La tarde en que se apagó Sarah

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La tarde en que se apagó Sarah
Por: Darío Valle Risoto

Isadora llegó a casa muy cansada, no era para menos. Juan preparó el mate pero cuando fue al cuarto ella se había dormido sobre la cama sin sacarse la ropa. Le quitó los zapatos muy lentamente y luego de mirarla por un instante y constatar que respiraba calmadamente se retiró a la cocina.
Había pasado casi un día entero en el hospital cuidando a su madre, antes de ir a dormir le contó que su prima la había relevado y había aprovechado para volver a casa a bañarse y descansar pero apenas de tirarse sobre la cama habían ganado las agotadoras horas frente a su madre enferma en el hospital público.

Juan mateo en silencio, prendió la radio pero la puso bajita casi como en un susurro para sentir al menos que tenía algo de compañía. En ese momento el teléfono sonó, fue hasta el living y le avisaron lo que era de un momento a otro inevitable: __Sarah había muerto.
Le dio las gracias a la prima de Isadora y colgó, fue hasta el cuarto pero no la quiso despertar, sabía que se iba a enojar cuando le dijera que había decidido dejarla dormir, pero poco le importaba.

Pensó en esta vida, en todas las vidas, en los momentos que se traga el tiempo para siempre, recordó cuando conoció a su suegra años antes y que se habían caído bien contra todo pronóstico. Más Sarah no era una mujer fácil para tratar, en realidad, no era buena persona y había que hacer ciertos malabares para irla llevando a mejores tratos.

Lo peor era lidiar con esa fe cristiana de mujer participante activa del culto evangélico, para ella la misión de evangelizarlo precisamente a él había sido como una orden directa de su señor: a veces Jesucristo, a veces el propio dios si es que eran personajes diferentes, acaso.

La propia Isadora desde que se fue a vivir a su lado luchaba internamente contra los designios que había respetado desde su niñez y la fuerte relación con un joven ateo no era para nada fácil. Juan sabía que no era sencillo para ella reconocer que estaba viviendo con un tipo racional hasta los huesos y sin embargo imaginaba que en su yo interno se sabía una pecadora que se alejaba día a día de los mandatos de su Biblia.

Cuando conoció a Alfredo el pastor del templo: “La Espada de Cristo” no pudo evitar una leve sonrisa de superioridad intelectual al darle la mano a tamaño estafador del más mínimo criterio y de todo sentido común, pero por la paz de la familia ensayó su mejor sonrisa hipócrita estrechándole la mano a este usurpador del libre pensamiento.

Se cebó otro mate y comió unas galletitas “María” del tarro que precisamente su suegra les había regalado un tiempo antes. Ahora Sarah acababa de morir luego de que dios la abandonara a una dura enfermedad terminal que la tuvo casi un año arrastrando todo tipo de dolores. No parecía nada justo para una mujer con tanta fe en su señor, pero la vida es la vida y no hay religión que pueda con la parca.

Una leve sonrisa le hizo sentirse culpable, sobretodo porque había ido poco a verla al hospital. La última vez se había molestado bastante porque prácticamente le obligaron a rezar con todos los del puto culto evangélico alrededor de la cama, mientras ella lo miraba pálida y sonriente e Isadora intentaba hacer lo mejor posible de ese momento.

Ella sabía que su madre se estaba muriendo, todos lo sabían y ese insoportable pastor les daba estúpidas esperanzas hablándoles de milagros y toda la suerte de subterfugios que tan bien manejan estos farsantes.
__ Mire Alfredo, usted hace su trabajo, pero me parece mejor que la prepare para dejar este mundo sin sus mitologías estúpidas. __Le había dicho en el corredor del hospital y el tipo se quedó con la frente transpirada mientras Juan se alejaba.

Esa noche Isadora lo puteó bastante por cometer esa falta de respeto al pastor de su familia, al guía de su comunidad y el representante de nuestro señor Jesucristo y otras cosas que se perdieron el en griterío mientras él se sentía culpable por abrir la boca y ser sincero. Después de todo ese no era su juego y en el aspecto espiritual era un verdadero advenedizo en la familia.

Quería mucho a Isadora pero a veces pensaba en que la había mancillado trayéndola a su mundo donde no había cabida para la religión y si para el rock and roll, los buenos libros, las películas de ciencia ficción y su humor bastante negro.

Sin embargo “Isa” era una mujer completa en sí misma, no fue él que gatilló que dispare su conciencia sino apenas la excusa para que lo haga por ella misma. Un día Sarah le dijo que él era el producto de un plan de dios para que ella fuera más libre, en ese momento fue como si asumiera que la había criado como a un perrito leyendo la biblia y rezando día a día.

Ahora Sarah había muerto en el hospital público momentos después que su hija se había ido a descansar a casa, era como si hubiera esperado a no estar con ella para no recargarla con esa tristeza. Tristeza que tal vez será un alivio de tanto sufrimiento, de esa enfermedad y de la tozudez de ciertos médicos para extender una agonía más allá de lo que admitiría el sentido común.

Había discutido con el doctor que se negó rotundamente a acortar aquello que solo llevaba a la muerte, también allí luego se sintió culpable por meterse donde no lo llaman, pero entre rezos y paliativos para el dolor Sarah se iba apagando día por día, mes por mes tragándose a familiares y especialmente a Isadora, la única hija de cuatro mujeres y dos varones que iba todos los días a cuidarla. Los otros cinco atorrantes se mataban para buscar excusas para no ir a ver a su madre, muy evangélicos todos.

Isadora durmió apenas dos horas y media, se despertó y fue a bañarse, Juan esperó que llegue hasta la cocina, le alcanzó un mate y le dio la noticia. Ella se puso a llorar en silencio, le acercó su pañuelo y sintió que la amaba más que nunca y que hubiera dado parte de su vida para que no esté tan triste. Sin embargo Isadora era una flaca fuerte y decidida, así que se fue a living para llamar por teléfono y comenzar a hacer los trámites para el entierro.

Al otro día a la noche por fin pudo llorar sin tapujos, luego del velorio y del entierro que había encarado con absoluta prestancia se derrumbó en los brazos de Juan y comenzó a hablarle de su relación con su madre, de la cosa con su dios y con su fe que ahora ponía en severas dudas.

__No sé qué decirte. __Le dijo, él porque sentía que no tenía ninguna respuesta. Más ella comprendió que había solamente una realidad inquebrantable y una religión irrefutable y era que ambos se tenían uno al otro y con eso era más que suficiente.

FIN.

 

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