Sarah…aquella tarde

landscapes-5-21Sarah…aquella tarde
Por: Darío Valle Risoto

Aquella tarde el mundo pudo haberse detenido en el brillo de sus ojos o tal vez en el leve mohín de sus labios cuando me vio llegando a la plaza, pero el mundo no se detiene por nada, tal vez por un meteorito o una guerra atómica pero nunca por los ojos verdes aún de esa mujer inconteniblemente bella como era Sarah.

Yo sabía que ella esperaba que le confesara mi amor, mi absoluto e irrenunciable amor y bien que pudo ser así, más nunca he podido confesar nada y mucho menos a otra persona.

Nos habíamos quedado de ver para estudiar, ella llevaba sus apuntes en un grueso cuaderno que apretaba mientras sonreía y yo con las manos en los bolsillos no llevaba nada más que una enorme bola en mi garganta que apenas si me dejaba respirar.

Nos dimos un beso, tenía un fabuloso perfume, para colmo el viento hizo ondular sus cabellos castaños claros, tenía un vestido verde con margaritas impresas mientras que yo lamente no haberme puesto un pantalón más limpio que ese Jean gastado.

Cruzamos al lado de la fuente, era verano y unos niños negros se bañaban en ella contra la protesta de unos viejos que sentados levantaban sus bastones vociferando que no se podía hacer eso y otras macanas de viejos.
Uno de los niños me pidió una moneda y le di unos centavos solamente para que se aparte, ella me miró como si de pronto se revelara en mí una generosidad propia de los héroes griegos y entonces me sentí mejor y con más confianza en mi mismo. Claro que eso duró hasta que llegamos al restaurante.

Me preguntó por que había llevado mis apuntes porque el examen era en tres días y le dije que los había olvidado, entonces apartó la mirada, bajó los ojos y comprendí que se sentía acorralada por mi presencia. Para aplacar las cosas le pregunté que iba a tomar y solicité lo mismo que ella a una camarera con aspecto de mujer muerta por lo pálida e inexpresiva.
Una patrulla pasó rompiendo el silencio y detrás una ambulancia, su rostro se entristeció y yo dije una tontería cualquiera que hizo que me volviera a mirar con ese par de ojos verdes que parecían de otro mundo, de otro planeta.

Me preguntó si yo gustaba de ella justo cuando la zombie nos trajo un par de refrescos y traté de no contestarle nada claro porque apenas si podía hablar, reparé que tenía las piernas cruzadas y llevaba esas sandalias romanas con tiras cruzadas de cuero.

Me volvió a preguntar y le confesé que me era difícil ser sincero porque ella me quitaba el aire y detenía mi respiración cada vez que la veía, eso desde el primer día de clases. Le pareció raro que yo nunca hubiera expresado mis sentimientos y en ese momento una sombra nos cubrió, era una nube que presagiaba que pronto iba a llover, el sol y la enorme claridad de pronto se habían ido y también los niños de la fuente de la plaza y los ancianos que protestaban por todo.

El mundo quedó petrificado en esa escena que jamás pude olvidar de ella con su vestido verde con margaritas impresas sentada afuera del restaurante a mi lado tratando de que yo expresara lo inexpresable.
Tampoco pude olvidar que de adentro alguien en la moviola había puesto el tema Wonderful World en ese preciso instante, como si fuera una amenaza de todo lo aquello que ya estábamos perdiendo.

Hoy han pasado exactamente cincuenta años de aquel encuentro y todavía parece que tengo presente cada segundo y el perfume y la sonrisa de aquella Sarah que jamás volví a ver.

fin

 

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