El dueño de la pelota

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Recuerdos de allá lejos: El Dueño de la Pelota
Por: Darío Valle Risoto

Hubo un tiempo no muy lejano donde los niños preferían jugar al aire libre, no existían: computadoras, teléfonos celulares ni video juegos hogareños, con la mayor tecnología de entretenimiento con que se contaba eran la radio y la televisión, esta última en blanco y negro, por cierto. Y de los juegos al aire libre el futbol era el rey como en muchos otros aspectos de la sociedad al menos en esta parte del mundo.

El conventillo estaba pegado a una fábrica textil que todavía existe y que con los años terminó absorbiendo el terreno del citado “convento” donde me crié. Dicha fábrica tenía y tiene entre su edificio y la calle un campito que era frecuentado por los niños del barrio para jugar a la pelota, recuerdo vívidamente los rostros de los operarios asomados por los ventanales mirando los partidos y el incesante sonido de los telares a sus espaldas.

Eran épocas donde aún no había explotado del todo esta sociedad de consumo que hoy nos toca disfrutar y padecer, así que por ejemplo tener una pelota de futbol era caro y cosa rara de conseguir y este privilegio invariablemente recaía en un niño de esos que nunca están del todo integrados a digamos: “La barrita de la esquina”, así que llegar con su flamante pelota de futbol era su único salvoconducto para poder jugar con estos siete u ocho “desorejados” al decir de mi madre.

Aclaro que creo que yo nunca jugué en estos encuentros, era muy asmático y prefería leer historietas que andar a los gritos dándoles patadas a “la globa” pero mis primos; Ricardo y Sergio sí que lo hacían. Recuerdo poco a los demás, sé que había un tal: “Caputti” que ya sabemos cómo le decían los otros para calentarlo y mi acérrimo enemigo: Mario del taller de motos de al lado del bar: La Bomba.

Pero como mi tarea en la casa principalmente era ir a hacer los mandados me tocaba pasar por el costado de la fábrica y observar los duros matches deportivos y noté que invariablemente cuando alguno le daba una patada demasiado brusca o lo agarraban de punto el dueño de la pelota, con ella debajo del brazo amenazaba con irse y los otros tenían que “aflojar” si es que querían seguir disfrutando del encuentro.
Ahora un poco más grande descubro que esa fue una buena manifestación del abuso que suele ser la propiedad privada cuando con esta se somete a aquellos que no la poseen y también recordando todo esto pienso en aquellos momentos en que este pequeño capitalista quedaba de cara porque alguno le decía: __Ma si, metete la pelota en el culo. O lo que era peor: se iban todos y allí quedaba el pequeño monopolista pateando esta contra una pared hasta que unos minutos después se iba tristemente a su casa.

También pienso en que la sindicalización es el producto consecuente del abuso del poder que encierra la propiedad en sí misma y la tradición de creer que porque alguien es dueño de determinado objeto puede hacer y deshacer lo que se le ocurra por esa mera idea de pertenencia. Hoy día son innumerables los ejemplos de cómo las mayorías debemos vivir a merced de lo que las cada vez más pequeñas minorías de propietarios determinan y regulan para su propio beneficio sin importarles un carajo los otros.

Aquel niño tan poco inteligente y solidario se dio el lujo de no prestar la pelota un par de veces en que con gesto humilde se la fueron a pedir estos desarrapados a la puerta de su casa y llegó el día en que alguno sacó una flamante pelota tras llenar un álbum de figuritas y la llevó triunfante al campito para que jugaran todos. Este pibe sabía que era el dueño de la pelota pero la prestaba, es más: Había días en que esta iba de casa en casa porque todos la cuidaban y aquel otro niño por egoísta fue echado de la esquina porque ya no tenía con que extorsionar a los “desorejados” según mi madre.

Pienso que con los años probablemente aquel niño dueño de la pelota hoy sea el director de algún banco, un político o tal vez un prestigioso abogado y que de seguro todos estos desarrapados, desorejados y loquitos de la esquina sean tan obreros como un servidor. Cosas de la vida.