El Payaso de la clase

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El Payaso de la clase
Por: Darío Valle Risoto

Cada vez que escucho a un tipo intentando ser cómico en la radio recuerdo a aquel pibe del liceo nocturno que no podía parar de bromear, de hacer chistes, de tener alguna “salida” ocurrente frente a prácticamente cualquier tema.

Eran los años ochenta y decidí volver a estudiar porque no podía ni siquiera pensar en seguir trabajando en aquella fábrica de carteras para siempre. Por lo que volví al liceo con ya diecinueve años a cursar segundo.

Plena dictadura y nos obligaban a ir de pantalón de vestir, zapatos de cuero, camisa y corbata, no había un uniforme definido como en el día aunque esa “formalidad” podríamos decir que era muy de los milicos que como todos sabemos no tienen la más puta idea de lo que es la formación educativa.

Y en contra de lo que todos suelen pensar las aulas que si bien pueden tener alumnos de los dieciocho a los noventa años no se diferencian demasiado de las diurnas con sus adolescentes díscolos y mal olientes. Por lo pronto yo nunca me caractericé por ser demasiado sociable así que tanto ese primer año como los siguientes no tuve más de dos o tres compañeros con los que conversar o estudiar. Tal vez porque todos trabajábamos y por allí el liceo era una suerte de escape se repetían sin grandes diferencias los ítems descritos antes sobre los adolescentes y sus inquietudes, pero todo claro entre gente: “mayor”.

Así que muchos años antes de estudiar comunicación social descubrí que hay determinadas especies que se repiten clase a clase sin casi diferencias, es como si el ADN de la educación predeterminara por ejemplo que cada aula deba tener al menos un gracioso y pobres de aquellas que tienen dos o más.

Y no recuerdo ni la cara ni el nombre del tipo pero desde el primer día se ganó el término, al menos para mí de: El gracioso de la clase. Porque de verdad no podía parar, era como si estuviera drogado por ese gas que el Joker les pone a los ciudadanos de ciudad Gótica para que mueran sonriendo. El tipo metía una tras otra y hacía reír a todos, hasta a mí, pero solo al principio.

Incluso algún militar devenido en profesor solía reírse de las bromas de este sujeto, las chicas interesantes, el galán de la clase, la fea, los tragas y creo que hasta el esqueleto junto a la biblioteca si lo hubiéramos tenido. Pero creo que a las dos semanas ya me tenía los huevos inflados porque aunque ustedes no lo crean yo iba a estudiar y el tipo me sacaba de tema constantemente y por cierto que no soy una lumbrera para recordar cosas, así que sacaba apuntes y dejaba de sonreír rápidamente a sus constantes chanzas.

Llegó un momento en que dando una clase oral sobre algún tema el tipo me interrumpió con una broma y mientras todos se reían lo miré con cierto gesto de asesino serial pronto a sacarle la garganta por una oreja pero por la paz y para no mancharme mi única camisa blanca no lo hice. Solamente esperé a que terminara y les pregunté a todos si podía seguir. En ese momento dejamos de ser amigos, si es que de alguna forma pudo tomarse como que estar en un mismo salón cuatro horas por día nos transformaba en algo parecido.

Para colmo en aquella época había clases los sábados, así que no bien terminaban dichas torturas de fin de semana casi todos mis compañeros se iban a escuchar discos en la casa de una flaca hasta la madrugada del domingo. Yo nunca fui por tres razones: No me sentía integrado a la clase tanto como para extender tal hermandad varias horas más, este individuo iba siempre y la susodicha flaca era hija de un militar. Los soldados nunca me gustaron y menos en medio de una dictadura, así que me iba chiflando bajito a mi casa.

Así que prácticamente todos los lunes quedaba por fuera de los chistes internos y rápidamente comencé a darme cuenta que de verdad y sin mucho esfuerzo podía llegar a odiar a este enorme payaso magistral que siempre bobeando era como el centro de ese pequeño universo liceal del nocturno.

Había clases “puente”, es decir, clases libres porque faltaba algún profesor y entonces debíamos esperar a la próxima, a veces llegaba algún adscrito y nos ponía alguna tarea estúpida tipo: “Hagan una redacción sobre su perro” u otros temas de hondo contenido humano.

En uno de esos períodos libres a alguna compañera se le había ocurrido jugar a: “Verdad – Consecuencia”, un juego donde el reto es contestar alguna pregunta con la verdad absoluta o hacer alguna cosa vergonzante que la persona que nos interrogaba nos ponía si elegíamos: Consecuencia. Una verdadera estupidez, pero a la gente les encantan estos juegos.

Así que mientras yo escribía nombres de bandas de heavy metal en la contratapa de mi cuaderno, todos jugaban a mi alrededor y aunque yo estaba por fuera alguien me cayó con la cosa esa y los mandé a cagar y seguí con mi tarea de recordar las bandas más raras de mi música preferida hasta que este ganso no se qué broma dijo sobre mi persona lo que solamente despertó una mirada asesina de un servidor.

Aquí me quiero detener en una enorme enseñanza que me dejó mi padre para aclarar conflictos y fue que nunca lo haga en medio de las multitudes, que espere y arregle el tema cara a cara y a solas con la persona que sea porque allí es donde de verdad sabremos quién es quién y no hay necesidad de hacerse los cracks porque otros nos miran.

Pero en este caso fue el pibe que me paró a la salida para preguntarme por qué no me caía bien y le dije con total sinceridad que me parecía un imbécil que de forma egoísta nucleaba toda la atención de la clase casi todo el tiempo no permitiéndome estudiar cómo se debe y le aconsejé que tomara clases de teatro o algo de eso pero que no me complique la vida. El tipo se quedó congelado y por varios días fue decayendo su actitud de ser el bobito del grupo hasta que más o menos cerca del fin de año ya pudimos tener al menos para mí clases normales y funcionales.

Como en muchos aspectos de mi vida este caso terminó por hacerme sentir mal ya que tampoco yo tenía el derecho a reprimir a este tipo por más que de verdad llegara a cansarme a grados superlativos pero parecía que yo solamente era el damnificado hasta que algunas compañeras en cierta ocasión me dijeron que también lo tenían por un idiota, pero hacía reír…

Lo curioso o más relevante ahora que lo recuerdo fue que cerca del fin del año tuvimos alguna ocasión para conversar y el tipo me confiesa que yo le era realmente interesante porque según él era muy inteligente y que le parecía muy raro que siempre me desenvolverá solo porque el obviamente necesitaba y mucho ser tomado en cuenta y querido por la gente.

En consecuencia esta subdivisión entre cualquier grupo se da casi indefectiblemente, es como si los grupos sociales necesitaran que ciertos roles sean cubiertos para ser a su vez dinámicos y funcionales, supongo que allí yo sería como el señor gruñón o el anarquista.