Los fantasmas de Nuevo París

Courtyard_of_the_City_by_Dr4konLos Fantasmas de Nuevo París

Parte 2

Por: Darío Valle Risoto

Tipos solitarios, pajeros mentales que elucubraban vidas de sombras grises sobre muertes o defunciones terribles a la luz de fantasmales sueños cristianos de redenciones imposibles y amores hirientes.

Mientras caminaba hacia la puerta al patio intentó calmarse, al mirar atrás, el fulgor de la luz encendida en la cocina le hizo inquietarse porque notaba una presencia en el lugar que había dejado a su espalda, cuando algo se calló golpeando sobre la mesa de madera pegó un salto al costado y se golpeó contra la pared correosa del corredor.
__ ¡Me cago en dios! __Se había roto su camisa nueva leñadora a la altura del hombro, volvió sobre sus pasos, la tapa de la caldera impelida por el vapor había saltado sobre la mesa empapando uno de sus libros.

Se miró el hombro y solo era un raspón, lo único grave era la camisa que le había costado setecientos pesos, nada menos.
Entonces un aire  frío recorrió la casa cubriéndolo de un halo congelante que lo obligó a tomarse de un trago el resto del café negro.
Recordó a Victoriano Andrade, un gurú del movimiento gnóstico que había dado charlas sobre vida después de la muerte y espiritismo.

__“Algunos espíritus se quedan prendidos a una vivienda porque allí tienen algo que nunca han concluido, puede ser un asunto pendiente o una culpa”
Las palabras del tipo le resonaban en la memoria cuando retornó por el corredor al patio blandiendo su linterna como si fuera una espada láser de esos putos jedis de la guerra de las galaxias.

La puerta al patio tenía unos goznes fácilmente manipulables y se abrió dándole la imagen de un fondo grande con hierbas crecidas y evidente descuido, a la derecha contra una pared de unos tres metros había una pequeña casilla seguramente con aditamentos de jardín.
La tierra estaba mojada por la reciente lluvia y el viento movía la ropa colgada de un lado a otro, sobre su cabeza las ramas retorcidas de un nogal parecían los brazos que apuntaban a las ventanas altas de la casa que le había tocado cuidar.
__ ¡Me meto en cada tontería! __ Se dijo en voz alta.
En ese momento alguien se movió del otro lado de una de las ventanas superiores y venciendo el miedo que lo acariciaba como miles de dedos nerviosos, corrió a la casa tratando de subir rápidamente al lugar donde había visto una clara silueta humana.
Se tropezó con los últimos escalones de la escalera de madera y contó una, dos, tres puertas, tal vez la ventana daba a ese cuarto y adentro había quedado alguien con la bonita idea de asustarlo, tal vez todo era una confabulación de una vieja loca o de su madrastra para enloquecerlo con quien sabe que fines.

Era un cuarto como cualquiera y la ventana era sin dudas la misma porque miró al patio trasero y divisó el árbol y el sitio donde había estado parado. Desde luego que no había nadie, el corazón le dio un brinco cuando sintió un poderoso aroma a perfume de mujer en el mismo lugar donde había percibido una silueta que pacería observarlo.
Miró debajo de la única cama y solo había una escupidera oxidada habitada por una cucaracha enorme y asquerosa, tiró el recipiente contra la pared y volvió a bajar sin dejar de mirar varias veces a su espalda, cuando llegó a la planta baja reparó en que la habitación que había dejado atrás tenía la luz encendida, casi no se había dado cuenta al estar en ella, pero al volver a la oscuridad del corredor lo comprendió.
No estaba solo.

De nuevo en la cocina llamó por el celular a la señora Nora, quería preguntarle si tenía algún pariente o conocido que pudiera entrar a la casa utilizando sus propias llaves pero no había cobertura de señal.
Al rato trató de tranquilizarse y se obligó a mantenerse lo más calmo posible haciendo uso de sus novelas de ciencia-ficción, de todas formas leía dos o tres páginas y tenía que volver a releerlas porque su cabeza estaba en otra parte.

__“Encender una vela blanca para hablar con los espíritus, meditar en la luz y así en voz alta decirles que estén tranquilos, que ahora su forma de vida es inmaterial que ya no hay sufrimiento y…”

Encontró algunas velas en su mochila, las había llevado por si se quedaba sin luz, las palabras de Victoriano parecían tener cierto sentido en ese lugar, sobretodo porque un profundo perfume a violetas llegó a envolverlo de nuevo cuando salió al baño.
Meó nervioso y mirando atrás, temía por su cordura, pero también sentía cierta tranquilidad científica en que todo era un absoluto producto de estar solo en esa casa extraña.

De regreso puso una de las velas blancas sobre un plato esmaltado y al encendió, miró al centro de la llama y trató de controlar su respiración tal como habían ensayado en al escuela gnóstica.
__Me llamo Anselmo, no tengan miedo.__ Dijo con voz tranquila mientras la llama permanecía en el centro de su visión.
La llama se apagó lentamente, fue disminuyendo poco a poco hasta casi desaparecer, luego volvió a agrandarse pero con un color verdoso.

Anselmo se convenció que algo no estaba bien en ese lugar y que se encontraba jugando al hombre superado en un terreno absolutamente desconocido por más que haya tenido conocimientos sobre lo extraño e inusual.
El plato donde tenía las galletas se rajó por si solo, partiéndose delante de sus ojos en tres partes y el envolvente perfume desapareció dejando lugar al aroma a húmeda vejez de la casa. Algo había cambiado.
Anselmo se rascó la cabeza preocupado, no sabía que estaba pasando, solamente podía tratar de comunicarse de esa forma extraña con quién sabe que cosa.
__Vine a ayudar a Nora, ella tiene miedo de los ruidos de esta casa… Nora es buena gente.
El silencio absoluto fue roto por el débil ulular del viento a través de alguna hendija de la casa, un momento después el ruido de una tubería se hizo sentir como si fuera el lastimero canto de un monstruo subterráneo.
Entonces alguien estaba parado allí, a su lado izquierdo en el corredor.
Era una mujer joven y pálida.

La mesa de madera, el café aún humeante, la mochila abierta y los libros sobre la mesa, ya había caído la noche y Anselmo se veía a sí mismo unos años antes sentado en ese angosto salón de la escuela gnóstica.

Había gente de todo tipo, algunas personas pasarían perfectamente por nuestros vecinos, pero si los observábamos mas de cerca, todos tenían sus peculiaridades, después de todo: ¿Quién carajo pierde tiempo hablando de espíritus, objetos voladores no identificados y la aparición de Ángeles? No le costó mucho darse cuenta de que iba a ese lugar para escaparle a las responsabilidades de estudiar y trabajar, sin una novia, ni siquiera muchos amigos, se sentía solo y había caído allí por un folleto que le había dado quién sabe quién. Era un “raro” más sin lugar a dudas.

Continuará:

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