La Baronesa y el Mayordomo: Una película muy actual.

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La Baronesa y el Mayordomo 1938
Por: Darío Valle Risoto

Estoy juntando la cinematografía de un gran olvidado como es el actor William Powell, me he referido antes a él en tanto completé las seis películas que hizo como detective junto a la bella y talentosa Myrna Loy pero obviamente su trayectoria no se agota en estas maravillosas películas sino que acabo de encontrar esta obra que solo puedo calificar de: “Maestra”.

Y se me ocurre que uno es un sobervio bastante tonto cuando cree que solo el cine muy contemporáneo se podría ocupar de realidades sociales o de la política tal cual las vemos hoy, si es posible pensar en que las vemos. Por lo tanto eta historia que transcurre en el parlament Húngaro puede trasladarse a cualquier parte del mundo y yo diría que goza de una perfecta y excelente salud como para verse hoy en día.

La cosa va de mayordomo de tercera generación que trabaja para la familia del primer ministro y sucede que este mismo señor de la servidumbre es elegido para parlamentario en las últimas elecciones pero como parte del partido opositor que por supuesto es “de izquierdas”, lo demás lo dejo librado a vuestras inquietudes personales pero más allá del romance que parece ser el centro de la historia hay más de tres escenas con buenos parlamentos que les pueden dejar con los pelos de punta.

Esta película no es para desechar mis amigos, nada de eso, buen cine para pensar y de buen entretenimiento. ¿Qué más podemos pedir? Y con nada menos que el grandioso William Powell y el debut de una tal Annabella, actriz francesa que deberíamos buscar en otras cintas.

PD: Gracias al amigo que me hizo rectificar, desde luego es William y no Robert…vaya vaya con los años

Aquel Cumpleaños de quince (Bio)

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Aquel Cumpleaños de quince
Por: Darío Valle Risoto

__ No puede traer al niño, va a haber solo gente mayor, además…
__ No se preocupe, el sabe comportarse __Dijo mi madre y ya no aceptó objeciones, así era ella.
Era el cumpleaños de quince de la hija más chica de los Pollez que era una familia suficientemente adinerada al menos para el barrio y en aquellos años sesentas aún se estilaba hacer los cumpleaños en sus casas.

La mansión de dos pisos quedaba en la misma manzana que la nuestra pero del lado de la calle Julio María Sanguinetti, mi madre les limpiaba de vez en cuando, recuerdo que en la planta alta tenían un piano donde una de las tías viejas daba clases y la misma o la otra, no recuerdo, también ofrecía lecciones de catecismo en la planta baja.
Afortunadamente el tomar clases de “eso” solamente fue una conversación que se perdió en la nada y tengo el orgullo de no haberlas tomado, más no me pude resistir a aquel oprobioso bautismo cuando una semana de nacido en la iglesia de San Agustín me tiraron esa agua maldita.

La habían contratado para servir porque el lunch venía de una confitería importante, así que no era mucho trabajo y un dinero extra venía bien, más dado que mi asma era preocupante en aquellos años mi madre no quiso dejarme con mi padre que cuando dormía podía acabarse el mundo y realmente no se inmutaba. Tenía el sueño liviano, la verdad que sí, pero muy poca necesidad de preocuparse por el entorno cuando cerraba los ojos.
Así que bien bañado, peinado y con la ropa: “de salir” mi madre me llevó ese sábado a la noche, me sentó en la cocina delante de innumerables fuentes de masas, saladitos y sándwiches y me dijo: __ ¡Te quedas quietito!

Por lo pronto con cinco o seis años ya tenía al dedillo aprendida la rutina de sobreponerme a las tentaciones del alma y del estómago y bien podía estar frente al tesoro más grande de la repostería mundial sin despeinarme aunque también oficiarían los diversos aromas para que en algún momento dudara de bajar de mi banco y lanzarme con la boca abierta sobre pildoritas o Cañones de dulce de leche.
Una mirada de reojo de mi madre mientras administraba las viandas que iban al salón donde decenas de invitados escuchaban música y reían eran suficientes para que yo permaneciera más quieto que una pintura en el Louvre.

En determinado momento las ganas de hacer pichí comenzaron a hacer de mí un manojo de dolores intensos de vejiga que significaron que cruzara y descruzara las piernas flacas de medias blancas e impecables zapatos de negro charol.
__ ¿Qué tenés?
__ Quiero hacer pichí. __Le dije bajito como si rompiera con mi susurro alguna arquitectura de cristal
__ Vas derechito por ahí, a la segunda puerta, preguntas si estás libre, haces, te lavas las manos y derechito de vuelta a tu sitio.
__ Si mamá.

Al pasar al baño creo que cruce por el salón donde decenas de jóvenes disfrutaban del cumpleaños y alguien me preguntó como me llamaba, respondí rápidamente, entré al baño, volvía a reconciliarme con mi vejiga y volví a mi lugar.
Pero no había pasado inadvertido.

A poco de volver a mi asiento la hija de la casa, la cumpleañera entró a la cocina, recuerdo que tenía un vestido claro, tal vez beige o blanco, no lo sé. Se enteró que era el hijo de mi madre y pidió para que le permita ir a la fiesta. ¡Como un niño tan lindo iba a estar encerrado en la cocina!

Otra mirada de reojo de mi madre sintetizó todo aquello que debería hacer, no hacer y lo que debía evitar al precio de mi vida al estar en el salón y lejos de su vista.

Así que como un pequeño robotito vestido con pantalones cortos azules marinos, saquito del mismo tono, camisa blanca, corbata también azúl, medias como la camisa inmaculadas, zapátos de charol negros y un gesto apenas expresivo me sentaron entre un montón de muchachas a cual más linda y con mejor perfume.
Fui el alma de la fiesta solo hablando cuando me hablaban y apenas aceptando comer algo de lo que abundaba sobre la mesa cuando me insistían.

Al volver a mi casa mi madre cargaba un paquete de cosas ricas que le habían hecho armar con insistencia para mí y para mi padre, pero lo que más recuerdo de todo ello fue su enorme orgullo por un hijo bien educado.

FIN

 

 

 

 

 

 

Un leve asesinato (Cuento)

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Un leve asesinato
Por: Darío Valle Risoto

Una asquerosa lengua aceitosa de asfalto y arena era la carretera delante de los lentes sucios de Jimmy que acababa de mear sobre el caparazón de una tortuga muerta…o eso supuso hasta que comenzó a alejarse del charco que olía a cerveza ensangrentada.

Volvió sus pasos hasta el horrible cadillac rosado que le había usurpado a la gorda Betty, aún el canijo de Brummel pataleaba dentro del baúl, debería haberse muerto hace rato el enano pero seguía pateando y maldiciendo dentro de su ataúd de metal.

Jimmy lo abrió para mirarlo. Estaba hecho un asco el pequeño proyecto de judío atado bien fuerte con soga de la buena, se había hecho añicos los lentes y había perdido un diente quizás golpeando su cabeza para salir.

__ ¡Te pago el doble de lo que te ofrecieron! ¿Quiénes fueron: mi esposa, los del sindicato, los comunistas?
Jimmy encendió un fósforo haciendo pasear la cerilla sobre el caliente capot y volvió a mirar a la serpenteante carretera, no había una puta alma a varios kilómetros a la redonda…bueno, la tortuga meada podría denominarse aproximadamente un alma y hasta quizás más completa que este puto enano judío que seguía suplicando.

Lo desató y el estúpido al pararse se fue de nuevo al suelo para comprobar que solamente tenía las manos libres. Jimnny sacó la sucia botella de whisky y se empinó un buen trago, después le tiró un poco en la cara a ese proyecto de hombre que gritó, lloró e intentó volver a pararse.

__ Ya estás muerto mi querido, desde que te metí en el auto estás más muerto que el idiota de Lennon.
Brummel comprendió que de nada le valdría pedirle clemencia a ese gigantesco pelirrojo barbado que lo miraba sonriendo a contrasol quemándole los ojos, lo veía difuso y en movimiento como si estuviera bajo el agua por la ausencia de sus anteojos o por el calor sofocante.

__ Tengo mucho dinero, te puedo pagar lo que sea.
__ Tú no tienes dinero, es más, ahora eres el hombre más pobre de toda la tierra, de todo el universo diría. A propósito: ¿Crees en dios?
__ ¡Claro que sí!, Ahora más que nunca. __Recalcó sibilante.
__ Eso es bueno, muy bueno, deja que te presente al mío. __Dijo Jimny sacando su Magnum 3.57 y dándole un buen tiro en la frente.

Mientras cavaba la fosa se arrepintió de no haberlo mandado a hacerlo pero ya estaba harto de escuchar lloriquear al idiota, después de todo no era tan grande y el desierto no hablaba.
Recordó cuando una tarde pasó frente a la fábrica de zapatos en huelga y cuando escuchó que el tal Brummel había echado a catorce padres de familia por haber fundado un sindicato, allí había tomado la decisión de encarar ese pequeño trabajo.
Después de todo alguien debería hacerlo…pensó.

Un rato después tras cruzar la estatal se detuvo en un Bar de camioneros y pidió dos hamburguesas con papas fritas, tres huevos revueltos y una cerveza fría, también compró cigarros y le tocó el culo a la camarera que sonrió complaciente.
__ ¿De vacaciones forastero? __Preguntó el cajero.
__ Disfrutando de California, mi amigo…disfrutando.
Contestó sonriente.

FIN

 

 

Nuestro futuro en la educación

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Nuestro futuro en la educación

Fragmento de: La Receta del Tiranosaurio Volumen 1

Por: Isaac Asmov

¿Cómo podemos imaginarnos lo que será la educación pública en el año 2076, cuando nuestro país cumpla su tercer centenario? Primero tratemos de imaginarnos lo que será la sociedad. Quizá para entonces nuestra civilización ya se haya derrumbado bajo el peso de un aterrador aumento de la población y de insuficiencias fatales de alimentos y energía. Habría hambre y miseria. Morirán miles de millones y los sobrevivientes se verían forzados a vivir en un medio ambiente dañado, total y quizá permanente, por la agonía de la cavilación. No habría educación pública, con la excepción de lo que algunos pudieran entresacar de atesorados libros rescatados de las ruinas de las ciudades.

Pero a diferencia, supongamos que la civilización sobrevive. ¿Cuáles son los requisitos para esta supervivencia? Primero y ante todo, debemos aprender a limitar nuestro número por medios diferentes a una elevación en el nivel de muerte y destrucción. La humanidad debe disminuir su tasa de natalidad al mismo nivel que el de mortalidad, o todavía menos.
Si se logra esto, y si se resuelven otros problemas menores, el siglo veintiuno debe ver a la civilización desplazándose al frente, al mismo tiempo que la ciencia y la tecnología continúan avanzando.

Sin embargo, una sociedad de un bajo nivel de natalidad producirá un enorme cambio de aquello a que la humanidad siempre ha estado acostumbrado, podemos esperar la combinación de una baja tasa de natalidad junto con una mayor duración de la vida. Será obvio que, en el siglo veintiuno, tendremos una población de personas de edad media y ancianas que nunca antes en la historia. De hecho, el siglo veintiuno seré la primera época en la historia en que los ancianos superarán en número a los jóvenes.

Este es el cambio que ya, desde ahora, podemos ver cómo se aproxima. En Estados Unidos el porcentaje de ancianos, en constante aumento, ha logrado que los mayores de sesenta y cinco años tenga una formidable fuerza de votación. Lo que es más, nos estamos convirtiendo en una nación que organiza sus finanzas alrededor de pensiones, asistencia médica y seguridad social que disfrutan tantos y que tantos otros desean.

Según indican algunos, parece que hay más y más ancianos improductivos que son mantenidos por la labor de una reserva cada vez más disminuida de jóvenes productivos. Este hecho ha sido usado por quienes están en contra de la disminución de la tasa de natalidad.
El argumento indica que se debe conservar el abasto de jóvenes o la civilización se derrumbará bajo el peso de los ancianos.
Pero si se conserva el abasto de jóvenes, la civilización de todas maneras se derrumbará. Entonces, ¿cuál es la solución? ¿No podría ser la educación?

Tradicionalmente, la educación pública está limitada a los jóvenes. Esto lo entienden los niños, y si existe algún inconveniente contra la escuela, ellos lo atribuyen a su delito de tener poca edad. Se dan cuenta que la gran recompensa del crecimiento es la liberación de la prisión escolar. Su meta no es que los eduquen, sino salir, que los echen.
Del mismo modo, los adultos están seguros de asociar a la educación con la niñez, con algo a lo que han tenido la fortuna de sobrevivir y de lo que ya se han escapado. La libertad de la edad adulta se mancillaría si tuvieran que volver a los hábitos educativos asociados con la infancia. Como resultado, muchos adultos se hunden en una ignorancia vegetativa. No les da absolutamente ninguna vergüenza haber olvidado la poca álgebra y geografía que alguna vez aprendieron, como tampoco la sienten por haber dejado de usar pañales.

En una sociedad donde los que pasan de los cuarenta años superan a los que todavía no llegan, no debe permitirse que continúe esta ignorancia vegetativa. La educación ya no debe limitarse a los jóvenes. Estos no deben desear que se termine, ni los ancianos deben volver la vista atrás agradecidos porque ya se acabó. Para todos, la educación debe parecer un requisito de la vida humana, durante tanto tiempo como la vida dure. El vigor mental y creativo debe acompañar al vigor físico que permitirá el avance médico. Entonces, los seres humanos podrán permanecer “productivos”, según nuestra comprensión actual del mundo, hasta edad avanzada.
Sin embargo, ¿es esto posible? ¿Llegará el tiempo en que la gente disfrute tanto que la instruyan que deseará comprometerse con la educación, yendo y viniendo, durante toda su vida? ¿Por qué no, si pueden aprender lo que les interese y no lo que alguna autoridad diga que es lo que deben aprender, les guste o no?

Significará que debemos cambiar la educación de programas fijos a una dirección de gusto personal. Después de todo, según pasa el tiempo (si la civilización sobrevive), el mundo estará cada vez más automatizado y computarizado. El trabajo monótono y repetitivo del mundo –tanto físico como mental- será realizado por dispositivos mecánicos, y a los seres humanos les quedará la tarea de la creación. El mundo será, cada vez más, un mundo de tiempo libre. La educación tendrá que orientarse al ocio.

Cada vez más el mundo se administrará a sí mismo, y se deteriorará la misma idea de seres humanos “productivos” e “improductivos”. Entonces, naturalmente, la gente podrá seguir su propio camino. Siempre habrá quienes quieran aprender tecnología de computación, o involucrarse en investigación científica, o diseñar nuevos procedimientos educativos. Si algo sucede, supongo que habrá más gente de la necesaria que voluntariamente desee ayudar a complementar el manejo mecánico del mundo. ¿Y los demás? Habrá quienes estén interesados en escribir, componer, pintar o esculpir; algunos otros preferirán los deportes o viajes; otros se dedicarán a los espectáculos de uno u otro tipo; algunos desearán dormir todo el día en hamaca, si pueden aguantar el aburrimiento.

La labor de la educación será ayudar a cada individuo a que se encuentre, dentro de sí, la actividad que le proporcione la mayor felicidad, que llene su vida de interés, y que -entonces- seguramente contribuirá a la felicidad e interés de los demás.
En la educación personalizada, una cosa puede conducir perfectamente a la otra. Un infante que desee aprender béisbol, y nada más, quizá llegue a interesarse en la lectura para poder leer sobre béisbol. O quizá le interese aprender aritmética para calcular las estadísticas de este deporte y, a la larga, descubra que le gustan más las matemáticas que el béisbol.

Es más, ¿no podemos esperar que los intereses cambien con la edad, como algo rutinario? A los sesenta años, ¿por qué no puede haber alguien que repentinamente decida estudiar ruso, empezar con la química, aventurarse en el ajedrez, la arqueología o pegar tabiques? ¿Por qué no puede haber alguien de edad avanzada que se cambie de una colección de timbres a la física nuclear, o viceversa? Y a través de todos estos virajes y cambios, ¿por qué no debe existir el derecho inherente, siempre, de recibir ayuda del sistema de educación pública?

Sin embargo, ¿cómo debemos administrar un sistema educativo que sea tan individual y unipersonal que permita que cada persona reciba educación de acuerdo a su propia inclinación y deseo, sin que importe lo que sea?

Bien, suponga que los satélites de comunicación son cada vez más numerosos, polifacéticos y poderosos que hoy en día. Suponga que no son las microondas, sino los rayos láser, más capaces, los que se usen para llevar mensajes de la tierra al satélite y de vuelta a la tierra.

Bajo estas circunstancias, habría lugar para muchos millones de canales separados para voz e imagen. Y puede imaginarse fácilmente que cada ser humano sobre la tierra podría tener una longitud de onda, asignada para su uso particular, del mismo modo que ahora puede tener asignado un número telefónico particular.

Podemos imaginar que cada persona tiene un canal privado al cual puede añadirse, cuando lo desee, una máquina personal de enseñanza más polifacética e interactiva que cualquier cosa que pudiéramos ensamblar hoy en día, ya que durante el intervalo también habrá avanzado la tecnología de la computación.
Razonablemente podemos tener la esperanza de que la máquina de enseñanza, programada para algún campo particular de estudio, será -sin embargo- lo suficientemente flexible y versátil para tener la capacidad para modificar su propio programa (es decir, “aprender”) como resultado de las órdenes del estudiante. En
otras palabras, el estudiante puede hacer preguntas que la máquina puede contestar, o responder preguntas en una forma que la máquina pueda evaluar. Como resultado de lo que la máquina obtenga como contestación, puede ajustar la velocidad e intensidad de su curso instructivo, y hasta puede cambiar en cualquier dirección
que indique el interés del estudiante.

No hay necesidad de que supongamos que la máquina de enseñanza sea un objeto contenido en sí mismo, finito (por ejemplo, como la televisión). Razonablemente podemos suponer que la máquina tendrá a su disposición cualquier libro, publicación seriada o documento en la amplia biblioteca central, codificada, computarizada y global. La máquina puede utilizar esta información para modificar su programa. Lo que tiene la máquina lo tiene el estudiante, ya sea colocado directamente o en una pantalla, o reproducido en papel para un estudio más
cómodo.

Naturalmente, podemos suponer que ningún ser humano tendrá que ser tan sólo un receptáculo pasivo de información. Cualquier ser humano, alguna vez guiado por su interés, cualquiera que sea, tiene muchas posibilidades de avanzar por sí mismo, por lo que puede retroalimentar a la máquina y, por medio de ella a la biblioteca global, de tal forma que cada estudiante también se convertirá en maestro.
Entonces, para el tercer centenario (suponiendo que sobreviva la civilización) la humanidad y la máquina podrían estar desarrollando una profunda simbiosis. La humanidad podría llevar una vida más rica y comprensiva de lo que jamás hubiera logrado el sólo cerebro del hombre sin ayuda alguna. La máquina de enseñanza computarizada se convertirá en el telescopio mental a través del cual se verán mayores glorias de las que ahora podemos imaginar.

Como escribir cuentos según Bolaño

Roberto-Bolaño

CONSEJOS SOBRE CÓMO ESCRIBIR CUENTOS, POR ROBERTO BOLAÑO
30 Octubre 2016
Como solía decir Paul Valéry, el león no es más que oveja digerida, y un escritor, añadimos, solo es excelente gracias a sus lecturas.

Reacio hasta su muerte, el 15 de julio de 2003, a pertenecer a otra escuela que no fuera la poesía y la vida misma, el chileno Roberto Bolaño era tan antipático para algunos como generoso para otros. Afortunadamente sus lectores son los que siempre ganan en estas supuestas riñas, que lo hacen (aún a 13 años de su muerte) una de las escrituras más vitales para entender el presente literario.

En sus artículos y ensayos (reunidos en español en el volumen Entre paréntesis, editado por Anagrama) Bolaño despliega su imaginación a través de las lecturas que lo han acompañado desde siempre, o de hallazgos tan diversos como los poetas mendicantes del Distrito Federal, novelistas de ciencia ficción rusos, y una vasta cultura filosófica.

A pesar de que su fama póstuma se cifró gracias a novelas como 2666 y más especialmente Los detectives salvajes, lo cierto es que durante su vida Bolañosescribió decenas de cuentos y hacia los últimos años concedió interesantes entrevistas acerca del arte de escribir historias cortas. Aunque puede leerse en clave de una “poética del cuento corto latinoamericano” o algo así, los lectores que no estén interesados en convertirse en escritores podrán encontrar una mina intacta de lecturas y referentes que atraviesan las épocas y las tradiciones, ciñendo lo que podríamos considerar un pequeño canon de lectura para cuentistas.

Del arte de leer, finalmente, es de lo que se jactaba Borges en sus últimos días: estar orgulloso de lo que se ha leído más que de lo que hemos escrito.

“Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos:

1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno. Honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
2. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de 15 en 15.
3. Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4. Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de este pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10. Piensen en el punto número 9. Uno debe pensar en el 9. De ser posible: de rodillas.
11. Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Pseudo-Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas y Mientras ellas duermen, de Javier Marías.
12. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.”

–Roberto Bolaño (Santiago, Chile, 1953 – Barcelona, España, 2003)

 

Maravillosa la mujer

Life erotic (12)

Maravillosa la Mujer
Por: Darío Valle Risoto

Maravillosa la mujer
Que se brinda toda cuerpo
Y que sonriendo baila
Opacando a los espejos.

Inmaculada idolatría
De las hembras
Y sus siete reflejos
Que rompen la monotonía
De los hombres a destiempo.

Espirituosas harpías
Brujas en el firmamento
Oh y sin ellas… nada
Oh y con ellas… tiemblo

Maravillosas damas
Putas, flojas, casquivanas
Que me dejan sin sueño
Que me conquistan la cama
Todas madres, hijas, hermanas

Vidas que dan vidas
Y que nada las iguala.