Objetos Perdidos 25: Nos falta pensar

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Volvemos y con temas políticos y también ¿Por que no? de índoles filosóficos, porque hay una pregunta que me ronda la cabeza y es: ¿Por que la gente humilde y necesitada sigue votando a los poderosos que viven de su trabajo? Hubo algunos señores que supieron responder a eso: Marx, Bakunin— pero no hay caso. Mañana en Uruguay vamos a elegir presidente y todo parece indicar que el candidato de la derecha (De toda la derecha desde el fascismo a la mafia Pentecostal) será nuestro nuevo usurpador de riquezas… Es así Mendieta.

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Vivimos apurados y distraídos

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Vivimos apurados y distraidos
Por: Darío Valle Risoto

Estoy esperando frente a la puerta del colectivo para bajarme, tras abandonar su última parada espero unos instantes y apretó el timbre para que pare en la próxima, siento que algo me pica la espalda, es una señora que me empuja con su bolso, me doy vuelta y la miro por si necesita algo, ni siquiera pide disculpas.

Cuando me bajo debo esquivar personas paradas justo en el lugar donde debo pasar, no se mueven aunque el colectivo abra sus puertas a su lado y bajen los pasajeros, otros bajan por la puerta de adelante aún cuando el vehículo está prácticamente vacío y por lo tanto los que van a subir deben esperar a que estos salgan para entrar.

Tanto dentro del colectivo que los uruguayos (No me pregunten por qué) llamamos: “Ómnibus” como en la calle, observo la obsesión de las personas con los celulares, que recalco que son un invento maravillosamente útil, pero hay muchas ocasiones en que veo a las personas arriesgar su salud solo por estar mirando las pantallas. Desde caminar y hasta cruzar las calles mirando sus celulares hasta verdaderas proezas de la inconsciencia como aquella madre empujando el cochecito de su hijo mientras tecleaba en su celular mientras iba por la calle contra la vereda y los autos les pasaban demasiado cerca.

Distracción y apuro parecen ser las consignas de estos tiempos en que el tiempo nos corre porque parece que todos llegamos tarde a alguna parte y aparte de cada vivencia todos terminaremos en lo único seguro que tenemos en esta vida y es un buen día estirar la pata, o sea: morirnos. Por lo tanto recuerdo aquella frase que rezaba: “Apurarse por vivir es apurarse por morir”

Siempre he tratado de ser lo más prudente posible y sobretodas las cosas no ser tan torpe como para cruzar una calle mirando mi celular, ni siquiera lo hago caminando, si tengo que hacer algo me detengo y lo miro tranquilo. Nadie me corre. Mucho menos lo saco en el colectivo porque llámenme paranoico pero cotidianamente viajo rodeado de demasiadas personas desconocidas generalmente: sucias, desprolijas, mal educadas, torpes y suficientemente idiotas y por lo tanto peligrosas como para andar distraído.

Lo uso todo el tiempo pero para escuchar música, pongo mi lista y que corra o alguna de esas fabulosas aplicaciones donde hay radios de rock, blues y heavy metal y las dejo correr y solamente miro el celular si se corta una transmisión o cambio de radio pero lo hago muy poco.
Por consiguiente y a todo esto tengo la costumbre de no estar absorto en la pequeña pantallita y por lo tanto he comprobado que a veces soy uno de los muy pocos que está consciente del mundo fuera de ella y hasta he llegado a notar que soy como el bicho raro que no saca casi nunca esa cosita inteligente.

Por lo tanto esa “celularitis”, como la gente que tiene esa ansiosa compulsión a andar corriendo a todas partes me molestan y mucho ya que trato de tener una especie de vida lo más lógica posible y que a mis años me permita disfrutar los momentos de la mejor forma posible.

“La gente nerviosa me pone nervioso” le decía a mi madre cuando se ponía insistente con algún tema, comprendí que muchas veces los problemas se resuelven por si mismos sin necesidad de volvernos locos y que las soluciones aparecen mucho más rápido si tenemos el ánimo de esperar y sobretodo de planear tranquilos nuestras vidas. Aún así en ocasiones me gana la necesidad de estar lejos de la gente que parece tener una necesidad imperiosa de que todo pase cuanto antes y antes que antes mucho mejor.

“Lo quiero para ayer” parece la consigna de nuestros tiempos o: “No sé lo que quiero pero lo quiero ya” que mucho tiene de aquello de los niños que lloran y patalean por un juguete que los va a entretener más o menos quince minutos hasta que deseen otro. Esa eterna adolescencia de los adultos contemporáneos de la que solo formo parte por mis gustos en entretenimientos, parece haber transferido el nerviosismo natural de la pubertad a todos los ámbitos de la vida y así todos corren, todos están ansiosos y sobretodo frustrados por no conseguir lo que quieren.

Hijos directos de las necesidades artificiales de las campañas de publicidad estamos inmersos en una vorágine que nos come los días, las horas se vuelven minutos y los minutos desaparecen absorbidos por la nerviosa estrategia de que distraídos nos sometan mucho mejor los señores del mercado de consumo.

A veces me doy cuenta de que estoy mirando la televisión, a la vez observo el celular y tengo sobre la mesa un libro que se me hace eternamente largo porque no le puedo coger el tranco y leerlo como se debe, porque me están ametrallando mil distracciones. Mi última compañera tenía la fabulosa costumbre de apagar la televisión si íbamos a comer, esto significaba que comíamos tranquilos y conversando sin estar mirando aquella pantalla.

A veces ahora que estoy solo pienso en que debo recuperar el tiempo, reconquistar aquella época en que uno llegaba al sano aburrimiento de no hacer nada y solamente como dijo alguien alguna vez: Tirarse a escuchar crecer la hierba.

Consumo: ¿Comprar o que nos compren?

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¿Comprar o que te compren?
Darío Valle Risoto

Tengo por costumbre cuando voy al supermercado el tomar una de esas canastillas de plástico para cargarla con lo que compraré sin arrastrarla por el piso con la manija más larga y llevándola como si fuera un bolso. Esto me facilita desplazarme entre las góndolas y la gente con carros más rápidamente y sin sentirme un pelotudo por andar arrastrando un carrito con ruedas por todo el recinto como si tuviera cinco años y llevar mi camioncito.

Además de ello puedo calcular el peso que luego tendré que soportar hasta llegar a casa, ya que carezco de automóvil o un esclavo para que me lleve los comestibles y enceres que acabo de comprar.

Por otro lado al vivir solo compro poco y lo estrictamente necesario, raramente hago acopio de comestibles como si se fuera a acabar la vida sobre la tierra que suelen hacer muchas personas especialmente antes de los fines de semana o en fechas como navidad, fin de año o antes del primero de mayo.

La espera en las cajas me permite entretenerme mirando lo que compran otros y así verificar mi teoría de que las cosas muchas veces compran a la gente y no al contrario. Los colores y empaques llamativos, el engaño de las ofertas, la necesidad de adquirirlo todo, hacen de los ciudadanos comunes, consumidores de cuanta cosa se les plante delante de los ojos.

Confieso que suelo ser víctima de alguna oferta como por ejemplo: dos sobres de sopas con una taza de regalo, por darles un ejemplo. Pero solamente si quiero comprar las sopas y tras verificar que estos sobres por separado cuestan lo mismo o más que con la promoción. En la mayoría de los casos el regalo es una mentira y uno termina comprando una taza creyendo que ahorra algo y generalmente ni siquiera la necesita y solo lo hace por haber caído en la trampa del regalo falso.

Otro tema son las famosas “Todo a quince” o lo que sea, generalmente se trata de productos fraccionados para que den la sensación del poco precio y de muy baja calidad. Una harina de quince luce gris y gruesa contra otra de veinte que es blanca y pura. Claro que depende de la situación económica de cada uno y a veces esos cinco pesos significan comprar otra cosa.

Cada vez que voy al supermercado ya sé lo que voy a comprar, lo que de verdad necesito, nunca voy a pasear tipo a ver si llevo algo por el solo hecho de consumir, más confieso que me he encontrado viendo productos que realmente no necesito para nada pero parecen querer conquistarme desde sus góndolas.

La sicología del consumidor promedio es como la de un niño que se estira del cochecito para alcanzar algo colorido, brillante, intenso que parece llamarlo a ser poseído, está claro que hasta que parezca algo más atractivo y así seguimos adelante.

Otro punto de engaño es la publicidad que paradójicamente es la que encarece algunos productos a diferencias de otros de igual condición pero que no tienen exposición mediática, así tenemos que compramos por ejemplo una marca de café porque vimos un anuncio y no porque sea mejor que otra, desde luego el anuncio nos pasó el fabuloso dato de que “Es el mejor”.

Otra fuente de engaño es la que yo llamo: “La del 99%” y que generalmente se refiere a productos de limpieza que acaban con el 99% de la suciedad, los gérmenes y desde luego nuestro mínimo rapto de inteligencia. No hay ninguna prueba científica posible que pueda marcar tal grado de eficacia y sería mucho más honesto y respetuoso de nuestra inteligencia que dijera por ejemplo que. “Mata a la mayoría de bichos y bacterias” contra esa mentira del 99%.

Lo más triste de todo esto es que gran parte del dinero que gastamos es a favor de solventar estúpidos y engañosos avisos publicitarios y empaques la mar de vistosos que muchas veces encierran un paupérrimo contenido. ¿Ustedes vieron los envases de papitas que tienen más empaque y aire que estos pedacitos ondulados de papas?
Por lo tanto una parte de nuestro gasto está destinado a solventar elementos que poco y nada tienen que ver con el artículo que vamos a comer y en general es para destinarlo a algo de basura como empaques, cajas, cajitas, sobres, etc.

¿Nos compran las cosas o nosotros las compramos?, caemos como peces en el anzuelo del consumo y terminamos volviéndonos adictos a ir de compras por el solo hecho de comprar y cuando estamos allí somos tan idiotas como para terminar de vuelta en casa con un montón de porquerías que realmente con un mínimo de sentido común no compraríamos nunca.

Hace un tiempo en el supermercado daban unos estiquers que juntándolos uno podría cambiar por ciertos envases, resulta que estos tappers los tengo gratis solo por guardar los envases de helado que bien sirven luego para utilizarlos para otras cosas. También me dan cada vez que pago una serie de cupones de descuento que siempre tiro a la basura porque son para descontarme dinero de productos que no tengo intención de comprar y que si lo hago no tengo realmente el tiempo como para andar revisando un montón de cupones que me van a descontar dos pesos de cada cien.

En definitiva este escueto artículo apunta a que por suerte aún conservo la libertad de ir a comprar sin necesidad de que me compren aunque a veces sucumba a alguna oferta, Cierta vez compré a doscientos cuarenta pesos un frasco de café que traía una taza de regalo y días después compré uno idéntico a mitad de precio en la calle pero sin taza, aclaro que esa taza no puede costar más de cuarenta. Ustedes saquen la cuenta.

La Hermana Ruth

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La hermana Ruth
Por: Darío Valle Risoto

Podría hasta ser una chica bonita y en realidad lo es: alta con un rostro equilibrado, un largo cabello negro y lacio cayendo sobre su espalda y un par de ojos claros como un cielo de Setiembre.

Podría hasta llegar a gustarme alguien así, si tuviera veinte años y no pensara tanto como pienso y me siento aterrado cada vez que ella menciona a su dios, a su Jesús y su Biblia que forman parte de su universo privado y su realidad sometidos a su grupo de hermanos evangélicos.

Nos cuenta que les da de comer a los pobres y todos sienten quizás una admiración por esa actitud de la que yo carezco, porque suelo bucear dentro de sus palabras y descubro que estos pobres desheredados y muertos de hambre en verdad tienen para ella la función de ayudarla a subir a ese cielo que sin dudas cree que la espera cuando le toque la hora.

Sé que la aterran mi actitud descreída y mi humor negro o ácido o ambas cosas a la hora de hablar sobre la muerte y ese sinnúmero de supersticiones que nos rodean desde la cuna hasta que entremos al reino del gusano. Supongo que sabe o sospecha que la veo como una absurda virgen hipócrita que juega un rol impuesto por sus padres y sus amigos, aquellos hijos de puta que la metieron a leer salmos y parábolas y aceptar todo el sistema de creencias que ha hecho de este mundo una verdadera porquería a la hora en que los hombres se matan en guerras santas o volándose en pedazos por Ala o Papá Pitufo.

De todas maneras creo creer que a su manera es feliz pero no evito notar una especie de cápsula de represión en torno a ella, como un halo invisible que la debería sofocar y quiero imaginar que en la soledad de su cuarto se masturba pensando en todo aquello de bueno que tiene el sexo y que sin embargo cierta interpretación de la Biblia ve como pecados imperdonables.

Espero realmente que esto sea así pero me temo que está condenada a una eterna frigidez, a llenarse de hijos porque le está prohibido usar métodos contraconceptivos y por supuesto que abortar y allá en su vejez pese a todo esto morirá pensando en un paraíso inexistente y un dios igual de absurdo.

Me halaga que haya dejado de querer “salvarme” a la primera de cambio, no es tan idiota, ella y sus hermanos saben que estoy muy lejos de caer en tamaña estúpida idolatría por un hippie y su padre todopoderoso que lo dejó morir quizás para entretenerse de tanto aburrimiento celestial. Aunque una vieja me dijo que son dos pero son el mismo y hasta son tres si le agregamos el impuesto del espíritu santo.

La hermana Ruth y yo somos extraños, extraterrestres uno del otro. Sé que a veces le atraigo porque el diablo siempre promete manzanas aunque no vayan a comerlas y es mucho más entretenido lo prohibido que seguir esa vieja y transitada carretera de la auto compasión y una hipócrita vida de fe en lo inverosímil.

Esta en realidad no se llama Ruth, pero si hubo otra hermana Ruth, años antes en el liceo nocturno. También evangelista me dijo una vez que si aceptaba a Jesús como salvador alcanzaba para ir al paraíso y entonces le pregunté: __ ¿Y de que me va a salvar este tipo?

Al menos aquella hermana Ruth tenía algo que pocas veces he visto en la gente creyente y es un gran sentido del humor y una enorme tolerancia para con este hombre de negro que también pudo llegar a quererla un poco más que como compañera de estudios y que sin embargo sabía que no es posible de ninguna manera que nuestros mundos se encuentren.

FIN

Sociedad: Serlo o parecerlo

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Sociedad: Serlo o Parecerlo
Por: Darío Valle Risoto

Los seres humanos somos animales sociables, eso nadie lo puede discutir por más que en determinados momentos de la vida, sobretodo de los que vivimos en estas vorágines urbanas lo lleguemos a dudar bastante.

Para comenzar vivir en sociedad significa establecer ciertos criterios de convivencia que desde luego no todos cumplen pero si la mayoría y esto determina el perfil del grupo social al que pertenecemos. Alguien por allí les llamó: “Tribus” a los pequeños grupos sociales conformados por una serie de individuos con algunas o varias cosas en común que hacen que se diferencien sustancialmente de otros grupos. “Tribus Urbanas” serían estás según ese criterio que a mí me resulta muy discutible de comparar a estos pequeños grupos sociales con aquellas tribus primitivas. ¿Pero quién soy yo para discrepar con estos nerds que parece que viven inventando nuevos términos para cosas viejas?

Así que uno lo sepa o no, se crea integrante o no, pertenece a determinado grupo social con sus propias líneas de convivencia interna y por sobre todas las cosas con cierta imagen hacia afuera que puede ser negativa o positiva. Lo primero que nos viene a la mente son los grupos que se sienten identificados con cierto tipo de música pero también y por supuesto tenemos grupos con ideologías políticas, de género, grupos fanáticos de determinados deportes y de sus equipos, etc.

Desde luego que pueden trazarse líneas transversales y uno puede ser gay, gustarle la música electrónica y ser fanático de Boca Juniors y coincidir con otro heterosexual que escucha cumbias pero también ser fanático del mismo cuadro de fútbol.

Importante es destacar que generalmente hay cierta coincidencia estética para cada grupo social, se crea o no las partes que integran ciertas tendencias tienden a parecerse entre si también por su forma de vestir, hablar, conducirse por la vida, etc.
Ojo que por supuesto hay excepciones a toda regla y alguien puede tener gustos cruzados como por ejemplo llevar una remera con el logo de un grupo de Heavy metal y concurrir a un baile de reggaetón, pero generalmente no es la regla y seguro va a ser observado por más de uno.

A todo esto puedo pensar que en lo personal tengo una extraña tendencia a ir por mis grupos siempre al borde de lo que yo llamo un camino un tanto extremo porque suelo no pertenecer del todo a ninguno de ellos y desechar de plano a tantos otros como por ejemplo los constituidos por gente con fe religiosa, lo que no evita que pueda conversar con ellos pero nunca me sentiré ni siquiera del mismo planeta.

Muchos se juegan la vida por sus aficiones y suelen ser candidatos con cero pensamiento crítico dentro de ese sistema que eligieron vivir o les ha tocado por herencia de sus padres, por efecto del entorno inmediato o solamente porque carecen de la facultad de elegir por si mismos algo que discrepe con las mayorías.

Durante mi etapa adolescente me pregunté en determinado momento si algunas de mis posturas de vida muy diferentes a las de las mayorías no eran precisamente fruto de una etapa contestataria y solamente para marcar una diferencia o realmente yo era así. El tiempo, hoy que ya estoy veterano, me ha demostrado que no, que siempre fui tal como soy y para bien o para mal nunca me importó lo que piensen los demás por vivir rodeado de gente que no tiene nada en común con mis gustos.

Tal vez como tantos fui anarquista mucho antes de conocer esta ideología, probablemente haya un gen en algunos de nosotros que no se rige por opiniones ni busca agradar a los demás sino que de forma maravillosamente egoísta busca estar bien consigo mismo.

Pero por supuesto que ser auténticos trae sus problemas y no quiero decir que las masas anónimas de gentes que se parecen tal como fotocopias de ciudadanos promedio no sean auténticos, para nada, pero desde luego que preferiría morir ahora mismo a ser uno más de esa mayoría generalmente atontada que viaja por la vida mirando sus celulares, creyendo en dios y comprando los trapos de moda.

Y claro que uno va creciendo con menos amigos que dedos en las manos, en una mano para ser sinceros. A la gente no suele caerle nada bien que uno les diga que no le gusta aquello o lo otro o que tiene el gusto musical de un chimpancé y la cultura de un caballo. Con perdón de estos animales.

“A vos no te gusta nada” es una frase que en determinado momento de la vida casi me definía frente a los demás, no era así, pero bastaba discrepar con la tendencia de las mayorías para transformarse en una especie de entidad oscura y negativa. La gente suele regirse por lo que yo llamo: “la filosofía de las moscas” y esto es que si mucha gente hace o sigue algo, esto es bueno solamente porque muchos están en una misma ruta… aunque vayan al matadero. Por eso es más fácil matar corderos que lobos.

Por mi parte he llegado a pensar que debería ser estudiado en un laboratorio por carecer de muchas de las “cualidades” de mis congéneres como por ejemplo la de seguir un deporte con absoluta y desmedida pasión o sentir que la patria, dios, la familia y otro montón de cosas por el estilo deberían definir mi vida.

En realidad detesto el fútbol y no lo miro ni ningún deporte de los demás salvo muy contadas y rarísimas ocasiones pero de verdad creo que los deportes deben practicarse y no me entretiene verlos y como carezco casi por completo de espíritu competitivo me importa un verdadero pito si Peñarol, el cuadro del que soy supongo que admirador: gana o pierde.

Como técnico en comunicación social los periodistas deportivos de mi país y de tantos otros, los que en realidad son: “Opinadores de fútbol” me dan tanto gracia como me espantan por la continua e interminable sarta de estupideces que dicen sobre este deporte, creo que solamente para llenar interminables espacios en los medios de comunicación a sabiendas o no que siguen colaborando con la “chotes” general.

Tenemos retornando a aquello del principio de las llamadas “tribus urbanas” a personas que creyéndose superadas manifiestan adolecer de etiquetas sin saber que nos gusten o no todos las tenemos. El tema no es llevar la etiqueta de: negro, homosexual, metalero o derechista, etc. sino como esto es considerado por el entorno generalmente mucho más preparado para juzgar a los que están enfrente que a sí mismos.

Se trata sencilla y puramente de nuestro instinto de conservación el que pertenezcamos o nos agrupemos en estos grupos sociales y lleguemos a mirar con recelo a los que están del otro lado olvidando que muchas líneas transversales, si nos conocemos un poco, nos demostrarán que podremos ser diferentes en algunas cosas pero muchas otras nos pueden unir y debemos convencernos que cada uno es libre de hacer lo que se le antoje.

Así mis amigos que no es ni bueno ni malo discrepar con las mayorías, yo diría que cuando uno está convencido de algo y se siente bien con ello demuestra que existe por una mejor razón que seguir con el rebaño.

Enredados en las Redes sociales 12: Celulares en Subway

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Enredados en las redes sociales 12
Celulares y Subway

El Arte es del magnífico: Alex Gross
Por: Darío Valle Risoto

La relación cuasi simbiótica de la mayoría de las personas para con sus aparatejos celulares me resulta muy curiosa. Anoche precisamente estaba en la sala de espera del consultorio médico cuando comprobé que yo era la única persona que esperaba sin la vista fija en su celular. Algunos tecleaban nerviosamente, otros jugaban jueguitos o veían videos, un señor hablaba acaloradamente contando que estaba esperando la consulta mientras otro dejaba un mensaje de voz vía Wassapp.

Tengo la costumbre medio rara de no sacar el celular cuando estoy rodeado de gente salvo para ver la hora y prefiero estar alerta a mi entorno y así estudiar las reacciones de otros seres humanos que presumo son lo suficientemente interesantes para dejar de lado la pantallita y aprender más sobre ellos. Condición intrínseca de mi persona que siempre ha preferido apartarse de la manada cuando estos ejercen ese extraño acto de la imitación y se transforman en masa anónima.

Una señora sacó un libro y me pareció suficientemente revolucionaria, al menos dejaba pensar en que estaba más cerca de un servidor que se entretuvo casi dos horas tratando de dilucidar ese misterio que hace que la gente como alucinada esté presa de ese adminículo, que si bien es un fabuloso soporte tecnológico, paradójicamente nos enseña de todo pero a su vez nos aparta de la vida real.

Hubo una época no muy lejana en que uno esperaba a la consulta médica y conversaba con el que estaba a su lado, desde comparar dolencias y dolores varios, aconsejar diferentes fármacos o entablar alguna conversación sobre la vida y su circunstancia hasta terminar casi haciéndose amigo de ese extraño o extraña con que nos tocó compartir la espera. Ahora raras veces sucede porque todos están juntos pero a la vez se encuentran como a miles de kilómetros de distancia.

Me gusta jugar con estas situaciones, con cierto aire de superioridad intelectual me mantengo sin sacar mi celular del bolsillo y poco a poco advierto que otros se dan cuenta y entonces algunos guardan los suyos pero segundos después los vuelven a sacar y se zambullen de nuevo en sus redes sociales, en sus facebooks, en sus youtubes y sus mails, cuando no en el bendito Candy Crush.

A veces o más a menudo me siento inmensamente solo rodeado de extraños que están como alienados con sus soportes de información tecleando como locos a dos manos y entablando quizás comunicación con sus seres queridos que quizás sería más buena si los tuvieran en frente pero puede que estén en otro país, planeta o dimensión muy lejana. Por otro lado se pierden de conocer a un servidor, el mismo que el otro día en Subway pidió un emparedado con doble panceta y conversó animadamente con las empleadas todas cubanas y llegadas recientemente al Uruguay.

Luego me fui a sentar a una de las mesitas y me saqué una selfie como corresponde para indicar la importante noticia seguramente removedora para la gente en facebook de que estaba en Subway, pero inmediatamente lo apagué y me dispuse a disfrutar el entremés. Lo bueno de ello fue que una chica que también merendaba se puso a conversar con estas jóvenes cubanas y me involucraron en una agradable charla entre tres o cuatro que hizo de la jornada algo más gratificante. Momento que me hubiera perdido de no apagar el teléfono.

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