El tango no tiene edad

IMG_20140217_0010El tango no tiene edad
Mis encuentros con esta música ciudadana.
Por: Darío Valle Risoto

Ilustración de portada: Grabado de César Ureta, serie sobre el Tango

No me crié en un conventillo de la calle Olavarría pero si en uno de la calle Juan Jacobo Rousseau al 3468 de la barriada de la Unión en Montevideo. De aquellos recuerdos entre tristes y felices tengo indeleble en la memoria al. “milico del fondo” como lo llamaba mi madre.
En realidad Miguel era un tipo despreciable por donde se lo mire, pero no es este un artículo sobre este personaje sino sobre su afición al tango por lo que además de la radio que siempre escuchaba mi madre se solía colar desde su pieza una radio invariablemente puesta con la estación “Clarín”, emisora que aún hoy día se encarga de difundir tangos y folclores durante toda la jornada.
Pero debo también agregar que mi padre era un admirador de Carlos Gardel y hasta conocía muchas letras de tangos que a veces me tarareaba y yo diría que muy bien, lamentablemente solo una vez llegamos a grabarlo en cassette pero esa cinta se perdió para siempre.
Por su parte mi madre que era mujer del campo desde luego que iba más por el lado del folclore y por alguna audición de payadores en la radio o cosas por el estilo amén de que también le gustaban los Beatles y con los años se hizo muy fanática de Pink Floyd y de Queen.

Este artículo viene a por desechar ese mito de que el tango nos suele alcanzar alrededor de los cuarenta años ya que al menos en el Río de la Plata este estilo que realmente me apasiona, afortunadamente lo podemos encontrar casi en todas partes y supongo que mucho más aún en Buenos Aires que en Montevideo.
Allá por los veinte años ya viviendo aquí en Belvedere comencé a trabajar en los talleres gráficos Barreiro y Ramos donde estuve casi trece años, allí además de consolidar mi ideología anarquista también conocí una variopinta colección de compañeros que me ayudaron a ser el hombre que hoy definitivamente soy.

De estas personas hubo un compañero ya veterano llamado Atilio que era aficionado a tocar el bandoneón y del que aprendí muchísimo sobre el tango y algunas anécdotas sobre Carlos Gardel y sobre esta particular música que me entretenían en las largas jornadas en que me ponían como su ayudante en la guillotina Polar.
Lo más curioso era que yo rápidamente iba cambiando mi forma política de pensar hacia la Izquierda mientras que Atilio era un derechista admirador del ex presidente Jorge Pacheco Areco, un personaje realmente siniestro en la historia contemporánea del Uruguay por su protagonismo hacia lo que sería luego la dictadura del 73 al 85 en este país.
Aún así durante los años en que trabajamos juntos el tango nos unía y por supuesto el respeto mutuo y la capacidad de comprender que el otro, el compañero que teníamos en frente tenía una ideología diferente y muy opuesta.

Es así que el tango siempre estuvo a mí alrededor, lo imbuía todo de esa perfecta poesía ciudadana que trasciende los dichos infames sobre su tristeza de gentes que poco lo conocen o de aquellos que creen que es solo para veteranos o viejos en esta vida.
También mi gran amigo Juan Torradefló el que cierta vez me dijo que “él me había hecho rockero mientras que yo lo había hecho metalero” también era un aficionado al tango y solía tener algún vinilo de Carlos Gardel, sobretodo quedó indeleble en mi memoria aquella tarde en que su ex compañera pasó a buscar por su casa algunas cosas y el mientras que ella juntaba libros y trastes le ponía una y otra vez el tango: “Te fuiste…ja ja” cantado con cierto tono de complicidad por el morocho del Abasto.

Así que llego al hoy en que estoy por suerte reencontrándome una y otra vez con el tango y si bien desde hace años sostengo que mi trilogía preferida son: Goyeneche, Julio Sosa y Piazzolla, estoy escuchando muchísimo a Edmundo Rivero y claro que Carlitos Gardel está por siempre fuera de concurso como “el carro del Chaná” que de tanto ganar en los viejos concursos del carnaval lo dejaron por afuera por ser imbatible.

Charlo, Juan D’arienzo que tanto le gustaba a mi madre y algunas orquestas típicas son lo que me vengo bajando en estos días sin evitar un escalofrío cuando me quedó grabado en la memoria aquella situación en que mi madre me preguntó siendo niño si pensaba al ser grande en casarme y tener hijos y le dije que mi sueño era vivir como aquel “milico del fondo”, es decir: solo, escuchando tangos y sin nadie que me venga a complicar la vida. Esto último es cosa de ahora pero creo que por ahí venía la cosa.

Por último mi casi único y mejor amigo César Ureta anda soportándome desde que lo heredé de mi compañera Julia allá por el 2004 en que me lo presentó ya sabiendo que eran pareja de baile en esta cosa del tango y por cierto que bastante buenos por lo menos para mi ojo poco favorable a esas lides.
César además de ser un buen bailarín de tango aunque no lo admita nunca es un verdadero caballero de otra época, supongo que en muchos aspectos también yo lo suelo ser por algunas formas que tenemos en cuanto al respecto y como nos manifestamos en la vida pero es realmente bueno tener un amigo con que ir a alguna milonga o solamente conversar mientras escuchamos a estos maravillosos intérpretes de todos los tiempos tanto en lo vocal como en lo instrumental.

El tango está allí como poesía urbana y absoluta, como baile sensual y como indeleble pintura de dos ciudades más que amigas hermanas y herederas de una cultura, una estirpe venida de Europa de tanos y gallegos que contagiados de ritmos africanos fueron pariendo un estilo que hoy día es seguido por todo el mundo y que no se agotará nunca.

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