Recuerdos de allá lejos

landscapes-5-30Recuerdos de allá lejos
Por: Darío Valle Risoto

No creo que mi niñez haya sido feliz pero tengo más de cuatro recuerdos de los buenos que prefiero poner sobre la pila de mis vivencias, por sobre las peleas de mis padres, las palizas de mi madre o los terribles ataques de asma que me ponían en situación de desear mi muerte con tan solo siete u ocho años, tal ves con menos.

La escuela Felipe Sanguinetti tuvo principal importancia en mis primeros años, también y muy especialmente el Mercado Modelo donde trabajaba mi padre y en tercer lugar el cine Intermezzo, Creo que esos tres edificios triangularon mi niñez de una forma especial a los que les podría agregar múltiples lugares de compra y canje de revistas de historietas que me veían prácticamente a diario buscando a mis héroes de máscaras y capas.

El cine era mi templo, mi recinto mágico, la maravillosa ventana donde asomarme a otros tiempos, otros espacios, otros mundos y olvidarme del asma, de la pobreza de un cuarto de conventillo que “se llovía como afuera” al decir de mi madre y aprender otras cosas que en la escuela no podía aprender como el defender a los más débiles o alcanzarle una mano amiga a los necesitados.

De mis padres aprendí la solidaridad de los pobres, aquella forma de compartir hasta lo que es más escaso y brindarles parte o todo de lo poquito que se tiene a parientes, amigos o a los que necesitan una mano. No había necesidad de fe religiosa o excusas de Biblias. la miseria era económica pero nunca moral, había una escala de valores infranqueables que puso a mis padres en mi memoria como seres muy especiales a pesar de sus grandes y pequeños defectos.

“El rico vive del pobre y el pobre de su trabajo”: Decía mi padre y fue una lección que nunca se me olvidó. Mi madre venida del interior a trabajar con cama había tenido patrones yanquis, judíos, portugueses, franceses y había aprendido mucho de esas culturas pero nunca agachó el lomo y me parece verla renunciar cuando era mal tratada y salir con sus dos valijas a la madrugada sin trabajo ni cama donde dormir pero con la frente en alto.

A los dos les gustaba dormir y mucho, apolillaban de lo lindo, recuerdo la siestas en que yo jugaba solo en el pequeño patio que tenía, leía una y mil veces las revistas de Superman o dibujaba en las hojas blancas que mi padre me traía por montones del mercado. Tenía cientos de soldaditos que desparramaba por el patio y que indefectiblemente defendían el fuerte que me había hecho mi tío Alejandro el carpintero. Los indios asediaban al avanzada blanca y yo jugaba remedando los gritos de guerra y los disparos en voz baja para no despertar a mis padres.

Pero mi niñez también tuvo carreras a la noche para la urgencia en el hospital Pereira Roussel con tremendos ataques de asma, las nebulizaciones y aquella noche en que me dejaron internado y no se me olvidará jamás la silueta enorme y triste de mi padre junto a la puerta de la sala con otros niños durmiendo en una docena de camas. Tampoco puedo olvidar que en una mesa había una pila de revistas y que leyéndolas llegó el amanecer y allí también mi madre que de seguro corrió a por mi cuando mi padre regresó solo a casa.

Había una suerte de magia extraña en aquella pieza de conventillo con una pequeña cocina y un diminuto patio, con dos baños colectivos afuera en la zona prohibida donde jugaban mis primos, unos “desorejados” al decir de mi madre.

Tenía compañeros de escuela que iban a jugar a casa, con toda la pulcritud y pobreza que se les ofrecía los chiquilines estaban encantados, mi madre nos hacia la leche, mi padre conversaba con nosotros sobre las series de televisión, las historietas, los súper héroes y mis amigos encantados y yo un poco celoso.

Lo más raro de todo era que las pocas veces que iba a sus casas ni un vaso de agua me daban, tenían de todo, lujo, auto, jardines bien arreglados pero algo siempre me parecía que les faltaba. Cierta vez se lo comenté a mi madre enojado porque nosotros los recibíamos con todo y en sus casas era diferente y ella me dijo que la mayoría eran hijos de padres separados o que en sus hogares pensaban diferente, aún así nosotros éramos como éramos y punto.

En mi casa hasta el día de hoy lo poco que hay se comparte aunque del otro lado haya un muro frío de gente que no sabe que lo más importante es ser considerados con los demás. Creo que mi niñez no fue feliz pero tampoco fue tan mala que digamos.

FIN.

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