Miss Mischief: Vampira galáctica

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Miss Mischief
Por: Darío Valle Risoto

En mi afición por coleccionar fotografías de Suicide Girls tanto como de chicas Pin-Up, lo que muchas veces colisiona en fabulosas fotos como estas me he encontrado con esta chica usamericana que lo primero que me trajo a la mente por su estética fue una especie de: vampira rockera galáctica de esas buenas películas de ciencia ficción de los años cincuentas.

Pueden buscarla por el facebook, a fin de cuentas de allí me robé estas imágenes que la verdad es un trabajo tremendo tratar de elegir las mejores para compartir en Los Muertevideanos.
Gracias Miss.30511323360b

La tela de Cassandra

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La tela de Cassandra
Por: Darío Valle Risoto

El pasado y el futuro no valen
Aunque te hayan lastimado
Cassandra.

Sos mujer y estarás acostumbrada
Quien no fue violado no sabe
Quien no fue golpeado no debe
Reconocer el espanto
La tristeza callada,
Las lágrimas nocturnas
Y la prisión de ser amada
Por quien siempre te lastima.

Parirás con dolor Cassandra
Para superar la soledad
Y la angustia de ser una mujer
Tan hermosa como frágil
A fin de cuentas como madre
Dicen los inicuos…
Que debes ser culpable
Por dar vida.

Así marcha la telaraña
Llevada por un viento masculino
Donde el ser mujer es fabuloso
Pero nadie parece…
Comprenderlo Cassandra.

Neo Vampiros 41: Los calabozos del alma

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Los Calabozos del alma
Por: Darío Valle Risoto

__Es hora de sacarlo mi Coronel.
Ramón Caballieri miró a través de la ventana del despacho hacia el centro del patio del cuartel, sobre el piso de tierra rojiza en Tacuarembó un hombre permanecía estaqueado de cara al sol.
__Hasta mañana, déjelo hasta mañana a ver si se le va lo comunista.
__Pero señor… __Balbuceó el teniente Domínguez, sus ojos chocaron contra los dos pozos sin fondo de las oquedades negras de los de su superior.
__ ¿Lo quiere acompañar Domínguez? __Le preguntó apoyando su enorme cuerpo sobre el escritorio. Sus dos manos enormes, velludas parecían las de un gorila. su rostro comenzó a enrojecerse, mala señal.
__Permiso para retirarme, señor. __Dijo cuadrándose, su jefe le hizo un gesto con esa cabeza grande como la de un toro.

Mil novecientos setenta y seis, las cosas andaban mal para el ejército, algunos políticos en el exilio comenzaban a levantar la perdiz sobre las malas inversiones y la fuga de capitales de la Corporación para el Desarrollo, para colmo se habían perdido algunos mercados para la venta de carne en el exterior. Y como es tradicional en los ámbitos fascistas, los más débiles se llevan la peor parte y se vuelve una y otra vez a interrogar a los prisioneros, hace tiempo que poco importa lo que digan solo se les da máquina, la terrible máquina de tortura no se detiene.

Antonio recuerda las tardecitas en el comité tomando mate con los compañeros y escuchando a los Olimareños, recuerda tantas cosas y ni siquiera puede llorar, deshidratado está de frente a un sol terrible, punzante.
__ ¿Lorena?, ¿Cómo estará, tan chiquita, tan diminuta y pálida?
Una sombra le tapa el sol apenas si nota que algo se apaciguó la luz, ampollado si abre los ojos teme quedarse ciego para siempre.
__Te van a sacar mañana. __ Le dice una voz potente, siente las botas que se alejan en dirección a las barracas, en su mente hubiera querido que se demorara un par de segundos más para regalarle esa preciosa sombra. Pero Antonio sabe que a los verdes les tienen prohibido hablar con los prisioneros, los altos mandos y los entrenadores de la CÍA. siempre están advirtiendo sobre el riesgo de que al confraternizar algún soldado se les vuelva subversivo.

Reelabora por milésima vez las clases de Marxismo en la clandestinidad, las conversaciones con los obreros en los gremios y las enormes dificultades para que entren en razón, para que comprendan que la propiedad privada es un robo y…

Los desmayos vienen de a tandas, le dan dos o tres por día, Antonio teme que sea un tumor o algo peor, nadie lo atiende, cierta vez antes que llegara una inspección de la cruz roja le dieron dos aspirinas y se las comió saboreándolas como un postre.
El teniente Domínguez miraba esa silueta carcomida de hombre apuntalada sobre la tierra roja. Un raso lustraba sus botas sentado en una silla con las patas reforzadas con alambre, era un negro de Joanicó con una boca descomunal.
Cebó el mate, el agua estaba fría y escupió al piso, largó una puteada y cuando iba a mandar al negro a limpiar pensó en esa escupida verde y en el tipo sin agua, en el comunismo y la patria, pensó en muchas cosas.

__ Ya limpio señó.
__ Siga con lo suyo tropa.
Le pasó la bota a la escupida hasta que el piso de portland lustrado quedó casi seco. Miró el reloj preguntándose porque ese tipo le daba más lástima que los otros. A fin de cuentas era un comunista de mierda.
__Dígame tropa: ¿El Coronel ya se retiró?
__Si señó, se fue pa’las casa.
Se rascó la cabeza un instante, tomó el repasador medio sucio de la mesa donde descansaba una tabla con algunas longanizas y la cuchilla y sobre el trapo derramó un poco de agua del termo.

Miró al negro, no recordaba su nombre, a fin de cuentas era un tropa bruto y desgraciado como cualquiera que se mete a la milicia.
__ Escúcheme, va con este trapo escondido en la mano hasta donde está el prisionero tirado, me lo hace cuando el guardia está lejos, se agacha como para revisarle los tientos y se lo pasa por la cara para humedecerlo un poco al cristiano sino se nos va a morir.
Y partió el negro chueco y temblando de miedo a cumplir una orden muy rara en esos tiempos, se acercó pero de costado, luego de divisar que el guardia se había ido al baño, cuando no estaba el Coronel la cosa se ablandaba como en todos los cuarteles.
Pasarle el trapo húmedo fue como acariciar una madera, el tipo estaba duro, casi muerto no se movió nada cuando el agua se le disolvió en la piel quemada llena de marcas y ampollas.

Volvió antes de que regresara el guardia, sobre uno de los muros dos horneros fueron los espectadores de la pequeña aventura, desde la ventana estaba la mirada perdida de Lorenzo Domínguez que una vez más se arrepentía de haberse metido en el maldito ejército.
__ Retírese que yo sigo. __Le gritó al milico cuando se disponía a la lustrada.
Saludo y se retiró seguramente a hacer que hacía algo, cuando un gemido sobrecogió a Domínguez, por un momento pensó que provenía del tipo estaqueado, pero era improbable.
No, eso venía de los calabozos, algún milico andaba judeando a los prisioneros, en esas tardes de cuarenta grados del norte los pajeros no tienen mayor diversión que darse una vuelta por los celdarios y embromar, la broma puede ir desde provocarlos hablándoles de sus mujeres o hijas o algo peor como mearlos.

Domínguez se quedó eternidades de segundos mirando sus botas muy mal lustradas, una al lado de la otra debajo de la ventana como símbolos de una época donde los hombres se eliminan en nombre de la patria. Cierta vez en su pueblo vio como los soldados le prendían fuego a un comité de base y casi sin querer se le pegó un volante a la mano.
__ “Si este no es el pueblo, el pueblo donde está” __ Decía la pobre consigna, arrugó el papel y lo tiró con bronca, pero el humo de la humilde casa olía más a vergüenza que a victoria del ejército, luego se llevaron a unos pibes que habían pintado una estrella tupamara y los cagaron a palos en la comisaría.
Algo se había puesto muy feo en su país.
Juicio y Castigo