Rómulo y la desgracia con suerte

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Rómulo y la desgracia con suerte
Por: Darío Valle Risoto

Estaba linda la tardecita. Rómulo empujó a duras penas su silla de ruedas, es que todavía no se acostumbraba a tal trajín porque eran solo unos meses hasta que la operación de sus piernas cicatrice como para entrarle a la recuperación en el banco de seguros. Así fue que la llevó hasta el jardín de la casona donde alquilaba un cuarto a observar el sol sobre los paraísos del frente, el movimiento de las ramas con la brisa de septiembre y a pensar quizás en sus pagos de Tacuarembó.

No había sido muy afortunado ser atropellado cuando descargaban tablones de un camión en plena calle avenida Italia, por suerte los compañeros del sindicato del Sunca le habían dado tremendo apoyo, aún así la pesadilla de aquel BMW levantándolo en el aire y tirándolo casi debajo de un colectivo lo atormentaba. Y eso a solo cuatro meses de haber llegado desde sus pagos a Montevideo, la capital.

Rómulo se armó un tabaco mientras tenía casi toda la visión de la cuadra hasta la esquina donde salía esa muchacha de la panadería siempre por las cuatro de la tarde con su enorme cuerpo, siempre vestida de negro, todos los días con dos flautas y una botella de leche asomando de la bolsa chismosa.

La señora Fernández lo saludó y volvió a preguntarle como andaba. Rómulo ya era como una parte al frente de la pensión en su silla de ruedas, fumando y escuchando en su pequeña radio Spica a Carlos Gardel, siempre en las horas pares.
__ Gracias, señora, estoy mejorando, gracias a dios.
Ella movió la cabeza y continuó llevando a su pequeño perro a hacer sus necesidades.

Y la muchacha que caminaba siempre pesada, gorda, enorme pero con un rostro muy lindo que para Rómulo era una suerte de extraña sensación de remanso en esos ojos que adivinaba verdes o azules porque nunca la veía muy de cerca ya que ella vivía en frente casi en la esquina de la calle Munar.

__ ¡Gorda!, ¡Se te desató un cordón!, ¡Gordaaaaaa!
El grito sonó violento e inesperado desde un camión que pasó por la calle en medio de ellos, eran unos desorejados a bordo de un camión sin toldo, le habían gritado creyéndose vivos o graciosos.
Ella dejó la bolsa en el piso y con dificultad trató de anudarse el zapato, Rómulo advirtió que le costaba muchísimo porque era muy obesa pero igual le seguía pareciendo linda.

__ ¿Estás bien? ¿Te ayudo en algo?
Le gritó desde el frente y sin pensarlo siquiera, al punto de que su propia voz le pareció como aquella de los furibundos del camión: inesperada y violenta.

La muchacha terminó de atarse su zapato y lo miró, estaban a unos metros pero Rómulo quiso desaparecer inmediatamente porque temía que ella se enoje o algo peor, que le tire con las flautas o la leche por la cabeza.
Entonces cruzó hacia él y el canarito tembló como una rama al constatar que esa enorme figura de muchacha gorda toda ataviada de negro se le acercaba quien sabe con que intenciones.

__ No gracias, me llamo: Estela.
__ Y yo… Rómulo, lamento lo de esos locos, hay gente muy mala.
Ella sonrió, era de verdad linda y tenía los ojos verdes.
__ ¿Qué te pasó?
__ Un auto me llevó puesto, pero dicen que para las fiestas voy a poder caminar de nuevo, por eso la paso acá mirando a la gente que pasa por la vereda y… a vos.

Ella se ruborizó.

FIN

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