El Retorno de Yith 7

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El retorno de Yith 7
Por: Darío Valle Risoto

El camino a la mansión Stocard estaba prácticamente cubierto por la misma gramilla amarillenta con olor a podredumbre de toda la zona. Paul subió los ocho escalones hasta la casa, la breve escalera era de un mármol blanco que estaba completamente sucio y cubierto de enredaderas. Toda la enorme mansión estaba invadida por unas enredaderas extrañas que como brazos sibilantes lo cubrían todo, hasta parte de las grandes ventanas de doble hoja.

De todas formas y pese al evidente paso del inexorable tiempo la casa parecía tener buena salud, lo que comprobó al entrar sin dificultad porque la gran puerta del frente cedió sin problemas a su empuje, demostrando que nadie se había preocupado en cerrarla bajo llaves.

Un chirrido como especie de lamento del hierro le hizo sonreír como para ocultar sus propios nervios al dar un paso dentro de la casa y seguramente a un pasado que nunca hubiera querido saber ni menos enterarse.

Rápidamente repasó en su memoria inmediata la extraña sensación de haberse quedado en esa ciudad o pueblo de Greenville a razón de dormirse camino a un trabajo que la verdad ya no le importaba absolutamente nada, porque en su profundo y abismal interior sabía que jamás su vida volvería a ser la de siempre tras haber bajado de ese aciago tren en las comarcas de la mágica Nueva Inglaterra.

Por un momento se sintió perturbado por la enorme sala de entrada con una gran escalera en frente que mostraba cuadros cubiertos por el moho, seguramente de viejos familiares de la dinastía Stocard. No pudo evitar sentir que ahora era definitivamente alguien en la vida aunque en su mente resonaban las historias de un viejo esclavista y su mujer de raza negra, la que era sinónimo de magia y brujerías antiguas y por ende perseguida por un cristianismo que a sangre, muerte y fuego pretendía enseñar amor.

En su imaginación a punto de sucumbir al miedo pudo ver como transparentándose a viejas estampas de tiempos de la conquista en que un hombre regordete con la clásica peluca blanca pateaba en el piso a una esclava negra de particular belleza. Ella le miraba con odio pero sin proferir un solo grito o demostración de dolor.

__ ¡Maldita perra!, ¡Ya vas a aceptar que hay un único dios y es blanco y que ustedes los malditos negros son la descendencia del mismo diablo! __Le decía alcoholizado y demente mientras sus botas le daban golpes en las costillas a la mujer desnuda.

Paul se quitó los lentes y se rascó la cabeza, los limpió con su pañuelo y miró al techo, allí había pintados ciertos pasajes bíblicos que ahora permanecían prácticamente borrados por el paso de los años. Al subir por las escaleras de mármol al primer piso sintió el viejo aroma de la humedad y la corrosión junto a una especie de halo frío que le hizo erizar los pelos de la nuca. Al ponerse los lentes quedó en frente a un enorme cuadro con su quizás abuelo lejano.

Había dos corredores a izquierda y derecha con ese inquietante cuadro en medio, contó seis habitaciones por lado además de otra escalera que conduciría a una segunda planta o quizás al ático. Estaba un poco oscuro, encontró una lámpara de aceite pero fue inútil prenderla. Hasta que un bulto a su izquierda le pareció familiarmente humano y en la semi oscuridad encontró lo que nunca se hubiera imaginado.

Era el cadáver de un hombre con evidentemente algunos años en ese lugar, tenía a su costado una mochila donde encontró una proverbial linterna. El hombre yacía sentado contra una pared casi arrinconado junto a una vieja estatua. Tenía el cuello partido y apenas se podían determinar sus facciones porque estaba completamente carcomido por el paso de los años que no podían ser menos de veinte o treinta.

__ Howard Craftlover.
Una vieja tarjeta apenas legible daba su nombre y que era de nacionalidad inglesa. Paul se preguntó que estaría haciendo allí y a la vez al comprobar que la linterna por suerte seguía funcionando la volvió a apagar porque desconocía cuanto podrían durar sus viejas baterías.

Había una navaja de dimensiones bastante interesantes, un sombrero, una brújula y una libreta de apuntes que guardó de nuevo en la bolsa y tras sacudirla del polvo con mucha presteza se colgó en el hombro.

Las paredes del primer piso supieron tener papeles pintados con interesantes diseños marítimos, no debía olvidar que las costas estarían suficientemente cerca de ese lugar como para que todo lo relacionado con el magnífico mundo del mar tuviera relevancia. Más el pulpo que en primer momento parecía engalanar las paredes tenía algo de extraordinario. Era un dibujo particularmente raro, a primera vista parecería una flor pero al acercarse a uno que estaba bastante mejor conservado encontró cierta semejanza entre la cabeza del animal y el diseño que había visto en la estatua de la plaza de Greenville e inmediatamente una palabra se coló en su mente como si hubiera surgido de una atávico conocimiento que jamás debió resucitar: Yith.

En determinado momento sintió una especie de mareo y al intentar abrir la ventana que se enconaba al final del corredor sintió como una vacilación a su alrededor y una especie de conmoción que lo hizo apoyarse en una de las paredes al mismo momento que todo a su alrededor comenzaba a desaparecer devorado por una oscuridad que no provenía de ninguna parte en especial.

El viejo ciego abrazaba a su mujer por detrás mientras ella seguía revolviendo una pequeña olla que calentaba sobre la cocina a leña. Adentro un líquido verde espeso lanzaba aroma a diferentes hierbas.

__ Te dije que ese libro lo sabe todo, todo. __Le dijo con su boca casi carente de dientes mientras miraba a una cercana mesa donde descansaba “un viejo volumen”
__ Solo la Biblia lo sabe todo.
__ ¡Por favor mujer!, ¡A veces no sé cuando hablas en serio o estás siendo sarcástica!
Ella lo apartó y comenzó a reírse de forma demencial mientras se quitaba las ropas, su marido sonriendo comenzó a acariciarla hasta que algo los detuvo en seco.

Algo se arrastraba hacia la casa, algo que ambos habían evitado reconocer porque lo esperaban desde hacía tiempo y sin embargo querían que jamás llegara porque era entonces el agorero anuncio del fin de su tiempo.
__ ¡Debiste quedarte en su espalda maldita peste inmunda!. ¡Debiste alimentarte de la niña sin jodernos!

La Bruja completamente desnuda y mostrando su cuerpo carente por completo de algún atractivo apenas si pudo llegar a acercarse a una cuchilla de cocina que pretendía usar para alejar a aquella cosa. Un rápido movimiento de uno de sus tentáculos la penetró por el estómago y subiendo por dentro de su cuerpo salió por su boca levantándola a toda ella como si fuera un enorme y gordo títere de carne sanguinolenta.

Aunque carente de una visión normal Desmoines lo pudo ver todo dentro de su cabeza hasta que para él también fue demasiado tarde.

Continuará.