Los Miserables

ricos y pobres

Los Miserables
Por: Darío Valle Risoto

Recorrí una reciente tarde gris pero sin mucho frío el camino de la pobreza tomando un colectivo diferente y me sentí triste y asqueado por la miseria de mi tierra que parece no tener cura para su enfermedad de cantegriles bautizados como asentamientos. Más no servirá de nada el renombrarlos si estos siguen dando a luz y a sombra: pobre gente retorcida.

Había una cierta belleza en ese niño escolar desnutrido que olía a meos y pidió permiso para sentarse a mi lado y en la señora con rostro indígena cargada de bolsas que se sentó como quien deja caer sobre el plástico inútil toda una vida de sufrimientos. Algunos teclean sus celulares como si disfrutaran de una larga charla filosófica sobre sus lugares en el mundo y sobre esta curiosa ruleta que nos parió juntos para separarnos en alguna lejana bifurcación del camino de la necesidad.

Observé a la muchacha que era hermosa e inmaculada y la vi bajarse en una cuadra adornada por caseríos de lata y bloques desiguales y pensé en su vida, en su familia y en las ganas de abrazarla y rescatarla y amarla para que sea otra y no pertenezca a esa infame destrucción. Creí y me convencí de que soy un hombre despreciable por desear cambiar un mundo que siempre será así de injusto por más que haya elegido determinadas banderas a lo largo de mi vida pero siempre todo termina en esto: en la miseria.

Y sentí asco y repulsión por mis ganas de cómprame cosas al pedo y por intentar creer que habrá una oportunidad de que retorne una solidaridad que acaso nunca existió o solamente fue una exigua chispa de aquello que inmediatamente fue acallado por la terrible piqueta del progreso y el oprobioso consumismo.

Afortunadamente hay una felicidad de la que ya no bebo pero se siente en la risa de los pobres e ignorantes que disfrutan sus cumbias y sus chistes zafados y de sus conquistas allá en la cancha cuando creen que el domingo se extenderá fuera de los estadios y recibirá en cada piedra o patada en la cara de la hinchada contraria un poco de justicia divina.

Y vi los templitos evangélicos humildes y perversos en medio de los caseríos y algún chalet fuera de contexto rodeado de rejas y cámaras y perros que tratan de asomar la cabeza antes de ser seguramente engullidos por la miseria que sube y regurgita mierda a su alrededor.

Observé a dos obreros sucios mostrándose fotos con sus celulares y escuché sus risas socarronas que seguramente engalanan alguna teta o algún culo robado de Internet para beneplácito de viejos gustos por un arte que solamente será propiedad de los otros.

Observé a la muchacha que era hermosa e inmaculada y la vi bajarse en una cuadra adornada por caseríos de lata y bloques desiguales y pensé en su vida, en su familia y en las ganas de abrazarla y rescatarla y amarla para que sea otra y no pertenezca a esa infame destrucción. Miré su chaqueta rosada, sus jeans gastados, toda ella muy limpia, sus ojos claros, su cabello arreglado y quise que tenga suerte y que alguna vez pueda escapar de ese barrio perverso y que pueda al menos asomarse a esta pobreza que yo ostento pero que de alguna manera ha escapado de eso.

Y recuerdo entonces aquel cantegril de la calle Avellaneda y a mi madre llevándoles juguetes a los niños malolientes y me veo enojado por el despojo solidario de mi vieja y veo sus dedos sucios metiéndose en la torta de naranjas y recuerdo que les temí y los odié por ser pobres sin saber que yo también lo era pero contaba con la notable diferencia de ser el hijo único de dos padres tan especiales como fuera de contexto.

Y hoy a veces me lamento por pensar tanto y siento envidia de esa ignorancia feliz.

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