Neo Vampiros 77: Dientes y Libertad

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Neo Vampiros 77
Dientes y Libertad
Por: Darío Valle Risoto

Nunca había corrido tanto. El terror y el espanto de ser manoseada y violada por esos hombres asquerosos la impulsaban a recorrer esos malditos campos y tratar de guarecerse en un monte criollo distante a unos quinientos metros del rancho donde la tenían “guardada”.

Escuchó dos tiros al aire, al menos eso creía pero cuando al tercero una rama calló cerca comprendió que Castro había acudido a los gritos desesperados de Arellano para pararla a como de lugar, pero poco a poco y por fortuna los sonidos se iban alejando a su espalda.

Paula calló sobre sus rodillas, estaba arañada, raspada, lastimada por correr sin ton ni son rumbo a cualquier parte pero lejos de esos tipos. Le dolía todo el cuerpo tanto como respirar, estaba empapada de sudor y la camiseta se le había pegado al cuerpo.
__ ¡Imbécil! __Gritó Romero Castro pegándole un puñetazo a Arellano tan cerca de la oreja que lo dejó casi desmayado, el enorme tipo se movió como borracho, en verdad casi lo estaba desde el mediodía.

Tenía que seguir corriendo y tratar de llegar a alguna parte donde alguien le ayude, tenía que haber alguna carretera cerca, al menos habían recorrido una de asfalto y el resto por caminos de piedra que sintió pese a estar con los ojos vendados desde que la sacaron del hotel en Villa Saucedo.

Comenzaba a caer la tarde y diferentes sonidos de animales comenzaron a cubrir el monte criollo donde se había guarecido, sabía que podría volverse loca de terror si pasaba una noche entre esos matorrales y árboles espinosos pero tal vez era la única oportunidad de sobrevivir. Y siempre era mejor que ser violada por estos miserables.

Una luna árida se mostró sobre unos eucaliptos e invariablemente pensó en Lorena y se sintió una loca de mierda por iniciar esa estúpida cruzada para encontrar a una prima que…
Un aullido infrahumano la sacó de sus pensamientos, era algo enorme y no estaba lejos que lanzaba un lastimero grito animal que por unos segundos pareció paralizar la naturaleza.

__ ¿Oíste eso? __Preguntó Arellano mientras se pasaba un trapo húmedo por la cara donde lo había golpeado su compinche.
__Debe ser un perro cimarrón, vamos a tener que salir con las linternas a buscar a esa puta de mierda, Carlos está por llegar.
Tomaron dos linternas de mano, recargó Arellano la escopeta y Romero Castro empuñaba su revolver. Ambos salieron a buscar a su presa. Caminaban a unos cincuenta metros uno del otro rumbo al monte cuando sonó otro alarido animal pero esta vez a su derecha.
Algo se movía no muy lejos, fue como una imprecisa sombra de cuatro patas pero no lo vieron y ya que se internaban en el monte nativo.

Paula pudo salir por puro azar del monte y justo sus pies quedaron entre unos matorrales al borde de un camino secundario, frente a ella un campo desierto solo albergaba algunas cabezas de ganado que se guarecían de la noche bajo los árboles a la luz de la luna llena. Todo era como un cuadro surrealista pintado por un artista demente.

Tenía el cabello con espinas, semillas y restos de hojas, su cuerpo estaba lleno de raspaduras pero ninguna muy grave, a su espalda creyó ver el fulgor de lejanas luces recorriendo la espesura del monte.
__Tienen que ser sus linternas, ¿Y ahora que hago?

Fue cuando sintió otro aullido mientras por el camino se acercaba un auto.
__ ¡Ayuda! __Gritó parándose casi en frente de los focos.
__El negro Carlos bajó del coche con un arma en la mano, comenzó a reírse porque comprendió que la mujer se les había escapado a sus socios.
Juicio y castigo

 

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