El silencio de las mariposas

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El silencio de las mariposas
Por: Darío Valle Risoto

Si te dijera que me cuesta el amor por lo menos me mirarías raro.
Tengo varias consignas internas que me han ayudado en la vida
Aunque no te lo creas.
Nunca me ha gustado el contacto humano y preferiría acariciar a un gato que a una persona, soy así: lo siento.
La gente suele cansarme a grados sustanciales.
Substancia creo que es lo que les falta o me falta, es cuestión de medir.
Medir carencias, acaso todos somos al menos minusválidos en esta vida.

Estamos ahogados por la tecnología.
Y esto recién comienza, no vamos a ver el destino.
¿Qué destino?: el final de esta línea absurda de juntar cosas.
Y entre esas cosas algunas mujeres han pretendido tenerme.
Imposible tener a un espíritu esclavo como los otros…
Que juega porfiadamente a ser libre o por lo menos tener sus propias cadenas.
Todo es consumo, me cansa que me hablen de lo último, la moda, lo que se usa…
Pero me gusta una mujer tibia sobre mis sábanas negras.
Tuve algunas de ellas y se fueron o las fui destruyendo.
Se pixelaron en mi memoria a fuerza de tratar de repararlas, dibujarlas.
Tal vez algún día me anime a pintar ese cuadro…

Que cosa la memoria.
Anaquel fantasioso de momentos discrepantes con todo presente, y tan actuales que a veces duele repasar sobretodo esos instantes crueles que toda vida debe sufrir.
La gente ha visto demasiadas películas.
Sueñan con atardeceres en la playa agarrados de la mano…
A lo mejor encontrarás una tarde en que el colectivo te pare en el sitio correcto y esa mujer te espere sin reproches y a eso probablemente le puedas llamar algo parecido al amor.
Pero creo que será mejor guardar…
El silencio de las mariposas.

FIN.

El pelado Anselmi (Cuento)

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Por: Darío Valle Risoto

No había podido dormir en toda la noche, se levantó cansado de dar vueltas en la cama y de mirar los innumerables almanaques en la pared iluminados por la imagen de la luna llena que curiosa y altiva entraba por la ventana.
Fue hasta la cocina silenciosamente para no despertar a la vieja y se sirvió un poco de mate cocido tras calentarlo en el Primus, luego sacó una galleta de campaña y se quedó por un momento absorto en sus pensamientos.
Reconoció los pasos de su madre llegando a la cocina vestida con ese viejo salto de cama gastado y roto para sonreírle y sacarle la taza de entre las manos.
__ Está tibio, te lo voy a calentar bien. ¿No pudiste dormir?, son recién las seis de la mañana Luis.
__ Es que tengo como un ahogo en la garganta, dentro de unas dos horas deberé ir a ese nuevo cuadro que creo es mucho para mí.

Doña Eva prendió de nuevo el Primus, le dio bomba hasta que la llama se volvió azul y puso el mate cocido a calentar, sacó manteca y se la untó en las galletas mirándolo con esos profundos y dulces ojos verdes.
__ Si te fueron a buscar es porque saben que sos un buen jugador, vos sabes que: “El pelado Anselmi” no es un nombre cualquiera en este barrio Luís.
Luís Anselmi se rió mientras probaba un trozo de galleta enmantecada y se rascó la cabeza rapada. Pensó en quién le habrá puesto ese sobrenombre tan persistente en el aire como una bandera, como el aroma de las flores del jardín.
__ Es que juego desde pibe en “El Lorena”, ahora me vienen a buscar nada menos que de Peñarol… es demasiado.
__ Pero: ¿No todos los jugadores sueñan con estar entre los grandes?, tu primo Ricardo juega en México y le manda dinero a sus padres y vos sabes que siempre le ganabas jugando.

El pelado volvió a sonreír mientras desde la radio sobre la repisa el polaco cantaba: “Barrio de tango”, recordó aquellos campeonatos en el potrero detrás del mercado cuando todavía no habían construido los nuevos galpones. Los gritos de Carlos, las piruetas del negro Hugo, las terribles atajadas de Pancho Gorriti.
Ahora ya con veintisiete años había recibido la invitación para probarlo en las inferiores del carbonero, parecía que el banderín de las estrellas amarillas sobre fondo negro le guiñaba un ojo invisible desde arriba de la vieja chimenea.

Y dándole el querido y obligado beso en la frente a su madre salió cargando el bolso con los viejos botines, una toalla y la estampita de San Pancracio en el bolsillo junto a algunos pesos para el boleto.
Le habían dicho que se presentara en la práctica a las nueve pero a las ocho ya estaba en frente a “Los aromos” con el cálido viento de la primavera dándole aliento a su terrible miedo a meter la pata, bueno, era como para recordar que era mejor meterla que no hacerlo si se trataba de jugar al futbol.
Llegaron algunos conocidos: Matosas, Cubilla, Joya, eran aquellos que solamente había visto de lejos en la cancha y ahora podría jugar junto a ellos si se daba el caso hasta que el fornido Dávalos lo reconoció apoyado contra el muro cerca de la entrada.

__ ¡Cómo anda Anselmi!, Pero, entre que le presento al entrenador y al director técnico, queremos que tenga una buena prueba si es posible.

A la hora de estar allí ya había tirando como ciento cuarenta penales, había hecho driblings de todos los colores y hasta había mostrado su capacidad de cabecear hasta por encima de jugadores más altos que él.

Cuando lo llamaron estaba empapado en sudor y en los rostros severos no supo adivinar que había sido elegido, pensaba todo lo contrario.
__ Te vamos a probar en la tercera al domingo que viene, estas bien pero algunos pensamos que todavía andas inmaduro para la división mayor.
__ Cómo ustedes digan, estoy a sus órdenes.
__ Le vamos a pagar dos mil quinientos por mes. ¿Está de acuerdo?
Anselmi evitó sonreír y con su mejor cara de profesional asintió débilmente antes de aceptar una toalla e ir para los camarines donde por primera vez se bañó con agua caliente. En el Lorena solo había agua fría cuando había agua y de sueldo nada, a lo mejor algunos chorizos y embutidos varios de la chacinería del presidente del club y algún vale para el cine Intermezzo. El Lorena era un cuadro pobre de la gloriosa barriada de La Unión.
Aún así ya comenzaba a extrañar a sus camaradas, al potrero de Villa Española, a aquellas mañanas de invierno corriendo por la avenida Centenario mientras el lechero tocaba sus campanas para llamar a los clientes y bajaba los casilleros haciendo el característico ruido de las botellas contra el fierro.

No podía negar sus orígenes y le tembló la voz cuando llegó a casa y le dijo a su madre: ___Vieja, hoy estuve practicando en el mismo Olimpo entre un montón de dioses.

FIN.

Para los Ignorantos e Ignorantas

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PARA LOS “IGNORANTOS E IGNORANTAS”
TAL VEZ A ALGUNOS LE SIRVA

Carta de una Profesora con acertadísima y lapidaria frase final. Está escrito por una profesora de un instituto público.


Yo no soy víctima de la Ley Nacional de Educación. Tengo 69 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos, que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política.


En jardín (así se llamaba entonces lo que hoy es “educación infantil”, mire usted) empecé a estudiar con una cartilla que todavía recuerdo perfectamente:
la A de “araña”, la E de “elefante”, la I de “iglesia” la O de “ojo” y la U de “uña”.


Luego, cuando eras un poco mayor, llegaba “Semillitas”, un librito con poco más de 100 páginas y un montón de lecturas, no como ahora, que pagas por tres tomos llenos de dibujos que apenas traen texto.
Eso sí, en el Semillitas, no había que colorear ninguna página, que para eso teníamos cuadernos.
En Primaria estudiábamos Lengua, Matemáticas, Ciencias, no teníamos Educación Física.


En 6º de Primaria, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo de “b en vez de v” o cinco faltas de acentos, te bajaban y bien bajada la nota.
En Bachillerato, estudié Historia de España, latín, Literatura y Filosofía.
Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí las “Coplas a la Muerte de su Padre” de Jorge Manrique, a Garcilaso, a Góngora, a Lope de Vega o a Espronceda…
Pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección.
Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura.


Y… vamos con la Gramática.
En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales.
El participio activo del verbo atacar es “atacante”;
el de salir es “saliente”; el de cantar es “cantante” y el de existir, “existente”.
¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “el que tiene identidad”, en definitiva “el que es”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación “ente”.


Así, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.
De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice “estudiante”, no “estudianta”; se dice “independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”; “dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no “residenta”.


Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son “periodistos”), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por la dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hacen más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).


Les propongo que pasen el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no “ignorantas semovientas”, aunque ocupen carteras ministeriales).
Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!

SI ESTE ASUNTO “NO TE DA IGUAL”, PÁSALO, POR AHÍ, CON SUERTE, TERMINA HACIENDO BIEN HASTA EN LOS MINISTERIOS.
Porque no es lo mismo tener “UN CARGO PÚBLICO” que ser “UNA CARGA PÚBLICA”.

Neo Vampiros 37: La serpiente

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“La serpiente”
Por: Darío Valle Risoto

Morrigan al otro día al caer la tarde recibió una larga llamada de Lecuore. Sonreía escuchando los secretos de esa pequeña diabla que traía a Montevideo de muerte en muerte, poco a poco volvía a afirmarse en la idea de que Henrich Funke era un gran soñador.

Dante, uno de sus secuaces, limpiaba una pistola 38 sobre la mesa y miraba un partido de fútbol a pocos pasos de su jefa, Felicia Morrigan colgó el tubo del teléfono y miró al enorme tipo de raza negra, una sonrisa maligna se dibujó marcando sus hoyuelos al costado de sus labios pintados de rojo violáceo.
__ Resulta que Lorena es hija de desaparecidos, está matando a los ex torturadores, parece que está buscando a los asesinos de sus padres.
__ ¿Y?
__ ¿No lo entiendes?, Creo que Henrich la vampirizó para que tenga el tiempo y la fuerza suficiente para hacer justicia. Nuestro querido Funke es un romántico.
__ ¿Quiere que se la traiga?
__ No, yo me basto, sé donde vive y quienes son sus amigos, solo quería saber cual era la verdadera conexión con nuestro amigo, ahora me explico porqué no la mató, lamento pensar en que nuestro estimado Henrich Funke le hace mucho mal a la causa, voy a tener que deshacerme de ella.
Dante observó la pulcra limpieza del cañón del arma antes de comenzar a ensamblarla de nuevo, sobre la mesa las balas desparramadas eran frenadas por una cajilla de cigarros y un par de diarios.

Lorena elucubraba, absorta en pensamientos demasiado extraños aún para ella. Paula había llegado a media tarde y descubrió que su amiga estaba levantada cuando sintió un casi imperceptible frío que se le colaba por la espalda mientras miraba un video de Depeche Mode en la televisión plasma de la enorme mansión.

__ ¿Me quemes matar del susto? , ¿Cómo haces para no hacer ruido?
__ Cosas de estar muerta. __ Le dijo mirando una lejana tela de araña que pendía de los relieves del techo, afinando el oído podía detectar el sonido del pequeño animalito que se deslizaba abajo colgando de un hilo transparente rumbo a la otra araña, la de cristal.
No sentía frío pero se pasó ambas manos por los brazos en un acto mecánico, Paula se acercó dándole la espalda a la tele y la abrazó dándole un fuerte beso en su mejilla congelada. Lorena sintió que su amiga continuaba creciendo y haciéndose cada vez más madura, más mujer, más hermana y ella, y ella continuaba pensando en matar, en ir haciendo la justicia que un país donde sus gentes vagan muertas y sin memoria como zombies.

Juan Ramón Lecuore regresó por el largo corredor a su apartamento, cuando entró vio levemente la silueta de Marta y por un minúsculo mini segundo sintió que nada de esa pesadilla había sucedido. Ya antes de llegar se había tomado unos cuantos tragos en el bar de la esquina, algunos vecinos cuchicheaban sobre la muerte de su mujer pero nadie se le acercó a darle el pésame, la idea de que la había asesinado no era rara en un matrimonio signado por la violencia. Los vecinos siempre saben aunque casi nunca denuncien.
__ ¡Marta!, ¡Gorda de mierda!
Gritó y rompió a llorar, no lloraba desde que en aquel cuartel de Maldonado lo obligaron a limpiarle las botas con la lengua al Comandante para cumplir con un arresto por insubordinación, pero aquella vez había llorado de bronca y solo tenía diecinueve años.
__ ¡Marta!, ¡Donde te metiste hija de puta!

Y la vio, estaba sentada de espaldas en la mesa de la cocina, se levantó empedo y trastabillando para verla a la cara, para pedirle perdón y tal vez encontrar un poco de redención por haber masticado tanta mierda durante una vida asquerosa al servicio de la patria.
La rodeo lentamente tomándose de las paredes, rompió el cortinero y la cortina que separaba la pequeña cocina del comedor calló con sus flores amarillentas y sus azules decolorados.
Eructó el alcohol y se sostuvo de la vieja heladera Ferrosmalt que cimbró y se cayeron los especieros de su techo desparramando pimienta, orégano y otras yerbas por el piso agrietado.
Se detuvo frente a ella pero estaba oscuro, ella permanecía quieta con las regordetas manos sobre la mesa en silencio, para verla mejor estiró la mano hasta el interruptor de la luz y la encendió, para verle el rostro y tal vez pedirle perdón y dejar de llorar.

Pero Marta no tenía cara, solo un enorme hueco, enorme profundidad oscura y negra de culpas y de sobornos, de maniatadas alegorías de una muerte en vida, de la condena de estar miserablemente atados a una existencia de conmiseración, de culpas, de asesinatos y de festivas patriadas violando mujeres y sometiendo niños. Marta contenía en ese enorme hueco el enorme infierno al que están destinados todos los milicos torturadores, sus cómplices, los civiles, los doctores, los jefes y patrones que pervierten cualquier idea de paz y de amor, Marta era la puerta al precipicio donde cayó Juan Ramón Lecuore para pagar demasiado tarde y en forma por demás generosa una vida sin otro sentido que destruirlo todo a su alrededor.

Entonces Juan Ramón Lecuore comprendió que había llegado al final de su propio viaje y se voló la cabeza sabiendo que si en verdad hay un dios y por ende un infierno, en este último no iba a encontrar a Marta.

Juicio y Castigo

El Arte de estudios MOREY

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Por: Darío Valle Risoto

Algunos fotografías aparecen con el nombre de Craig Morey y ese es precisamente el nombre de un estudio que ha hecho del desnudo un verdadero arte en todas las formas posibles con una especial textura cuando se trata del blanco y negro que aquí comparto con ustedes, por supuesto que con fotos que encajan dentro del perfil de este blog.

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Preguntándole al Perfume

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Preguntándole al perfume
Por. Darío valle Risoto

¿Cuanto valen?
El viento entre las hojas
El silencio de los cardos
Las disonancias del olvido.

¿Cuanto pesan?
Tus lágrimas y recuerdos
El amor de tus padres
Las desidias del viento.

¿Cuanto se cotiza?
El valor de tus abrazos
El fulgor de tus miradas
El murmullo de tus labios.

¿Cuanto me cobras?
Un minuto de tu tiempo
Una noche entre tus pechos
Una caricia de tus cabellos.

Y habrá millones de preguntas de amor
Para un vagabundo que roba fotografías
De niñas y señoras,
De playas y golondrinas.

Un perspicaz ladrón de segundos y auroras
Con atardeceres despintados en al rambla
Junto a esa ella que se hace de esperar
Y sin embargo al cerrar los ojos…
Estoy muy seguro…
De que siento su perfume.

 

Neo Vampiros 36: Somos sangre y muerte

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“Somos sangre y muerte”
Por: Darío Valle Risoto

Somos carne, somos sangre, una bolsa de pelos, grasa, sentimientos, contradicciones y también odio. Y odio tal vez sea el sentido que mueve a los hombres hasta los confines más extremos del dolor y la muerte, eso somos… un montón de mierda.

Le informaron a las once y veinticinco que su mujer había dejado de existir, su corazón no había soportado la andanada de golpes, le avisaron a las once y veinticinco de la noche que Marta había muerto y Juan Ramón Lecuore se olvidó de todo, y se quedó en silencio en ese casi solitario sector del hospital militar de Montevideo. Mirando a un lejano punto, subrepticio punto como oteando un pasado que jamás iba a volver.
Había matado a Marta, se había quedado sin esa compañera sumisa y agradable, esa gorda que bancaba todo como una verdadera hembra, hasta sus palizas y sus ataques de malhumor, hasta las violaciones ejercía como derecho por ser su marido.
El teniente Lemos llegó a su lado trayendo dos envases desechables de café humeantes, le pasó uno a su superior.
__ ¿Te enteraste?
__ Si señor.
__ No, no quiero nada. __ Rechazó el vaso de plástico con café negro.
__ Es mejor que se lo tome, no es bueno que se note que está empedo.
Lecuore lo miró como para pegarle una buena piña, ¿Qué era eso de darle órdenes a él?, Pero aceptó con mano temblorosa el recipiente y tomó con asco la mala bebida de la cantina del hospital, sentía un hueco que se agrandaba en el estómago y unas enormes ganas de estar muerto.
__ Ya se me pasó hace rato el “pedo” como decís vos, tengo cultura alcohólica y se tomar carajo.
__ Me di cuenta. __ Dijo casi para sus adentros Lemos.

Una enfermera les informó que el médico a cargo de las urgencias quería hablar con el esposo de la fallecida, Lecuore se levantó, alto y casi gigantesco, su propia sombra se alargó hasta los pies de un largo banco donde una pareja conversaba en voz baja. Lemos agarró su vaso de café y se lo quedó mirando hasta que desapareció dentro de la sala.

Las calles húmedas de Montevideo recibían la lamida incierta de las luces de los vehículos, la ciudad estaba tan nerviosa como puede estar una ciudad donde demasiados asesinatos se sucedían sobreponiéndose a su clásica tranquilidad.

Morrigan se bajó del auto frente al hospital, Lecuore la había llamado, ya había arreglado gracias a sus contactos el tema de su mujer muerta pero había algo más.
Se cruzaron en la escalinata que da a la avenida ocho de octubre, los guardias se cuadraron ante su paso, cuando Lecuore se le unió.
__ Tenemos que averiguar sobre su vida cuanto antes, ya que arregló el tema de su mujer debería dedicarse a esto, sabe usted que no me gusta esa lentitud que tienen ustedes.
__ ¿Nosotros?
__ Los latinos, son tan lentos que no me explico como no se olvidan de respirar. __ Dijo seriamente, estaba vestida con una gabardina negra, llevaba jeans y un rompevientos del mismo color, sus poblados cabellos intensamente rubios eran la única nota discordante con su oscuridad.
__ Ahora vamos a necesitar muchos más dólares, tengo que dejar este país cuanto antes, no sé si esto que paso anoche me va traer problemas, es mejor que me vaya a Paraguay, allí tengo algunos contactos del plan Cóndor.
Morrigan lo tomó del cuello y casi lo deja sin vida, sus ojos cambiaron de azules a un tono carmesí, sus colmillos se abrieron mostrando una Morrigan mucho más dura y despiadada, Lecuore tuvo que hacer fuerza para no orinarse encima.
__ El dinero poco me importa, pero mucho menos me gusta que me tomen el pelo, tango varios siglos de esta existencia y usted, maldito milico del tercer mundo, no me va a estafar así como así, será mejor que tenga datos de Lorena antes del sábado sino va a acompañar a su mujer en la tumba, pero con vida.

Lo soltó y volvió a su auto, un hombre de raza negra bajó a abrirle la puerta, uno de los guardias trató de llegar al coche pero Lecuore lo detuvo, lo disuadió diciéndole un pésimo chiste machista sobre mujeres celosas. Pero se quedó masajeándose el cuello, en menos de veinticuatro horas se había acorralado a si mismo y esta mujer inhumana era lo peor que le podría pasar si la defraudaba.

Lorena llamó a Paula, cosa que no hacía muy seguido, su amiga llegó estacionando su auto a varias cuadras de la casona del Prado, caía una fina llovizna al llegar, cerró su paraguas y entró con las copias de las llaves que tenía, la encontró sentada en el enorme sillón frente a la chimenea encendida, estaba tomando vino.
__ Algo le pasó a Henrich, lo sé con certeza, algo le pasó en Barcelona y no sé que hacer para ayudarlo.
__ No podés… viajar, utilizando tus poderes.
__ No soy súper niña, solamente una no muerta carajo, pero lo intenté y lo único que logré fue transformarme en niebla por un rato, una cagada.
Paula se quitó la gabardina y la colgó junto a la gran puerta, sus pasos retumbaron hasta que llegó a su lado y le dio un beso en la mejilla, Lorena la miró como pidiendo socorro.
¿Pero que podía hacer Paula?

__ Señor acá están los archivos de esa muchacha Lorena, hay algo que debería saber sobre sus padres desaparecidos. __ El suboficial Rodríguez le alcanzó una vieja carpeta gris con manchas de aceite en las puntas y una mala caligrafía que denotaba la frase: Archivo 313.
Lecuore se asombró como pocas veces le pasaba cuando descubrió que Antonio, el padre, el obrero de la construcción, dirigente del Sunca, ¿Cómo olvidarlo?, El pájaro tuvo que pedir ayuda en el cuartel de Tacuarembó en aquella ocasión que se le soltó un brazo durante la máquina y derribó de tremenda piña a un milico joven e inseguro.
Juan Ramón Lecuore con muchos años menos había entrado a inmovilizarlo mientras que “El Pájaro” se cagaba de risa mirando al soldadito con la boca partida por un torturado aparentemente destruido.
__ Te vamos a tener que hacer la boleta bolche, nadie le pega a un soldado y mucho menos un pichi de mierda como vos sin pagarlo.
Y Juan Ramón Lecuore había ayudado a eliminar los últimos trazos de vida del padre de Lorena, ahora se unían varias pistas como las calles que confluyen en una avenida que solo puede tener un solo nombre: Infierno.
Juicio y castigo.

Los Fantasmas de Nuevo París

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Parte 3
Por: Darío Valle Risoto

Victoriano Andrade daba charlas sobre los signos del zodiaco, había una vieja que jodía y jodía con que los de Acuario eran más evolucionados y los de Tauro obcecados pero no tanto como los Aries, tal ves con ese sentido científico de la vida, los de Capricornio tenían culo de caballo y tiraban flechas. Anselmo se aburría como un tronco.

Algunos le decían “Victoriano” cariñosamente, no era un mal tipo, probablemente un homosexual no asumido, criado por dos tías solteronas o tal vez mataba a sus amantes y hacía rellenos para colchones ecológicos con sus restos. Era un tipo algo grueso de mediana estatura que hablaba con un algo de erudición forzada, decían que era Argentino como si proviniera del otro lado del mundo, también le adjudicaban no se sabía que poderes porque había prevenido cierta catástrofe en un teatro del Cerro pero todo se perdía en la bruma de…
Los recuerdos no se desvanecieron del todo, allí estafa esa chica evangelista: Ofelia, que había ido a las charlas y se había ofendido grandiosamente cuando Victoriano, es decir: “Victoriano”, deslizó como quién pela un chicle, que Jesús era extraterrestre.
__ ¡Habrase visto tamaña blasfemia!

Solo Anselmo pudo terminar con la discusión sobre proféticos salmos y toda esa bazofia bíblica, Victoriano le pidió disculpas a la chica que no estaba tan mal debajo de ese vestido del siglo pasado. La quitó a lavarse la cara fuera del salón, allí continuaron la discusión sobre los libros del mar muerto y la vida en Egipto, mientras el muchacho trataba de calmar a la ofendidísima cristiana que tendría unos veinte virginales años a esas alturas.
Bueno… no tan virginales.
Esa tarde hicieron el amor con bastante mala experiencia pero gratificante sin lugar a dudas, ella no era tan virgen ni el tan estúpido para dejarla ir, aún así la relación no podía prosperar demasiado y el tiempo así lo determinó.

Una mujer de negro, delgada, parada a su izquierda, el cabello erizado de terror, algo que no lo suelta de la memoria de hechos recientes allí en las reuniones…
La casa, su madre adoptiva y ese absurdo trabajo de ir a investigar que pasaba con los ruidos, los aullidos de la noche que recorren los húmedos corredores de una casona del barrio de Nuevo París.
Anselmo se había quedado dormido sobre la mesa babeando sobre un libro de ciencia-ficción, pero al abrir los ojos estaba esa mujer pálida, inocua y blanca mirándolo con ojos ausentes de un brillo nacarado y profundamente negros.

__Me llamo Samantha.__ Dijo con la dulce voz de la irrealidad.
Todo había sido producto de dormirse como un bobo sobre la mesa, sin embargo ella estaba allí, de carne fría y huesos helados parada arrastrando un vestido negro con arabescos en el mismo tono de la noche siniestra. Vestida como un enorme Cuervo que anuncia que el sol se ha ido lejano de esta tierra y de que la mansión de Nuevo París se encontraba al final de un largo y eterno corredor que apuntaba a una dimensión donde la locura no será ajena ni extraña.
Anselmo Fernández supo que no estaba preparado para eso, pero ya era demasiado tarde.

El miedo sabe mal, la lengua parece agigantarse en una cavidad pastosa que refrena un vómito cuando el estómago se transforma en otro enemigo. Anselmo miró a la sombra y solo había una difusa línea de luz difuminada, un reflejo de la lámpara sucia de la cocina que rebotaba sobre su propia campera colgada junto a la puerta más la sombra proveniente de uno de los postigos de una ventana que…

__ ¡Soy un cagón! __No podía dejar de sentirse un maldito blando de porquería, muy altivamente había aceptado pasar dos noches en esa casa como si fuera el gran macho, el héroe de la película y ahora estaba aterrado y conversando con una sombra a la que le había dado hasta un nombre. ¡Increíble!
Sacó su arma secreta de la mochila.
Una petaca con aguardiente pura que se empinó unos segundos para sentir que algo caliente y picoso le volvía a traer el aliento y la garganta a la misma…
Corrió al baño a vomitar, era un jodido del hígado desde siempre y debió recordar que el miedo siempre le revolvía el estómago.
Linda noche sobre sus rodillas rezándole al dios inodoro y sintiéndose muy mal, sobre todo porque arreció una lluvia que pareció violentar a toda la naturaleza en torno a la casa. Y lo que faltaba.
Un apagón.
El viento exterior, la temperatura que bajaba rápidamente y el susurro de Samantha.
__ ¿Samantha?
Guiándose solo por el reflejo de los relámpagos llegó a la cocina y encendió la linterna que había dejado sobre la mesa, sus libros seguían desparramados, el café más frío que el aliento de un oso polar y de nuevo el agobio de dejarse llevar por sus propios miedos interiores. Soplar, contar hasta diez y decirse a sí mismo lo mismo que le había dicho a la señora Annabel.

Los ruidos de muebles viejos, ratones, los caños que se retuercen, se dilatan y contraen con los cambios de temperatura, los viejos cimientos y esa mujer vestida de negro que ahora lo miraba desde el otro lado de uno de los postigos de la puerta al patio trasero.
Desde luego que al enfocar la linterna la silueta desapareció y si bien le costó un poco llegar a la puerta y abrirla, no había más que las quejumbrosas ramas de un árbol y un gato que entró corriendo a la casa.
__ ¡La puta!
Bueno, después de todo no le había preguntado a la señora sobre sus gatos, pero su madre cierta vez la había hablado de que su amiga tenía algunos, así que no era para tanto. Al menos se encargarían de ahuyentar a alguna rata que se quisiera calentar en medio de la tormenta.
Y era una forma rara de sentirse acompañado. Claro que entrar a la cocina iluminado con el foco de la linterna y que la luz de en dos enormes ojos brillantes no parece ser lo mejor. Un felino negro con algunas manchas de color blanco en el rostro lo miraba con gesto inquisidor.
__Tu, tu dueña me contrató para…
El gato se lamió una pata y se la pasó por los ojos. Anselmo volvió a mira la botella de aguardiente pero recordó que acababa de vaciar el estómago de forma muy poco agradable.
Volvió a intentar llamar a su madre por el celular pero cero cobertura, entonces reparó en que eran casi las once de la noche y la lluvia arreciaba. Annabel le había indicado el cuarto de servicio luego del baño, así que caminó y abrió la angosta puerta que se abrió con un desagradable chirrido. Era de esperarse para completar el escenario.
No estaba mal, decidió solo sacarse las botas y dormir vestido, se tiró sobre la angosta cama y dejando la puerta entre abierta al corredor comenzó a pestañear. El gato entró como Pedro por su casa y se acostó a su lado como si lo conociera de toda la vida. Sin lugar a dudas que los gatos poco les importa quien les de calor. Pensó.
Un leve ronroneo proveniente de alguna parte aumentó de intensidad, luego un goteo cercano que era seguramente del techo haciendo desagüe cerca de la pequeña ventana.

Continuará