Algo sobre Francisco “Paco” Espínola

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“Ha llegado el momento de hacer por los hombres algo más que amarlos”.

Francisco “Paco” Espínola

Francisco Espínola, conocido por todos como “Paco Espínola” nació en San José de Mayo el 4 de octubre de 1901. Dedicó su vida al estudio y la escritura, sin dejar de lado el compromiso por una sociedad más justa…

Hijo de un caudillo blanco y saravista de San José, que participó en los levantamientos de Aparcio Saravia. Desde niño, Paco, supo que los hombres estamos en la Tierra para buscar más que el bienestar personal. De su padre, recibió el primer acercamiento a la cultura, a través de los clásicos y de la tradición española. Balzac, Virgilio, El Cid de Víctor Hugo, lo iniciaron en la lectura.

A lo largo de su infancia en una casa quinta de San José aprendió a ser un buen jinete, a tropear, y a cumplir con diversas tareas de la vida del campo. Pero, por sobre todo fue conociendo tipos humanos con los matices que más tarde presentará en sus obras.

Cursó la enseñanza primaria y los primeros años de secundaria en su ciudad natal. Allí, la escuela Nº 53, a la que concurrió, lleva hoy su nombre.

Luego aquí, en Montevideo, inicia el bachillerato optando por el bachillerato de Medicina; aunque lo abandona para dedicarse a la literatura.

Así, en setiembre de 1926, editó los cuentos de “Raza ciega”. Este adjetivo es rico en sugestiones y quizá permita varias hipótesis. Se trata de nueve cuentos fuertes, vigorosos, en los que lo más destacable es la notable técnica narrativa y el sobrevuelo de la imaginación. Con este libro, Paco Espínola entra en la historia de nuestra literatura. En 1930 publicó su delicioso relato para niños, “Saltoncito”, un clásico de la literatura infantil, y en 1933 su novela “Sombras sobre la tierra”. Un libro tremendo, de gran impacto social y sicológico, con un fuerte sentido hacia los marginados, los vencidos de la vida, todo ello expresado con maestría indiscutible.

El 28 de enero de 1935 cerca de Rosario participó, y cayó prisionero, durante la Acción del Colla, también conocida como alzamiento armado de Paso Morían. Enfrentamiento armado en la que un grupo de revolucionarios, blancos radicales, batllistas, anarquistas, socialistas y comunistas se enfrentaron al ejército de la dictadura de Terra. Los rebeldes eran acudillados por Antonio Paseyro y de sus filas participó quien luego sería uno de los más grandes escritores del siglo XX de nuestro país.

Al respecto Paco contaría después (fragmento):

“Y yo en el monte ya con todos me desespero y salgo corriendo al campo donde estaban tirados los muertos y los veo, allí no estaba Juan Carlos.Y de repente corriendo yo lo veo venir muy tranquilo porque ya el enemigo se había retirado y estaba en paz. Fue él y otro hombre maravilloso que se llamaba Antonio Pasei los últimos que tiraron los últimos tiros al enemigo que se batía en retirada.

Y cuando me vio se paró y me dijo ¡Hay Paco, qué suerte, yo creí que habías muerto! y yo a ti también.

Pasan unos días, en las zozobras de caer prisionero porque no teníamos armas, porque no teníamos municiones, porque estábamos cercados y creyendo que no íbamos nunca a juntarnos con nuestros compañeros que hacían un esfuerzo que nosotros por las circunstancias no podíamos, no nos permitían hacer, caemos prisioneros, nos llevan a Rosario. Nos llevan unos camiones rodeados de soldados a Rosario y es claro, el único lugar en donde nos podían tener es en la Comisaría que era un edificio muy viejo con una caballeriza antigua seguramente que oficiaba de calabozo y al llegar nosotros todo el pueblo amontonado en la calle mirando aquellos hombres extraños que bajaban de una Revolución.

Yo me bajo junto con los otros y en el momento en que piso la vereda una voz, lo miré, lo veo todavía al hombre que dice, el autor de “Sombras sobre la tierra”, me saca el sombrero y dice Salud. Y yo entré y fui a mi amigo que estaba al lado.

El comisario resultó otra cosa, entonces entramos a un calabozo donde nos ahogábamos materialmente y teníamos que por turno aplicar la boca al agujero de la llave para respirar.

De pronto se abren aquellos tamaños cerrojos y un soldado con una cara espantosa dice Señor Espínola, -presente dije yo- y `pensé creo que empiezan por mí -para matarnos-. Me hacen pasar a una pieza donde había un hombre parado en la puerta, era el que me sacó el sombrero, por ser autor de “sombras sobre la tierra”, se me presenta y me dice yo soy fulano de tal, tengo vara alta acá porque yo soy el corresponsal del diario de la dictadura.

¡Ha!, muchas gracias -digo yo-. Me dice “yo soy admirador suyo, ya hablé con mi mujer, ya están haciéndole comida y usted dijo el comisario que comiera aquí”.

No hombre, no puedo comer, todos nosotros hacía días que no comíamos, estuvimos como 4, no puede ser esto, yo le agradecí al hombre, le digo no puedo.

Entonces cómo sigue “Sombras sobre la tierra” atrayendo cariño, cariño, cariño, y pocos días después, pocos días después (…) nosotros una noche sin saber a dónde íbamos salimos como a las 12 o una de la mañana en unos camiones.

Cuando salimos de ahí pensamos estos nos van a hacer hasta cavar la fosa, creímos que nos llevaban al campo para fusilarnos, pero después alguien, que ya pasaba demasiado tiempo y no pensamos que quisieran hacer tan lejos del pueblo un nuevo cementerio, como a las dos o tres horas alguien noto que empezaba a aclarar, era la carretera a Colonia, y efectivamente al amanecer llegamos a Colonia, nos metieron adentro del Cuartel en casa de armas y recién allí nos bajamos, entonces entramos a un local donde no había más que unos bancos sin otra cosa y nos metieron allí y quedaron unos cuantos soldados de bayoneta.

Uno de los oficiales más jóvenes, que ahora es Coronel yo creo o general me mira y me dice “pero usted es Espínola, ¿cómo está acá?, pero usted es el autor, yo tengo acá en el cuartel “sombras sobre la tierra”, le voy a pedir que me lo dedique”.

Desaparece, me trae el libro un asistente, se lo dedico con mucho cariño, tenía ganas de decirle lo que no le podía decir, que yo le estuve apuntando y le erraba a mi admirador, si hubiera sido por mí no me admiraba nunca más”.

Por esa única participación en un hecho de armas, Paco recibió de su padre un opaco pero elocuente: “Estoy orgulloso de usted”. Al viejo no le había importado demasiado la notoriedad literaria del hijo, muy elogiado por su primer libro de cuentos, o lo celebrado como cronista de la popular revista Mundo Uruguayo.

Su fuerza de voluntad, su literatura y, por sobre todo, sus convicciones le permitieron superar aquello y seguir adelante. Así, sobre los años cuarenta Francisco Espínola era ya una figura prestigiosa y reconocida de nuestras letras. Fue un docente nato y ejerció como profesor de lenguaje en el Instituto Normal de Montevideo desde 1939 y de literatura en Enseñanza Secundaria, desde 1945 y de composición literaria y estilística en la Facultad de Humanidades y Ciencias, a partir de 1946. También tuvo actividad en la prensa. Llegó a dirigir un diario, “La Paz”, y fue columnista de otros periódicos de San José.

Fue en esos momentos cuando comenzó su informal magisterio entre los escritores jóvenes, llevado adelante amenas charlas en los viejos cafés Metro y Ateneo de la plaza Cagancha. A partir de este momento además de ser recordado por su obra como escritor, ha quedado en la memoria de quienes lo conocieron como un excelente profesor, como un charlista que supo cautivar con humor sencillez a los más diversos públicos, como un brillante narrador.

Con Juan Carlos Onetti, Espínola se constituyó en uno de los pocos referentes válidos para la Generación del 45, caracterizada por la ruptura y el duro cuestionamiento hacia sus mayores.

Cuando se concretó en 1947 la Facultad de Humanidades y Ciencias, Paco Espínola comenzó allí una tarea pedagógica sistemática y peculiar —que marcó a varias promociones de estudiantes de Letras— caracterizada por el abordaje lúcido e inspirado, riguroso y a la vez sencillo de la literatura. Onetti, ingeniosamente, definió con esta frase la docencia del maragato: “Mateando con los clásicos”.

Francisco Espínola actuó en cargos políticos departamentales, por el Partido Nacional. Pero, a pesar de su condición blanca, Paco Espínola venía coincidiendo en posturas concretas con los partidos de izquierda desde los tiempos de las campañas de apoyo a la República Española durante la guerra civil. Por eso no fue raro que, junto con su primo Luis Pedro Bonavita, se integrara al novel Frente Izquierda de Liberación a comienzos de los sesenta.

Su adhesión al Frente Amplio y su afiliación al Partido Comunista fueron coincidentes, en 1971. Al agradecer al Secretario general del partido Rodney Arismendi la bienvenida, destacó su raíz blanca, explicando cómo para él se armonizaba con las nuevas opciones. Recordó también en la instancia las fuentes cristianas de su solidaridad, considerándolas la base esencial para el paso que había dado. Y fue allí cuando, glosando una frase de su personaje Juan Carlos de “Sombras sobre la tierra”, expresó que: “Ha llegado el momento de hacer por los hombres algo más que amarlos”.

De Francisco Espínola, es seguro que debemos recordar su genialidad al escribir y describir la vida en la campaña de nuestro país. Pero más marcado aún debe quedar su simpleza para hablar y explicarse, su gusto y dedicación para enseñar a otros, y, sobre todo, su compromiso por un mundo más justo…

Artículo publicado en Liberarce impreso edición diciembre 2012-enero 2013.