Diego Rasskin: Dicen que allí donde hay dos judíos ya hay tres opiniones.

Diego Rasskin: «La complejidad del pueblo judío es parecida a la complejidad del ajedrez. Dicen que allí donde hay dos judíos ya hay tres opiniones. Es la única religión que te permite ser ateo»

Escrito por Juan José Gómez Cadenas el 29 septiembre, 2021

¿Siempre que se vuelve al sur se vuelve al amor?

En el sur hubo un niño que se crió con una familia muy cercana de tíos, primos y abuelos. La Argentina convulsa de los años 70. El exilio a España en 1976 destruyó ese mundo, que nunca pudo recomponerse. A esos amores ya no se puede volver, pero sí se puede soñar con ellos y volverlos a la vida en la memoria inventada de la nostalgia, la —a veces— reaccionaria nostalgia. Hubo un amor que ahora es imposible, el de mis abuelos, que fallecieron en los primeros años de nuestro exilio en España. Cada brizna de hierba, cada trozo de lecaj (torta de miel), cada compota de manzana, lleva el susurro de sus gestos, de sus ademanes ídishes, de su dulzura y de su presencia. Somos hijos del exilio permanente, pertenecemos a un pueblo que ha tenido que huir una y otra vez y esa patria exiliada es un destino. Un destino de amores nuevos y de nuevos paisajes que ahora he construido con mi mujer y mis hijos; un destino donde están todos los mundos, el mundo.

¿Mató un gallo a Caraballo?

Los primeros años de nuestra vida en España —estoy hablando de finales de los 70 y principios de los 80, en Madrid—, estuvo muy ligada a la de los cantantes Olga Manzano y Manuel Picón, autores de «Caraballo mató un gallo». Ellos pasaron a ser nuestra nueva familia.

De esos años, en que se hacían encuentros con intelectuales y personajes del mundo del arte y la literatura en casa, recuerdo dos de ellos con especial cariño: el primero con Luis Luchi y el segundo con Mario Benedetti. Luis era amigo de la familia, un poeta máximo, comprometido con el mundo. Me regaló un poema que tenía a Chaplin como protagonista y me marcó para siempre. Años después, yo tendría 16, vino a cenar Mario Benedetti con su mujer. Yo empezaba a interesarme por el ajedrez en aquellos años y me habían prestado la Mephisto, una de las primeras máquinas que jugaban a un nivel más o menos aceptable. Cuando llegaron los invitados, yo estaba en medio de una partida, que seguí jugando mientras duró la cena —levantándome constantemente de la mesa para ir a mi habitación a hacer mi jugada—. A Benedetti, que le interesaba mucho el ajedrez, le pareció fascinante lo que estaba haciendo y nos pusimos a hablar de lo divino y de lo humano. Recuerdo que en mi enloquecida cabeza adolescente llegué a decirle que prefería a Llach antes que a Serrat —él acababa de editar un disco con los poemas de Benedetti…— y le discutí a muerte que la forma era más importante que el fondo… no paré en toda la noche de discutir y de llevarle la contraria ante la estupefacta mirada de mis padres. Yo estaba en las nubes y sigo creyendo que les caí simpático. Nunca más volví a verles… ¡un gallito se atrevió con Caraballo!

¿En casa del escultor hijo científico?

Mi interés por la ciencia es un poco rara avis en mi familia. Mi padre, artista, mi madre historiadora, mi hermano músico y mi hermana psicóloga y pedagoga. Creo que es algo que fui desarrollando poco a poco, como estudiante, con mis amigos y compañeros de instituto. Posiblemente porque quería encontrar un camino propio, personal. Las matemáticas siempre me fascinaron aunque yo estudiaba letras en el instituto, pero cuando terminé decidí matricularme en la carrera de biología. Desde el primer día me he sentido un intruso en la ciencia; mi propia aproximación a la ciencia como investigador —doctor por la Universidad Autónoma de Madrid en 1995— es poco ortodoxa, siempre buscando un principio estético que me satisfaga detrás de un problema científico. Siempre pienso, con Borges, que la hipótesis verdadera no es la más interesante; pero, claro está, como científico intento que los datos y las observaciones sean los que tengan la última palabra.

He sido «postdoc» en Estados Unidos en el Instituto Smithsonian y en el Instituto Salk y en Austria en el Instituto Konrad Lorenz. Desde el 2006 trabajo como investigador en la Universidad de Valencia, en el Instituto Cavanilles. En los últimos años he desarrollado un nuevo concepto de análisis de la forma orgánica basada en la teoría de redes que ya tiene vida propia y se utiliza para analizar el desarrollo y la evolución de los organismos. No es casual que haya elegido la teoría de redes, creo en la limpieza y en la estética de un grafo. Las experiencias en otros países y esa perspectiva personal que me hace seguir sintiéndome como un outsider han nutrido mi actividad investigadora en todas las facetas, desde la paleontológica —hay un dinosaurio que se encontró en Cuenca que está asociado a mi nombre— a la integración de conceptos alrededor de la idea de modularidad —he sido editor de un libro de MIT Press que desarrolla este tema— o de la integración entre programas de desarrollo embrionario y evolución —con otro libro editado en la Universidad de Valencia—.

Pero sí, el Diego escritor siempre ha estado ahí, agazapado y un tanto amenazador. Desde hace unos diez años he estado escribiendo cuentos, algunos de los cuales —los que tenían al ajedrez como parte del núcleo narrativo— se han ido publicando en la revista Peón de Rey. Poco a poco la amenaza del escritor se ha ido ejecutando.

¿La Bohemia quería decir: teníamos veinte años?

Yo crecí muy rápido. Creo que el exilio, la falta de familiares, la vida en la calle tuvieron mucha culpa. A los 15 parecía que tenía 25 —o por lo menos yo lo sentía así—; no le tenía respeto a nada, me ganaba unas monedas tocando la flauta en el metro y entre borrachera y borrachera me fui haciendo mayor en el barrio de la Prospe, junto a compañeros que acabaron siendo quinquis y drogatas. Después vinieron los años de la carrera, donde me fui a vivir a una buhardilla en Lavapiés, pero todo eso, a pesar del evidente ambiente bohemio, ya era más ordenado; entre que tenía que trabajar para mantenerme y los estudios tenía las manos llenas. Años intensos.

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