Aquella tumba sin nombre (Cuento)

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Aquella Tumba sin Nombre
Por: Darío Valle Risoto

Clarita se puso a llorar y nos arruinó la tarde. ¿Para que la trajiste? Le preguntamos a coro a su hermano Adrián y este se encogió de hombros pero todos sabíamos que la única forma de que sus sobre protectores padres los dejaran jugar con nosotros en el fondo de la iglesia era juntos.

Se la llevó lanzando mocos por el camino entre las últimas lozas del viejo cementerio, la tarde era gris y plomiza, al otro lado de la calle estaba el complejo de viviendas “Belle Rouge” y a nuestra derecha la carretera a “Kirk Town”.

Lucas me miró, su hermano me pidió un chicle, le di el último y el gordito me sonrió con sus cachetes pecosos. Yo sabía que siempre terminaba siendo el líder de todos los juegos y que con apenas once años era lo suficientemente maduro como para proponer ese tipo de aventuras que terminarían siendo cuentos para llevar a la escuela los lunes.

__¡Vamos al club!. __Les dije y el rostro de Marcel el hermano de Lucas se puso lívido, el siempre tenía mucho más miedo que el resto de nosotros fuera lo que fuera, quizás porque si algún monstruo pensaba almorzarnos seguro comenzaba por el más rollizo, en conclusión: Él.

__Se hace tarde y mamá se va a enojar. __Le dijo a Lucas mirándome a mí y luego en dirección entre las lápidas a “ese lugar”.
__ Nos vamos Peter, es tarde, perdónanos. __Me dijo Lucas y bajó el rostro como si hubieran cometido un imperdonable pecado.

Peter soy yo, un chico de once años, el más pobre de la escuela y una especie de protector de todos los niños que le temen a Randy Thomson o quieren comprar botellitas rellenas de licor en la tienda de Algorta. Trabajo casi todo el día en el taller de mi tío Farmus Callahan donde vivo, nunca conocí a mis padres ni me hubiera interesado conocer a ese par de perdedores.

Se fueron débiles y cansados de jugar por el mismo camino que Adrián y su hermana Clarita, un grupo de nubes negras sobre las sobrecargadas grises presagiaban la inminente lluvia y un halo de viento frío me hizo abrazarme a mi mismo tratando de calentar mis brazos desnudos.

Por el camino principal, a unos metros de la estatua del santo decapitado encontramos cierta vez una cripta que tenía la puerta oxidada y vieja, armados de valor bajamos en aquella ocasión Sixto y Yo y luego de hacernos de improvisadas antorchas descubrimos que era lo suficiente espaciosa e interesante como para limpiarla y hacer en ese lugar una especie de club de juegos.

__Nuestro club secreto. __Había dicho Sixto negro y casi invisible en la bruma del humo de las antorchas mientras el olor ácido de lo viejo nos cubría de sensaciones extrañas y nos obligaba a toser.

Lamentablemente ya no vivía en Kirk Town, el desempleo lo habían devuelto a él y sus once hermanos a Alabama. Cuando le mencioné al Ku Klux Klan creo que le arruiné el viaje, pero no me gustaba nada la idea que esos locos con sábanas lastimaran a mi más grande amigo. Obvio que Sixto era el sexto de esa docena de negritos.

Me había dejado su resortera, una fuerte honda de madera noble y casi tan oscura como su piel, dos cómics manoseados del capitán América y otro de Historias de la Cripta que les solíamos leer a Lucas, a Adrián y sobre todo a Marcel, el hermano pequeño del primero que indefectiblemente se meaba de terror.

La cripta tenía una estrecha escalera de ocho escalones bastante altos, siempre me preguntaba como diablos bajaban los cajones en tan poco espacio, luego tenía un amplio espacio de unos tres metros por tres con una especie de estanterías al fondo donde descansaban seis ataúdes, cuatro de ellos estaban totalmente destrozados y las maderas podridas con restos de huesos se desparramaban sobre las baldosas grises. La total ausencia de artilugios cristianos como cruces o imágenes era lo que más le había llamado la atención a Sixto.

Prendí la lámpara de aceite que le había robado hacía un par de meses a mi tío y arrimando el cajón que usaba de asiento a otro que tenía por mesa me dispuse a leer por millonésima vez: “El Tesoro Nazi”, una aventura narrada por Stal Lee con dibujos de un tal Jack Kirby con el capitán América destrozando un complot de la SS para invadir Nueva York con gárgolas de tres metros.

En el silencio absoluto de la cripta solía ponerme a pensar en cosas que nunca pensaba “arriba” o “afuera”, en cosas tortuosas y difíciles de comprender para un joven como yo obligado a madurar quizás antes de su tiempo. La resortera “de Sixto” y tres piedras descansaban a mi lado como si fueran el arma de un pistolero del oeste presto a jugar al poker con fantasmas invisibles. Frío, miedo y soledad se llamaban ellos.

De los seis cajones que había en la cripta solo quedaban dos, prácticamente solo Sixto había quitado los otros cuatro que el tiempo había destrozado, no sé cómo tenía el valor para barrer tanta inmundicia pero en un par de días lo había hecho tirándolo todo en el osario junto a la iglesia pero del lado de atrás.

El negro transpiraba mientras me alcanzaba las bolsas que olían como el carajo y que yo vaciaba en el pozo de huesos sin mirar que contenían, con respirar esa mierda ya era más que suficiente. Finalmente solo quedaron dos cajones, dos ataúdes negros, uno en el primer lugar y otro en el quinto. Sixto no quiso sacarlos, se persignaba varias veces al mirarlos, era como su salvoconducto para sentir que tomar la cripta como nuestro club era posible de ser.

Comí un emparedado de atún que había guardado en mi sucio morral, junto a este encontré un pañuelo bordado que me había regalado aquella niña en la escuela, no recordaba su nombre, era pelirroja y bonita y me había regalado justo a mi su…
Un ruido seco.

Un ruido seco como de algo que rasca la madera me puso todos los pelillos de la nuca en alerta y me hizo automáticamente tomar la resortera con la firme convicción de que no estaba solo. Una rata, es una rata, no puede ser otra cosa que una rata o tal vez los escarabajos, solo esos pueden ser, los fantasmas no existen y yo me cago en dios. Me repetía para sentirme más seguro pero ya me temblaban las piernas.

Algo en el primer ataúd rascaba la madera, algo desde dentro y yo paralizado de terror no podía correr a la escalera y el maldito farol a keroseno que comenzaba a mostrar una rara sombra en la pared que no era otro que yo mismo agigantado por una pavorosa angustia.

Entonces el cajón explotó, estalló en pedazos y un hombre pálido y alto, como de dos metros salió de él. Impecablemente vestido con traje negro y capa forrada de sedas rojas me miró con sus ojos punzantes y me dijo: __Yo soy el vampiro.

FIN

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