JLA vs Fatal Five

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La Liga de la justicia contra los Cinco Fatales
Por: Darío Valle Risoto

Desde luego que es una buena idea presentarnos una nueva aventura de la liga de la justicia justamente al estilo de su gran serie animada la que aún muchos fans opinamos que mereció alguna temporada más pero por lo menos este tipo de homenajes la mantiene viva.

Aún así solamente tenemos al trío más importantes de héroes DC, todos lo saben: Superman, Batman y Wonder Woman en este caso con Mr Terrific, Miss Martian y una joven Linterna verde llamada Jessica Cruz que es esencial en esta aventura contra los cinco fatales, villanos estos que provienen del siglo XXXI y por lo tanto la Legión de Superhéroes estará representada por Star Boy principalmente.

Tenemos todos los ingredientes pero a mi se me hizo difícil ver una liga de la justicia sin Flash y que no hubiera un gran peso dramático en la historia más toda esta está centrada en la mencionada linterna verde que al menos yo nunca había conocido antes pero uno es un viejo que se ha quedado muy atrás en esto de los cómics.

La historia es buena y el estilo se basta en la serie por más que están bastante limitados los personajes y me parece que hubiera sido mejor otro tipo de enfoque, será porque los Cinco fatales no son villanos que me hayan interesado y por ahí hubiera sido más entretenida la inclusión de Luthor como su asociado y tal vez el Joker, pero no me hagan caso: DC se niega continuamente en contratarme.

Neo vampiros 97: El Monstruo debe pagar

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Neo Vampiros 97
El Monstruo debe pagar
Por: Darío Valle Risoto

Era solo el cartero trayéndole las facturas de la luz y el agua, ya había pasado tiempo desde el secuestro. Tiró los papeles sobre la mesa y bajó nuevamente los diecisiete escalones, ella estaba sentada contra el fondo de la jaula mirando a la lejana lamparita de difusa luz tan lejos sobre el techo enrejado. Las sombras de las rejas cubrían las paredes hasta el pie de la escalera dándole al recinto un aspecto fantasmagórico.
__ Desnúdate. __ Le dijo a la jovencita con voz temblorosa mientras se bajaba el cierre de la bragueta, necesitaba masturbarse con urgencia.

Una nueva noche y Lorena trepada a los techos de la iglesia “De las Camelitas” intentaba poner su mente en claro aunque era muy difícil cuando miles de sonidos se filtraban por sus oídos y sentía el aroma de la sangre de cada transeúnte que pasaba varios metros por debajo.
Odiaba a los violadores aún más que a los torturadores, como si hubiera alguna diferencia para medir los diversos tipos de terror que los hombres producen con total impunidad.
Sembrar el mundo de religiones no había servido de nada, el hombre en su fiereza aún continuaba vejando mujeres y niños como lo hacía dentro de las cavernas del neolítico.

Imaginar a su madre violada en los cuarteles de la dictadura le producía un vuelco en el estómago difícil de olvidar. Nunca se responderá la pregunta de la razón de tamaña muestra de animalismo por parte de los que aparentemente defienden al estado, nunca se mostrará mejor la inutilidad de los ejércitos en cualquier parte del mundo que mediante esos actos de cobardía amparados en la fuerza de las armas.

__ ¿Dónde estás niña?
El sonido de su propia voz la estremeció, no solía hablar sola pero en ese momento mientras el frío nocturno parecía querer decirle algo muy malo tuvo que hacerlo.
Bajó lentamente los veinte metros a la calle, sin hacer ruido posó sus largas botas negras, entre la niebla y como recortado en papel apareció un taxi que detuvo con un movimiento de su mano.
__ ¿A dónde vas gurisa?
__ Al centro, pero de un rodeo hasta General Flores y después siga el camino que quiera.

El taxista dio la clave de que tenía un cliente por radio y la llevó entre calles casi vacías por un invierno que parecía pertenecer a una dimensión aún más extraña que la que estaba acostumbraba a recorrer.
Cuando bajó en la plaza Libertad quedaban pocas personas caminando por las veredas húmedas de cerrazón, se subió el cuello de su campera de cuero y entró en un bar a un par de cuadras hacia la costa, recordó que habían estado allí con Paula no hacía mucho tiempo.

Mientras tomaba una grapa miel intentó afinar sus sentidos vampíricos pero era inútil, no había forma de localizar a esa niña desaparecida aunque tenía la firme sospecha de que estaba aún con vida en alguna parte.

Paula en el sanatorio comenzaba a sospechar que Lorena ni siquiera se haría cargo de su pedido, una enfermera entró a darle otro calmante y antes de salir apagó la luz de la sala.

Juicio y castigo.

Las Siestas de mi pueblo (Cuento)

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Las siestas de mi pueblo
Por: Darío Valle Risoto

Como todo pueblo del interior Villa Temesio luego del mediodía caía en la modorra pegajosa de la siesta, sobre todo en verano y entonces a mí me gustaba salir a la calle y caminar sintiendo que era el único habitante del planeta aunque nunca faltaba un perro que me siga, especialmente: “Pucho” o el incesante gorjeo de los pájaros o el cacareo tardío de algún gallo que andaba atrasando.

La tía Marta dormía tirada en la hamaca del fondo cubierta por un enorme tul para que “no la jodan los incestos” y el tío Andrés dormía tirado en el cuarto con toda la cama para él con un viejo ventilador que hacía más ruido que viento, pero ellos eran así. Me criaron desde que mi padre se fue al Brasil y mi madre a trabajar a la Argentina, así que cada vez que miraba el mapa en la escuela comenzaba a sentirme extrañamente sudamericano aunque ese es un pensamiento de grande, más bien me sentía como el culo por abandonado.

Villa Temesio era un pueblo pujante según el intendente de Treinta y Tres que venía solamente cada cuatro años para conseguir el voto de un montón de gente más interesada en dormir la siesta, ir al boliche de Andrade o criar gallinas que escuchar palabras raras como: correligionarios, partido, baluarte y mi preferida: “Pujante”

Yo caminaba entre casas bajas, algunas con techos de chapa y otras de material aunque no faltaban las de techos de quinchos de paja, casi todas pintadas a la cal y con sus jardines en flor y sus muritos de piedra bajitos como para no evitar que entren los vecinos y los perros pero para que no se les escapen las gallinas que igual se les escapaban.

Había un olor rico en verano, como de naturaleza viva y… pujante, aunque no se qué quiere decir dicha palabra, pero me gusta. Las chicharras anunciaban más calor y algunas abejas buscaban flores para fabricar la miel que después algunos recogían o que vendían en el puesto del turco Amir.

Yo caminaba todo a lo largo del camino del orejano y enfilaba para la chacra de Rosales que tenía una cañada linda rodeada de un pequeño bosque con un puente de madera medio hecho pelota que me gustaba cruzar para sentarme sobre una gran piedra negra a mirar a los renacuajos nadando en el agua clara entre camalotes y ramas.

A veces llevaba algo para comer: un chorizo seco que le robaba al tío o galletas que horneaba la tía Marta o cualquier cosa, cierta vez llevé una bota con vino pero al tío no le gustó mucho cuando medio mareadito se la devolví vacía al caer aquella tarde.

Mis tíos eran brutos pero buena gente como todos en villa Temesio, hasta el padre Orlando era un cura re bueno que solamente te pateaba jugando al fútbol pero que en las misas contaba chistes de Landrisina y se ponía a darnos ideas para ser mejores personas, pero casi nunca mencionaba un salmo o proverbio por lo que algunas comadronas dudaban de si alguna vez había leído la Biblia.

Viví hasta casi los veinte años en ese pequeño pueblo que la supresión del servicio de trenes fue matando lentamente, que se llenó de gente anciana y los jóvenes como yo, que fui de los últimos en irme, nos fuimos a la capital o a alguna ciudad con más trabajo y posibilidades de volvernos: Pujantes.

En el año dos mil cuatro volví a visitar lo que quedaba del pueblo, ya no hacía falta esperar a la siesta para caminar en medio de una gran desolación si hasta las chicharras sonaban diferentes y ya hacía años que no estaba Pucho corriendo detrás de mí ladrándome para que le tire una rama.

Yo ya era un hombre grande, pero por algunos momentos sentí un vuelco en el corazón porque la cañada de los Rosales ya no existía, ni tampoco su chacra ni nada de nada, solamente había grandes plantaciones de eucaliptos y de soja y muy poco ganado pastando a la sombra de los árboles.

Antes de irme para siempre me puse a pensar si volverían los candidatos a recorrer la plaza con sus camionetas, sus ensordecedores parlantes y sus banderas de colores a visitar un pueblo de gente tranquila que nunca entendió lo que era ser: Pujantes.

FIN