El sueño del perro (Cuento)

SketchGuru_20160626135120El sueño del perro
Por: Darío Valle Risoto

Sacó sus dientes postizos de adentro del vaso, se limpió los dedos húmedos en el gastado pijama mientras se los colocaba y se arreglaba los ralos cabellos grises con la otra mano. Miró por millonésima vez a los cuadros de la pared y por mil millonésima vez pensó en que algún día los iba a tirar a todos a la misma mierda.

Se enojó porque una de las pantuflas estaba debajo de la cama lo suficientemente lejos como para no alcanzarla con un pie y se tuvo que agachar quejándose cuando sus viejos huesos tuvieron que acomodarse para llegar al lejano objeto confín de sus prendas allá donde tenía que servir a su pie izquierdo.
Vida de mierda, pensó mientras se calzaba la pantufla vieja y malherida muchas veces por los dientes de su perro Simón que ahora no estaba en el cuarto.

Le pareció raro que su pequeño perro no haya saltado a sus cama cuando se despertara, lo llamó y nada, así que terminó por desperezarse mientras caminaba por el corredor iluminado por una lámpara que amagaba a quemarse asiéndole guiñadas intermitentes de luz y oscuridad.
Lo encontró peludo y quieto junto a la puerta del baño, tenía más de diesicoho años el pobre amigo que ya no será casa de pulgas, ya no ladridos acompañándole la soledad. El viejo largo el moco, lloró agachado con dolor de huesos acariciando el cuerpo del perrito que ya no correrá por la casa y no volverá a morderle las pantuflas y romper las flores y aullar como loco cuando un auto toca la bocina en la calle.

Se maldijo por no darse cuenta de que era una mala señal que pasara los últimos días casi sin comer, pobre Simón que alguna vez fue cachorro allá en el tiempo en que no tan viejo se negaba a tener una mascota y sin embargo el perrito se había transformado en el compañero ideal.
Lo puso adentro de una caja de cartón y salió al fondo, con inocultable trabajo hizo un pozo con la vieja pala de plantar flores y metió la caja, la tapó con tierra y sobre el montículo colgó en una ramita la medalla de la patente.

Los perros no tienen religión, pensó y quiso sonreír pero aquella noche se le había terminado el humor.
Entró a la cocina, cansado como el atlas que sobrecogido sostiene al mundo y trastabilla de tanto peso titánico sobre sus hombros.
Miró a la mancha de orines debajo de la mesa, otra vez Simón había meado dentro de la casa pero esta vez ni puteo ni se calentó, solamente agarró la pava y la llenó de agua para tomarse unos mates y pensar en la vida.

Los viejos después de los setenta piensan mucho en la vida, de la vida que se gasta, de la que se fue, de la que se va y de la que queda por ir. Los viejos cuando les queda poca vida piensan en ella como el amante aquel que vio el barco de la amada partir para nunca más poder abrazarla de nuevo por más promesas de regreso que dejen las cartas perfumadas o las frases de consuelo mientras ella subía la escalera al navío y las lagrimas inundaban sus ojos azules.

___. ___ . ___

El viejo se levantó y reparó en que los dientes seguían dentro del vaso como sonriéndole sin boca, los sacó y cuando se sentó en la cama el perro entró como un huracán y se ensañó con su pantufla izquierda.
Perro de mierda, pensó pero luego recordó el mal sueño que entre nubes inciertas le trajo la muerte del pichicho y entonces lo levantó con sus manos agrietadas y frías y lo besó a más no poder.

Perro de mierda, me asustaste. Dijo bajito como para no ofenderlo y entonces haciendo uso de toda su voluntad se fue a lavar la cara, se acomodó el pelo, se vistió y tomándolo por la correa lo sacó a la calle.

Usted no me va a tomar en serio pero anoche soñé que se me moría y entonces lo traigo para hacerle un examen si es posible señorita, le dijo a la muchacha de la veterinaria que sonriendo llamó a su madre.
La profesional es ella, yo solo atiendo, le dijo solícita mientras una señora de cabellos atados y teñidos de rubio entró precedida de un dulce perfume a violetas que contrataba con el olor a alimentos para perros y gatos en el aire.
Fueron al fondo y lo puso a Simón que movía la cola sobre una mesa metálica, lo auscultó y dijo que para ser viejo lo veía bien pero que le iba a recetar unas pastillas para los riñones.

Pero vos no te acordás de mí, le dijo al cliente tuteándolo y sacándolo de su intención de preguntar cuanto le iba a costar la consulta y los medicamentos porque estaba jubilado y no le alcanzaba ni para vivir.
No la verdad que no, le dijo con miedo a que fuera una antigua enemiga o quien sabe que broma le estaban preparando sus últimos días.
Ella le dijo que se llamaba Eva y que habían sido novios allá por los sesenta y que sabía que vivía a unas cuadras porque lo había visto sacar al perro pero que no se había animado a saludarlo y que…

Evaristo volvió con el perro y cuando entró puso el paquetito de pastillas sobre la mesa del living, la casa olía a viejo y naftalina, algo tenía que hacer, limpiar un poco, ver como iba a encajar en su vida esa sensación de que ahora Eva estaba por ahí cerca y que casi lo había obligado a volver a la veterinaria y tal vez salir una tarde a tomar mate a la rambla y quien sabe después.
Perro de mierda, dijo, mirándolo a Simón que volvía del cuarto con la pantufla izquierda entre sus dientes moviendo la cola.

FIN

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