Cuatro en un velorio (Cuento)

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Cuatro en un Velorio
Por: Darío Valle Risoto

No es sensato, ni siquiera inteligente reducir una vida o lo que significó esa vida a la cantidad de personas que asisten a un velatorio, pero sucede.

Éramos cuatro toda esa larga noche, recuerdo que me tomé casi todo el café de la funeraria y aún con eso me tuve que tirar en uno de los sofás, no a dormir sino para descansar porque estaba hecho un trapo, ni hablar de mi madre.

No me acerqué al cajón donde estaba el cadáver de mi padre ni una sola vez, lo tenían en una salita continua, ni falta que hacía, ya había pasado por el durísimo trago de reconocer el cuerpo en la morgue del hospital Pasteur.
Éramos cuatro, mi madre y yo y una prima de mi padre: Sonia con su marido.

Ni uno de sus demás parientes vino a verlo por última vez quizás porque eran demasiado brutos y carentes de principios para al menos hacerle un acto de presencia a alguien que siempre había sido extremadamente generoso y solidario con todo el mundo.

Y después de todo a través de los años mi madre tenía razón al denominarlos con el despectivo mote de: “Gentuza”. A los sumo alguno había pasado por el hospital cuando estuvo internado y casi nunca por casa cuando mi madre y yo tuvimos que hacerle el triste camino a esa muerte que se demoró demasiado haciéndolo sufrir al santo pedo poco más de un año.

Seguro que si mi padre pudiera haber opinado hubiera dicho que no tenía importancia, así era él, un extraño hombre de dos metros de altura que nunca hubiera merecido tanto sufrimiento y desdén por parte de familiares y amigos, como si les hubiera hecho algo.

A la mañana llegó una medio hermana y el resto eran muchos de mis compañeros de Barreiro, que desde luego venían por mi porque muy pocos lo habían conocido, hacía apenas un año que trabajaba allí y por lo tanto era uno de esos actos de solidaridad que tanto bien hacen sobre todo cuando se trata de gente que uno conoce poco.

Creo que también estuvo uno de mis tíos pero no lo recuerdo bien, todo pasó como en una nebulosa y allí se fue el cuerpo de mi viejo que con cincuenta y siete años tal vez había tenido mucho menos de lo que justamente merecía en la vida.

No es sensato, ni siquiera inteligente reducir una vida o lo que significó esa vida a la cantidad de personas que asisten a un velatorio, pero sucede. Sucede que pasaron más de treinta años desde aquel cinco de Julio de 1983 y quedó ese momento clavado en mi conciencia, una de tantas razones como para comprender que los extraños son a menudo nuestra única familia.

FIN

No parecía una P.

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No parecía una P.
Por: Darío Valle Risoto

Pedro estaba eufórico o se arrepentía a medida que pasaban los minutos. Miraba su reloj de pulsera y luego al de la pared en el living, se había bañado por espacio de más de media hora, se había arreglado el bigote como si se tratara de restaurar una obra de arte, se había puesto su mejor camisa blanca y había limpiado el piso, las ventanas, hasta le había pasado un trapo húmedo a los equipos de audio y a la televisión, el pulso le temblaba, era como un adolescente que espera la primera cita con su chica de los sueños.
__ ¡A vos te hace falta una mina Camaño!.
Le había dicho el mecánico de la fábrica cuando se había llegado hasta su impresora offset para arreglarle uno de los contactos de la botonera de control.
__ ¿Cuándo fue que te dejó tu mujer?
__ Dos años, mira, acá tengo el botón, está partido, creo que se puede arreglar.
__ Mucho tiempo sin mojar el bizcocho eso hace mal. No me des el botoncito que está roto, le pongo uno nuevo: paga la empresa.

Mientras sacaba el adminiculo de su caja de herramientas hablaba a los gritos por el ruido de las máquinas prendidas, las operarias sonreían mientras intercalaban folletos en una mesa cercana.
El mecánico se puso en pie, había tenido que tirarse debajo del panel para volver a colocar la tapa de seguridad, comprobó que todo funcionaba bien y Pedro volvió a encender la máquina.

__Te doy esta tarjeta macho, es de un servicio que te manda las minas a tu casa, todas de primer nivel, cuatrocientos pesos el completo pero vale la pena.
Y se fue Federico, el mecánico de la gran Imprenta Barrera con su caminar torvo y su mameluco pura grasa.

La tarjeta se quedó como porfiada en su bolsillo, pasó a su mano en el ómnibus: “Sweet Girls”, __ ¡Vaya nombrecito para un quilombo!. __Pensó, y guardó de nuevo el rectángulo en el bolsillo de la campera.
Mucho tiempo sin sepultar el Gorila, sin sulfatar una Parra, sin mojar el Bizcocho, mucho tiempo sin verle la cara a dios, sin sacudir el esqueleto, sin ponerla, sin…

Pedro Camaño llamó a eso de las siete de la tarde, le atendieron del otro lado con la voz sedosa de una mujer entrada en años pero con la experiencia del trato con hombres solitarios.
__ ¿Alta o baja?, ¿Rubia, morocha o negrita?, Tenemos para todos los gustos.
__ ¿Puede ser joven y alta?, no me molesta si es rubia o morocha.
__ Mire que tiene que pagar apenas llegue a su departamento, somos una casa seria, le voy a mandar a Shirley, ¿A las nueve está bien?

Las ocho y media un poco pasadas y Pedro Camaño que ya no sabe dónde sentarse en su propia casa, se arrepintió y se dio fuerzas para encarar la aventura unas veinte veces en el último minuto cuando el timbre lo sacó de sus elucubraciones llenándolo de terror.

Abrió la puerta y allí estaba: alta, delgada, sonriente y con unas pecas demasiado atractivas para estar allí por casualidad.
__ ¿Pedro?
__ Pase, pase,… ¿Le sirvo algo?

De unos veinticinco años, estaba vestida con un pantalón jean, saco entallado y una remera negra, él había esperado un tapado de piel de leopardo, una peluca dorada y unas calzas rosadas, pero no, Shirley parecía una chica cualquiera.
Ella sonrió y él se dio cuenta de que tenía que pagar antes, le dio los cuatrocientos pesos, ella sin contarlos pidió para entrar el baño. Pedro se sentó y se tomó un vaso de Vermouth frío de un solo saque, tenía la camisa empapada de transpiración pero por suerte olía a perfume.

Salió casi desnuda del baño y por suerte la naturaleza no lo dejó mal a Pedro que ni siquiera llegó al cuarto, allí sobre el sofá recorrió el interminable camino de la piel de Shirley que no parecía una puta sino una novia de la adolescencia pero sin el mal carácter.
Cuando terminaron ella le pidió permiso para bañarse, en ese momento sonó el teléfono y era el mecánico, Federico Pérez parecía haber adivinado cada momento porque llamó en el momento indicado.
Ella comenzó a secarse el largo cabello negro con una toalla, no había encontrado un secador, entonces podía escucharlo a su cliente en el teléfono.
__Si, vino.
__Muy hermosa, muy dulce…
__La mujer más linda que tuve en mi vida, además es muy educada, no parece…
__Claro, ¡Como me voy a ena…!

Ella salió del baño con el rostro radiante y él colgó el teléfono casi sin despedirse, ella torció el rostro y pensó un instante, recorrió con la mirada la casa pulcrísima y a ese hombre cuarentón que estaba con ese brillo en los ojos que suelen tener los niños que han pasado una tarde en el parque de diversiones.

__Bueno, me tengo que ir.
__Muchas gracias, me ha parecido que usted no es…
Ella tomó su cartera y se volvió a poner el saco de sobrio color azul sobre los hombros, afuera no sería difícil conseguir un taxi.
___No la invité con nada… discúlpeme.
Ella a punto de salir se quedó un momento en silencio y luego sonrió, de su cartera sacó una tarjeta igual a la que le habían dado de “Sweet Girls” pero escribió del otro lado el número de un teléfono particular y se la dio.
___Mi nombre es Isabel, llámame cuando quieras pero no como cliente, sos un buen tipo Pedro.

FIN

Lunes, 11 de enero de 2001