Leandro se levantó cansado (Cuento)

dcea7cf4fd342aa92dae1e1733bf8a4bLeandro se levantó cansado
Por: Darío Valle Risoto

Leandro se levantó cansado, no era la primera vez que dormía mal, hacía meses que los sueños lo abatían, malos sueños, sueños oscuros, desagradables. Afortunadamente mientras estaba sentado en la cama reparó en la silueta de Magdalena sobre las sábanas, al pasar su mano aún persistía el tibio, leve calorcito de su cuerpo.
Al levantarse no la tendió como solía ser su costumbre, de verdad era su costumbre pero ya casi no lo era, habían cambiado algunas cosas en los últimos tiempos y no tenía idea aún si era para bien o para mal, de verdad que no lo sabía.
Al mirarse en el espejo del botiquín del baño vio que tenía la barba crecida, podía afeitarse y darse un baño pero era domingo, lo que significaba que no tenía porque repetir el cotidiano trajín antes de irse a la oficina.
Pero si era domingo… ¿A dónde había ido Magdalena tan temprano y sin despedirse?
Se lavó la cara y se secó lentamente, poco a poco volvía a la realidad porque había soñado mal y seguía cansado, un café negro bien cargado seguro lo iba a poner en juego para disfrutar del día como debía ser.
En la cocina las cortinas estaban corridas y el resplandor del sol llegaba hasta la pared opuesta, afuera en el jardín volaba un colibrí sobre las madreselvas, seguro que estaban a punto de llegar al verano y todo se iba a ir acomodando.
Puso agua en la máquina de hacer café y limpió el filtro colocando nuevo café molido de Colombia, con ese aroma cautivante que lo hacia recordar una niñez allá en Lavalleja cuando todavía todo era nuevo y agradable.
Al encenderla reparó en que no la había enchufado, al agacharse tomó el cable y luego si funcionó, buscó su taza en el aparador. Era raro porque estaba bien al fondo como escondida detrás de un paquete de cereal.
Su taza con el emblema de “Superman” le había acompañado largos años, tenía hasta una pequeña rotura cerca del asa, recordaba muy bien como se había producido el salto del esmalte: se les había caído haciendo el amor en aquella cabaña del Polonio durante su Luna de miel.
La máquina comenzó a gorgotear y el aroma a café lo cubrió todo, era como el abrazo de una madre feliz, era como sentirse vivo.
Aún estaba en calzoncillos cuando se sentó a saborear su café en la mesa de cármica con decoraciones de frutillas y hojas verdes sobre fondo blanco, era una mesa muy sesentera que la tía Olga les había regalado cuando alquilaron la casa.
Puso el mantelito individual y luego su taza, no quedaban galletitas en la lata, poco importaba, no tenía hambre, solamente tenía que despertarse de una vez por todas para esperarla, pero: ¿A dónde había ido Magdalena?
Después de beber el café lavó la taza y sin saber porque la guardó justo en el lugar donde había estado como escondida al fondo del anaquel detrás de la bolsa de cereales “Mix”.
Dejo todo tal cual si no hubiera estado allí y volvió sin pensar a la cama donde aún la silueta de su compañera, de su amada estaba como indeleble a la derecha y junto a la superficie casi liza donde él había dormido.

Magdalena llegó antes del mediodía, se quitó la cartera y la gabardina y las colocó en el perchero, luego se sacudió la cabellera, fue al baño y se lavó la cara, en el espejo su rostro de piel negra brilló pero no de alegría.
Se sentía triste, fue hasta el living y no pudo dejar de mirar la foto en que estaban con Leandro y que les habían sacado un mes más o menos antes del accidente, si todavía le dolía la pierna y rengueaba un poco los días de tormenta.
Fue al baño y se dio una ducha, luego se sintió un poquito mejor y al entrar en la cocina le pareció sentir el aroma del café aunque sabía bien que no había desayunado para ir temprano al cementerio. O quizás porque tenía que irle a dejar flores a lo que quedaba de…
Caminó desnuda hasta el cuarto donde también olía a café, estiró las sábanas y volvió a pensar una y otra vez en la muerte de Leandro, en ese estúpido accidente en la ruta y en que solamente le quedaban sus fantasmas.

FIN

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