El Hombre que ahogaba Gatitos

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El hombre que ahogaba gatitos
Por: Darío Valle Risoto

De entre mis recuerdos de infancia tengo viva en la memoria a aquellos gatitos recién nacidos que el tío Juan ahogó en un tanque con agua. Apenas habíamos llegado con mis padres a la casa de este tío “gaucho” con personalidad tan particular para ver tal escena a la que mi madre calificó como de brutal. Sin embargo y lejos de estar de acuerdo concuerdo en las razones de un hombre de campo para evitar que todo se llene de gatos que terminen luego matando a las gallinas o robando la comida e intento comprender sus razones.

Este preámbulo y el título mismo intentan abordar el tema de la supervivencia sobretodo en lugares donde vivir no es fácil y a veces es necesario tomar decisiones nada felices para tratar de mantener la vida de los pocos que por alguna u otra razón sobrevivimos, tal vez por cuestión de pura y siniestra suerte.

Mi madre era una pertinaz defensora del aborto en una época donde era más difícil que hoy día sostener que no se pueden traer al mundo más y más niños en sitios donde la pobreza y la miseria son una realidad cotidiana. Pobres, bastantes pobres aunque no marginales vivimos en una habitación con una pequeña cocina y con baños compartidos con otros vecinos mis padres y yo y recuerdo como familiares y amigos criticaban la decisión férrea de mi madre de tener un solo hijo.

Hoy que han pasado muchos años realmente no se si me hubiera gustado o no tener un hermano pero si estoy seguro de que mi vida llena de necesidades hubiera sido bastante diferente con otra boca que alimentar. Más niños no son gatitos aunque las situaciones sean semejantes en tanto se toman decisiones difíciles para la supervivencia de los que quedan. Fácil es defender el derecho a la vida, más difícil es vivir existencias con necesidades aún en aquellas cosas que muchos de los que leen esto ni se imaginan.

En aquel frío invierno de los años setenta la maestra me preguntó por que iba a la escuela de pantalones cortos ya que se notaba que tenía las piernas heladas y con mucha vergüenza le confesé que esos eran los únicos pantalones que tenía para ir a la escuela, los más nuevos. Esa mañana la maestra pidió autorización en la dirección y cruzamos a una tienda y me compraron pantalones largos. Eran otros tiempos, otra escuela uruguaya, otra educación pero la vergüenza de mi madre aún pervive en mis retinas cuando llegué a casa con mis nuevos pantalones largos comprados por la maestra.

Pobreza y decisiones que no todos tienen la valentía de tomar, decisiones que bien pueden frenarnos de la marginalidad no están al alcance de todos y vi con mis propios ojos a gente vivir hacinada y aún así perpetuar la miseria en hijos desnutridos y nietos y sobrinos por doquier que luego iban a comer de la fruta tirada del Mercado Modelo donde trabajaba mi padre.

Mi madre acompañaba a innumerables mujeres a salud pública para que retiren las pastillas anticonceptivas gratuitas que la mayoría de las veces no tomaban. Prácticamente obligó a algunas parientas a colocarse el dispositivo para no quedar embarazadas pero era una lucha difícil. También se dio dos inyecciones abortivas luego de que yo nací en diferentes momentos, desde luego. Cuando tenía unos doce años estuve a punto de tener un hermano y mi madre ya comenzaba a juntar el poco dinero que teníamos para pagarse la interrupción del embarazo cuando finalmente solo se trató de un atraso.

Nunca contra lo que muchos piensan para una mujer es fácil abortar aunque tenga que decidirlo pero como aquel tío hombre de campo que vivía entre animales y siembras había que tomar decisiones complicadas para que otros sigan viviendo o lo que es peor: sobreviviendo.

Uruguay es un país donde la taza demográfica está siempre en tradicional descenso más el pobrerío se sigue multiplicando mientras la gente “bien”, los poderosos y adinerados tienen a lo mucho dos o tres hijos. Esto significa a grandes rasgos que los ricos son cada vez menos y con más dinero y los pobres son más y con menos posibilidades de llegar a escalar al menos un pequeño peldaño en esta infame sociedad capitalista. Para colmo el inocultable deterioro en la educación no solo pública, también en la privada, produce nuevas generaciones ignorantes hasta del simple hecho de leer un artículo como este y al menos comprender de qué se trata.

Conocí en la radio comunitaria a un chico que a eso de los dieciocho años ya tenía dos hijos con diferentes muchachas y otro en camino con otra más. Cuando con botella de vino en mano me lo comunicó sonriente solo pude hacerle una pregunta.
__ ¿Hasta cuando piensas seguir multiplicando tu miseria?

FIN

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