Los Fantasmas de Nuevo París

aparicion satanica-901824Los fantasmas de Nuevo Paris
Parte 3
Por: Darío Valle Risoto

Victoriano Andrade daba charlas sobre los signos del zodiaco, había una vieja que jodía y jodía con que los de Acuario eran más evolucionados y los de Tauro obcecados pero no tanto como los Aries, tal ves con ese sentido científico de la vida, los de Capricornio tenían culo de caballo y tiraban flechas. Anselmo se aburría como un tronco.

Algunos le decían “Victoriano” cariñosamente, no era un mal tipo, probablemente un homosexual no asumido, criado por dos tías solteronas o tal vez mataba a sus amantes y hacía rellenos para colchones ecológicos con sus restos. Era un tipo algo grueso de mediana estatura que hablaba con un algo de erudición forzada, decían que era Argentino como si proviniera del otro lado del mundo, también le adjudicaban no se sabía que poderes porque había prevenido cierta catástrofe en un teatro del Cerro pero todo se perdía en la bruma de…
Los recuerdos no se desvanecieron del todo, allí estafa esa chica evangelista: Ofelia, que había ido a las charlas y se había ofendido grandiosamente cuando Victoriano, es decir: “Victoriano”, deslizó como quién pela un chicle, que Jesús era extraterrestre.
__ ¡Habrase visto tamaña blasfemia!

Solo Anselmo pudo terminar con la discusión sobre proféticos salmos y toda esa bazofia bíblica, Victoriano le pidió disculpas a la chica que no estaba tan mal debajo de ese vestido del siglo pasado. La quitó a lavarse la cara fuera del salón, allí continuaron la discusión sobre los libros del mar muerto y la vida en Egipto, mientras el muchacho trataba de calmar a la ofendidísima cristiana que tendría unos veinte virginales años a esas alturas.
Bueno… no tan virginales.
Esa tarde hicieron el amor con bastante mala experiencia pero gratificante sin lugar a dudas, ella no era tan virgen ni el tan estúpido para dejarla ir, aún así la relación no podía prosperar demasiado y el tiempo así lo determinó.

Una mujer de negro, delgada, parada a su izquierda, el cabello erizado de terror, algo que no lo suelta de la memoria de hechos recientes allí en las reuniones…
La casa, su madre adoptiva y ese absurdo trabajo de ir a investigar que pasaba con los ruidos, los aullidos de la noche que recorren los húmedos corredores de una casona del barrio de Nuevo París.
Anselmo se había quedado dormido sobre la mesa babeando sobre un libro de ciencia-ficción, pero al abrir los ojos estaba esa mujer pálida, inocua y blanca mirándolo con ojos ausentes de un brillo nacarado y profundamente negros.

__Me llamo Samantha.__ Dijo con la dulce voz de la irrealidad.
Todo había sido producto de dormirse como un bobo sobre la mesa, sin embargo ella estaba allí, de carne fría y huesos helados parada arrastrando un vestido negro con arabescos en el mismo tono de la noche siniestra. Vestida como un enorme Cuervo que anuncia que el sol se ha ido lejano de esta tierra y de que la mansión de Nuevo París se encontraba al final de un largo y eterno corredor que apuntaba a una dimensión donde la locura no será ajena ni extraña.
Anselmo Fernández supo que no estaba preparado para eso, pero ya era demasiado tarde.

El miedo sabe mal, la lengua parece agigantarse en una cavidad pastosa que refrena un vómito cuando el estómago se transforma en otro enemigo. Anselmo miró a la sombra y solo había una difusa línea de luz difuminada, un reflejo de la lámpara sucia de la cocina que rebotaba sobre su propia campera colgada junto a la puerta más la sombra proveniente de uno de los postigos de una ventana que…

__ ¡Soy un cagón! __No podía dejar de sentirse un maldito blando de porquería, muy altivamente había aceptado pasar dos noches en esa casa como si fuera el gran macho, el héroe de la película y ahora estaba aterrado y conversando con una sombra a la que le había dado hasta un nombre. ¡Increíble!
Sacó su arma secreta de la mochila.
Una petaca con aguardiente pura que se empinó unos segundos para sentir que algo caliente y picoso le volvía a traer el aliento y la garganta a la misma…
Corrió al baño a vomitar, era un jodido del hígado desde siempre y debió recordar que el miedo siempre le revolvía el estómago.
Linda noche sobre sus rodillas rezándole al dios inodoro y sintiéndose muy mal, sobre todo porque arreció una lluvia que pareció violentar a toda la naturaleza en torno a la casa. Y lo que faltaba.
Un apagón.
El viento exterior, la temperatura que bajaba rápidamente y el susurro de Samantha.
__ ¿Samantha?
Guiándose solo por el reflejo de los relámpagos llegó a la cocina y encendió la linterna que había dejado sobre la mesa, sus libros seguían desparramados, el café más frío que el aliento de un oso polar y de nuevo el agobio de dejarse llevar por sus propios miedos interiores. Soplar, contar hasta diez y decirse a sí mismo lo mismo que le había dicho a la señora Annabel.

Los ruidos de muebles viejos, ratones, los caños que se retuercen, se dilatan y contraen con los cambios de temperatura, los viejos cimientos y esa mujer vestida de negro que ahora lo miraba desde el otro lado de uno de los postigos de la puerta al patio trasero.
Desde luego que al enfocar la linterna la silueta desapareció y si bien le costó un poco llegar a la puerta y abrirla, no había más que las quejumbrosas ramas de un árbol y un gato que entró corriendo a la casa.
__ ¡La puta!
Bueno, después de todo no le había preguntado a la señora sobre sus gatos, pero su madre cierta vez la había hablado de que su amiga tenía algunos, así que no era para tanto. Al menos se encargarían de ahuyentar a alguna rata que se quisiera calentar en medio de la tormenta.
Y era una forma rara de sentirse acompañado. Claro que entrar a la cocina iluminado con el foco de la linterna y que la luz de en dos enormes ojos brillantes no parece ser lo mejor. Un felino negro con algunas manchas de color blanco en el rostro lo miraba con gesto inquisidor.
__Tu, tu dueña me contrató para…
El gato se lamió una pata y se la pasó por los ojos. Anselmo volvió a mira la botella de aguardiente pero recordó que acababa de vaciar el estómago de forma muy poco agradable.
Volvió a intentar llamar a su madre por el celular pero cero cobertura, entonces reparó en que eran casi las once de la noche y la lluvia arreciaba. Annabel le había indicado el cuarto de servicio luego del baño, así que caminó y abrió la angosta puerta que se abrió con un desagradable chirrido. Era de esperarse para completar el escenario.
No estaba mal, decidió solo sacarse las botas y dormir vestido, se tiró sobre la angosta cama y dejando la puerta entre abierta al corredor comenzó a pestañear. El gato entró como Pedro por su casa y se acostó a su lado como si lo conociera de toda la vida. Sin lugar a dudas que los gatos poco les importa quien les de calor. Pensó.
Un leve ronroneo proveniente de alguna parte aumentó de intensidad, luego un goteo cercano que era seguramente del techo haciendo desagüe cerca de la pequeña ventana.

Continuará

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