Neo Vampiros 34: Vampiros en Barcelona II

El arte de Toon Hertz (32)

Neo vampiros 34
“Vampiros en Barcelona 2”
Por: Darío Valle Risoto

Piedrafina regresó a la tienda bastante defraudado, el inglés apenas le había mostrado la vieja estatua y no le había permitido siquiera sacarle una foto para Henrich. Pronto caería la noche y antes debía ir hasta Sant Pere a buscar a su mujer que salía del trabajo, observó su reloj, eran las cuatro de la tarde y el invierno traería una oscuridad temprana, aún las aceras estaban húmedas por la persistente lluvia, el celular de la policía que pasó a su lado lo sobresaltó. Hacía cinco años que era el representante de la casa de antigüedades de Henrich Funke en Europa y si bien ganaba unas buenas pelas sentía un temor ancestral solo por pensar en ello.

¿Cuántos se pueden dar el extraño lujo de tener un jefe vampiro?
Caminó hasta la vía Laietana. Nora estaba sentada tomando un té en un Bar repleto de turistas, la notó cuando ella le golpeó la vidriera desde adentro.
Piedrafina la besó en la mejilla, hacía años que no dormían juntos, permanecían casados como por costumbre, tampoco tenían hijos, sin embargo los unía una relación muy difícil de determinar.
__ ¿Te mostró la estatua?
__Si, pero como si les corriera el diablo, esos tipos algo se traen.
__ ¿Crees que quieren estafar a Henrich?
Piedrafina pidió una cerveza negra. Encendió un cigarrillo, su mujer le aceptó uno, estaban en uno de los pocos lugares donde se permitía fumar dentro.
__ El inglés sabe bien que clase de persona es Henrich, no se va a jugar la vida con una estafa por más Euros que cobre.
__ ¿Sabe qué es un vampiro?
__ ¡Cállate mujer que te pueden escuchar!
Nora sonrió, era mucho más joven que Piedrafina, tenía apenas treinta años, nunca pudo negar que Henrich le atraía, cierta vez en Ibiza, la segunda ocasión en que se encontraron, estuvo lo suficientemente cerca del hombre que supuestamente era un vampiro. De verdad, prefería no querer creer en esas cosas, pero las pruebas estaban a tiro.
Piedrafina se rascó los ralos pelos canosos de la frente perlada de sudor, bebió y miró a su alrededor, los turistas cantaban en muy mal catalán una canción de la hinchada del Barcelona. Nora cruzó las piernas a su costado y él sintió ese encantador perfume francés. Le acarició una delicadamente, ella la retiró con lentitud.
__ ¿En dónde se está quedando?
__ ¿Henrich? Siempre lo supe, te calentó desde que te lo presenté en Galicia.
__ ¿Y que con eso?, Gracias a él tenemos un buen pasar y solo porque le consigues esas antiguallas de mierda que no se para que colecciona.
Piedrafina sonrió y miró a la calle, le gustaba cuando se ponía dura, las luces de los autos reflejaban su cara repetidas veces en el vidrio de las vidrieras, se vio a si mismo viejo, corto de vista y demasiado excedido de peso, sin embargo Nora estaba buena como un toro.
__Me imagino que en una de sus casas, ya sabemos que “ellos” suelen tener lugares cercanos unos de otros donde pernoctar en caso de que el amanecer los sorprenda. __Dijo “Ellos” y se estremeció, sin embargo notó en Nora una suerte de excitación que terminó por desagradarle.

Henrich viajaba en el metro, sus sentidos acelerados avistaron a unos jóvenes que pintaban grafitis en las oquedades del enorme laberinto de túneles, pensó en que eran presas seguras sino fuera porque estaba satisfecho. Las estaciones de Santa Eulalia y Torrassa pasaron a su lado, se bajó en Can Sera, allí lo esperaba el inglés en su coche acompañado de dos extraños.

El viejo británico especialista en conseguir antigüedades, muchas veces por métodos poco convencionales miró de soslayo a sus hombres armados, luego de su seña, uno de ellos bajó del coche y se paró frente al delgado extraño de traje negro y rostro particularmente pálido.
Henrich sintió como el tañer de campanas el aumento de los latidos del corazón del inglés, sus hombres permanecían mucho más serenos, seguro producto del entrenamiento en cuidarle las espaldas a todo tipo de alimañas.
El tipo se retiró a un costado y acto seguido sacó su pistola, Henrich escuchó perfectamente el débil sonido del metal rozando la seda del interior de su saco, luego de ser desenfundado de la sobaquera.
__ ¿Trajo la estatua?
__ ¿Y mi dinero? __Preguntó el inglés asomando la cabeza por la ventanilla, era la primera vez que se tomaba tantos recaudos para venderle algo.

Sonaron dos estampidos que le destrozaron el cráneo a Henrich, calló como un muñeco sobre el pasto cuidado de una zona de parques, el tipo le sacó de uno de sus bolsillos un sobre repleto de Euros.
El auto del inglés se retiró raudamente mientras algunos lejanos paseantes corrían al lugar alarmados por los estampidos.
Juicio y Castigo.

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