Neo Vampiros 42: Resurrecciones

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Neo Vampiros 42
Resurrecciones
Por: Darío Valle Risoto

Llegaron al Prat al caer la tarde, aún quedaban en al parque algunos novios furtivos y guardias civiles recorriendo la zona a resguardo de chavales molestos.
__Presiento que está por acá en alguna parte. __Jadeó Piedrafina. su mujer lo miró incrédula pero en el fondo ella también sentía a Henrich como a una sombra fría y próxima. Caminaron por el sendero norte sobre los jardines y luego fueron hacia los árboles, de pronto en una zona cubierta de hojas secas, Piedrafina se agachó y comenzó a rascar la tierra como un loco afiebrado.
__ ¡Que está aquí coño!, ¡Estoy seguro!
__ ¡Pues no grites que nos van a pillar!
A pocos centímetros encontró el rostro de Henrich que abrió los ojos enrojecidos, lo sacaron con poco esfuerzo, no pesaba nada, era como un alma, como parte del viento frío que les cubría a pesar de ser Noviembre.
Lo hicieron caminar para pasar disimulando entre la escasa gente, la luz de los faroles se encendió, apoyado en los hombros de ambos parecía que estaba borracho, pero en verdad era un no muerto despertando lentamente de un letargo reconstructivo.
__Gracias Piedrafina eres un buen hombre y a ti Nora, gracias a ambos.

En Uruguay la noche estaba a punto de morir y una débil luz de sol luchaba con profundos nubarrones que pretendían esconder el día por comenzar. Un puño levantó trozos de tierra y raíces y una mano menuda seguida de un cuerpo delgado y femenino emergió de una oquedad húmeda y oscura.
Lorena quedó de pie junto a un enorme árbol, estaba aún sintiendo la vida de Henrich como una perforación en el pecho, nunca hubiera imaginado que estaban tan conectados como cuando presintió que lo habían matado arrancándole media cabeza de un tiro.
__Perdóname, no pude hacerme niebla e ir a ayudarte__ Dijo en voz baja.

Caminó hambrienta fuera del parque Roosvelt, un hombre observaba extrañado a su enorme perro Rottweiler agachar la cabeza a su paso y proferir un leve gimoteo.
Pero el día iba a venir y no estaba dispuesta a enterrarse de nuevo, así que robó un auto y manejó contraviniendo todas las normas hasta las inmediaciones del Prado. Entró a su casa, parecía que hacía siglos que no estaba allí, el perfume de Paula llenaba el aire, Parisino y embriagador.
Entró al sótano en el preciso instante en que un rayo de sol recorría el enorme salón del living como buscando una nota que le habían dejado sobre la mesa baja delante de la chimenea.
Se tiró en el ataúd y cerró los ojos estaba cubierta de tierra, no había reparado en ello y sonrió antes de dormirse pensando en la mirada asombrada de la gente que se le había cruzado en el camino. Una chica pálida y menuda vestida de negro manejando prácticamente cubierta de tierra.
No era muy común en Montevideo.

Nora desnudó a Henrich y lo lavó lentamente de pies a cabeza, el agua barrosa corría por su cuerpo extremadamente blanco, lo habían puesto en la bañera y Piedrafina había preferido cortarle parte de la ropa con una tijera, de todas formas estaba cubierta de la propia sangre reseca del vampiro.
Sus cabellos negros y largos caían al borde y su barba aún permanecía eternamente cuidada, Nora le limpió las uñas largas, él con los ojos cerrados trataba de esquivar la enorme e imperiosa sed de sangre y el sonido de los latidos de la mujer de su amigo.
Piedrafina entró con dos bolsas de color carmesí en la mano y miró a su compañera.
Le dejó las bolsas a Henrich sobre el piso mojado junto a una de las patas de la bañera y miró a Nora, ella comprendió y salieron por un momento del baño.

Ambos se tomaron de la mano, hacía tiempo que no se tocaban, pero el miedo resultante de los extraños ruidos de gruñidos y succiones que se sentían a través de la puerta del baño los impelió a hacerlo. Algo llamado Henrich: una mezcla de hombre y de demonio que los cristianos llaman “Vampiro” se estaba alimentando luego de algún tiempo y no era un buen espectáculo sentirlo, mucho menos seria verlo.

Lorena unas horas después salía del baño, se sentía como nueva y cuando estaba a punto de tomar el celular para llamar a Paula encontró una nota en el living escrita con fina letra gótica.

”Paula está conmigo, ¿Por qué no te reúnes con nosotras?”
Avenida de las Acacias 22
Felicia Morrigan Westenra.

Juicio y Castigo

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