Los fantasmas de Nuevo París

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Los fantasmas de Nuevo París
Por: Darío Valle Risoto

La idea fija de disfrutar un día de descanso escuchando radio y tomándose unos amargos se vino a pique cuando llegó su madre a casa. Anselmo no tenía una muy buena relación con ella, desde muy joven sospechaba que no pertenecían a la misma familia y a los dieciocho años comprobó que era adoptado, desde allí tenía que ocultar un vestigial cariño por ese matrimonio que lo había criado con cierto desdén desde que habían dado a luz a sus propios hijos.
Su padre adoptivo había muerto el año anterior y aunque se había emancipado, al poco tiempo de enterarse de la noticia de que no era un “Fernández”; aún así servía para solucionarle los problemas a la familia, era el mayor aunque fuera parido por quién sabe quién.

__ ¿Qué te trae por aquí Nora?
__Buenas tardes, necesito tu ayuda en algo delicado. __Su “madre” entró sosteniendo su pesado cuerpo y Anselmo le ofreció una silla intentando no sentirse feliz por la visita.
Ella se sentó en uno de los sillones debajo de la luz que pasaba a través de las claraboyas de la vieja casa que su hijo alquilaba, siempre trataba de saber algo de él y se reprochaba diariamente ese cisma provocado por una verdad necesaria pero a la vez dolorosa.
__Bueno, ¿Querés un mate?
Aceptó el mate caliente y sonrió, Nora estaba vieja y Anselmo refrenó un incontenible deseo de darle un beso.
__Gracias, ¿Todavía seguís yendo a ese centro eso…, eso?
__ ¿El centro esotérico?, No, me costó darme cuenta que están todos locos, era una pérdida de tiempo. __Dijo algo apenado por todas las tardes tres veces a la semana estudiando sobre fantasmas, viajes astrales y extraterrestres __ Y agregó como con nostalgia __ Al menos hice algunas amistades.
__Vine porque hay una señora jubilada como yo en donde cobro, que tiene problemas que creo, vos podrás ayudarle a solucionar, se me ocurre, como siempre te gustaron los misterios.
Anselmo aceptó el mate y se cebó uno, por su garganta bajó el gusto amargo de la yerba “La Mulata” y trató de escucharla atentamente.
__Alquiló una casa vieja, mucho más que esta en Nuevo París, hay ruidos raros y vio cosas extrañas desde que vive allí. Le dije que mi hijo… bueno, que vos eras un estudioso de esas cosas y me pidió que si pasaras una noche allí que te pagaría lo que fuera, mira que tiene como diez veces mi jubilación, es la señora Annabel Hermida.
Anselmo se rió apenas porque Nora permanecía preocupada y no era cuestión de tomárselo a la ligera, debía reconocer que le importaba.
__Annabel es mi única amiga. __Dijo cabizbaja como para enmendar en algo la molestia.
__Bueno, si es así, que ella disponga cuando y pasaré una noche allí, probablemente se trate del miedo de una mujer muy sensible, ¿Vive sola?
__Si, tiene setenta años y hace más de cuarenta que enviudó, compró esa casona con plata ahorrada y ahora no sabe que hacer.

Unos días después estaba parado frente a una casa enorme, oscura, casi siniestra y para colmo era invierno, el barrio de Nuevo París es un enorme cinturón al noroeste de Montevideo y muchas veces contiene calles y pasajes desconocidos para la mayoría de sus ciudadanos y aún para los que conviven alrededor de calles como Santa Lucía o General Hornos.
La amable Annabel Hermida le dejó comida en el refrigerador y se fue a pasar el fin de semana a lo de Nora, Anselmo notó que estaba realmente preocupada por su nuevo hogar y que su delgada figura se movía por los corredores y las habitaciones con notorio desasosiego.
__Es una casa muy vieja, es normal que las maderas rechinen durante la noche o que los caños lleguen a aullar de cierta manera. __Le dijo a modo de consuelo.
__He visto sombras.__Le contestó con voz casi sibilante.
__No se preocupe, aquí tiene el número de mi celular, llámeme de noche a cualquier hora, no voy a dormir, me traje lectura. __Le dijo, mientras se quitaba la mochila de la espalda.

Y allí se quedó solo en una gran casa de unos cien años por lo menos y bastante mal cuidada, las alfombras estaban gastadas y algunos cuartos vacíos, sobretodo los del tercer piso, encontró espejos oxidados, cuadros casi borrosos y un desagradable olor a humedad en todo el lugar.
Pensó que su base debería ser la cocina, así que puso los libros sobre la mesa enorme de maderas rústicas que alguna vez estuvieron pintadas de verde y se calentó café, apenas eran las seis de la tarde y había arreglado pasar desde esa hora del viernes hasta el mediodía del domingo.
Abrió un viejo libro de ciencia-ficción de A. Torkent y se dispuso a viajar por el cosmos cuando lo sobresaltó el pitido de la caldera que había hervido el agua.
Intentó calmarse, sonrió de si mismo y buscó una taza, un ratón salió corriendo de la estantería, por lo tanto siguió pensando en que sería el causante de algunos ruidos extraños, lavó la taza para evitar la idea de que el roedor la haya utilizado. El sabor del café negro le reanimó y abrió su libro sentado de espaldas a la heladera que comenzó a ronronear sacándolo de la atención de su lectura.
Había una televisión Phillips en blanco y negro sobre una rinconera pero haría demasiado ruido mirar algo, recordó que jugaban Peñarol y Liverpool dentro de poco y encendió la radio. No funcionaba.
__Bueno, ¿Hay alguien allí? __Dijo en voz alta y su propia voz le asustó.

Continuó leyendo alumbrado por una lámpara en el techo que pendía de una vieja y redonda medialuna de acrílico que supo ser blanca. Una mosca se paró sobre sus galletas de maíz y la quitó con la mano dejando el libro apuntado con la cuchara del café.
Entonces pasó una sombra.
Con el rabillo del ojo había notado algo que se movió desde su izquierda en dirección al fondo, pero bien pudo ser su imaginación, tomó una pesada linterna que había traído pensando en posibles apagones y que a la postre serviría de arma improvisada.
Con la luz prendida el corredor mostraba el color verde de las paredes y una lejana mesa con un florero lleno de margaritas de plástico y la última puerta que daba al patio. Sosteniendo la linterna caminó sintiendo algunas baldosas flojas debajo de sus pies pero nada más que ese viejo y recurrente levantamiento de los pelos de la nuca por un miedo que intentaba aplacar con razonamientos prácticos.

¿Cuántas veces había perdido el tiempo escuchando a los charlatanes que hablan de fantasmas y espíritus?

Continuará: espero sus comentarios, gracias.

Diario de un pequeño rufián

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Diario de un pequeño rufián
Por: Darío Valle Risoto

Recuerdo como si hubiera pasado ayer pero yo era apenas un adolescente cuando todo se derrumbó a mí alrededor y terminé confinado en un asilo entre jóvenes rufianes y celadores malos como perros salvajes. Mi mundo había pasado de un hogar más o menos confortable aunque pobre, a esa enorme prisión de la mansión “Casbard” en las afueras de Londres donde nos apiñaban a los que ya no teníamos hogar.

Se que hubo una tormenta y con doce años me tomaron de la mano para sacarme de mi casa, eran dos policías mientras intentaban que no mirara aquella enorme mancha de sangre que provenía desde la cocina por debajo de la puerta entornada. Sé que mi padre había llegado borracho como de costumbre porque eso no era novedad, también que yo adormilado traté de calmar a la bebé que comenzó a llorar seguramente asustada por los gritos de mi madre. Luego me dormí.

A la mañana algunas personas destrozaron la puerta, escuché gritos y carreras y luego llegaron los policías con sus uniformes oscuros y rostros de pocas pulgas.
Menos de una semana después me llevaron a Casbard, el primer día me dieron una paliza en el patio, me robaron la comida en el almuerzo y tres bribones orinaron sobre mi cama antes de que pudiera impedirlo. Tuve que dormir en el piso hasta que los celadores me quitaron colgando de un brazo y me llevaron a la dirección.

El director era un hombre completamente calvo de grandes bigotes y barbilla puntiaguda, miraba fijamente pero su mirada parecía depositarse atrás de la cara de uno.
__ ¿Christopher Lacost es su nombre?
__ Si.
__ ¿Si que…?
__ Si señor.
__ Así me gusta.

Miraba una carpeta y hacia muecas extrañas mientras de vez en cuando observaba el lúgubre paisaje de los patios por la ventana a su derecha.
__ Su padre mató a su madre de catorce puñaladas antes de colgarse en el cuarto de huéspedes… muy bonito, si, muy bonito.
Fue la primera noticia de lo que había pasado en mi casa esa noche porque nadie me había dicho nada ni había visto a mi pequeña hermana ni a mis padres desde que me quitaron de mi casa casi en el aire esos policías.
__ ¿Mis padres están muertos?
__ ¿Nadie se lo había informado? __ Entrecerró los ojos y sonrió, poco le importaba por lo visto que yo me comenzara a orinar del miedo, más bien le importó pero en otro sentido porque comenzó a pegarme en la cabeza gritando que allí si se me iba a quitar la herencia de una madre puta y un padre ladrón y borracho como a todos los otros bastardos del asilo.
Cuando llegue al comedor ya habían comido, esa tarde me senté junto a un roble medio podrido en el patio a mirar el lago donde unos patos jugueteaban. No se porque pero no lloré, no podía sentir nada al enterarme que mis padres habían muerto de esa manera tan sangrienta.

Pasaron los días y me fui aclimatando, los tres chicos que me molestaban y robaban la comida comenzaron a tener ciertos accidentes que invariablemente los dejó con pocas condiciones para joderme la vida tanto a mí como a los chicos más débiles y enclenques.
Solo me faltaba el director.

En mi diario vagar por los terrenos que rodeaban al asilo había descubierto en una ocasión que debajo de la profusa cantidad de maleza habían piedras, traté de ver de que se trataba y comprobé que eran los restos de un viejo cementerio que se localizaba desde el noroeste del río en media luna hasta la parte trasera de la mansión pero al otro lado del bosque. Era difícil alejarme hasta allí la mayoría de las veces porque los guardias nos obligaban a permanecer a menos de cien metros de los edificios. Felizmente como vivían alcoholizados muy a menudo se olvidaban de mí.

Y una de esas tardes revisando el viejo cementerio mientras caminaba descubriendo cruces de piedra y estatuas de ángeles encontré una cripta bastante bien conservada.
Me tomó casi una semana poder robar un destornillador del taller y con el mismo pude hacer palanca para abrir la correosa puerta que daba a una insondable oscuridad que se parecía a la boca de una especie de monstruo perdido en el tiempo.
El miedo me detuvo un par de días, era invierno y el cielo invariablemente nublado me impedía ver hacia adentro de la cripta y solo la idea de encontrar tal vez algún objeto valioso entre los cadáveres me hizo volver ya con una vela y unas cerillas desde luego que también robadas.
Lamentablemente mi primera exploración contó con la compañía de John Cort un pequeño niño que me siguió todo el camino tal vez imaginando que como muchos otros me alejaba para fumar.

__ Volvé al edificio, no molestes, no tengo cigarros.
__ ¿A dónde vas? Si no me dejas ir contigo te acuso con los guardias, te lo prometo.
Era un niño muy decidido a molestarme el resto del día y de seguro que me acusaría sin ningún remordimiento por más que le prometí que le iba a partir todos los huesos si hablaba.
Entramos a la cripta y me parece que comenzó a arrepentirse de ir conmigo a tal aventura.
__ Vámonos, aquí no debe haber nada bueno. ¿Qué buscas?
__ Oro estúpido, busco oro, a los muertos los entierran con anillos, dijes, adornos de oro. ¿No lo sabías?
Sus ojos saltones brillaron a la luz de la vela, encontré una estantería con tres ataúdes podridos, un brazo de huesos salía de uno de ellos y al asomarme vi un cráneo cubierto de cucarachas y escarabajos. Nada de oro lamentablemente.
Con un palo moví los insectos pero nada de metal ni oro ni plata, solo carne podrida, reseca y huesos amarillentos o casi negros.
Cuando me había resignado a regresar a la casa antes de que notaran nuestra ausencia John me indicó que al final de la cripta había una puerta pequeña, quizás allí guardaran el oro. Me dijo.
__ Debe haber otro cajón pero ya que estamos aquí.
Era una puerta semi oval de metal también correoso con una gran cruz de madera pegada en ella y una frase en latín ininteligible para mí que apenas sabía leer en mi propio idioma.
Luego de hacer palanca un rato con mí maltrecho destornillador la puerta trampa se abrió pivoteando sobre uno de sus lados y terminó por caer a nuestros pies, las bisagras estaban podridas.

No se veía nada para adentro, era demasiado oscuro y la débil luz de la vela terminó por apagarse, escuché que John profirió un grito quizás demasiado extremo para un niño que le teme a la oscuridad y cuando me volví observé su silueta flaca y desaliñada intentando salir afuera.

Algo mas estaba con nosotros, lo supe cuando una sombra pasó a mi lado e hizo presa del chico levantándolo en el aire y llevándoselo de nuevo al oscuro pozo que había liberado la puerta al caer.

Cuando intenté salir corriendo una voz de mujer me suplicó desde el interior.
__ No me dejes sola, estoy encerrada aquí desde hace mucho tiempo… ¿Qué año es este?
__ Mil novecientos veintiséis. __Le contesté con voz temblorosa solo para escuchar un suspiro resignado desde el otro lado.

Quería irme pero una fuerza sobrenatural me mantenía en el lugar, la vela, volví a encender la vela con manos temblorosas, la mayoría de las cerillas cayeron entre las hojas y la humedad del piso.
__ Me llamo Cordelia, no te haré daño pero tuve que alimentarme de tu amigo.
__ No es mi amigo.
__ Mejor así. ¿Crees en los vampiros?
__ Yo no creo en nada ni en nadie.

Ella se río desde la oscuridad, luego vi una mano blanca de largas uñas negras aparecer, entonces reparé en que afuera caía la tarde y seguramente ya en el asilo me estarían buscando con los perros, todo se pondría bastante jodido y no había nada que hacer al respecto.

__ Me alimento de sangre, solo puedo salir de noche, necesito que me ayudes a volver al mundo,. ¿Cómo te llamas?
__ Christopher Lacost, Lacost.

Ella terminó de salir justo cuando la vela comenzaba a titilar, era alta y muy delgada, hermosa dentro de su palidez y sus cabellos sucios y pegajosos, tenía un andrajoso vestido de color púrpura o al menos fue de ese tono hacía mucho tiempo atrás.
Ya de noche salimos fuera de la cripta, le pregunté por John y me dijo que estaba muerto sin una gota de sangre. No me importó demasiado.
__ Esa mansión fue mi casa hace mucho tiempo.
__ Ahora es un asilo de huérfanos, una prisión, un infierno donde nos matan a palos o de hambre.
Ella abrió la boca y mostró sus colmillos demasiado anormales, blancos, pulidos. Era una mujer hermosa realmente.
__ Tendremos que hacer algo al respecto. __Me dijo con decisión.
__ Venga, la llevaré con el director. __Le dije con una sonrisa de satisfacción en mis labios.

Ese fue solo el comienzo de nuestra sociedad.