Cuatro en un velorio (Cuento)

Landscapes 5 (33)

Cuatro en un Velorio
Por: Darío Valle Risoto

No es sensato, ni siquiera inteligente reducir una vida o lo que significó esa vida a la cantidad de personas que asisten a un velatorio, pero sucede.

Éramos cuatro toda esa larga noche, recuerdo que me tomé casi todo el café de la funeraria y aún con eso me tuve que tirar en uno de los sofás, no a dormir sino para descansar porque estaba hecho un trapo, ni hablar de mi madre.

No me acerqué al cajón donde estaba el cadáver de mi padre ni una sola vez, lo tenían en una salita continua, ni falta que hacía, ya había pasado por el durísimo trago de reconocer el cuerpo en la morgue del hospital Pasteur.
Éramos cuatro, mi madre y yo y una prima de mi padre: Sonia con su marido.

Ni uno de sus demás parientes vino a verlo por última vez quizás porque eran demasiado brutos y carentes de principios para al menos hacerle un acto de presencia a alguien que siempre había sido extremadamente generoso y solidario con todo el mundo.

Y después de todo a través de los años mi madre tenía razón al denominarlos con el despectivo mote de: “Gentuza”. A los sumo alguno había pasado por el hospital cuando estuvo internado y casi nunca por casa cuando mi madre y yo tuvimos que hacerle el triste camino a esa muerte que se demoró demasiado haciéndolo sufrir al santo pedo poco más de un año.

Seguro que si mi padre pudiera haber opinado hubiera dicho que no tenía importancia, así era él, un extraño hombre de dos metros de altura que nunca hubiera merecido tanto sufrimiento y desdén por parte de familiares y amigos, como si les hubiera hecho algo.

A la mañana llegó una medio hermana y el resto eran muchos de mis compañeros de Barreiro, que desde luego venían por mi porque muy pocos lo habían conocido, hacía apenas un año que trabajaba allí y por lo tanto era uno de esos actos de solidaridad que tanto bien hacen sobre todo cuando se trata de gente que uno conoce poco.

Creo que también estuvo uno de mis tíos pero no lo recuerdo bien, todo pasó como en una nebulosa y allí se fue el cuerpo de mi viejo que con cincuenta y siete años tal vez había tenido mucho menos de lo que justamente merecía en la vida.

No es sensato, ni siquiera inteligente reducir una vida o lo que significó esa vida a la cantidad de personas que asisten a un velatorio, pero sucede. Sucede que pasaron más de treinta años desde aquel cinco de Julio de 1983 y quedó ese momento clavado en mi conciencia, una de tantas razones como para comprender que los extraños son a menudo nuestra única familia.

FIN

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