Los fantasmas de Nuevo París

Courtyard_of_the_City_by_Dr4konLos Fantasmas de Nuevo París

Parte 2

Por: Darío Valle Risoto

Tipos solitarios, pajeros mentales que elucubraban vidas de sombras grises sobre muertes o defunciones terribles a la luz de fantasmales sueños cristianos de redenciones imposibles y amores hirientes.

Mientras caminaba hacia la puerta al patio intentó calmarse, al mirar atrás, el fulgor de la luz encendida en la cocina le hizo inquietarse porque notaba una presencia en el lugar que había dejado a su espalda, cuando algo se calló golpeando sobre la mesa de madera pegó un salto al costado y se golpeó contra la pared correosa del corredor.
__ ¡Me cago en dios! __Se había roto su camisa nueva leñadora a la altura del hombro, volvió sobre sus pasos, la tapa de la caldera impelida por el vapor había saltado sobre la mesa empapando uno de sus libros.

Se miró el hombro y solo era un raspón, lo único grave era la camisa que le había costado setecientos pesos, nada menos.
Entonces un aire  frío recorrió la casa cubriéndolo de un halo congelante que lo obligó a tomarse de un trago el resto del café negro.
Recordó a Victoriano Andrade, un gurú del movimiento gnóstico que había dado charlas sobre vida después de la muerte y espiritismo.

__“Algunos espíritus se quedan prendidos a una vivienda porque allí tienen algo que nunca han concluido, puede ser un asunto pendiente o una culpa”
Las palabras del tipo le resonaban en la memoria cuando retornó por el corredor al patio blandiendo su linterna como si fuera una espada láser de esos putos jedis de la guerra de las galaxias.

La puerta al patio tenía unos goznes fácilmente manipulables y se abrió dándole la imagen de un fondo grande con hierbas crecidas y evidente descuido, a la derecha contra una pared de unos tres metros había una pequeña casilla seguramente con aditamentos de jardín.
La tierra estaba mojada por la reciente lluvia y el viento movía la ropa colgada de un lado a otro, sobre su cabeza las ramas retorcidas de un nogal parecían los brazos que apuntaban a las ventanas altas de la casa que le había tocado cuidar.
__ ¡Me meto en cada tontería! __ Se dijo en voz alta.
En ese momento alguien se movió del otro lado de una de las ventanas superiores y venciendo el miedo que lo acariciaba como miles de dedos nerviosos, corrió a la casa tratando de subir rápidamente al lugar donde había visto una clara silueta humana.
Se tropezó con los últimos escalones de la escalera de madera y contó una, dos, tres puertas, tal vez la ventana daba a ese cuarto y adentro había quedado alguien con la bonita idea de asustarlo, tal vez todo era una confabulación de una vieja loca o de su madrastra para enloquecerlo con quien sabe que fines.

Era un cuarto como cualquiera y la ventana era sin dudas la misma porque miró al patio trasero y divisó el árbol y el sitio donde había estado parado. Desde luego que no había nadie, el corazón le dio un brinco cuando sintió un poderoso aroma a perfume de mujer en el mismo lugar donde había percibido una silueta que pacería observarlo.
Miró debajo de la única cama y solo había una escupidera oxidada habitada por una cucaracha enorme y asquerosa, tiró el recipiente contra la pared y volvió a bajar sin dejar de mirar varias veces a su espalda, cuando llegó a la planta baja reparó en que la habitación que había dejado atrás tenía la luz encendida, casi no se había dado cuenta al estar en ella, pero al volver a la oscuridad del corredor lo comprendió.
No estaba solo.

De nuevo en la cocina llamó por el celular a la señora Nora, quería preguntarle si tenía algún pariente o conocido que pudiera entrar a la casa utilizando sus propias llaves pero no había cobertura de señal.
Al rato trató de tranquilizarse y se obligó a mantenerse lo más calmo posible haciendo uso de sus novelas de ciencia-ficción, de todas formas leía dos o tres páginas y tenía que volver a releerlas porque su cabeza estaba en otra parte.

__“Encender una vela blanca para hablar con los espíritus, meditar en la luz y así en voz alta decirles que estén tranquilos, que ahora su forma de vida es inmaterial que ya no hay sufrimiento y…”

Encontró algunas velas en su mochila, las había llevado por si se quedaba sin luz, las palabras de Victoriano parecían tener cierto sentido en ese lugar, sobretodo porque un profundo perfume a violetas llegó a envolverlo de nuevo cuando salió al baño.
Meó nervioso y mirando atrás, temía por su cordura, pero también sentía cierta tranquilidad científica en que todo era un absoluto producto de estar solo en esa casa extraña.

De regreso puso una de las velas blancas sobre un plato esmaltado y al encendió, miró al centro de la llama y trató de controlar su respiración tal como habían ensayado en al escuela gnóstica.
__Me llamo Anselmo, no tengan miedo.__ Dijo con voz tranquila mientras la llama permanecía en el centro de su visión.
La llama se apagó lentamente, fue disminuyendo poco a poco hasta casi desaparecer, luego volvió a agrandarse pero con un color verdoso.

Anselmo se convenció que algo no estaba bien en ese lugar y que se encontraba jugando al hombre superado en un terreno absolutamente desconocido por más que haya tenido conocimientos sobre lo extraño e inusual.
El plato donde tenía las galletas se rajó por si solo, partiéndose delante de sus ojos en tres partes y el envolvente perfume desapareció dejando lugar al aroma a húmeda vejez de la casa. Algo había cambiado.
Anselmo se rascó la cabeza preocupado, no sabía que estaba pasando, solamente podía tratar de comunicarse de esa forma extraña con quién sabe que cosa.
__Vine a ayudar a Nora, ella tiene miedo de los ruidos de esta casa… Nora es buena gente.
El silencio absoluto fue roto por el débil ulular del viento a través de alguna hendija de la casa, un momento después el ruido de una tubería se hizo sentir como si fuera el lastimero canto de un monstruo subterráneo.
Entonces alguien estaba parado allí, a su lado izquierdo en el corredor.
Era una mujer joven y pálida.

La mesa de madera, el café aún humeante, la mochila abierta y los libros sobre la mesa, ya había caído la noche y Anselmo se veía a sí mismo unos años antes sentado en ese angosto salón de la escuela gnóstica.

Había gente de todo tipo, algunas personas pasarían perfectamente por nuestros vecinos, pero si los observábamos mas de cerca, todos tenían sus peculiaridades, después de todo: ¿Quién carajo pierde tiempo hablando de espíritus, objetos voladores no identificados y la aparición de Ángeles? No le costó mucho darse cuenta de que iba a ese lugar para escaparle a las responsabilidades de estudiar y trabajar, sin una novia, ni siquiera muchos amigos, se sentía solo y había caído allí por un folleto que le había dado quién sabe quién. Era un “raro” más sin lugar a dudas.

Continuará:

Los fantasmas de Nuevo París

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Los fantasmas de Nuevo París
Por: Darío Valle Risoto

La idea fija de disfrutar un día de descanso escuchando radio y tomándose unos amargos se vino a pique cuando llegó su madre a casa. Anselmo no tenía una muy buena relación con ella, desde muy joven sospechaba que no pertenecían a la misma familia y a los dieciocho años comprobó que era adoptado, desde allí tenía que ocultar un vestigial cariño por ese matrimonio que lo había criado con cierto desdén desde que habían dado a luz a sus propios hijos.
Su padre adoptivo había muerto el año anterior y aunque se había emancipado, al poco tiempo de enterarse de la noticia de que no era un “Fernández”; aún así servía para solucionarle los problemas a la familia, era el mayor aunque fuera parido por quién sabe quién.

__ ¿Qué te trae por aquí Nora?
__Buenas tardes, necesito tu ayuda en algo delicado. __Su “madre” entró sosteniendo su pesado cuerpo y Anselmo le ofreció una silla intentando no sentirse feliz por la visita.
Ella se sentó en uno de los sillones debajo de la luz que pasaba a través de las claraboyas de la vieja casa que su hijo alquilaba, siempre trataba de saber algo de él y se reprochaba diariamente ese cisma provocado por una verdad necesaria pero a la vez dolorosa.
__Bueno, ¿Querés un mate?
Aceptó el mate caliente y sonrió, Nora estaba vieja y Anselmo refrenó un incontenible deseo de darle un beso.
__Gracias, ¿Todavía seguís yendo a ese centro eso…, eso?
__ ¿El centro esotérico?, No, me costó darme cuenta que están todos locos, era una pérdida de tiempo. __Dijo algo apenado por todas las tardes tres veces a la semana estudiando sobre fantasmas, viajes astrales y extraterrestres __ Y agregó como con nostalgia __ Al menos hice algunas amistades.
__Vine porque hay una señora jubilada como yo en donde cobro, que tiene problemas que creo, vos podrás ayudarle a solucionar, se me ocurre, como siempre te gustaron los misterios.
Anselmo aceptó el mate y se cebó uno, por su garganta bajó el gusto amargo de la yerba “La Mulata” y trató de escucharla atentamente.
__Alquiló una casa vieja, mucho más que esta en Nuevo París, hay ruidos raros y vio cosas extrañas desde que vive allí. Le dije que mi hijo… bueno, que vos eras un estudioso de esas cosas y me pidió que si pasaras una noche allí que te pagaría lo que fuera, mira que tiene como diez veces mi jubilación, es la señora Annabel Hermida.
Anselmo se rió apenas porque Nora permanecía preocupada y no era cuestión de tomárselo a la ligera, debía reconocer que le importaba.
__Annabel es mi única amiga. __Dijo cabizbaja como para enmendar en algo la molestia.
__Bueno, si es así, que ella disponga cuando y pasaré una noche allí, probablemente se trate del miedo de una mujer muy sensible, ¿Vive sola?
__Si, tiene setenta años y hace más de cuarenta que enviudó, compró esa casona con plata ahorrada y ahora no sabe que hacer.

Unos días después estaba parado frente a una casa enorme, oscura, casi siniestra y para colmo era invierno, el barrio de Nuevo París es un enorme cinturón al noroeste de Montevideo y muchas veces contiene calles y pasajes desconocidos para la mayoría de sus ciudadanos y aún para los que conviven alrededor de calles como Santa Lucía o General Hornos.
La amable Annabel Hermida le dejó comida en el refrigerador y se fue a pasar el fin de semana a lo de Nora, Anselmo notó que estaba realmente preocupada por su nuevo hogar y que su delgada figura se movía por los corredores y las habitaciones con notorio desasosiego.
__Es una casa muy vieja, es normal que las maderas rechinen durante la noche o que los caños lleguen a aullar de cierta manera. __Le dijo a modo de consuelo.
__He visto sombras.__Le contestó con voz casi sibilante.
__No se preocupe, aquí tiene el número de mi celular, llámeme de noche a cualquier hora, no voy a dormir, me traje lectura. __Le dijo, mientras se quitaba la mochila de la espalda.

Y allí se quedó solo en una gran casa de unos cien años por lo menos y bastante mal cuidada, las alfombras estaban gastadas y algunos cuartos vacíos, sobretodo los del tercer piso, encontró espejos oxidados, cuadros casi borrosos y un desagradable olor a humedad en todo el lugar.
Pensó que su base debería ser la cocina, así que puso los libros sobre la mesa enorme de maderas rústicas que alguna vez estuvieron pintadas de verde y se calentó café, apenas eran las seis de la tarde y había arreglado pasar desde esa hora del viernes hasta el mediodía del domingo.
Abrió un viejo libro de ciencia-ficción de A. Torkent y se dispuso a viajar por el cosmos cuando lo sobresaltó el pitido de la caldera que había hervido el agua.
Intentó calmarse, sonrió de si mismo y buscó una taza, un ratón salió corriendo de la estantería, por lo tanto siguió pensando en que sería el causante de algunos ruidos extraños, lavó la taza para evitar la idea de que el roedor la haya utilizado. El sabor del café negro le reanimó y abrió su libro sentado de espaldas a la heladera que comenzó a ronronear sacándolo de la atención de su lectura.
Había una televisión Phillips en blanco y negro sobre una rinconera pero haría demasiado ruido mirar algo, recordó que jugaban Peñarol y Liverpool dentro de poco y encendió la radio. No funcionaba.
__Bueno, ¿Hay alguien allí? __Dijo en voz alta y su propia voz le asustó.

Continuó leyendo alumbrado por una lámpara en el techo que pendía de una vieja y redonda medialuna de acrílico que supo ser blanca. Una mosca se paró sobre sus galletas de maíz y la quitó con la mano dejando el libro apuntado con la cuchara del café.
Entonces pasó una sombra.
Con el rabillo del ojo había notado algo que se movió desde su izquierda en dirección al fondo, pero bien pudo ser su imaginación, tomó una pesada linterna que había traído pensando en posibles apagones y que a la postre serviría de arma improvisada.
Con la luz prendida el corredor mostraba el color verde de las paredes y una lejana mesa con un florero lleno de margaritas de plástico y la última puerta que daba al patio. Sosteniendo la linterna caminó sintiendo algunas baldosas flojas debajo de sus pies pero nada más que ese viejo y recurrente levantamiento de los pelos de la nuca por un miedo que intentaba aplacar con razonamientos prácticos.

¿Cuántas veces había perdido el tiempo escuchando a los charlatanes que hablan de fantasmas y espíritus?

Continuará: espero sus comentarios, gracias.

La niña palida

Landscapes 4 (11)La Niña pálida
Por: Darío Valle Risoto

Mi abuelo tenía una hermosa casa en el barrio Sayago, yo iba de niño a eso de los once, doce años a pasar muchos domingos, era una casa hecha por él de un solo cuarto con galpón pegado al fondo donde mi abuelo hacía vino, una cuadra de campo bien cultivado era todo su orgullo donde plantaba algunas vides, tomates, maíz y otras verduras.

Cierta vez, creo que fue un verano por los años setenta me dijo disgustado que un animal le estaba matando las gallinas, pensó que era un perro o un gato pero por más trampas que puso seguían faltándole plumíferos.
Su gallinero era uno de sus orgullos, era pequeño y muy cuidado, todo un hotel para las ponedoras que eran cerca de cincuenta más el gallo que se llamaba Toto.

Yo no tenía teléfono así que el abuelo se comunicaba conmigo cierta veces llamando a una vecina de la cuadra de casa, aquel día la señora Soledad me vino a decir que el abuelo me necesitaba lo antes posible. Mi padre me dio dinero para un taxi pensando que tal vez estuviera enfermo y fui solo porque en aquellos días madre, su hija, estaba enojada con él porque la había tratado mal en nuestra última visita. Gallego duro y torpe el abuelo Cosme era buen tipo pero a veces se extralimitaba siendo duro con mi madre sobretodo porque apreciaba tanto a mi padre que lo defendía hasta lo indefendible.

Afortunadamente lo encontré bien aunque preocupado, feliz de que fuera su único nieto me recibió con un gesto de nerviosismo porque al fin había descubierto que “el animal” que le mataba las gallinas, se trataba de una niña.

Y para mi sorpresa la tenía atrapada en el altillo sobre el galpón donde hacía el vino, era una jovencita de unos doce años que encontró casi desnuda tomándole la sangre a una gallina recién muerta.

Nunca esperé que me crean esta historia pero fue verdad y el abuelo tanto como yo nunca supimos de donde salió María y ni siquiera si se llamaba así, porque apenas hablaba. Eran épocas de dictadura así que pensamos, más bien él pensó, que se trataba de alguna hija de desaparecidos.
Tenía la piel extremadamente blanca, era una niña por demás delicada de cabellos color trigo que temblaba de frío y estaba casi desnuda con un vestido raído cuando el abuelo la encontró de rodillas alimentándose de la sangre de una de sus queridas ponedoras.

No se porque el abuelo la crió desde entonces, María nunca creció, cuando yo cumplí veinte años luego de regresar de Canadá donde nos habíamos ido a vivir con mis padres la volví a encontrar cuidándolo porque el abuelo se moría.
Mis padres siempre creyeron que era la hija de algún paisano amigo del abuelo pero de verdad nunca supimos su verdadero origen y aunque comenzó a hablar nunca lo contó, lo que si descubrimos era que en realidad esa niña era un vampiro.

No se como se alimentó todo esos años sin crecer ni un poco, pero tenía un gran amor por el abuelo al que llamaba “padre” y heredó la casa luego de que él murió, cuando fue necesario María desapareció para siempre y para mi siempre será un misterio esa extraña niña que alguna vez fue el único consuelo para un hombre viejo y solo que casi no tenía mayor contacto con el mundo que su nieto y su dedicación a su pequeña huerta y bodega.

Domingo, 3 de febrero de 2013

Diario de un pequeño rufián

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Diario de un pequeño rufián
Por: Darío Valle Risoto

Recuerdo como si hubiera pasado ayer pero yo era apenas un adolescente cuando todo se derrumbó a mí alrededor y terminé confinado en un asilo entre jóvenes rufianes y celadores malos como perros salvajes. Mi mundo había pasado de un hogar más o menos confortable aunque pobre, a esa enorme prisión de la mansión “Casbard” en las afueras de Londres donde nos apiñaban a los que ya no teníamos hogar.

Se que hubo una tormenta y con doce años me tomaron de la mano para sacarme de mi casa, eran dos policías mientras intentaban que no mirara aquella enorme mancha de sangre que provenía desde la cocina por debajo de la puerta entornada. Sé que mi padre había llegado borracho como de costumbre porque eso no era novedad, también que yo adormilado traté de calmar a la bebé que comenzó a llorar seguramente asustada por los gritos de mi madre. Luego me dormí.

A la mañana algunas personas destrozaron la puerta, escuché gritos y carreras y luego llegaron los policías con sus uniformes oscuros y rostros de pocas pulgas.
Menos de una semana después me llevaron a Casbard, el primer día me dieron una paliza en el patio, me robaron la comida en el almuerzo y tres bribones orinaron sobre mi cama antes de que pudiera impedirlo. Tuve que dormir en el piso hasta que los celadores me quitaron colgando de un brazo y me llevaron a la dirección.

El director era un hombre completamente calvo de grandes bigotes y barbilla puntiaguda, miraba fijamente pero su mirada parecía depositarse atrás de la cara de uno.
__ ¿Christopher Lacost es su nombre?
__ Si.
__ ¿Si que…?
__ Si señor.
__ Así me gusta.

Miraba una carpeta y hacia muecas extrañas mientras de vez en cuando observaba el lúgubre paisaje de los patios por la ventana a su derecha.
__ Su padre mató a su madre de catorce puñaladas antes de colgarse en el cuarto de huéspedes… muy bonito, si, muy bonito.
Fue la primera noticia de lo que había pasado en mi casa esa noche porque nadie me había dicho nada ni había visto a mi pequeña hermana ni a mis padres desde que me quitaron de mi casa casi en el aire esos policías.
__ ¿Mis padres están muertos?
__ ¿Nadie se lo había informado? __ Entrecerró los ojos y sonrió, poco le importaba por lo visto que yo me comenzara a orinar del miedo, más bien le importó pero en otro sentido porque comenzó a pegarme en la cabeza gritando que allí si se me iba a quitar la herencia de una madre puta y un padre ladrón y borracho como a todos los otros bastardos del asilo.
Cuando llegue al comedor ya habían comido, esa tarde me senté junto a un roble medio podrido en el patio a mirar el lago donde unos patos jugueteaban. No se porque pero no lloré, no podía sentir nada al enterarme que mis padres habían muerto de esa manera tan sangrienta.

Pasaron los días y me fui aclimatando, los tres chicos que me molestaban y robaban la comida comenzaron a tener ciertos accidentes que invariablemente los dejó con pocas condiciones para joderme la vida tanto a mí como a los chicos más débiles y enclenques.
Solo me faltaba el director.

En mi diario vagar por los terrenos que rodeaban al asilo había descubierto en una ocasión que debajo de la profusa cantidad de maleza habían piedras, traté de ver de que se trataba y comprobé que eran los restos de un viejo cementerio que se localizaba desde el noroeste del río en media luna hasta la parte trasera de la mansión pero al otro lado del bosque. Era difícil alejarme hasta allí la mayoría de las veces porque los guardias nos obligaban a permanecer a menos de cien metros de los edificios. Felizmente como vivían alcoholizados muy a menudo se olvidaban de mí.

Y una de esas tardes revisando el viejo cementerio mientras caminaba descubriendo cruces de piedra y estatuas de ángeles encontré una cripta bastante bien conservada.
Me tomó casi una semana poder robar un destornillador del taller y con el mismo pude hacer palanca para abrir la correosa puerta que daba a una insondable oscuridad que se parecía a la boca de una especie de monstruo perdido en el tiempo.
El miedo me detuvo un par de días, era invierno y el cielo invariablemente nublado me impedía ver hacia adentro de la cripta y solo la idea de encontrar tal vez algún objeto valioso entre los cadáveres me hizo volver ya con una vela y unas cerillas desde luego que también robadas.
Lamentablemente mi primera exploración contó con la compañía de John Cort un pequeño niño que me siguió todo el camino tal vez imaginando que como muchos otros me alejaba para fumar.

__ Volvé al edificio, no molestes, no tengo cigarros.
__ ¿A dónde vas? Si no me dejas ir contigo te acuso con los guardias, te lo prometo.
Era un niño muy decidido a molestarme el resto del día y de seguro que me acusaría sin ningún remordimiento por más que le prometí que le iba a partir todos los huesos si hablaba.
Entramos a la cripta y me parece que comenzó a arrepentirse de ir conmigo a tal aventura.
__ Vámonos, aquí no debe haber nada bueno. ¿Qué buscas?
__ Oro estúpido, busco oro, a los muertos los entierran con anillos, dijes, adornos de oro. ¿No lo sabías?
Sus ojos saltones brillaron a la luz de la vela, encontré una estantería con tres ataúdes podridos, un brazo de huesos salía de uno de ellos y al asomarme vi un cráneo cubierto de cucarachas y escarabajos. Nada de oro lamentablemente.
Con un palo moví los insectos pero nada de metal ni oro ni plata, solo carne podrida, reseca y huesos amarillentos o casi negros.
Cuando me había resignado a regresar a la casa antes de que notaran nuestra ausencia John me indicó que al final de la cripta había una puerta pequeña, quizás allí guardaran el oro. Me dijo.
__ Debe haber otro cajón pero ya que estamos aquí.
Era una puerta semi oval de metal también correoso con una gran cruz de madera pegada en ella y una frase en latín ininteligible para mí que apenas sabía leer en mi propio idioma.
Luego de hacer palanca un rato con mí maltrecho destornillador la puerta trampa se abrió pivoteando sobre uno de sus lados y terminó por caer a nuestros pies, las bisagras estaban podridas.

No se veía nada para adentro, era demasiado oscuro y la débil luz de la vela terminó por apagarse, escuché que John profirió un grito quizás demasiado extremo para un niño que le teme a la oscuridad y cuando me volví observé su silueta flaca y desaliñada intentando salir afuera.

Algo mas estaba con nosotros, lo supe cuando una sombra pasó a mi lado e hizo presa del chico levantándolo en el aire y llevándoselo de nuevo al oscuro pozo que había liberado la puerta al caer.

Cuando intenté salir corriendo una voz de mujer me suplicó desde el interior.
__ No me dejes sola, estoy encerrada aquí desde hace mucho tiempo… ¿Qué año es este?
__ Mil novecientos veintiséis. __Le contesté con voz temblorosa solo para escuchar un suspiro resignado desde el otro lado.

Quería irme pero una fuerza sobrenatural me mantenía en el lugar, la vela, volví a encender la vela con manos temblorosas, la mayoría de las cerillas cayeron entre las hojas y la humedad del piso.
__ Me llamo Cordelia, no te haré daño pero tuve que alimentarme de tu amigo.
__ No es mi amigo.
__ Mejor así. ¿Crees en los vampiros?
__ Yo no creo en nada ni en nadie.

Ella se río desde la oscuridad, luego vi una mano blanca de largas uñas negras aparecer, entonces reparé en que afuera caía la tarde y seguramente ya en el asilo me estarían buscando con los perros, todo se pondría bastante jodido y no había nada que hacer al respecto.

__ Me alimento de sangre, solo puedo salir de noche, necesito que me ayudes a volver al mundo,. ¿Cómo te llamas?
__ Christopher Lacost, Lacost.

Ella terminó de salir justo cuando la vela comenzaba a titilar, era alta y muy delgada, hermosa dentro de su palidez y sus cabellos sucios y pegajosos, tenía un andrajoso vestido de color púrpura o al menos fue de ese tono hacía mucho tiempo atrás.
Ya de noche salimos fuera de la cripta, le pregunté por John y me dijo que estaba muerto sin una gota de sangre. No me importó demasiado.
__ Esa mansión fue mi casa hace mucho tiempo.
__ Ahora es un asilo de huérfanos, una prisión, un infierno donde nos matan a palos o de hambre.
Ella abrió la boca y mostró sus colmillos demasiado anormales, blancos, pulidos. Era una mujer hermosa realmente.
__ Tendremos que hacer algo al respecto. __Me dijo con decisión.
__ Venga, la llevaré con el director. __Le dije con una sonrisa de satisfacción en mis labios.

Ese fue solo el comienzo de nuestra sociedad.

Vampira

Vampira
Por: Darío Valle Risoto

Sangre de nieve coagula en tus labios
Alimentaremos esta noche nuevamente
A los cadáveres de la madrugada
Nadando entre cuerpos fríos y azules.

Solamente habrá una negra eternidad
Entre maderas caobas con aroma a jazmines
Y tus manos blancas bajarán a mi vientre
Para darme una caricia de siglos perdidos.

Infinitas sombras seremos alguna vez
Y todo el silencio cabrá al pie de bronce
De gárgolas festivas y silenciosas
Regresemos al cementerio de Greenville
Donde sojuzgamos a los casi en vida
Apasionados por morderles las gargantas.

Nadie sabe del ansia ni del hambre oculta
Que a rastras se levanta desde la noche
Para cobrarnos por aquellos siglos
En que perdimos la inocente cuenta
De que esas vidas realmente…
No valdrían nada sin nosotros.

Una pausa en la ruta

Una pausa en la ruta
Por: Darío Valle Risoto

Recordar suele ser un acto automático, vienen las imágenes mentales generadas por una concatenación de pensamientos fortuitos y luego se atan estos a unos y otros para llegar como un barco sin vela a puertos extraños, casi siempre inesperados.
No tenía gracia ese dolor en la espalda, así que trató de mirarse en el espejo para ver la herida, algo lo había cortado en diagonal desde el hombro izquierdo hasta casi la nalga derecha pero no parecía grave, la sangre estaba seca, oscura. Entonces observó su rostro.
__ Este soy yo. __Se dijo mirando al muchacho en el espejo sucio de ese cuarto de hotel barato al costado de la ruta a Greenville.
__ Mucho gusto… Peter, Peter Normand Usher.
Era él presentándose a si mismo dentro de un marasmo de sensaciones que le subían desde el estómago a la boca como unos trapos sucios y ásperos hasta casi ahogarlo. Vomitó sobre el inodoro sin tiempo a levantarle la tapa, la comida le salpicó los tenis All Star.
__ ¡¡Fuck!!!
Se limpió y mirando hacia atrás en el cuarto vio una t-shirt con el logo de Motorhead sobre la cama. Se la puso, le calzaba bien. Pensó en que debía de ser suya, es decir de Normand Peter Usher…así quedaba mejor.
Entonces vio el cadáver.
Era una muchacha, tenía el cuello atravesado por marcas como de garras, se había desangrado a razón de ello. Así lo imaginó cuando casi se patina sobre la alfombra anegada de sangre coagulada, grumosa, estéril.
__ ¡Elizabeth!
Recordar es un acto automático, rememoró el autobús de pasajeros y bajar a estirar las piernas, comerse un par de donas con una soda en el Diner y luego conversar con esa chica de Atlanta, era simpática, lamentablemente no iba sola.
Un hombre alto, gris, de mirada furtiva dijo ser su esposo, a Normad no le pareció cierto, no encajaban, además ella miraba con temor al hombre. O mentía que era su marido o el hijo de puta la golpeaba.
__Tenemos que alquilar un cuarto, va a amanecer. __Le dijo el marido con voz autoritaria, ella miró a Normand y se alejaron rumbo a las oficinas del Motel junto al restaurante de paso.
Había viajado toda la noche, también estaba cansado, así que también pidió un cuarto, le dieron el trece justo al lado de esta pareja, dos minutos después escuchó que discutían al otro lado de la pared.
Prendió un canuto de marihuana y fumó mirando la televisión en blanco y negro, daban un capítulo de La ley del revolver. ¿Acaso habían retrocedido a los años setenta? Todo a medida que se aproximaba a Greenville parecía envejecer kilómetro a kilómetro.
__ ¡No quiero! __Gritó ella.
__ ¡Date vuelta perra, a ver el cuello! __Otra vez la voz correosa y Normand fumando su porro comenzó a afinar el oído, seguramente le estaba pidiendo el culo, nada raro sobretodo pensando en que la chica tenía buenas caderas…
Un enorme portazo y alguien, salio afuera, poco a poco Normand se arrimó a la cortina y la vio afuera fumando nerviosa, en el horizonte se dibujaba una lengua de sol fina sobre el recorte de las montañas.
__ ¿Te sientes bien?
__ No sabía que estabas al lado, al menos una cara conocida es buena en estos momentos. __Ella se echó subrepticiamente sobre el hombro del joven. Algo le dijo al chico que estaban siendo observados pero no se veía más que las cortinas cerradas de su habitación, la catorce.
__ Tu marido… ¿Te pega?
__ Algo así, digamos que sí, no te metas, es un hombre… complicado. Pero va a dormir mientras haya sol. Quiero caminar.
El aire comenzaba a enfriarse a medida que el sol levantaba algo de viento y era como si la helada noche se desprendiera del refugio de la tierra y se elevara a través de los huesos de los dos jóvenes que parecían ser los últimos habitantes de la tierra. Las líneas de habitaciones del motel en forma de “U” rodeaban una pequeña fuente de agua. Ella se lavó las lágrimas con la salida que provenía de la boca de la estatua de un santito desnudo.
__ ¿De verdad es tu marido?
__ Algo así. ___Dijo, mirando hacia su habitación que permanecía a oscuras. Normand advirtió que había dejado su cuarto abierto y se veía al Marshall Dillon dispararle a alguien en la serie.
Volvió al presente, miró su remera con el diseño de la Cabeza de motor y luego a la chica muerta, pronto podría llegar la policía y como explicarle que luego de que habían cogido tuvieron la intempestiva visita del tipo alto y delgado de piel gris que había dicho ser su marido. ¿Cómo explicarles que luego de matar a la chica el hombre se transfiguró y que felizmente Normand tenía ese enorme cuchillo campirano que llevaba para regalarle a su abuelo Lucas y que en medio de la lucha no supo como le había atravesado el corazón a esa cosa?
¿Qué carajo hacia un vampiro viajando con una muchacha por la carretera del este?
No había muerto del todo por la cuchilla de caza hasta que Normand le empujó la hoja y la empuñadura de plata tocó su carne reseca, entonces lanzó un chillido y se hizo polvo todo él, hasta su ropa desapareció.
¿Cómo explicarlo?
FIN

El Cadillac Negro

El Cadillac Negro
Por: Darío Valle Risoto

Manejaba nervioso, tenía los dedos apretados al volante aunque no iba a gran velocidad. Noventa kilómetros promedio en aquellas rutas sinuosas podían ser más o menos aconsejables aunque había llovido recientemente.
En determinado momento miró al espejo retrovisor no para constatar si había vehículos detrás, sino para volver a convencerse que ella era real y seguía durmiendo en el asiento trasero. Como si no alcanzara con su perfume suavemente alimonado, estaba realmente dormida detrás con la cabeza apoyada en un bolso estampado con flores violetas sobre fondo negro.
Los pinos parecían interminables y el cielo aún tenía tonos del gris al blanco y al azulado, amanecía rápidamente y aún no llegaban a la cabaña, sus nervios hicieron que en vez de aumentar la velocidad aminorara la marcha para bajar y fumarse un cigarro.
 
Detuvo el Cadillac “El Dorado” color negro y retrajo la capota, quizás el aire la despertara al menos para conversar un poco.
Mientras abría un paquete nuevo de Richmond vio que en efecto se desperezaba y se sentaba arreglando sus abundantes cabellos rubios, lo miró y le hizo una guiñada.
 
Peter no tenía la menor idea de donde había conocido a esa mujer ni que hacía con él en el auto, mucho menos porque tenía un Cadillac El Dorado año 1958 en pleno siglo veintiuno.
__ No falta mucho allí está Greenville, abajo, detrás de las colinas de Marble Hall.
Señaló y él reparó en una pulsera dorada en forma de serpiente que brilló  a la luz del sol que comenzaba a retirar la noche.
La chica rubia llevaba un vestido azul oscuro sin mangas cubierto de estampado de flores como margaritas o parecidas de pétalos en diferentes tonos de celeste. Sus ojos eran de un verde transparente casi esmeralda pero más cercano al color de los mares del sur.
 
__ No recuerdo tu nombre. __ Le dijo esperando un enojo o una muestra de desaprobación por el estilo, pero ella se bajó del auto, le quitó el cigarrillo de la boca y le dio una larga pitada antes de devolvérselo.
__ Nunca te dije como me llamo, a fin de cuentas esto es solo un juego.
__ ¿Un juego?
__ El destino a veces comienza con un nombre, ¿Quién lo sabe? __ Se acercó al borde del barranco, abajo, detrás y por delante interminables bosques de pinos y abetos, el sol se escondía detrás de las nubes pero los faros del Cadillac iluminaban bien, no recordó haberlos encendido tampoco.
 
Memorizó el bar y aquella discusión con el par de tipos que le llamaron marica porque dijo no saber jugar al Pool, trató de evitar contestarles pero ellos estaban alcoholizados y por ende decididos a discutir y algo más.
Era en realidad un antro de esos que al costado de las carreteras perdidas dan cobijo a los camioneros, estos dos mal encarados lo eran.
__ No quiero problemas. __ Les dijo tras recibir un empujón que lo dio contra el Pin Ball, las luces de James Bond 007 tintinearon, una costilla le dolió como el infierno.
__ Bueno mariquita, nosotros si. ___ Dijo el más alto, enorme y cuadrado, el otro era flaco y también desagradable ambos eran evidentes trazas de que la evolución tiene sus retrocesos.
 
Y allí la recordó.
Fue en ese Bar, el Diner algo, no miró bien el nombre, tenía un zorro de neón en la puerta y soliviantaba el olor a hamburguesas, eran como las ocho de la noche.
Peter se tomó el costado y su mente comenzó a decaer, temió desmayarse pero algo en su interior brotó nuevo, su sangre fluía en sentido contario, fue como jalarse una buena línea de coca o tomarse aquellos alcoholes destilados de la tía Celia.
 
Ella estaba sentada al fondo del lugar, con su bolso negro con flores estampadas y el vestido azul, se puso de pie y se interpuso, los tipos babearon.
__ ¿Tu hermana viene a salvarte mariquita?
Pensó en la maldita violencia, el viejo y desagradable sentimiento de asco por tanta malicia y furor inútiles le hizo trastabillar pero antes de caer vio lo inesperado.
 
Luego estaba manejando un Cadillac El Dorado año 58 y ella dormía detrás.
Ahora miraban las nubes recogidas salvaguardando la luz matinal, todo el día iba a estar nublado de nuevo.
Ella se apoyó en el auto y miró sus uñas, se quitó rastros de algo debajo de estas con sus dientes.
__ A veces la carne se pega y luego huele muy feo.
__ ¿Qué?
__ Bueno, abrirles las gargantas fue fácil, lo difícil fue tratar de salir contigo mientras vomitabas a punto de desmayarte.
__ No recuerdo nada.
__ Todavía estás en shock, siento haberte mordido pero después de la acción tenía que beber algo.
 
Entonces Peter lo recordó: El Cadillac pertenecía a esa mujer que salvajemente había decapitado a los dos camioneros y le había quebrado el arma al dueño del bar, había partido un rifle doce como si fuera de papel y se lo había llevado por la ruta a quién sabe donde.
__ No, no puedo creer…
 
__ Nos llaman vampiros, a veces pasan estas cosas en la carretera amigo, no tuve más remedio que intervenir además necesitaba un chofer que maneje durante el día mientras duermo en la cajuela, el último murió en un desafortunado accidente.
Ella sonrió mostrando dos hermosos colmillos blancos mientras se metía en el baúl trasero.
Peter manejó sin saber aún su nombre.
 
FIN
Martes, 21 de febrero de 2012
Nota del autor:  Este es uno de los tantos cuentos paralelos que suceden dentro del universo que conecta los relatos de Greenville con los relatos de Neo Vampiros así como los cuentos largos del detective J.J Contreras, con mucha influencia sobretodo de los cuentos de H.P.Lovecraft son de mi autoría y están debidamente registrados.
Darío Valle Risoto