La extraordinaria Amanda

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La extraordinaria Amanda
Por: Darío Valle Risoto

La primera vez que recuerdo haber reparado en ella unas chicas intentaban tomarle el pelo en el patio del secundario, digo: “intentaban” porque a sus bromas ella les contestó juntando sus manos sobre su cabeza y dando unas volteretas de ballet en perfecta posición de esas con nombres franceses que desconozco. Por supuesto que frente a una respuesta inesperada las agresoras se quedaron como petrificadas, ella volvió a tierra, les sonrió y se apartó pasando a mi lado, lo más curioso de todo esto es que me hizo una guiñada.

Yo era profesor de filosofía en el instituto, ella no era de mis alumnas pero tenía algo que realmente me producía una extraña sensación cada vez que la veía por lo que tenía que hacer denodados esfuerzos para no pasar por un viejo baboso. Esa fue la primera vez que comencé a notar en esta chica que algo no encajaba con el resto del panorama de lo cotidiano y me atrevería a decir que con lo que yo sostenía por realidad.

En esos tiempos yo tendría unos cuarenta y cuatro años por lo que está demás decir que rápidamente traté de olvidarme de esta joven y meterme en mis asuntos, es decir: dar clases, sobrevivir diariamente a mi insoportable madre y salir de vez en cuando con alguna amiga a tomar algo, bailar algunos tangos, etc.

Y fue aquella noche el año pasado en que Florencia me mandó definitivamente a cagar cansada de mis alargues en una relación de gente madura con sexo desgastado y conversaciones menos interesantes que contar baldosas por la calle, aquella noche en la tanguería ella se levantó de la mesa y se fue según dijo muy convencida: para siempre.

Después de todo era otra vieja de mierda y aunque también yo lo era o lo soy siempre creí que la vida me iba a dar algo más que una tremenda cantidad de aplastantes rutinas y sucedió entonces lo que no debería haber pasado nunca y sin embargo me hizo dudar sobre la existencia propia de la magia.

Allí estaba ella, aquella chiquilina que tenía reacciones inesperadas que desencajaban con el mundo como la vez en que Eduardo Fontes el profesor de matemáticas me contó que resolvió una ecuación de esas de arrancarse los pelos solamente para demostrar que estaba atenta cuando la amonestó por estar mirando por la ventana al patio y presuntamente no atender a la clase.
__ ¿Y cómo se llama la chica?
__ Amanda Robaina… creo. __Me dijo Fontes y traté de cambiar el tema de la conversación.

__ Profesor Rodríguez, ¿Me puedo sentar?
Allí estaba Amanda mirándome con ese rostro blanco de nariz perfecta, labios carnosos y sus ojos verdes penetrantes como dos serpientes de jade. Obviamente tartamudee un sí y ella se trajo una botella de cerveza de otra mesa que compartía con algunos amigos.
__ ¿No se acuerda de mí? Soy Amanda Robaina, iba al instituto donde usted daba filosofía, lamentablemente yo la tomaba con Margarita la otra profesora.
__ Si, te recuerdo, te vi una vez bailando ballet en el patio…creo que estaban tratando de burlarse de ti y…

Ella sonrió y noté que no se reía como todo el mundo sino que toda ella se convertía en risa, era como si la alegría emanara como rayos dorados de su cuerpo o quizás eran las luces de “Joven tango” que me estaban alucinando.
__Si, yo le hice una guiñada y usted tembló como una hoja, creo que se dio cuenta que usted me gusta.
__ ¿Qué?
__ No me venga con bobadas ni filosofías, siempre me gustaron los veteranos y no es porque haya tenido un tío que me sentaba en sus rodillas o tal vez si, quizás sus conocimientos de Kant, Freud y Pink Floyd me ayuden en esto.
__ Debo tener como treinta años más que vos, la verdad que…
__ No me venga con matemáticas, son veintinueve para ser exactos, estuve averiguando, así que cuando yo tenía cinco usted veinticuatro como yo tengo ahora, vaya sabiendo que soy una experta en eso de sacar cuentas pero no vale la pena ponernos a sacarlas. ¿No le parece?
__ ¿Y qué te trae por aquí?
__ A la tanguería porque sé hace tiempo que vos venís. ¿Te puedo tutear viejito?, a tu mesa por la misma razón porque la vida es corta y no nos queda mucho que digamos. ¿No le parece?, ¿Te puedo tutear?

Podría agregarle un par de cosas a esta historia, tal vez lo más relevante fue que cuando la llevé por primera vez a casa y le dije que mi madre era una vieja con un carácter de mierda ella apenas entró y gritó: __ ¡Señora: soy Amanda la pendeja que se acuesta con su hijo!

También puedo decir que con cincuenta y tres años realmente comprendí la cosa de “hacer el amor” y que este se va fabricando sobre un montón de condiciones imprevistas entre ellas indudablemente Amanda y su denodado esfuerzo por sacarle chispas a la vida, al punto de que mi madre se enfermó y ella la cuidó durante días en el sanatorio y que lo último que dijo mi vieja tomándole las manos fue que me cuide y también le pidió disculpas por ser una porquería con ella. Me lo contó una enfermera porque Amanda no me iba a decir nada de esta extraña muestra de humanidad en mi madre antes de bajar sus escaleras al infierno.

Y no hubo forma de desprender mi destino de esta tormenta de sueños que es Amanda que ahora espera nuestro hijo y yo le dije que ella iba a ser la madre pero yo era poco más que el abuelo y volvió a lanzar esas carcajadas que son como fruta madura y de verdad que todavía cada vez que la miro no comprendo como la naturaleza cada mil años nos da este tipo de criaturas increíbles.

FIN

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