Un Pueblo Abandonado

Graveyard

Un pueblo abandonado
Por: Darío Valle Risoto

Un coche tirado por dos yeguas casi blancas recorría el angosto camino de tierra entre los cerros intentando llegar a otro pueblo, al pescante iba un viejo hombre flaco que fumaba un tabaco negro y de poderoso aroma. Era un carro del tipo “Gitano” con una construcción con techo que servía de hogar al hombre y algo más.

Caía la tarde y los eucaliptos gigantescos adelantaban las sombras de la noche, “sus muchachos” como él los llamaba al sobrevenir las horas oscuras se ponían nerviosos dentro del sobre techo del carro.

Se detuvo antes de vadear el cerro porque no quería levantar la perdiz, cuando el último rayo de sol se escondió en el horizonte abrió la puerta del entretecho y salieron los murciélagos volando rumbo al pueblo más cercano que según el rotoso mapa que sostenía el viejo se llamaba: Villa Temesio.

Soltó a las yeguas para que pasten y prendió un fuego para calentar el agua para hacerse un café del que comprobó solamente le quedaba para un par de días pero sabía bien que pronto haría unos pesos. El carro viejo y desvencijado tenía un cartel a cada lado que rezaba: “Romanellis el elixir que lo cura todo”.

Allá en el pueblo no advirtieron al principio la centena de murciélagos que se apostaron en torno al campanario de la vieja iglesia, algunos con sus chirridos hicieron que desde los montes comenzaran a llegar los de su especie hasta formar conglomerados de alas negras en varios edificios.

El cura se despertó tarde de la siesta y se enojó con Santiago que dormía desnudo a su lado, el muchacho tenía una espalda ancha y perfecta, el viejo sacerdote le besó una nalga antes de levantarse para vestir su sotana, luego calentó agua para el mate. El muchacho se despertó y tomó sus calzoncillos que descansaban sobre la Biblia.

Rosaura abrió el quilombo, las otras dos muchachas entraron a las risas porque una de ellas había roto un taco de sus botas tratando de alcanzar a una gallina que espantada corrió calle abajo. Hubieran hecho una buena sopa si la atrapaba. Dentro de la vieja casa que antes fue una pensión había olor a creolina y humedad.

El comisario fue el primero en darse cuenta de que esa noche no era una noche normal porque antes de salir de la comisaría para tomarse una grapita vio una nube densa y negra despegada de la noche de luna que caía sobre toda construcción, persona y animal de la comarca.

Cientos de murciélagos en pocos minutos hicieron suyo el pueblo que entró en pánico con gente que se encerraba en el mejor de los casos pero quienes eran tomados por sorpresa en las angostas veredas o calles de tierra eran presas del pánico al ser arañados o azotados por esos demonios con alas.

Santiago salió luego de despedirse del padre Alfredo con un beso en los labios pero debió entrar cuando uno de estos rapaces casi le quita un ojo arañándole la cara. Rosaura mató a un par que se colaron en el quilombo y Gladis sufrió un ataque de pánico que mereció dos cachetadas de la negrita Alicia.

A la mañana siguiente los destrozos eran evidentes y seguían allí en los lugares más oscuros de villa Temesio estos bichos asquerosos y voladores. La gente lo supo y nadie pudo adelantar una solución hasta que el comisario aconsejó mantenerse adentro mientras el y su único subalterno prendían algunas fogatas con ramas frescas para que el humo les espante.

Tres días después el viejo consideró que la gente ya había sufrido bastante terror como para ir con su carro a ofrecerles algo de ayuda pero cuando llegó al pueblo lo encontró vacío y solamente sus amigos estaban allí negritos, con sus alas de cuero triunfantes y sin un ser humano a la vista.

__¡Que carajos!

Pero no le fue difícil detectar que los trescientos y pico de habitantes del pequeño pueblo se habían ido del lugar cargando lo que pudieran hacia el oeste tal vez hacia el Villa Crispina o hasta la misma capital si el miedo continuaba. Así que alentando a sus yeguas enfiló en ese camino y a dos kilómetros dio con la columna de desorientados hombres, mujeres y niños que marchaban con el cura y el comisario a la cabeza.

Rosaura la puta fue la única que desconfió del viejo con ese elixir maravilloso que prometía sacarles a esos bichos endemoniados solamente con echar unas gotas en cada esquina de las casas y esperar que sus efluvios espanten para siempre a estos vehículos del pecado y la desidia.

Porque Rosaura tenía experiencia en viejos mentirosos que prometen todo y no dan más que palabras bonitas o promesas inalcanzables de casamiento y redención a cada mujer que les alquila su amor.
Pero a la gente le gusta creer y desesperada cree en cualquier cosa, así que el viejo vendió veinticuatro botellas de “Romanellis” a cuatro pesos cada una y se forró y hasta el cura le dio las gracias mientras observaba de reojo a Santiaguito con su bello rostro arañado por esas musarañas del demonio.

Aún así prefirieron que fueran el comisario y su ayudante junto con el viejo a volcar tal como la receta lo informaba algunas gotas en cada esquina de cada casa del pequeño pueblo y: Milagro. Los murciélagos unos minutos después se fueron por donde vinieron.

Dada la noticia la gente regresó al pueblo mientras el anciano visto como un héroe escondía en su gastada casaca el producto de tal evasión de batracios: nada menos que un silbato especial con que tenía adiestrados a los líderes de sus amigos alados, era cosa de instantes que los demás les siguieran de regreso al carro que era su hogar.

Mientras todo volvía a su cauce habitual aunque hubo que limpiar los deshechos de los bichos y prender algunos inciensos para sacar el olor la gente estaba agradecida y contenta porque había llegado este providencial salvador. Solamente Rosaura la dueña del quilombo “Los Yuyos” sospechaba algo raro.

El cura volvió a dormir con su amante y el comisario a tomar mate tranquilo escuchando el futbol en la radio con los relatos de Solé.

Cuando el anciano regresó allí estaban como esperándolo sus amigos, no era necesario contarlos, siempre eran un poco más de cien aunque no era raro que alguno de sus colegas se quedaran con ellos en el jaulón improvisado debajo del techo del carro vivienda del hombre.

Les dio semillas para que coman y se sentó a contar la plata, pero quiso la cosa que el tipo sintiera un doloroso y punzante dolor en el brazo izquierdo para morirse de un ataque cardiaco en medio del bosque.

Las yeguas seguían pastando inocentes de que habían perdido a su anciano amo pero no los ojitos brillantes y negros de ciento treinta y cuatro murciélagos machos y hembras que observaron el hecho con cierta tristeza.

A la madrugada siguiente poco antes de que saliera el sol el cura abrió las ventana para ventilar el cuarto mientras Santiago se ponía sus calzoncillos y fue entonces cuando el padre vio algo que lo dejó mudo por varios días: una nube de murciélagos muy densa avanzaba por la avenida principal sosteniendo un bulto oscuro sobre ellos lo que desde todos los puntos de vista era imposible pero estaba pasando.

Y mientras esa extraña procesión recorría la avenida todas las personas salieron de sus casas para ser los espectadores de la enorme tristeza de cientos de bichitos alados que sosteniendo el cuerpo del anciano lo llevaban trabajosamente a un metro de altura volando hasta el cementerio del pueblo.

El cura se persignó, Santiaguito se desmayó, el comisario fue a tomarse una grapa doble y Rosaura mirando a la negrita Alicia y a Gladis que estaba prontita a sufrir otro ataque de pánico les dijo: __¡Yo sabía que esto era joda!

Y cuando los cientos de murciélagos depositaron el cadáver del viejo sobre la entrada del cementerio se quedaron allí con sus terroríficos chirridos como en oscura procesión infernal esperando que lo entierren y así lo hicieron algunos valientes de la comarca esperando sobretodo que luego volvieran por donde habían venido.

Pero jamás se fueron, en cambio vinieron más y más y la gente se tuvo que ir de allí esta vez para siempre y de nada sirvió que vaciaran las botellas del elixir maravilloso ni que rezaran o lanzaran piedras y puteadas a estos pajarillos negros que eligieron permanecer como en eterno agradecimiento por su amo desaparecido.

Todos se fueron a otros pueblos: Rosaura entró a trabajar de maestra en una escuela rural, el cura desapareció con su amante Santiaguito y al comisario lo encontraron ahogado tras caerse borracho de un puente.

Gladis y la negrita Alicia siguen ejerciendo el sano oficio de alegrarles la vida a los peones de campo y algunos vendedores ambulantes pero siempre evitan atender a los que venden remedios para todo.

FIN

PD: Cuento escrito para el taller de escritura “Entre Líneas” con la consigna: escribir algo sobre pueblos o ciudades abandonadas. Escrito con ideas en colaboración de Paula Labella y Virginia Gutiérrez que aportaron algunas situaciones y personajes.

4 respuestas a “Un Pueblo Abandonado

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