Neo Vampiros 72: Paula y los lobos 2

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Neo Vampiros 72
Paula y los lobos 2
Por: Darío Valle Risoto

El Bar era una vieja casa adaptada para que los parroquianos tomen alcohol, años antes resultó ser una pulpería pero ahora era apenas el lugar para emborracharse en su mayoría: malvivieres de la zona, las personas honestas preferían ir a los bares que rodeaban la plaza de la capital.
__Vieron como no pasó nada, los milicos ni se dieron cuenta.
__Bueno, pero ahora es mejor estar tranquilos. __Romero apenas llegó pidió otra caña brasileña, adentro contra una enorme heladera roja con el emblema de la coca cola había una mesa con sus dos mejores amigos sentados. El que había hablado era el Negro Carlos, famoso en todo el departamento por andar en cosas “raras”.
__ ¿Y que les parece una rubia de Montevideo con un cuerpo que para que les digo?
__ ¿Qué?
Romero Castro se echó para atrás en la silla, sus ojos azules brillaron como los de un depredador dispuesto a compartir su presa con el resto de la jauría. Tenía su mirada un brillo mezcla de triunfo y generosidad.

__Cuando me ofrecí para limpiar el camino que va a Fleitas, me llega este regalito, estaba perdida y parece que preocupada por las muertes de la zona. Me preguntó por un hotel y la mandé a Villa Saucedo. Si tomamos por el camino real llegamos antes que ella, no tenemos mucho tiempo.
Los otros dos tipos se sirvieron más caña, el negro Carlos miró a Arellano que había permanecido callado con su enorme corpachón y sus manos llenas de cicatrices, el hombre al costado de la cara tenía la marca de la quemadura de un viejo incendio.

Romero se puso de pie e hizo girar las llaves de su camioneta mientras le pagaba al mozo y miraba casi como si fuera una orden a sus amigos.
Poco después iba lo más rápido posible por una carretera de pedregullos negros mientras la radio a todo trapo emitía cumbias y salsa.
__ ¿Y está buena la mina?
__Mejor que esas dos locas que agarramos y llevamos el año pasado al monte, esta tiene pinta de tener guita, en una de esas la guardamos por un tiempo y hasta podemos cobrar un rescate.

Romero Castro se imaginaba con una valija llena de billetes, de dólares y con una mina espectacular para saciar su apetito que apenas si se había visto gratificado cuando habían tomado por sorpresa a dos muchachas perdidas que buscaban la ciudad.

__Pensaron que fueron perros, eso pensaron. __Dijo Arellano riéndose con su clásica ronquera.
__Por eso me tienen que hacer caso, en estos tiempos de inundaciones la gente está re cagada y la policía es más inútil que de costumbre, hay perros con hambre por todas partes, por eso teníamos que despedazarlas.
Habían utilizado una garra de Yaguareté atada a un palo que Romero conservaba en la camioneta, como cazador furtivo guardaba en su casa muy cerca de los montes criollos todo tipo de recuerdos de animales.

No muy lejos de allí Paula comenzaba a cansarse de recorrer los caminos sin nada a la vista. Alguna tapera, tal vez un grupo de ganado y la tarde que comenzaba a caer cuando sentía que nunca iba a poder encontrar a la prima de Lorena.

Villa Saucedo era un pequeño pueblo que ni aparecía en los mapas, estaba al norte de la ciudad de Paysandú casi por llegar a Quebracho pero por una de tantas carreteras secundarias de la ruta tres.
__Si señorita, el hotel Ramos queda en esa esquina, es barato, bienvenida.
Se despidió del único hombre que había sentado tomando mate en el frente de una casa rústica, era un tipo viejo de boina que le sonrió con una boca sin dientes.

El hotel era un edificio bajo de corredor y piezas en galería, seguramente antes era una especie de estancia porque tenía la clásica forma de muchas piezas en torno a un gran patio interior.
__ ¿Tiene un cuarto?

Juicio y Castigo.