Neo Vampiros 37: La serpiente

El arte de Toon Hertz (36)Neo vampiros 37
“La serpiente”
Por: Darío Valle Risoto

Morrigan al otro día al caer la tarde recibió una larga llamada de Lecuore. Sonreía escuchando los secretos de esa pequeña diabla que traía a Montevideo de muerte en muerte, poco a poco volvía a afirmarse en la idea de que Henrich Funke era un gran soñador.

Dante, uno de sus secuaces, limpiaba una pistola 38 sobre la mesa y miraba un partido de fútbol a pocos pasos de su jefa, Felicia Morrigan colgó el tubo del teléfono y miró al enorme tipo de raza negra, una sonrisa maligna se dibujó marcando sus hoyuelos al costado de sus labios pintados de rojo violáceo.
__ Resulta que Lorena es hija de desaparecidos, está matando a los ex torturadores, parece que está buscando a los asesinos de sus padres.
__ ¿Y?
__ ¿No lo entiendes?, Creo que Henrich la vampirizó para que tenga el tiempo y la fuerza suficiente para hacer justicia. Nuestro querido Funke es un romántico.
__ ¿Quiere que se la traiga?
__ No, yo me basto, sé donde vive y quienes son sus amigos, solo quería saber cual era la verdadera conexión con nuestro amigo, ahora me explico porqué no la mató, lamento pensar en que nuestro estimado Henrich Funke le hace mucho mal a la causa, voy a tener que deshacerme de ella.
Dante observó la pulcra limpieza del cañón del arma antes de comenzar a ensamblarla de nuevo, sobre la mesa las balas desparramadas eran frenadas por una cajilla de cigarros y un par de diarios.

Lorena elucubraba, absorta en pensamientos demasiado extraños aún para ella. Paula había llegado a media tarde y descubrió que su amiga estaba levantada cuando sintió un casi imperceptible frío que se le colaba por la espalda mientras miraba un video de Depeche Mode en la televisión plasma de la enorme mansión.

__ ¿Me quemes matar del susto? , ¿Cómo haces para no hacer ruido?
__ Cosas de estar muerta. __ Le dijo mirando una lejana tela de araña que pendía de los relieves del techo, afinando el oído podía detectar el sonido del pequeño animalito que se deslizaba abajo colgando de un hilo transparente rumbo a la otra araña, la de cristal.
No sentía frío pero se pasó ambas manos por los brazos en un acto mecánico, Paula se acercó dándole la espalda a la tele y la abrazó dándole un fuerte beso en su mejilla congelada. Lorena sintió que su amiga continuaba creciendo y haciéndose cada vez más madura, más mujer, más hermana y ella, y ella continuaba pensando en matar, en ir haciendo la justicia que un país donde sus gentes vagan muertas y sin memoria como zombies.

Juan Ramón Lecuore regresó por el largo corredor a su apartamento, cuando entró vio levemente la silueta de Marta y por un minúsculo mini segundo sintió que nada de esa pesadilla había sucedido. Ya antes de llegar se había tomado unos cuantos tragos en el bar de la esquina, algunos vecinos cuchicheaban sobre la muerte de su mujer pero nadie se le acercó a darle el pésame, la idea de que la había asesinado no era rara en un matrimonio signado por la violencia. Los vecinos siempre saben aunque casi nunca denuncien.
__ ¡Marta!, ¡Gorda de mierda!
Gritó y rompió a llorar, no lloraba desde que en aquel cuartel de Maldonado lo obligaron a limpiarle las botas con la lengua al Comandante para cumplir con un arresto por insubordinación, pero aquella vez había llorado de bronca y solo tenía diecinueve años.
__ ¡Marta!, ¡Donde te metiste hija de puta!

Y la vio, estaba sentada de espaldas en la mesa de la cocina, se levantó empedo y trastabillando para verla a la cara, para pedirle perdón y tal vez encontrar un poco de redención por haber masticado tanta mierda durante una vida asquerosa al servicio de la patria.
La rodeo lentamente tomándose de las paredes, rompió el cortinero y la cortina que separaba la pequeña cocina del comedor calló con sus flores amarillentas y sus azules decolorados.
Eructó el alcohol y se sostuvo de la vieja heladera Ferrosmalt que cimbró y se cayeron los especieros de su techo desparramando pimienta, orégano y otras yerbas por el piso agrietado.
Se detuvo frente a ella pero estaba oscuro, ella permanecía quieta con las regordetas manos sobre la mesa en silencio, para verla mejor estiró la mano hasta el interruptor de la luz y la encendió, para verle el rostro y tal vez pedirle perdón y dejar de llorar.

Pero Marta no tenía cara, solo un enorme hueco, enorme profundidad oscura y negra de culpas y de sobornos, de maniatadas alegorías de una muerte en vida, de la condena de estar miserablemente atados a una existencia de conmiseración, de culpas, de asesinatos y de festivas patriadas violando mujeres y sometiendo niños. Marta contenía en ese enorme hueco el enorme infierno al que están destinados todos los milicos torturadores, sus cómplices, los civiles, los doctores, los jefes y patrones que pervierten cualquier idea de paz y de amor, Marta era la puerta al precipicio donde cayó Juan Ramón Lecuore para pagar demasiado tarde y en forma por demás generosa una vida sin otro sentido que destruirlo todo a su alrededor.

Entonces Juan Ramón Lecuore comprendió que había llegado al final de su propio viaje y se voló la cabeza sabiendo que si en verdad hay un dios y por ende un infierno, en este último no iba a encontrar a Marta.

Juicio y Castigo

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