Las memorias del gato tuerto (Fragmento)

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Las memorias del Gato Tuerto

Por: Darío Valle Risoto

Comparto con ustedes una pequeña parte, apenas un vistazo de la novela que ya hace un tiempo estoy escribiendo, la del título  y que me tiene bastante frustrado porque no encuentro casi tiempo para concluirla aunque en mi mente haya adelantado bastante, espero que les guste aunque los otros protagonistas no estén presentes en esta parte.

(…) Una gota esquiva, casi escondida y tal vez rescatada de un pasado fortuito recorrió toda la nervadura de la hoja y calló sobre el caracol que estremeció sus cuernos y continuó reptando sobre la agrietada baldosa mientras era observado por un enorme ojo amarillo.

Había olor a lluvia en la atmósfera, la humedad lo cubría todo como un manto de fríos recuerdos en un mundo demasiado ajeno para los habitantes del jardín. Sin embargo el gato tuerto había irrumpido pertinazmente buscando solazarse con una caza afortunada o probablemente impelido por la tradicional curiosidad felina. Un gorrión picoteaba piedrecillas bajo la lupa insidiosa de ese único ojo vivo, del otro lado el hueco oscuro y vacío de la cuenca no podía mirarlo pero parecía atento en su negrura profunda y muerta.

La casa no era muy grande pero tenía a su alrededor amplios jardines habitados por gran variedad de arbustos sabiamente dispuestos dentro de sectores rodeados de pequeños muros de piedras blancas, las baldosas del patio eran azules grisáceas traídas especialmente desde Italia por sus dueños la familia Hayazawi. La casa tenía ventanas blancas con postigos que dado el calor reinante luego del aguacero aparecían abiertas, una anciana enjuta y encorvada salió soportando gran parte de su liviano peso sobre un bastón torneado.

Había olor a vida en el aire, un colibrí libaba el néctar de las flores junto a la pared enorme que separaba la finca de la de la familia Nogales. Los Hayazawi eran una familia llegada desde Okinawa después de la gran guerra, la anciana era hermosamente arrugada y pequeña como un viejo papiro que proviene de las lejanas bóvedas de antiguas pirámides.

El gato la observó caminando lentamente por el camino central y se acercó con la tradicional renuencia de los felinos a los que es casi imposible tomar desprevenidos. Su ronroneo pudo ser ensordecedor cuando la vieja mujer se agachó a acariciarlo.

__ Hola Kokoro. ¿Cómo has estado?
El gato tuerto golpeo amigablemente la cabeza contra la pierna derecha de la mujer que buscó unas galletitas en el bolsillo de su blusa y se las alcanzó. Los gorriones se subieron al bebedero un poco más tranquilos porque el felino ya no los tenía en la mira y el colibrí se hundió entre las sombras verdes y negras del frondoso árbol de paraíso.
La mujer les agradeció a sus ancestros la sublime posibilidad de continuar viviendo con ochenta y nueve años solo para estar rodeada de esos jardines casi irreales que a pesar de la humedad que comenzaba a sentir en sus huesos eran como el refugio de un mundo absolutamente diverso pero no exento de tristezas.

__ Hacía tiempo que no venías por casa Kokoro, ¿Encontraste nuevos amigos?
El ojo amarillo y único del gato se detuvo en la anciana y por un preciso instante ella creyó notar la imagen de un breve cuento sobre una muchacha de cabellos rubios tan sola como todos los que en esta tierra suelen quedarse apartados de la marea avasallante de las muchedumbres.

La anciana se sentó en una de las reposeras que estaba seca y lanzó un suspiro de satisfacción, el gato inmediatamente trepó a su regazo, pequeño regazo cansado de una mujer que bien podría escribir una larga novela donde habría desde una bomba atómica a un breve romance con un teniente norteamericano, luego el viaje a América y el destino incierto de ser inmigrantes lejos de casa.

Había algo mágico en Kokoro, ese nombre era el que la anciana le había dado pero bien que para otros podría llamarse solamente “El gato tuerto” o Tomás o quizás hasta nombres un poco más rebuscados como Aristóteles, ¿quién lo podría saber?

La mañana en el jardín fue transcurriendo más lenta que en el resto del mundo porque el tiempo suele también tomarse descansos en lugares donde hay tiempo para permanecer en silencio disfrutando de la vida. La anciana entrecerró sus ojos pequeños y el gato ya se había dormido en su falda.(…)

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