Los Fantasmas de Nuevo París

04_1024Los Fantasmas de Nuevo París
Parte 4
Por: Darío Valle Risoto

Ella tenía un vestido negro con arabescos en el mismo tono, rostro alargado, mentón algo pronunciado con una boca casi cómica, ojos negros con pestañas perfectas, así como un largo cabello del mismo color de las noches sin luna. Pero una piel blanca.
Blanca como la superficie de la luna, como la plata de una fuente, como el reflejo del sol sobre un río al atardecer, como las nubes que vio cuando niño y nunca más volvió a encontrar. Como su madre, la verdadera a la que nunca conoció.
__Eres un solitario Anselmo. ¿Qué esperas quedándote aquí?
__ ¿Estoy soñando?
__Yo soy real, me llamo Samantha, estoy muerta Anselmo, estoy muerta y enterrada en esta casa.

Una delicada mano blanca le tocó el rostro, una caricia de piel fría sobre su miedo, el aleteo de un ave nocturna posada sobre el crispado anhelo de ser un héroe quedándose en esa casa embrujada como si fuera el mismo Victoriano, el instructor de los grupos esotéricos. Una mano fría de dedos largos y uñas brillantes, perfección de manos femeninas, el confín de las caricias más apreciadas, las de una mujer joven que tiene unos largos cabellos negros que caen sobre el pecho de Anselmo que tiembla paralizado en ese camastro.

El gato con sus ojos fijos sobre la sombra de Samantha y algo que no puede estar allí pero está, junto a los cabellos erizados de todo su cuerpo, está, junto al escalofrío y el bramido de los truenos que implacables parecen sacudir todo Nuevo París como si fueran los cómplices de la muerta.
Y sobrevino el mareo, como si lo metieran en una enorme batidora, todo comenzó a girar: el gato, las paredes, las manchas de humedad y los enormes ojos tristes de la chica del vestido negro con arabescos que se estiró de forma incalculable y lo abrazó para caer junto a él en el vórtice mismo de una dimensión que nunca pudo existir pero allí estaba.

De cabeza como si le hubieran pateado calló en un jardín florido, sintió el olor de las madreselvas, de las flores pájaro, de los jazmines. Un jardín que pudo estar en el fondo de la casa destruida en otro tiempo, otro lugar, otra vida.
Dos niñas corrían de la mano, estaban vestidas con largos y frondosos vestidos, rosa la rubia y la de cabellos negros lleva el celeste. Ambas corren junto a un perro que de pronto se queda mirándolo a Anselmo.
__ ¿Qué hay Sultán?
__ ¡Debe ser un bicho Samantha!
¿Samantha?
¿Acaso se calló por una esquina del tiempo?
Y de pronto se oscureció todo y un cuchillo tiembla en el aire mientras un hombre balbucea palabras soeces, hay un galpón y una niña que llora en el suelo de tierra enrojecida por algo que es y solo puede ser…
__ ¡Sangre!, ¡Déjela degenerado!___ Gritó sin voz, saltó sin moverse, lloró sin lagrimas.
Anselmo se sobrepuso al terror de la escena terrible y siniestra que estaba presenciando, no comprendía como el tipo lastimaba a las niñas y sin embargo no le miraba, como si él no estuviera allí, como si fuera un fantasma.
La pequeña se arrastraba sobre el charco de sangre, trozos de su vestido caídos y su cuerpo comenzaba a quedarse quieto, quieto como el mar sin viento, como las hojas de un árbol… seco.
__ ¡Nooooooo!
Su propio grito lo despertó, no corrió a vomitar porque lo invadió un miedo lejano, una tristeza de taperas olvidadas, sintió que un alma muy abatida le imploraba que resuelva algo quedado en un pasado no tan lejano y manchado de la sangre más inocente posible.

En cuanto pudo se puso de pié y trastabillando caminó a la cocina, allí tomó mucha agua y trató de limpiar tanto sus lentes que casi los rompe, el gato se erizó mirando a un rincón donde no había nada.
Una mancha de humedad de las tantas y afuera la lluvia, la tormenta y la casa enorme de Nuevo París que parecía querer privarlo de la cordura, de las ganas de ser un héroe, un buscador de misterios, un hombre de verdad.
Y el sonido del celular que lo sacó de un mundo imposible sumergiéndolo en el real y cotidiano país de lo cierto.
__ ¿Hola?
__ ¿Está todo bien mi hijo?
__ ¿Nora?
Luego, la nada absoluta, sin señal de nuevo y la sensación de estar siendo abusado por algún espíritu maldito al costo de su cordura. Respiró profundamente recordando los siete pasos de meditación aprendidos en la escuela esotérica.
1) Respiración abdominal.
2) Exhalar e inhalar contando hasta siete
3) Centrarse en la luz.
__ ¡Ándate a la mierda Victoriano!__ De nuevo un trueno irrumpió recorriendo toda la casa y ella parada allí, junto a los postigos de una ventana con el rostro casi enteramente tapado con su largo y si fuera posible, hermoso cabello negro.
__Mi tío, en mil novecientos sesenta y cuatro, mi tío Florián, me mató.
__ ¿Qué querés de mí?
Sus brazos blancos, delineados en mármol pétreo se movieron en cruz y de ellos comenzaron a gotear largos hilos de sangre de un rojo oscuro y gelatinoso.

Y Anselmo se despertó en la pequeña cama de la habitación, el gato seguía lavándose a lengüetazos como si nada hubiera pasado.
__Un sueño, fue un sueño.
__ ¡Noooo!
__ ¿Quién grita?, ¡Carajo!
Hay momentos que hasta el terror se olvida, Anselmo se calzó sus botas y salió tan intempestivamente de la habitación que el gato huyó aterrado, en cuatro largas zancadas traspuso el corredor angosto hasta la puerta del fondo.
La lluvia arreciaba pero había un sector bajo el sol, como si recortáramos la realidad, como si por un efecto extraño insertáramos un mundo dentro de otro. Allí un hombre reía enloquecidamente mientras enterraba un bulto mediano en un pozo del jardín florido, a pocos pasos de sus pies secos comenzaba la lluvia y del otro lado el joven miraba la escena sabiendo ahora indefectiblemente que era un hueco hacia el pasado de ese lugar.
__ ¡Florián!__ Gritó con toda la bronca posible en el cuerpo pero no pasó nada, era como gritarle a la televisión o a una película, eso no estaba sucediendo, al menos en ese momento.
Un hombre muy enfermo hasta el punto de violar y matar a una pequeña niña, la cuchilla ensangrentada, la sangre desde el pequeño galpón brillando al sol de un aciago día del año sesenta y cuatro.
Y en medio de la lluvia el agua fría que se cruza con sus lágrimas cayendo por su mentón mientras alguien parado a su lado lo mira con extrema tristeza pero esboza a su vez una pequeña sonrisa.
__ ¿Esa niña eras tú Samantha?
__Si, era…soy yo. __Le dijo ella y lo tomó del brazo dándole la espalda a ese recorte del tiempo que comenzó a achicarse y a ser tragado por la realidad imperante de una tormenta sobre el cielo nocturno de Nuevo París.
Temía mirarla, no quería que se vaya, que desaparezca, el miedo se había esfumado y ahora lo contagiaba la paz de la dulce y delgada mujer de negro.
__Pero…
__Tu maestro no te lo pudo enseñar, pero los espíritus también crecemos, eso es si así lo deseamos, pasaron muchos años para que tu vengas a esta casa y puedas comprender la tristeza de ese terrible día en que mi prima y yo fuimos atacadas por nuestro propio tío.
__No te vayas. __Le dijo al dulce perfume a violetas, al largo cabello negro sobre los perfectos hombros de la mujer más hermosa que había visto en su vida.

Continuará.
Concluye en la próxima edición.

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