Madres y Tiranas

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Madres y tiranas
Por: Darío Valle Risoto

Aquel hombre me despertó una inmensa tristeza, era un sentimiento egoísta porque en su realidad triste y desvastada podía ver también la mía.

Estábamos en un taller literario el que en realidad era una especie de club de lectura donde nos reuníamos una vez a la semana para compartir nuestras obras algunos con afán de escritores y poetas.

Este hombre ya veterano nos leyó un par de pequeñas obras teatrales que había escrito, muy ingenuas y casi infantiles sobre la vida y las costumbres de los Montevideanos. Inmediatamente cobré cuenta de que era un hombre frustrado y rezagado de las cosas hasta que lo confirmé cuando se despidió del grupo, aunque todavía era temprano, aduciendo que cuidaba de su madre muy anciana y enferma.

Lo volví a ver un par de veces más, con el tiempo agotado mi interés dejé de ir a ese grupo de poetas porque ya no me aportaba más de lo que me había aportado y sin embargo nunca olvidé a ese hombre de desgastado traje marrón, gruesos lentes de aumento y una tristeza en el semblante como la del condenado a muerte que camina los doce escalones a la horca.

Entreví quizás mi triste final atado a mi madre tras la muerte de mi padre a mis veinte años y sin posibilidad económica de emanciparme para hacer de mi vida lo que junto a ella era literalmente imposible. Comprendí que formaba parte de una larga lista de hombres y mujeres que deben dejar su vida a un costado para mantener a sus padres ancianos y por sobre todas las cosas postergarse indefinidamente cuando estos son de una estirpe vieja e intolerante de castradores.

Y todo giraba y gira en rededor de lo económico y lo afectivo porque quienes nos dan la vida también pueden complicarnos la necesidad de buscar nuestro rumbo si encima de ello no podemos encontrar alternativas económicas que nos den la oportunidad de vivir libremente.

A la salida de aquel baile uno de mis amigos llamaba a su madre para decirle que todo estaba bien, eran las cinco y media de la mañana, el tipo tenía como treinta años y se reportaba a su madre. Recordé mi conversación cuando nos pusieron por primera vez el teléfono y en la que le dije a la mía que ni pensara que me iba a reportar como un pelotudo.

Aún así desde que murió mi padre hasta que ella falleció fue un prisionero de esa realidad que me obligaba a buscar mi libertad pero siempre con la espada de Damocles sobre mi alma de esta especie de madre judía castradora e inflexible.

Pienso en aquellas mujeres que alrededor de los cuarenta años recién pueden casarse tras la muerte de sus padres, solamente para recuperar un poco de la juventud perdida donada al amor de unos progenitores que ven a sus hijos como su propiedad y así los usufructúan.

__ Madre hay una sola y me tocó a mi. __Me dijo en broma Eduardo cuando le conté esta realidad que me quitó los años hasta que a los treinta y tres quedé solo tras la muerte de mi madre, si así no hubiera sido quizás aún hoy cargaría con el peso de este amor que acogota y deprime.

Pero como el tema de los hijos insoportables, estas situaciones poco se difunden aunque sin lugar a dudas fueron el motivo de mucho de la bibliografía de Sigmund Freud y tantos otros que rastrearon en las neurosis modernas el hito de una cultura donde los hijos son hijos y propiedad hasta por el resto de sus vidas sobretodo en nuestras culturas latinas, pero también se puede rastrear el tema tanto en oriente como en parte de la zona anglo sajona aunque ellos tienen otra forma de resolver este tema.

Y si el respeto y el amor por nuestros mayores se vuelve en nuestra contra de tripas corazón y seguir tratando de sobrevivir aun con la naturaleza de una madre como la que supe tener y que debí enfrentar más de una vez cuando trataba de administrarme los afectos al punto de evitarme muchas relaciones o por otro lado elegirme otras.

Y si ser anarquista implica un amor por la libertad que va más allá aún de la propia necesidad, también es someterse al arbitrio de una realidad donde uno asume que pasaron los años y de ser criado pasó a ser quien ahora debe suministrarle la manutención a un anciano no siempre comprensivo y por sobre todas las cosas conservador.

Por lo tanto a pasos lentos uno debe hacerles reaprender que el mundo no es como ellos lo piensan y que quizás estuvieron equivocados toda su vida en muchos temas y en especial en lo afectivo, el sexo, la libertad y el derecho de hacer de la vida de uno lo que uno quiera.

Que la rebeldía es lo único que ha cambiado el mundo y que no todo lo que pasó siempre fue bueno o necesario y que la gente tiene padres, los padres hijos y aún así todos somos personas con el derecho y hasta la obligación de proyectarnos libres e independientes hacia nuestro propio futuro.

En 1995 falleció mi madre y ese día aunque inmensamente triste comencé a ser de verdad libre por primera vez, paradojas de la vida porque bien pudo y debió ser de otra manera, afortunadamente hay padres ancianos que piensan mejor las cosas y tratan de ser felices a través de la felicidad de sus hijos aunque estos tomen caminos muy diferentes a los propios.

Y 1996 fue mi año, como si la naturaleza me devolviera lo que había perdido recuperé el tema postergado en el amor, tuve tres intensas relaciones que duraron algunos años más y aprendí cosas de mi mismo que me sorprendieron porque fue todo bueno y realmente disfrutable aunque bien pudo pasar mucho antes.

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