca durante una final de una copa o cuando juega su cuadro preferido.

Cuando era niño me preguntaban de que cuadro era y yo contestaba: de Peñarol, porque me gustaban sus colores, una sola vez los fui a ver con mi padre al estadio centenario con unos doce años y me pudrí como un condenado y después tuve un vecino que me llevaba a ver los partidos de inferiores del Club Nacional de Fútbol donde jugaba su hijo, quizás con la esperanza de que me pase a ese cuadro pero también me aburría a grados proverbiales, me dejó de llevar y hasta me ofendió diciéndome que seguro me habían dado muchos caramelos para ser de Peñarol. Un completo idiota el tipo.

El otro día vi a una chica muy atractiva que tenía tatuado el nombre de su cuadro en el brazo y me dio lástima, de verdad, creo que porque parece una chica inteligente y tal vez lo sea, como también todos los que en las redes sociales tienen interminables contiendas sobre el fútbol a grados que pocas veces son agradables y mucho menos respetuosos. Quizás lo bueno de todo esto es que este tema nos ayuda a conocer a quien tenemos delante y no porque siga a tal o cual cuadro sino por todo lo que está dispuesto a hacer en su honor.

Con los años me doy cuenta de que mi vida social se ha restringido bastante por ser anarquista y ateo pero por sobre todas las cosas porque detesto el fútbol y no puedo ver un solo partido sin dormirme a los cinco minutos sea cual sea, tampoco me puedo asociar a la idea de que unos tipos de camiseta celeste me representan aunque canten ese himno que se me impone solo porque nací de pura casualidad aquí, no me mueve ni una pestaña que ganen o pierdan pero si me molesta bastante que como a Umberto Eco cualquier individuo anónimo piense que debo interesarme o saber lo que ocurre sobre este tema solo porque soy un ser humano.

El transporte colectivo de Montevideo

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El Transporte colectivo en Montevideo
Por: Darío Valle Risoto

Más de veinte años de intendencia de un mismo partido (O coalición) no han podido solucionar definitivamente el tema del transporte Montevideano más bien es cierto que algunas cosas han mejorado sustancialmente como la puntualidad y la limpieza en muchos casos.

Aquellos que viajamos a diario y en las horas de mayor público somos testigos de la desazón que produce pagar un transporte caro y viajar: “Cómo ganado”, palabras que más se escuchan, cuando vamos apretados y generalmente escuchando la patética avidez de disc. Jockey del suburbio de los chóferes de turno que nos atosigan con cumbias, pachangas o programas de radio donde generalmente hay un locutor afectado de idiotez.

Montevideo es una ciudad chica pero mal diagramada, lo que produce casos de difícil circulación, avenidas demasiado angostas, etc. y para colmo la clásica “plasta” tanto de conductores de vehículos como de transeúntes que conservan esa cosa de pueblito chico de cruzar por cualquier lado y en cualquier sentido malogra cualquier mejora. No debe ser fácil tratar de que el sentido común se manifieste cuando precisamente se carece de capacidad para fiscalizar los problemas del tránsito y cuando esto se hace es solo con afán recaudatorio y lejos se está de orientarse a la educación de conductores y peatones.

Viajar en el ómnibus es complicado, se nota que algunas cosas mejoran pero lentamente como pasa todo en el Uruguay, al punto de que se dice por ahí que cuando se termine la vida en la tierra en este país tendremos como cuarenta años más de existencia por aquello de que todo nos pasa tarde. ¿Es tan difícil aprender de otras realidades más avanzadas?

Una última perla: Compraron colectivos Chinos con asientos chiquitos y hay algunos modelos en que el corredor hacia el fondo se va angostando hasta quedar de unos cincuenta centímetros.

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