Robinson en Faetón (Un astronauta uruguayo)

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Robinson en Faetón
Por: Darío Valle Risoto

Los vio alejarse, no hubo mejor opción que ofrecerse, había que alivianar la nave para poder dejar la atmósfera de Faetón y él dio el paso necesario. Tanto el primer oficial Decarlo como Lima se negaron en principio y pretendieron hacer un sorteo pero Juan sabía que era el menos necesario si de volver a la tierra se trataba con un tripulante menos.

De pie y vestido con su traje enterizo color amarillo vio desaparecer el último reflejo plateado de la nave y trató de ordenar su mente. Alrededor suyo en esa llanura pedregosa estaba todo lo necesario para sobrevivir por lo menos seis meses y si ahorraba recursos tal vez hasta un año. Si en ese lapso no llegaba el rescate al menos tendría el triste consuelo de ser el primer ser humano con todo un planeta como tumba.

A su derecha brillaban las dos lunas, las habían bautizado: María y Juana, seguro en la tierra le iban a poner nombres un tanto más relevantes.

Juan miró a la tierra enrojecida que pisaban sus botas y luego trató de otear el horizonte pero otra tormenta de arena evitaba una óptima visión aunque su escáner en el brazo izquierdo indicaba la misma cadena montañosa sur oeste y ese extraño mar congelado al este de donde habían aterrizado casi un mes antes. Faetón era casi del tamaño de la tierra, el segundo planeta de un sistema de siete esferas en torno a un sol amarillo clase cuatro.

La Apolo 33 había sido una misión problemática desde que salieron del agujero de gusano y tocaron ese lugar lleno de intrigantes retos que se ofreció hostil sobretodo para con los elementos electrónicos falseando datos e incomodando la misión de este trío de astronautas. Decarlo se lo adjudicó a tormentas magnéticas o a la proximidad del sol y sus explosiones solares.

__ Deberemos abortar la misión antes de lo convenido. __Había sentenciado el capitán cuando la segunda sonda terraformadora dejó de devolver información luego de que la primera fuera encontrada absolutamente quemada sobre la colina “Baton Rouge”
Aún así Lima trató de contentarlos con que en muy pocos días el oxigeno había aumentado en el aire un doscientos por ciento y si la tercera sonda seguía funcionando correctamente en menos de un año se podría respirar sin filtros.

Pero las dificultades continuaron, el agua se corrompió y quedaron con un tercio del abastecimiento potable, luego el vehículo de tierra se averió y ya no pudieron utilizarlo y los datos de los escaners seguían erráticos.
Al final de casi un mes de trabajar sobre el planeta debieron irse pero el peso de la nave era excesivo y los suministros escasos para volver al agujero de gusano y retornar a la tierra. Si bien el agujero acortaba el viaje este podía fluctuar de una semana a dos meses dado que aún y en muchos aspectos estos “atajos” seguían siendo un misterio.

__ Yo me quedo, de todos modos la próxima misión debe estar casi lista y díganle a mi esposa que cuando esto sea habitable tendremos la mejor finca del lugar. __Sonrió, aunque los otros se mostraron sombríos pero el capitán tuvo que aceptar su oferta.

__ Estamos en mil novecientos ochenta y tres, es casi el siglo veintiuno, debo ser fuerte, pronto vendrán por mí y será esto una buena anécdota cuando me retire. __Se dijo en voz alta y comenzó a revisar el refugio que constaba de un iglú de plástico fuertemente afianzado a tierra por dieciocho anclajes que tenía a su costado una planta purificadora de aire así como un enorme cubo contenedor de alimentos y herramientas.

La tormenta aumentó y la antena para tratar de comunicarse con la tierra y que había sido inútil se desprendió y se perdió en la oscuridad. Eran aproximadamente las veinte horas de las veintiuna que duraban los días en el planeta por lo que suponiendo que era de noche, entró, se quitó el traje y se dispuso a dormir sobre el angosto catre de aluminio.
Puso un mini disco con Piazolla en el Recorder y cerró los ojos, había pensado en tomar un sedante pero prefería estar alerta por si algo volvía a complicarse. Tampoco pudo dormir pensando en que estaba absolutamente solo en un planeta casi del tamaño de la tierra y con una naturaleza extraña.

Se recordó con ocho años corriendo por el jardín de su casa llevando un pequeño cohete entre las manos e imitando el ruido de los reactores mientras su madre sonreía desde la puerta allá en la lejana Lascano.
Una furtiva lágrima le recorrió la mejilla con la barba algo crecida, se limpió la cara y se sentó en el catre, miró los libros, se los habían dejado todos: Asimov, Benedetti, Lewis Carrol, etc.

Dio unos pasos en ropa interior hasta una de las tres pequeñas ventanas y observó el paisaje que apenas era visible por segundos cuando la tormenta de arena amainaba para recobrar su fuerza y volver a soplar como los siete demonios.
__ Planeta de mierda.

__ “Un Uruguayo, un canadiense y un Cubano son nuestra esperanza de terraformar Faetón y enviar de ser posible nuestras colonias para habitarlo, un aplauso a estos tres héroes de la humanidad” __Así había hablado Donald Mc Cormick el director de la misión NASA en Cabo Cañaveral aquel diciembre de 1982.
__ ¿Un héroe?, una mierda, me eligieron por un estúpido sorteo entre tres mil aspirantes. ¿Por que yo?

Sacó del bolsillo de su traje la manoseada foto de Graciela y la observó intentando ver algún movimiento, un cambio de mueca en esa sonrisa enmarcada por sus cabellos color trigo.
La última noche que pasaron juntos en la tierra hubieran querido hacer el amor, ambos lo hubieran querido pero se pasaron tirados casi toda la noche uno al lado del otro conversando, ella con la incipiente barriguita de su segundo embarazo y el con unas tremendas ganas de renunciar a esa estúpida misión de colonizar un planeta al otro lado del universo conocido.

__ ¿Por qué vos? ¿Justo vos?
__ Flash Gordon, la culpa la tiene Flash Gordon y también el anillo del capitán Beto y Star Trek y la puta madre que me parió… __Ambos se rieron, no tenían nada mejor que hacer.
__ Ah, aquella canción de Spinetta, la recuerdo, a poco de conocerlos me regalaste el disco y me dijiste que querías viajar al espacio como ese capitán que de manejar colectivos se fue a recorrer la galaxia. __Ella era una mujer increíble.
__ La foto de Gardel y el banderín de Peñarol.

La alarma lo sacó de su nostalgia, algo se había complicado afuera, como si fuera un soldado se calzó rápidamente el traje enterizo, la escafandra, conectó las entradas de aire, y pasó a la sala intermedia entre el iglú y el exterior, si fuera creyente se hubiera persignado porque temía lo peor.

Afuera el ambiente estaba denso pero la tormenta se había aplacado lo suficiente como para dejarlo ver mejor que había pasado, se trataba de una rotura en la pared exterior del contenedor de agua que afortunadamente no había llegado a una pérdida porque sino estaba muerto.
Sacó la pistola de plástico líquido y rellenó suficientemente la rotura, seguro una piedra afilada impulsada por el viento había sido la que lo había provocado, de todas maneras dio una vuelta caminando sin alejarse más de dos metros alrededor del iglú y por suerte todo parecía en orden.

Volvió a entrar y al controlar la hora estaba amaneciendo, sin saberlo había pasado toda a noche como en un torbellino, algo pudo haber dormido pero no lo recordaba, es decir, que no podía haberse dormido tan profundamente pero así había sido.
Cuando el sol comenzó a iluminar el horizonte observó que la tormenta de arena había desparecido por completo y un extraño fulgor violeta sobre las colinas alentaba la idea de que el tercer aparato zonda siguiera funcionando bien en su tarea de purificar el aire y generar una atmósfera habitable.

Juan Salvatore sacó lentamente un poco de agua de la reserva y con la menor cantidad posible se afeitó, se enjuagó la boca y se peinó, todo con aproximadamente medio litro, debía ser extremadamente cuidadoso aunque aquel mar congelado al este podría ser un último recurso si es que de agua potabilizable se trataba.

Comió un poco de comida en pasta, supuestamente “Pavo con cereales” pero podía ser cualquier cosa, tomó medio litro de agua azucarada para tener mayor vitalidad y pensó detenidamente en salir afuera y tratar de reparar el vehículo todo terreno. En la valija de los manuales podía haber instrucciones de que hacer para arreglarlo aunque no tenía demasiadas esperanzas.

Encontró el manual pero estaba en Inglés, algo entendía pero lo hubiera preferido en español, por lo menos no estaba en Ruso o en Chino como los de la estación lunar donde habían pernoctado dos días aclimatándose antes de salir de misión. Yuri Kowalsky era el comandante de la base lunar: Lenin IV, un buen tipo, muy bromista y un verdadero genio en el tema de vivir dentro de un recinto como la antigua base lunar que desde los años cincuenta era frecuentada por Rusos, Cubanos y Chinos hasta que gracias a Reagan, cuando se solucionó definitivamente la guerra fría, los norteamericanos y luego nosotros pudimos frecuentarla.
__ “Nosotros somos el mundo”, le había dicho aquel astronauta argentino que había quedado como suplente cuando Juan Salvatore fue sorteado y ganó ese tercer puesto en la misión.
__ Por lo menos llévate esta estampita de la virgen del Lujan, haceme la pata yorugua.
__ ¿Como negarse?

Salió y caminó unos doscientos metros al lugar donde el vehículo todo terreno se había quedado varado después de que sus circuitos se quemaron. Se sobresaltó cuando algo rápido y plateado pasó volando sobre su cabeza, al observar su medidor en el brazo derecho de su traje corroboró que se trataba de la tercera zonda que justo había pasado encima de el.

Sacó el manual de un bolsillo, era difícil correr las páginas con esos gruesos guantes pero no había otro modo, el indicador de referencia de carga eléctrica estaba en cero, cambió la batería por otra que guardaban en el mismo vehículo con forma de Jeep achaparrado con seis ruedas y tres asientos. La marca se elevó a 100%

No encendió, seguro que Lima lo había intentado cuando se les varo el ingenio y tampoco dudaba de que Decarlo lo hubiera podido reparar de ser fácil, de todas formas no tenía nada mejor que hacer.
Estudió el panel, lo sacó lentamente tratando de no perder ningún tornillo y vio que los cables estaban en su lugar y que las lámparas parecían en buen estado, también la bovina diversificadota, así como la tercera pila de lithio que gobernaba la parte del mapeo.

El casco si bien no era demasiado voluminoso en el cristal se reflejaban cosas que el viento movía y eso lo ponía demasiado nervioso, se comenzó a sentir vigilado y trató de respirar profundamente varias veces, estaba solo, no había de que preocuparse por lo menos en ese sentido.
Todo estaba bien, cambió los circuitos quemados por una plaqueta similar más no idéntica porque ya no le quedaban repuestos pero quizás esta sirviera, los indicadores le dieron la razón y tras mover un par de veces la llave el vehículo tembló y se encendió.

__ ¡Buena caballo!
Subió excitado por su éxito.
Y de pronto comenzó a llover.
__ ¡No lo puedo creer!
Gruesas gotas de agua comenzaron a caer formando charcos a su alrededor y haciendo brillar el color blanco del vehículo que hizo avanzar rumbo a ninguna parte, no tenía un plan porque no había pensado que se repararía de esa manera casi milagrosa.
La zonda pasó nuevamente sobre él, así que habían pasado cuarenta minutos desde que la primera vez lo había sobresaltado, eso era lo que demoraba en dar la vuelta de cada cuadrante lanzando el gas para terraformar el planeta.

Las colinas eran buena idea pero desistió de ir hacia ellas, era mejor volver a la base y tratar de mapear nuevamente la zona para buscar algún lugar donde establecerse en mejores condiciones que en donde estaba. El iglú era bastante seguro pero le preocupaban las tormentas de arena, sobretodo cuando se incrementaban y las piedras podían volver a dañar el fuselaje tanto del mismo edificio como de los contenedores de agua o la purificadora de aire.

__Si encuentro una cueva por ahí la puedo adaptar como hogar, eso debo hacer, no sé cuando estos tipos podrán venir a por mí o si estoy condenado a morir en este planeta del culo. __ Entró y se quitó el traje, se puso un vaquero gastado y una remera blanca, recordó que Graciela se la había regalado en su cumpleaños, era una Polo auténtica imitada como dios manda en alguna provincia de China.
Pensó en Matías, su hijo de siete años, su gran admirador, el que se vanagloriaba en la escuela por tener un padre astronauta, el primer astronauta uruguayo, en realidad el primer cosmonauta, en este caso… el cosmos era la frontera final.
Y Florencia… ¿Llegará a conocer a su padre?, pensó en que había nacido y a solo dos meses y poco él había dejado el sistema solar. Incluso le había propuesto renunciar a Graciela pero ella no admitió que lo quería a su lado porque sabía que esas cosas pasan una sola vez en la vida.

__ Morirse también pasa una vez en la vida, mi amor, una vez en la vida.
Volvió a mirar la foto de su esposa, sintió su perfume, escuchó su risa y comenzó a llorar y a moquear como un niño asta que se quedó dormido tirado sobre el desarreglado catre de aluminio.

A principios de la tarde luego de almorzar otra pasta extraña, volvió a calzarse el traje y con una provisión extra de oxígeno trepó al vehículo recientemente reparado y enfiló a las colinas distantes unos veinte kilómetros. El paisaje era bastante monótono, la zonda seguía pasando impertérrita cada cuarenta minutos despidiendo partículas de ese gas terraformador que poco a poco creaba una atmósfera respirable y con ello la posibilidad de hacer de esa piedra redonda un sitio igual al terrestre.

El límite eran sesenta kilómetros por hora pero iba a casi veinte porque no conocía el terreno y temía caerse en alguna fisura o grieta en la tierra reseca, las piedras de diversos tamaños eran otro problema y aunque el vehículo tenía protecciones no quería pensar en quedarse a pie tan lejos del iglú.

A medida que se aproximaba a las colinas vio que las piedras no eran todas pardas sino que había diversos trazos de piedras volcánicas de tonalidades desde el marrón pasando por el rojo, el naranja, el amarillo pero también había una suerte de violetas y azules allí donde el sol rompía la oscuridad reinante cuando las tormentas de arena.
Volvió a sentirse pequeño abandonado y solo y trató de generarse la suficiente confianza, sin ella solo le quedaba una opción y eso no era siquiera admisible porque en casa lo esperaban sus tres personas más queridas de toda la galaxia.

Llegó al pie de ellas, eran mucho más grandes de lo que imaginaba, delante suyo un enorme cerro de unos setecientos metros se interponía a la cadena que recorría todo el este de donde habían hecho el campamento. Un dispositivo en su brazo le indicó que en esa zona el aire era respirable un setenta por ciento.
__ ¡Imposible! __Golpeó con el dedo la pantalla de plástico del dispositivo y siguió marcando lo mismo. sonrío, debería estar mal, alguna avería interna seguro.
Cuando dio un par de pasos la tierra se hundió un poco, estaba húmeda lo que era doblemente raro ya que si bien había llovido anteriormente no creyó que también allí hubiera caído agua.
Se arrodilló sobre la tierra enrojecida y con una pequeña pala retiró unos centímetros para ver diversos gusanos huyendo de la luz.
__ ¡No puede ser! ¡Tengo que estar soñando!

Guardó algunos gusanitos en un frasco, no eran muy diferentes a las lombrices terrestres aunque estaban bastante lejos de sus parientes. Subió la colina y encontró una especie de vereda entre dos enormes rocas y más allá una entrada a una cueva, tuvo que encender la luz de su escafandra para iluminarla, era casi circular con un techo de unos tres metros y bastante interesante porque algunas de sus paredes despedían un fulgor verdoso que comprobó eran esporas luminiscentes.

Comenzó a sentir el presentimiento de estar siendo observado pero sabía bien que esa es la parte fundamental del miedo cuando se está en este tipo de condiciones extremas, debía ordenar su cabeza y dedicarse a trabajar en lo más práctico que era examinar el lugar sin que se le agolpen malas ideas.

En realidad la cueva parecía perfecta para instalarse aunque traer el iglú y todos los trastos le iba significar al menos cuatro viajes con sus vueltas, ocho en total.
El piso de la cueva era duro y conformado por amplias placas de roca extrañamente plana salvo alguna pequeña deformadura, todas en posición perfectamente horizontal salvo al llegar al final contra la pared opuesta a la entrada que formaban un suave declive, allí podría poner su cama si era posible.

Pero al volver al vehículo dudó de toda la idea de mudarse porque aunque contaba con todo o casi todo el tiempo del mundo iba a ser demasiado riesgo por los constantes viajes sobretodo porque no tenía la menor idea de si el vehículo iba a aguantar sin volverse a averiar. Y si se rompía con parte de sus suministros divididos entre un destino y otro estaba irremediablemente condenado a morirse por lo menos de hambre.
Lanzó una serie muy larga de insultos en varios idiomas, después de todo es lo primero que se aprende en la puta tierra. Trató de animarse y emprendió el regreso ahora con el terreno mejor conocido por lo que pudo acelerar dentro de ciertos límites.

Cuando entró al iglú fue un verdadero alivio quitarse el traje que no era demasiado pesado pero si suficientemente aparatoso como para despertar cierta sensación de claustrofobia hasta para un astronauta entrenado como él.

Se miró al espejo, se notaba más flaco y con enormes ojeras que como sombras negras se depositaban en las bolsas debajo de sus ojos oscuros. Miró la foto de Graciela, pensó en que aún no habrían retornado a la tierra con la noticia de que tuvieron que dejarle. ¿Era un héroe o un idiota?

Al promediar la tarde luego de almorzar otro sobre de pasta con algo dentro supuestamente alimenticio y tomar medio litro de agua blanca considerada algo parecido a la leche se recostó a mirar el blanco techo de su habitación circular. En el recorder todavía estaba la cinta de Piazzolla con toda su buena obra.

Allá en Buenos Aires en aquella boite de la recoleta habían ido por el setenta y cuatro con Mancuso y Grillo a tratar de gozar la noche porteña, una negra delgada, oscura como la noche más cerrada cantaba: flying to the moon. Era delgadísima pero fabulosa en sus formas torneadas, llevaba el pelo muy corto, los labios pintados de rojo intenso y vestía un vestido de seda color amarillo.
Sus zapatos eran altísimos de tacos finos y de charol, tenía en toda su postura mucho de irreal bajo las intensas luces del pequeño escenario mientras la orquesta en vivo deleitaba los oídos, pero más su perfecta voz.

__Shenna Monroe, es yanqui la morena.
__ ¿Qué?
__ Que así se llama esa chica que te tiene con la boca abierta como un tarado yorugua.
Grillo, puro porteño nacido en Liniers se reía de las palabras de su coterráneo “Nino” Mancuso cuando notó que era cierto: Juan estaba absolutamente fascinado por esa mujer.
La canción terminó y ella hizo una leve reverencia agradeciendo los aplausos que estallaron en la boite: “The Green Cat”
Nino se paró y la detuvo en medio de su salida rumbo al backstage, se saludaron, el le habló al oído y ella sonrió mirándolo a él, si a Juan.
__ ¿La conoce?
__ Nino conoce a todo el mundo en Buenos Aires __Dijo Grillo con un gesto superado mientras se arreglaba la corbata.

__ ¿Por qué justo ahora esos recuerdos?

Ella se acercó a la mesa, era más linda de cerca y no llevaba sostén debajo del vestido, los tres lo notaron, Grillo le acercó la silla y ella miró a Juan a los ojos con una mirada tan atrevida que lo hizo toser.
__ ¿Uruguayo?
__ Lamentablemente.
Todos se rieron.
__ ¿Por qué lo lamentas?
__ En este momento quisiera ser yanqui…, perdón norteamericano para hablar mejor este inglés que, excuse me…
__ Nací en Kenia, tampoco soy yanqui como tú dices, pero bueno, estoy asimilada por el mundo civilizado, digamos. ¿Y tú?

Los recuerdos solo son caricaturas de lo que alguna vez fue la realidad, los deseos, los anhelos y sobretodo las frustraciones conjugan una nueva literatura de lo que se rememora, cada retorno al pasado a través de la memoria está empañado por la niebla del olvido.

Juan sentado contra la dura pero flexible pared blanca del iglú y apoyado en el piso sintético del mismo color estaba pensando en miles de cosas, tratando de encontrarle quizás una respuesta a su llegada cruzando el frío espacio a esa triste y solitaria situación.

El hotel no estaba mal, cuando entró con la chica negra todos los miraron, desde que habían bajado del taxi en avenida Rivadavia los transeúntes miraron a aquella pareja extraña, no tanto por el: flaco, de cabello castaño y rostro anguloso con nariz delgada pero un poco aguileña. Todavía Shenna llevaba su vestido amarillo aunque se cubría con un saco de piel de visón.
Juan estrenaba un impecable traje negro con muy finas rayas grises, una camisa blanca y corbata rojo oscuro.

No podía recordar como se besaron luego de algunos whiskys que le ayudaron a mejorar su ingles o lo hicieron sentirse más atractivo, tampoco pudo comprender como su esposa en Montevideo nunca se convenció que el viaje a Buenos Aires había sido absolutamente normal, Intuición femenina y de esposa que les llaman.

Fue su último viaje a la Argentina y aunque Shenna Monroe volvió definitivamente a Dallas donde vivía, temía que al pisar Buenos Aires volvieran aquellos recuerdos con tanta fuerza que comenzara a dejar de amar a Graciela si es que eso era a pesar de todo posible.

Juan Salvatore se quedó dormido sin saber que sus compañeros de viaje habían sido destruidos en una lluvia de meteoritos poco después de salir del agujero de gusano y que en la tierra los dieron a todos por muertos.

Catorce años después encontraron su cadáver petrificado en una nueva misión a Faetón.

FIN

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