El “Limpiador” (Cuento)

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The Cleaner
Por. Darío Valle Risoto

Matar es fácil, los seres humanos somos frágiles, hay innumerables métodos para terminar una vida rápidamente, también dado el caso de puede optar por las opciones lentas que son muchas y tan variadas como las instantáneas.

Anderson bajó del taxi en la esquina donde estaba la mansión de su último objetivo. Anderson no se llamaba Anderson por cierto. Ya con sesenta y cinco años no recordaba quien ni cuando lo había apodado con ese apellido propio de un sueco o un inglés y no de un gallego de Orense como era en realidad.

Encontró un pequeño bar restaurante justo en la esquina opuesta con una vista interesante de la mansión donde vive el objetivo, es una casa antigua de tres pisos con una torre al mejor estilo palacio en medio, de seguro allí debe tener su estudio o tal vez una especie de buhardilla.

Anderson entró al bar que acababa de abrir, una muchacha rolliza baldeaba la puerta, la saludó tocándose la punta del sombrero y entró, encontró una confortable mesita junto a la ventana desde donde podía mirar la casa- La muchacha sonriente le tomó el pedido de un cappuccino con dos media lunas dulces.

Anderson en realidad se llamaba Felipe Montejo y era hijo de un duro minero de Orense y de una mujer invisible dedicada a criar catorce hijos de los que era el noveno. Se hizo asesino en América trabajando para la familia Catanzaro en el año ochenta y dos luego de pasar de mensajero y chico para todo a esta inefable tarea.

Ahora tiene sesenta y cinco años, una peligrosa tendencia a la diabetes y poca visión que socorre con anteojos. Es petiso, de cabellos ralos canosos, lleva bigote y tiene los ojos muy azules, tal vez de allí lo de: “Anderson”.

El objetivo es un político retirado de ochenta y pico de años, le pagarán un cuarto de millón por silenciarlo, al fin podrá retirarse para vivir sus últimos años en alguna parte con pasto, arboles y sin olor a muerte.

No tiene mucha información sobre el objetivo y eso le inquieta, en otras épocas hubiera rechazado el trabajo pero en estos días cualquier pibe de veinte años es competencia, no tienen ningún tipo de reparos: matan a la luz del día y frente a cualquier testigo, no les importa nada, no son profesionales. Pero a la Parca eso le importa una reverenda mierda.

El cappuccino está bueno, la chica enciende el radio, pasan algo de Glenn Miller, se siente mucho mejor, se toca la sobaquera, allí descansa “Mildred” su pistola automática con silenciador.

Observa la casa, está descuidada, una mujer madura sale a recoger el periódico y tras mirar para ambos lados y saludar a un vecino entra.
Es bueno saber si el objetivo está o no solo, también si es posible que tenga algún tipo de guardaespaldas. Según parece es un político retirado de una de esas organizaciones de derechos humanos, una organización de esas.

Le duelen las piernas, recuerda las pastillas y toma dos con la soda que le trajeron junto al cappuccino. Se detiene un colectivo de línea justo en frente, baja una mujer también entrada en años de raza negra y va hasta la casa, entra con llaves propias, eso es un buen dato. Mira su reloj, son las ocho y treinta y cinco minutos.

Mañana será otro día, piensa y le mira el culo inmenso a la muchacha que termina de limpiar la vereda, se pone de pie y lo observa con picardía. Le gustaría tener por lo menos veinte años menos pero es lo que hay. Piensa.

Llegan dos tipos conversando en voz alta, uno de ellos le toca el culo a la piba y esta lo insulta, el hombre se agranda junto a su amigo, de seguro es un puto no declarado, le dice que se la va a coger uno de estos días y ella levanta amenazante el palo con la mopa empapada de agua con jabón.

Al pasar al lado de Anderson le hace una guiñada el mismo idiota luego de ofender a la muchacha, el otro ríe como si rebuznara y se van a la barra, ella se limpia las manos en el delantal y va a servirles sus cervezas de mala gana.

Anderson piensa en que no quiere meterse en problemas, debe ser invisible, no andar levantando olas porque tiene que ir a cumplir su trabajo y desaparecer como buen profesional, solo eso debería interesarle. Lamenta el dolor en las piernas, toma dos pastillas más, ella viene a retirarle el vaso vacío con el cappuccino, él le toma una de las manos y le pregunta si está bien. Ella lagrimea.

Le pide una coca cola, solo por pedir algo porque la odia, ella cuando se la trae, el se pone de pie, la cruza y se va a la barra a sentarse al costado de los dos tipos que hablan a los gritos. Les pregunta qué clase de putos son que se meten con una muchacha que está trabajando honestamente y que no necesita que la ofendan.

Las caras cambian, sabe de eso, del momento en que esa clase de insectos piensa como lo van a trompear, pero el siempre piensa primero, está viejo, es petiso y no puede perder la oportunidad de patearle el banco al ofensor que da de culo en el suelo mientras le asesta un puñetazo en la boca al que rebuznaba, acto seguido le patea la cabeza antes que se levante al idiota que ya lo va a pensar antes de meterse con la chica.

Todo se desmadró y la muchacha congelada mirándolos con la coca cola en la mano. Anderson los mira, ya no van a joder al menos por hoy. Le dice a la joven que llame a la policía, paga y se va.

Pasó la noche en un hotel de mala muerte al otro lado de la ciudad, temprano va hasta el bar y desde unos cincuenta metros observa a la joven limpiando la puerta, se la ve normal, no va a ir a preguntarle nada, no hace falta. Cruza en diagonal y se queda a resguardo en un callejón fumando un cigarrillo de los cubanos que le gustan.

El ómnibus se detiene y nadie baja, no es sábado, tal vez sea el próximo, se siente culpable por no recordar la compañía, solo que era de color azul y gris, debe haber doscientas empresas con esos colores en América. Del siguiente baja la anciana, se apura y camina en su dirección con gesto distraído, cuando ella sube la escalera hasta la puerta de la casa la intercepta y la duerme con un pañuelo con cloroformo sin ser visto.

Abre sosteniéndola con el otro brazo, está pesada, la deja sentada en un sillón como si durmiera, siente pasos rápidos de mujer y se mete detrás de una cortina. Debe ser la señora que recogía el diario ya que antes la había visto hacerlo nuevamente. Es ella, se sorprende de ver a la otra señora sentada y se acerca para ver si se siente bien, el cloroformo actúa de nuevo. Ya se siente cansado pero hay que cumplir el objetivo y tomarse el piro.

La casa es antigua, hay innumerable mobiliario del siglo pasado, del otro, del diecinueve. Suena una radio desde la cocina, se asoma y no hay nadie. Camina silenciosamente como un gato viejo por toda la planta baja, ni un alma.

Lo encuentra en la buhardilla después de recorrer toda la enorme casa, casi no le queda aire, con la pistola con silenciador se le presenta. El hombre apenas enarca las cejas cuando entra su asesino. Lo invita a sentarse, pregunta por Adela y por Christine las mujeres. Le dice que no se preocupe que le pagaron solo por matarlo a él.

El veterano se ríe a carcajadas, es un hombre alto anglosajón, con cabellos canosos, nariz afilada y ademanes finos. Lo invita a sentarse, debería hacerlo ya pero está cansado, así que busca un sillón con buena vista de la puerta y de su objetivo que se encontraba leyendo sentado en otro sillón junto a la ventana.

Le cuenta que no es la primera vez que hubo varios intentos de matarlo pero ha tenido suerte, ahora está retirado pero de seguro quedan deudas impagas, dedicó su vida a denunciar a dictadores y abusadores de todo tipo y eso pone mal a las fieras.

Anderson prende otro cigarro dejando su pistola en su regazo, mira al tipo que no hace ningún ademán de escapar o de resistirse, también se ve viejo y cansado. Se llama Víctor Céspedes, es de Nicaragua pero ha recorrido todo el mundo trabajando a por los derechos humanos, le pregunta a su asesino si sabe que son estos.

Anderson fuma y vuelve a sostener su arma, piensa en disparar y ya pero hay algo en la conversación que comienza a subyugarlo. Tal vez sea la apostura del hombre, sus finos ademanes, la sala perfecta con su escritorio, sus libros, sus plantas de interior.

El objetivo le cuenta un chiste, ambos se ríen, le dice que está preparado para morir pero le pide como última voluntad compartir un té verde que trajo personalmente de Indonesia un mes atrás. Anderson asiente con la cabeza, se siente muy cansado.

Toman juntos el famoso te verde que nunca antes había probado, siente un sabor agridulce de fondo en el paladar, cuando terminan el hombre se sienta en su sillón y cierra los ojos. Anderson le dispara en la frente, cuando se va todavía duermen las dos mujeres en el hall de entrada.

Debería irse directo al aeropuerto pero que mierda, cruza al bar y la chica lo recibe con una sonrisa, le agradece pero también se muestra preocupada porque la policía lo busca aunque los dos imbéciles dieron descripciones bastante dispares. Solicita un café negro, ella se llama Gilda, como la película. Curioso nombre.

Cuando va a tomar la taza de café se le nubla la vista y debe dejarla sobre la mesa de nuevo, una puntada le atraviesa el estómago, siente que se le duerme la lengua y entonces lo comprende todo. Mete la mano en la sobaquera y saca el sobre con el pago previo, son apenas cincuenta grandes pero a la chica le van a venir de perillas, le escribe temblando la palabra “propina” encima y lo deja entre la taza de café y el vaso con soda.

Ya casi ciego se da cuenta de que está viejo y ha perdido el olfato, no reparó en que el objetivo le envenenaba el té verde, por eso ese sabor extraño. Un hombre inteligente sin duda el tal defensor de los derechos humanos.

Se muere sentado con una sonrisa en los labios.

FIN

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