Subirse al carro o “El efecto Bandwagon”

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El Efecto Bandwagon
Por: Darío Valle Risoto

En castellano sería como el efecto: “Subirse al carro” pero parece que hoy día todo lo tenemos que mencionar en Inglés quizás como parte mismo de esta actitud de las masas por seguir a las mayorías sin pensar demasiado en lo que hacen. Yo diría que la imagen de esos miles de roedores que se tiran por un acantilado cada cierto tiempo en Europa clarifica aquello de que porque los demás o “todo el mundo lo hace” también yo debo hacerlo.

Ya he mencionado en otros artículos mi particular educación familiar en torno a no seguir la corriente por más que todos la sigan sin pensar realmente en lo que quiero para mi mismo independientemente de lo que elija: “la gilada”.

Mucho no siempre es mejor y en general que algo sea seguido por las mayorías no significa necesariamente que sea lo más adecuado, solamente se continúa: una tendencia, una moda, una corriente para complacer ese sentido de pertenencia o de afiliación a determinada cosa llamémosle ideología o bienes materiales entre otras opciones de vida.

Tomemos por ejemplo los ideales democráticos los que son habitualmente trasladados a nuestra vida cotidiana y caemos muchas veces en repetir la errónea consigna de que porque una mayoría elige algo es lo mejor y sin embargo sobran los ejemplos de que la gente elije pronto y muchas veces mal, lo que no nos inhibe de sostener que parece ser la única forma de que el mundo siga caminado tal como lo hace a menos que pensemos en opciones como por ejemplo: pensar un poco lo que elegimos para nosotros y los demás sin hacerle caso a la fila de personas solo porque: “las mayorías lo hacen”.

El efecto “Bandwagon” nos desnuda tontos y sumisos ante la cola que va en determinada dirección porque parece ser mucho más confortable estar con los más que con los menos aunque algunos seamos un tanto “anómicos” sociales y nos desagraden bastante las modas.

A fin de cuentas tener un pensamiento objetivo y original en esta época donde los programas de búsqueda de Internet saben lo que queremos antes de que lo queramos es bastante estremecedor si nos ponemos a pensar que en un mundo de compartimientos estancos la mayoría de los boxes ya tienen más que resueltas nuestras necesidades, costumbres y proyectos de vida y en particular me produce bastante desazón comprobar que soy más normal de lo que creo y mucho menos interesante de lo que pensaba.

Aún así me mosquea la mayoría de la publicidad pero tal como me dijo un profesor hace bastantes años: __Esa publicidad no es para ti sino para otro sector de público. __ Afortunadamente me doy cuenta de que el efecto de: “Subirse al carro” en las mayoría de los casos para mí no corre y paso de tendencias, modas y promociones en un mundo donde la gente está idiotizada con las redes sociales al punto de que corremos el riesgo de perder nuestra vida cotidiana y silvestre a por mirar pantallas gran parte de nuestras horas.

En definitiva las mayorías no garantizan la calidad de nada y solamente ayudan al mercado capitalista más de nosotros depende seguir algo, lo que sea porque realmente en nuestro interior nos interesa y no porque un montón de giles hagan colas o un nefasto líder de opinión nos diga que es justo, justito lo que necesitamos.

Hace algunos años atrás un amigo me dijo que yo no era feliz porque no creía en dios a lo que le pregunté de forma por demás educada: __ ¿De dónde mierda sacan los creyentes que los ateos somos gente infeliz por no creer en sus dioses de porquería?
Así funciona el mundo: miles de millones de personas siguen las tendencias religiosas, las modas, las costumbres que les han inoculado y hasta se matan porque es necesario subirse al carro de algo que les han inoculado incontables filas de ingenuas y serviles personas que nunca se detuvieron a pensar por sí mismas.

Algo muy parecido sucede con las nuevas tendencias políticas las que muy raramente hacen hincapié en sus programas si es que los tienen y pretenden atraernos a fuerza de imágenes y personajes al parecer interesantes, los que son solo una fórmula para atrapar votantes y nos venden una etiqueta vacía y estéril al precio de un cambio que nunca va a suceder.

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