No era una Laura cualquiera (Cuento)

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No era una Laura cualquiera
Por: Darío Valle Risoto

Me gustaba su perfume, no es que ande oliendo a las personas o tal vez sí, pero ella tenía una especie de aroma que desde ese momento pasó a ser como su carta de presentación al menos para mí. El problema es que no conozco nada de fragancias, así que vamos a quedarnos en Lavandas que no se qué carajos son pero en este momento me suena bien.

Fue aquel primer día de clases y al pasar a su lado quedé prendado o prendido, lo que viene a ser lo mismo de esa especie de aureola mágica y perfectamente aromática que rodeaba a Laura, si, así se llamaba la piba o más bien: “la gurisa” si nos ponemos criollos de este lado del río. Mejor seguimos normalitos.

Laura tenía diecisiete años y yo veinte, claro, es que repetí segundo y por dos años dejé de ir al secundario por lo que casi me transformo en el abuelo del curso si no fuera por algunos otros vejetes más grandes que nosotros. A lo nuestro porque si no me salgo de tema.

Llevaba una camisa blanca con unos raros diseños pequeños que a simple vista me parecieron cabezas de cebollas o duendes pero eran unos diminutos ramitos de flores por todo lo largo y ancho de la prenda lo que le quedaba muy bien y creo que solo a ella podía caerle tan a la medida tamaña camisa con familiaridad de pijamas.

Era de mediana estatura, hablo en pasado porque esto pasó antes y no es porque se hubiera muerto aunque no lo sé a estas alturas que pasaron como…muchos años. Delgada, blanca y casi pálida como un cadáver y sin embargo sus ojos tenían en ese par de esmeraldas obviamente verdes una vida que jamás vi en otros ojos ni en las películas. Sus manos eran perfectas, merecían una especie de himno o letanía especial aunque de verdad no tengo la más puta idea de lo que es una letanía, merecían algo solamente por ser tan equilibradas como si ellas mismas fueran las manos y por ende los brazos que alguien hace algún tiempo le robó a la mera Venus de Milo.

La saludé y en ese preciso instante tuve el tremendo pavor de que su voz la estropeara por ser chillona, demasiado baja o que a lo peor tartamudeara o fuera gangosa pero nada de ello. Tenía esa perfecta sonoridad que solamente podría tener una Laura de exquisito perfume y camisa con diseño de ramitos de flores rojos sobre blanco.

Le dije que me llamo: Daniel porque de verdad me llamo Daniel, hubiera querido llamarme: Christopher o Alexander pero me llamo: Daniel que por supuesto en esta y en todas las galaxias es mejor que llamarse: Brian. Kevin o Nahuel. Ella sonrió y fue como si alguien prendiera fuegos artificiales en la clase y no estábamos en el salón de química aquella vez que a Alfredo le dio por mezclar cuatro polvos y casi nos quemamos todos.

Desde ese momento intenté estar cerca pero sin quemarme como para parecer un obsesivo, pero: ¿quién me puede culpar si ella era como la figurita sellada del álbum de las feas?, aunque habían tres o cuatro compañeras dignas de… cariño, pero Laura era especial porque brillaba con luz propia.

Ese primer día de clase hubiera sido perfecto si a la salida no la estuviera esperando su novio que parecía tener cuarenta años y encima de ello tenía un BMW del que descuento que era mucho más eficiente que mi bicicleta china. Retorné a casa con una flecha clavada en medio del pecho que tuve que extirpar contándole a mi hermana de ese primer enamoramiento. Muy mala idea.

Mi hermana estudiaba psicología, lo que la transformaba en una especie de loca programada para “Freudiarlo” todo al punto de que ya en casa no le hablaba ni el perro y yo como un gilastro le cuento de Laura, del perfume, de la camisa, de sus manos…ah de sus manos y también de esa pollera negra y de sus zapatos con arabescos de los que hasta ese momento no había recordado. Y esta zampaboya me sale con que estoy enamorado de mi madre y que tengo un complejo y que seguramente en el fondo soy gay que en criollo quiere decir puto y todo porque le hablé del perfume y de su camisa.

Al día siguiente mientras pedaleaba en mi fiel bicicleta china pensaba y cada vez que pensaba por supuesto que en Laura veía a la gorda, es decir: a mi hermana sopapearme con Freud y con ese otro: Kant que me imagino era como el Robin de ese Batman judío que la hizo toda solamente porque le tenía miedo a las mujeres y necesitaba trasladarlo a unos cuantos libros de psicología.

Era el segundo día de clase y saludé a Laura intentando parecer lejano aunque no pude evitar romperme la rodilla contra un banco y putear al punto de que Albarracín, el profesor de Francés me amonestó por ser un atrevido. ¿A qué Albarracín de esta tierra se le ocurre enseñar francés? Con ese apellido debería ser profesor de carpintería o a lo mejor de matemáticas.

Laura olía a Laura, tenía las manos de Laura y esos ojos verdes que me atravesaban cual Superman mirando a la Luisa. Supe en ese momento que ella sabía que estaba irremediablemente enamorado de ella y que infructuosamente intentaba no demostrarlo aunque mi rodilla ya tenía un hermoso huevo y me temblaba la voz cada vez que le hablaba, solo me faltaba babearme para llenar el cartón del estúpido del año.

Por lo que respondiendo al peor consejo de la gorda de mi hermana, adefesio cruel y proyecto de psicóloga le dije que me gustaría invitarla a salir aunque sabía que tenía novio y que yo solo tengo una bicicleta y que…

La cosa es que no era el novio sino el padre y acepó salir y de verdad que comencé a convencerme de que mi hermana tenía razón y de que era o soy un enorme paranoico que está enamorado de su madre y tiene el fetiche de los perfumes. Pero como todos sabemos los psicólogos siempre se equivocan y ni hablar de estos estudiantes que se creen los anatomistas de la mente solamente porque se sientan a escuchar a esos pelotillas que creen conocer a la gente solamente porque leyeron mucho.

Casi seis años después nos casamos y a los catorce nos separamos pero esa es otra historia y mi hermana se recibió de psicóloga y ahora tiene como pareja a una pobre y sufrida chica alemana que no se qué carajos le vio.

FIN

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