Neo Vampiros 36: Somos sangre y muerte

El arte de Toon Hertz (35)Neo vampiros 36
“Somos sangre y muerte”
Por: Darío Valle Risoto

Somos carne, somos sangre, una bolsa de pelos, grasa, sentimientos, contradicciones y también odio. Y odio tal vez sea el sentido que mueve a los hombres hasta los confines más extremos del dolor y la muerte, eso somos… un montón de mierda.

Le informaron a las once y veinticinco que su mujer había dejado de existir, su corazón no había soportado la andanada de golpes, le avisaron a las once y veinticinco de la noche que Marta había muerto y Juan Ramón Lecuore se olvidó de todo, y se quedó en silencio en ese casi solitario sector del hospital militar de Montevideo. Mirando a un lejano punto, subrepticio punto como oteando un pasado que jamás iba a volver.
Había matado a Marta, se había quedado sin esa compañera sumisa y agradable, esa gorda que bancaba todo como una verdadera hembra, hasta sus palizas y sus ataques de malhumor, hasta las violaciones ejercía como derecho por ser su marido.
El teniente Lemos llegó a su lado trayendo dos envases desechables de café humeantes, le pasó uno a su superior.
__ ¿Te enteraste?
__ Si señor.
__ No, no quiero nada. __ Rechazó el vaso de plástico con café negro.
__ Es mejor que se lo tome, no es bueno que se note que está empedo.
Lecuore lo miró como para pegarle una buena piña, ¿Qué era eso de darle órdenes a él?, Pero aceptó con mano temblorosa el recipiente y tomó con asco la mala bebida de la cantina del hospital, sentía un hueco que se agrandaba en el estómago y unas enormes ganas de estar muerto.
__ Ya se me pasó hace rato el “pedo” como decís vos, tengo cultura alcohólica y se tomar carajo.
__ Me di cuenta. __ Dijo casi para sus adentros Lemos.

Una enfermera les informó que el médico a cargo de las urgencias quería hablar con el esposo de la fallecida, Lecuore se levantó, alto y casi gigantesco, su propia sombra se alargó hasta los pies de un largo banco donde una pareja conversaba en voz baja. Lemos agarró su vaso de café y se lo quedó mirando hasta que desapareció dentro de la sala.

Las calles húmedas de Montevideo recibían la lamida incierta de las luces de los vehículos, la ciudad estaba tan nerviosa como puede estar una ciudad donde demasiados asesinatos se sucedían sobreponiéndose a su clásica tranquilidad.

Morrigan se bajó del auto frente al hospital, Lecuore la había llamado, ya había arreglado gracias a sus contactos el tema de su mujer muerta pero había algo más.
Se cruzaron en la escalinata que da a la avenida ocho de octubre, los guardias se cuadraron ante su paso, cuando Lecuore se le unió.
__ Tenemos que averiguar sobre su vida cuanto antes, ya que arregló el tema de su mujer debería dedicarse a esto, sabe usted que no me gusta esa lentitud que tienen ustedes.
__ ¿Nosotros?
__ Los latinos, son tan lentos que no me explico como no se olvidan de respirar. __ Dijo seriamente, estaba vestida con una gabardina negra, llevaba jeans y un rompevientos del mismo color, sus poblados cabellos intensamente rubios eran la única nota discordante con su oscuridad.
__ Ahora vamos a necesitar muchos más dólares, tengo que dejar este país cuanto antes, no sé si esto que paso anoche me va traer problemas, es mejor que me vaya a Paraguay, allí tengo algunos contactos del plan Cóndor.
Morrigan lo tomó del cuello y casi lo deja sin vida, sus ojos cambiaron de azules a un tono carmesí, sus colmillos se abrieron mostrando una Morrigan mucho más dura y despiadada, Lecuore tuvo que hacer fuerza para no orinarse encima.
__ El dinero poco me importa, pero mucho menos me gusta que me tomen el pelo, tango varios siglos de esta existencia y usted, maldito milico del tercer mundo, no me va a estafar así como así, será mejor que tenga datos de Lorena antes del sábado sino va a acompañar a su mujer en la tumba, pero con vida.

Lo soltó y volvió a su auto, un hombre de raza negra bajó a abrirle la puerta, uno de los guardias trató de llegar al coche pero Lecuore lo detuvo, lo disuadió diciéndole un pésimo chiste machista sobre mujeres celosas. Pero se quedó masajeándose el cuello, en menos de veinticuatro horas se había acorralado a si mismo y esta mujer inhumana era lo peor que le podría pasar si la defraudaba.

Lorena llamó a Paula, cosa que no hacía muy seguido, su amiga llegó estacionando su auto a varias cuadras de la casona del Prado, caía una fina llovizna al llegar, cerró su paraguas y entró con las copias de las llaves que tenía, la encontró sentada en el enorme sillón frente a la chimenea encendida, estaba tomando vino.
__ Algo le pasó a Henrich, lo sé con certeza, algo le pasó en Barcelona y no sé que hacer para ayudarlo.
__ No podés… viajar, utilizando tus poderes.
__ No soy súper niña, solamente una no muerta carajo, pero lo intenté y lo único que logré fue transformarme en niebla por un rato, una cagada.
Paula se quitó la gabardina y la colgó junto a la gran puerta, sus pasos retumbaron hasta que llegó a su lado y le dio un beso en la mejilla, Lorena la miró como pidiendo socorro.
¿Pero que podía hacer Paula?

__ Señor acá están los archivos de esa muchacha Lorena, hay algo que debería saber sobre sus padres desaparecidos. __ El suboficial Rodríguez le alcanzó una vieja carpeta gris con manchas de aceite en las puntas y una mala caligrafía que denotaba la frase: Archivo 313.
Lecuore se asombró como pocas veces le pasaba cuando descubrió que Antonio, el padre, el obrero de la construcción, dirigente del Sunca, ¿Cómo olvidarlo?, El pájaro tuvo que pedir ayuda en el cuartel de Tacuarembó en aquella ocasión que se le soltó un brazo durante la máquina y derribó de tremenda piña a un milico joven e inseguro.
Juan Ramón Lecuore con muchos años menos había entrado a inmovilizarlo mientras que “El Pájaro” se cagaba de risa mirando al soldadito con la boca partida por un torturado aparentemente destruido.
__ Te vamos a tener que hacer la boleta bolche, nadie le pega a un soldado y mucho menos un pichi de mierda como vos sin pagarlo.
Y Juan Ramón Lecuore había ayudado a eliminar los últimos trazos de vida del padre de Lorena, ahora se unían varias pistas como las calles que confluyen en una avenida que solo puede tener un solo nombre: Infierno.
Juicio y castigo.

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