Las Siestas de mi pueblo (Cuento)

Landscapes 5 (15)

Las siestas de mi pueblo
Por: Darío Valle Risoto

Como todo pueblo del interior Villa Temesio luego del mediodía caía en la modorra pegajosa de la siesta, sobre todo en verano y entonces a mí me gustaba salir a la calle y caminar sintiendo que era el único habitante del planeta aunque nunca faltaba un perro que me siga, especialmente: “Pucho” o el incesante gorjeo de los pájaros o el cacareo tardío de algún gallo que andaba atrasando.

La tía Marta dormía tirada en la hamaca del fondo cubierta por un enorme tul para que “no la jodan los incestos” y el tío Andrés dormía tirado en el cuarto con toda la cama para él con un viejo ventilador que hacía más ruido que viento, pero ellos eran así. Me criaron desde que mi padre se fue al Brasil y mi madre a trabajar a la Argentina, así que cada vez que miraba el mapa en la escuela comenzaba a sentirme extrañamente sudamericano aunque ese es un pensamiento de grande, más bien me sentía como el culo por abandonado.

Villa Temesio era un pueblo pujante según el intendente de Treinta y Tres que venía solamente cada cuatro años para conseguir el voto de un montón de gente más interesada en dormir la siesta, ir al boliche de Andrade o criar gallinas que escuchar palabras raras como: correligionarios, partido, baluarte y mi preferida: “Pujante”

Yo caminaba entre casas bajas, algunas con techos de chapa y otras de material aunque no faltaban las de techos de quinchos de paja, casi todas pintadas a la cal y con sus jardines en flor y sus muritos de piedra bajitos como para no evitar que entren los vecinos y los perros pero para que no se les escapen las gallinas que igual se les escapaban.

Había un olor rico en verano, como de naturaleza viva y… pujante, aunque no se qué quiere decir dicha palabra, pero me gusta. Las chicharras anunciaban más calor y algunas abejas buscaban flores para fabricar la miel que después algunos recogían o que vendían en el puesto del turco Amir.

Yo caminaba todo a lo largo del camino del orejano y enfilaba para la chacra de Rosales que tenía una cañada linda rodeada de un pequeño bosque con un puente de madera medio hecho pelota que me gustaba cruzar para sentarme sobre una gran piedra negra a mirar a los renacuajos nadando en el agua clara entre camalotes y ramas.

A veces llevaba algo para comer: un chorizo seco que le robaba al tío o galletas que horneaba la tía Marta o cualquier cosa, cierta vez llevé una bota con vino pero al tío no le gustó mucho cuando medio mareadito se la devolví vacía al caer aquella tarde.

Mis tíos eran brutos pero buena gente como todos en villa Temesio, hasta el padre Orlando era un cura re bueno que solamente te pateaba jugando al fútbol pero que en las misas contaba chistes de Landrisina y se ponía a darnos ideas para ser mejores personas, pero casi nunca mencionaba un salmo o proverbio por lo que algunas comadronas dudaban de si alguna vez había leído la Biblia.

Viví hasta casi los veinte años en ese pequeño pueblo que la supresión del servicio de trenes fue matando lentamente, que se llenó de gente anciana y los jóvenes como yo, que fui de los últimos en irme, nos fuimos a la capital o a alguna ciudad con más trabajo y posibilidades de volvernos: Pujantes.

En el año dos mil cuatro volví a visitar lo que quedaba del pueblo, ya no hacía falta esperar a la siesta para caminar en medio de una gran desolación si hasta las chicharras sonaban diferentes y ya hacía años que no estaba Pucho corriendo detrás de mí ladrándome para que le tire una rama.

Yo ya era un hombre grande, pero por algunos momentos sentí un vuelco en el corazón porque la cañada de los Rosales ya no existía, ni tampoco su chacra ni nada de nada, solamente había grandes plantaciones de eucaliptos y de soja y muy poco ganado pastando a la sombra de los árboles.

Antes de irme para siempre me puse a pensar si volverían los candidatos a recorrer la plaza con sus camionetas, sus ensordecedores parlantes y sus banderas de colores a visitar un pueblo de gente tranquila que nunca entendió lo que era ser: Pujantes.

FIN

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