Como me cuesta leer a Onetti

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Como me cuesta leer a Onetti
Por: Darío Valle Risoto

Hace algunos años atrás la esposa de un amigo luego de leer algunas cosas mías me aconsejó leer: “El Pozo” del escritor Juan Carlos Onetti, quizás pienso ahora, porque encontró cierta aproximación que no puedo hoy día imaginar cual, o mejor creo que fue para que aprendiera a escribir mejor que las porquerías que sigo escribiendo. Me apego más a esto último por más que no me guste.

Demoré un tiempo hasta que compré el pozo y lo leí y no me gustó pero creo que allí nació esta idea que hoy reafirmo de que el tipo era un escritor de puta madre como dicen los españoles, o sea: Muy bueno, excelente, pero no me llegó, era como si yo fuera la roca que las aguas de un mar oscuro quieren abrazar pero está muy cerca de la orilla.

Mi amigo el artista plástico Cesar Ureta me regaló los primeros cuatro tomos de una colección de obras completas de este escritor e intenté leer: Juntacadáveres y volví a pensar como vuelvo ahora que en el taller de escritura estamos dando: “Los adioses” que Onetti era un verdadero monstruo de la literatura pero no hay caso, mi gusto literario va por otro lado. Y eso es lamentable en varios sentidos.

En ese ínterin desde Juntacadáveres a la fecha leí dos novelas de Mario Vargas Llosa que si me puede y ando con otra de Haruki Murakami los que admiro porque por ahí andan mejor mis apetencias literarias, quizás porque su escritura es menos barroca, mucho menos gris y aderezada que la de mi compatriota por más que ahora en este Montevideo otoñal acuciado de lluvias desde la tarde de ayer y tras ver el documental: “Jamás leí a Onetti” vuelvo a acercarme a ese viejo hosco como un puercoespín al decir de Galeano.

Hay una interesante anécdota donde Eduardo Galeano remite a un consejo sobre escribir a mano que Onetti le da cuando se entera que este lo hacía a máquina y no puedo más que añorar mi vieja máquina de escribir que hoy añoro porque este ordenador me resulta por demás frio y ajeno. Por otro lado escribo mucho a mano ya que tengo una computadora de mesa, carezco de una laptop y por lo tanto suelo garabatear ideas en cuadernos que andan por toda la casa y luego vengo aquí y los transcribo a la pantalla.

Para mi escribir a máquina tenía una calidez que hoy se potencia con este frio teclado carente por completo de aquella percusión de tipos sobre el papel y el ruido de la cinta corriendo de derecha a izquierda mientras tomaba demasiado continuamente el corrector y tachaba para escribir y reescribir alguna palabra que me parecía mejor que la otra, la palabra eliminada, muerta.

Aquí a la distancia pienso que Onetti tenía esa idea sobre la vida que ahora comparto, este amor por la soledad y sentía seguramente el enorme placer creativo de plasmar sobre el papel vidas y suertes de personajes no del todo ficticios porque a fin de cuentas uno escribe siempre sobre si mismo aunque hable de calabazas.

De seguro mi dificultad para alcanzar a leer a Onetti tenga mucho de una soterrada envidia sobre un creador impactante al que no podré llegar jamás porque voy por otro lado y esa literatura en definitiva tan Uruguaya no me place como no me placen tantas cosas de un país que me vio nacer pero a diario siento tan extranjero.

Ayer precisamente vi un documental sobre Howard Phillip Lovecraft desde luego que para mi mucho más compatriota que Onetti este hombre de Providence forma parte de toda esa literatura yanqui que amo tanto y que tiene a Isaac Asimov en el pináculo de lo que quisiera ser si alguna vez llego a ser grande. De todas formas uno no puede desprenderse de su origen y aunque me moleste bastante soy uruguayo y por ejemplo si me gusta mucho Mario Benedetti y también he leído quizás todo o la mayoría de lo de Eduardo Galeano, escritor que considero más un periodista pero uno y otro oficio son casi lo mismo si se me permite.

Uno escribe porque puede y porque quiere pero nadie escribe porque no le gusta, la labor creativa es misteriosa y de verdad a veces no sé cómo llega un cuento o una idea para una de esas tres o cuatro novelas que nunca termino. Debo agradecer a esa musa escondida que como tigre invisible salta al final de mis cuentos atacando con un final muchas veces inesperado aún para mí mismo.

Jamás leí a Onetti y ese documental sobre Lovecraft fueron demasiado con menos de veinticuatro horas de diferencia para mí que suelo encontrar difícil soportar versiones diferentes sobre la vida de autores que marcaron un rumbo en la literatura y en mi vida, porque de verdad solamente deberíamos quedarnos con la obra y dejarnos de joder con las personalidades de los escritores porque a fin de cuentas cada cuento, cada novela se despegó de su autor como aquel hijo que deja la casa paterna para seguir su rumbo.

Creo que he corrido el riesgo de encontrar paralelismos con ambos escritores sobretodo en aspectos que les hacen dos personajes distantes en tiempo y lugar pero con algo en común: Su eterna y amada soledad. Es así por más que no me guste asumirlo.ca9ce8ae6a81b27ac3a2090eb0022b0a

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