Confesiones de un escritor de máquina

Gianmarco Magnani3

Confesiones de un escritor de máquina
Por: Darío Valle Risoto

Sentía un verdadero placer en escribir a máquina, todo el proceso de poner la hoja: centrarla, asegurarla y preparar los dedos sobre el teclado “Qwerty” para comenzar a imaginar historias. El sonido de las teclas golpeando el carrete entintado no tiene igual, nada se le parece, la computadora no es lo mismo, el ordenador ofrece mil ventajas en comparación pero ha perdido aquella magia de sentirse un Hemingway, ahora solo parezco una empleada de una casa de créditos a sola firma.

Recuerdo aquella película, no el nombre ni cual era pero la situación era inefable: la hija tenía el ordenador roto y el padre le trae una máquina de escribir y ella al rato le dice que ya hizo su trabajo pero no sabe donde quedó guardado, cuando el papá va a la máquina resulta que había escrito sin colocar una hoja.

Guardo más o menos medio metro de alto de biblioratos con cuentos, artículos, novelas inconclusas y otros disparates y me cuesta ponerme a intentar releerlos y desde luego pasarlos a este formato digital, imagino que cuando muera que no será en mucho tiempo alguien los tirará o en el mejor de los casos alguien los lea, no sé, nunca se sabe, tampoco soy Kafka.

La pregunta sería el porqué uno escribe, algunos escribimos y muchos no, hay una suerte de don que tenemos aquellos que intentamos a través de la escritura comunicarnos con los demás y algo de timidez ante un mundo que difícilmente nos comprenda a los soñadores que tenemos un enorme placer de mentirnos relatos para que la existencia tenga algo más interesante que ser la citada empleada de la casa de créditos que teclea todo el día la grisura de una vida de finanzas y frustraciones.

Y con los años el sueño de editar algo se me ha ido disipando aunque cada vez que veo un patético libro sobre la vida de un jugador de futbol me siento realmente mal pero de eso se trata el mundo, de contactos y ocasiones a los que nunca pude acceder. Por lo tanto aquella vez hace como treinta años en que me tocó trabajar en la edición de un libro de poemas que una señora gorda y adinerada se había autofinanciado comprendí que todo es cuestión de dinero. Aquellos poemas simples, estúpidamente edulcorados y patéticamente claros eran el producto de alguien que solamente tenía dinero y suerte… que vienen a ser más o menos lo mismo.

Ni lo uno ni lo otro tengo y para peor carezco de esa cosa de relaciones públicas de hacerse de los amigos ideales porque la gente en realidad me gusta muy poco y menos los que se creen importantes. Cómo aquella pareja de venerables ancianos que fue a aquel taller literario al que asistía hace un par de siglos y entonces los vejetes nos dan una clase de lo que es la literatura mientras yo me imagino a un alienígena que entra abruptamente por la puerta y los reduce con un rayo “Mierdificador”, hasta que me despiertan destruyéndome un poema en que puse una palabra para ellos incorrecta.

Habían editado algunas cosas terribles pero las tenían como formato orgulloso de que si es posible en este mundo imprimir cualquier cosa si uno tiene los ya mencionados dineros y contactos, a veces con ambos se pueden hacer maravillas, hasta editar la vida de un absurdo jugador de futbol.

También hay un famoso nerd uruguayo que ya tiene editados como cuatro o cinco libros infames de un humor que solíamos tener allá en el liceo por el setenta y seis pero el tipo vende porque sabe hacerse de amigos y seguro se ha pagado alguna hamburguesa que otra. No le tengo envidia, nada de eso pero la verdad a veces creo que la mejor universidad de este país es una murga. La escuela de la calle a la que todos citan cuando se creen que ser un ordinario popular es mejor que un creativo anónimo… probablemente ellos estén en lo cierto.

La máquina de escribir tenía el encanto de lo mecánico antiguo, aquello que hemos perdido ganando tiempo y perdiendo el romance de lo mecánico a por lo digital, no digo que escribir en esto no sea mejor, ahora puedo cortar, pegar, cambiar, retocar y componer y descomponer a mi gusto y antes solo tenía un corrector que pintaba la hoja de blanco o con un lapicero hacía un círculo alrededor de un párrafo, lo numeraba y ponía tal número donde creía que debía quedar mejor. Por lo tanto esa montaña de hojas escritas a máquina debe tener también cierto valor pictórico si se me permite por aquello del arte moderno.

Alguna cosa edité por aquí y por allá, algo de materiales digitales pero no hay caso, no sirvo, me suelen echar de revistas de las que nunca me han llamado y generalmente estos tipos que convidan hamburguesas están en mi lugar porque manejan mejor las relaciones públicas que un servidor, tampoco me desalienta tanto como saber que si tuviera el valor y el estómago de escribir la vida y obra de aquel zaguero izquierdo que llegó a ganar la copa Concacaf con solo una pierna tal vez entonces recibiría los galardones que creo merecer… ¿O no?

 

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2 respuestas a “Confesiones de un escritor de máquina

  1. Hola. Si te sirve de aliento, te cuento que sos de mis peores lecturas. No por demérito tuyo, sino que suelo seleccionar muy bien mis lecturas, actividad casi principal de mi vida Por tal razón, entre muchísima filosofía, principalmente los clásicos, de esos peasdos que ya nadie lee y que le siguen ganando al tiempo, los muertevideanos se me cuela todas las semanas como el patito feo. Un abrazo! G

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